Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

martes, 24 de diciembre de 2013

La Navidad cuestiona: las estructuras sociales sobre la familia, las estructuras eclesiales que rechazan otras formas de ser familia, nuestras posturas y creencias frente a otras formas de ser familia (monoparentales, concubinarias, no biológicas, extendidas, ensambladas, entre otras)

Mensaje de Navidad


Apreciada comunidad eclesial, tengan mucha paz, justicia y solidaridad, porque ese es el espíritu navideño. 

A continuación voy a compartir con ustedes la reflexión de nuestra hermana, la Presbítera Ana Mássimo, que compartiera con nosotros y nosotras, el pasado 22 de diciembre en la celebración ecuménica de la Navidad.

Entre las funciones del episcopado destaca fundamentalmente el magisterio. Por lo tanto, quiero compartir con ustedes en esta Navidad dos enseñanzas. La primera, es que Dios se revela a través de todos los miembros de la comunidad. La segunda, es que muchas veces lo hace a través de los miembros más jóvenes o nuevos de la comunidad. 

Exponiéndoles estas dos enseñanzas comparto con ustedes la reflexión de nuestra hermana, una reflexión profundamente humana y profundamente cristiana.

Feliz Navidad.
+ Julio, obispo de la Iglesia Antigua en el Uruguay - Diversidad Cristiana.






Mateo 1:18-25

Reflexión
Para poder entender cabalmente el origen de Jesús, es necesario conocer ciertas costumbres de la época.

En Israel eran principalmente los padres los que elegían la esposa y el esposo de l@s jóvenes, quienes eran escuchad@s en sus preferencias en muy raras ocasiones. Incluso en esos casos (principalmente atribuidos a varones), los padres decidían finalmente y formalizaban el destino de l@s jóvenes (las jóvenes hasta los doce años y medio no podían rechazar la decisión del padre y hermano mayor). Referencias a esto, lo podemos encontrar en Gn. 21:21; 24 –en particular 24:51, 57-58; 34:4, 8, 11; 38:6; Jue. 14:1-10.

Desde un momento inicial (marcado por un regalo de bodas: Gn. 24:22, 53; 29:18, 27; 34:12; Ex. 22:17; 1 S. 18:25, una ceremonia y otros presentes tanto para la familia como para ella) hasta el matrimonio, podían pasar semanas o hasta 12 meses, tiempo en el que los novios continuaban viviendo cada uno en la casa de sus respectivos padres (la hija celebraba el matrimonio un año después de ser mayor, es decir, a los 13 años y medio como mínimo).

En este período, llamado esponsales o desposorios, uno o dos amigos del futuro esposo servían de intermediario entre las partes (Jn. 3:29), mientras que la novia era tratada como si estuviera casada, no pudiéndose disolver la unión excepto por un divorcio legal iniciado únicamente por el futuro esposo. El objetivo de este período era que el novio se ocupara de conseguir un alojamiento para su mujer, mientras ésta se preparaba para su papel de esposa, debiéndose ambos fidelidad. Algunas especificaciones al respecto podemos encontrarlas en Éx. 21:8, 9; Dt. 20:7; 28:30.

Como se puede observar, este compromiso era formal y tenía consecuencias legales: si la futura esposa mantenía relaciones sexuales consentidas con otro hombre, ella y su cómplice eran castigados con la muerte por adulterio (Dt. 22:23-24), siendo apedreados hasta morir; por otra parte, la mujer pasaba de ser propiedad de su padre para serlo de su esposo.

Finalmente, el matrimonio implicaba ciertos protocolos, ritos y formalidades que giraban en torno al traslado de la novia a la casa del novio para ser entregada a él y consumar el matrimonio; los festejos por la boda duraban toda una semana.

De lo explicitado anteriormente, se puede entender por qué se emplean simultáneamente en estos versículos, los términos “desposada” (RV1960), “comprometida” (DHH), “marido” (DHH y RV1960), “esposa” (DHH) y “mujer” (RV1960) antes de la consumación del matrimonio de María y José.

Es decir, María quedó embarazada en el período de los esponsales, por lo que la concepción de Jesús es extraconyugal. Frente a esto, humanamente hablando había tres posibilidades:
-       María había tenido relaciones sexuales con José
-       Había consentido tenerlas con otro hombre
-       Había sido víctima de una violación.
Si era la primera, más allá de todo, no había mayores inconvenientes pues la situación se solucionaba con el matrimonio, a lo sumo José tendría que pagarle una suma al padre de María por las relaciones sexuales prematuras. Sin embargo, al relatarnos las escrituras la reacción de José, queda claro que no fue el caso.

Si era la segunda, el hecho de hacer saber públicamente lo acontecido implicaba la muerte de María, del niño o niña y del progenitor (si se conocía), según ya se ha indicado (Éx. 20:14; Lv. 20:10; Dt. 5:21; 22:23-24).

Finalmente, en el caso de la tercera posibilidad, si se lograba probar que era así, el violador sería muerto (Dt. 22:25-26), mientras que María y su familia cargarían con la deshonra de por vida.

O sea que de conocerse el hecho, lo mejor que le podría haber sucedido a María era encontrarse en la tercera posibilidad.

Por su parte, fuera cual fuera la situación de origen, si José decidía seguir adelante con sus planes de repudiarla, y María no moría, en términos actuales Jesús hubiese sido un hijo natural (“bastardo”, “ilegítimo”) y ella una madre soltera, constituyendo una familia disfuncional, monoparental de la que tanto se habla hoy en día.

Más allá de que el hecho se haya ocultado, en algún momento salió a luz. Hay quienes interpretan que ciertos pasajes de los Evangelios hacen referencia a ello:
-           Mr. 6:3 donde Jesús es identificado como el hijo de María. Esto llama la atención porque siendo una sociedad androcéntrica y patriarcal, la única alternativa para identificarlo por el nombre de su madre es que fuera hijo ilegítimo. Aparentemente, la frase fue posteriormente retocada para que fuera socialmente aceptable (Mt. 13:55).
-           En el capítulo 8 de Juan, se da una intensa discusión en la que los fariseos le cuestionan su origen a Jesús, con preguntas y afirmaciones insidiosas como “¿Dónde está tu Padre?” (v. 19), “¿Tú quién eres?” (v. 25), “Nosotros no somos nacidos de fornicación” (v. 41), “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano…?” (v. 48). Ésta última pregunta puede hacer alusión a un relato en el que se señalaba que el padre biológico de Jesús habría sido un soldado romano, denominándolo “samaritano” como un insulto e indicativo de no ser un judío puro (hijo de madre y padre judíos).

Esto fue la base para muchas críticas y dudas al cristianismo. ¿Y por qué permitió Dios que esto fuera así? Una posible explicación, es que si María y José hubiesen estado casados lo esperable es que Jesús hubiese sido concebido dentro de este marco, por lo que sería hijo de José según la carne y no podría haber llevado consigo los pecados en la cruz para redención y salvación de tod@s.

Pero Jesús fue perfectamente hombre (excepto por el pecado), con una naturaleza humana completa por haber sido engendrado en María, y perfectamente Dios por la concepción a través del Espíritu Santo en ella. En su humanidad, es Hijo de Dios, y en su divinidad, es también humano (Is. 9:6); todo dentro del perfecto plan salvífico de Dios para la humanidad, pues es lo que nos permite a nosotr@s acceder a ser adoptados como hij@s de Dios y ser salv@s (Jn. 1:14, 18; 10:30; 14:9; Gal. 4:4-5).

Al igual que la resurrección, la encarnación de Jesús es un misterio y un claro cumplimiento de la profecía que se encuentra en Is. 7:14, a la que se hace referencia en los versículos que hemos leído.

La encarnación es el acto por excelencia del plan salvífico de Dios: Dios se había manifestado por epifanías, también a través de distintos hechos y personas a lo largo de la historia de Israel, lo que restaba era cumplir las promesas y profecías anunciadas en el Antiguo Testamento y manifestar su Gloria y Divinidad en la Humanidad haciéndose hombre para, de una vez y por todas, quitar la distancia existente que se había originado en el Edén, trayendo para ello arrepentimiento, perdón de los pecados, restauración y salvación. Respecto a lo anterior, ver: Gn. 3:16; 22:18; 49:9-11; 2 S. 7:12-16; Sal. 2; 22; 40:7-9; 45:7-8; 110; Is. 7:14; 9:6; 35:4; 40:9-11; 53; Jer. 23:5-6; Mi. 5:2; Zac. 12:2, 10; 14:3-5; Jn. 1:14; Col. 1:15-23; 1 Ti. 4:10; He. 1; 2:17; 4:15; 7:26-27; 1 P. 1:17-21; 1 Jn. 1:1- 2:2.

Continuando, lo que los pasajes de hoy nos indican es la encrucijada en la que se encontraba José respecto a su proyecto de vida.  Esa encrucijada en el que Dios muchas veces nos pone para que tomemos una decisión, una decisión radical que posteriormente se podrá constituir en un punto de inflexión en nuestras vidas y que generalmente está asociado a que el Señor tiene algo maravilloso preparado para nosotr@s y lo único que espera es que tomemos una decisión. María ya había aceptado su misión y se había entregado a la voluntad de Dios; faltaba José.

Y ¿quién era y en quién se convirtió José a partir de estos hechos? José era un sencillo carpintero, que en determinado momento se convirtió en un importante instrumento dentro del Plan Salvífico de Dios, aceptando la misión que el Señor le ponía por delante de ser el padre terreno de nuestro Salvador, de protegerlo, darle un nombre, una identidad social, un origen, criarlo, educarlo y enseñarle un oficio.

José, un simple carpintero, pero un hombre justo, practicó el amor, la solidaridad, una justicia liberadora y su fe en Dios, protegiendo a María y al niño que llevaba en su vientre de la degradación, la vergüenza, la humillación, el castigo y la muerte. Jesús nace porque hubo un hombre que en su tiempo fue subversivo, revolucionario, contradijo las normas sociales de su época e hizo una apuesta radical por el débil y el desprotegido.

Es así, que los versículos de hoy nos interpelan en diversos aspectos:
- Cuestionan las estructuras sociales sobre la familia
- Cuestionan las estructuras eclesiales que rechazan otras formas de ser familia
- Cuestionan nuestras posturas y creencias frente a otras formas de ser familia (monoparentales, concubinarias, no biológicas, extendidas, ensambladas, entre otras)
- Cuestionan nuestro discurso, nuestro compromiso, nuestra fe y nuestros hechos al momento de desarrollar la misión que Dios nos ha dado

En suma, tal como José, cuidemos a la esposa de Cristo que es la Iglesia, la comunidad y a todas las formas de familia que hay dentro y fuera de ella.

Vayamos contra lo socialmente considerado como natural y normal (la marginación, la discriminación, el miedo y la exclusión de “lo diferente”) y escuchemos el llamado de Dios y la misión que nos pone por delante.

Al igual que José que fue capaz de asumir un rol protagónico, asumiendo la paternidad física de un niño que no era su hijo biológico, asumamos nosotros hoy un compromiso con Dios, con Jesucristo, con su Iglesia, con nuestra comunidad y con aquellos a quienes el Señor pone en nuestro camino y nos manda a cuidar y proteger (los niños, los pobres, las personas que padecen enfermedades físicas y mentales, las mujeres, los ancianos, las minorías sexuales).

¿Y cómo llevamos adelante esta tarea? Al igual que José, con compromiso y una entrega total y radical.

Comprometiéndonos con nuestros dones, con nuestro servicio, con nuestros ministerios. Comprometiéndonos con las obras, con edificar la comunidad, con edificarnos entre nosotros, con llevar el mensaje de Dios a todos y todas. Comprometiéndonos con nuestra concurrencia, con nuestro apoyo, con nuestra oración.

¿Y por qué? Porque tenemos una misión, porque tenemos un llamado, y porque nuestro compromiso va más allá de los hombres y mujeres, nuestro compromiso es con Dios y con su Hijo, que no tuvo reparos en hacerse hombre, venir a la Tierra y comprometerse con nosotros para nuestra redención y salvación, y nos dejó un mensaje: ser imitadores de Él, llevando su ministerio de misericordia y amor, devolviendo la esperanza a quien ya no la tiene.

Pbra. Ana Mássimo
Iglesia Antigua en el Uruguay - Diversidad Cristiana
22 de diciembre de 2013.

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