lunes, 31 de diciembre de 2018

Mensaje de Fin de Año - 2018




Finaliza un nuevo año. En efecto, transcurren las últimas horas del año 2018. Un año, donde hemos experimentado gozos y alegrías, tristeza y dolor, inseguridad y miedos, consuelo y sanación, entre otras experiencias humanas.

Con la certeza de que Di@s que es "rico en misericordia" (Ef 2,4) lleve a plenitud su obra en nosotr@s, ponemos en sus manos maternas todo lo vivido en el correr de este año para que "suba como oración de la tarde" (Salmo 140[141],2).

+Julio, Obispo de la IADC.
31 de diciembre de 2018.

domingo, 30 de diciembre de 2018

La Sagrada Familia: una familia disfuncional y negligente.




Primer Domingo del Tiempo de la Encarnación

Lc 2,41-52



El relato evangélico nos presenta un episodio de la Sagrada Familia con suficientes hechos como para catalogarla, según los parámetros de nuestros tiempos, como una “familia disfuncional”. María es una madre soltera (Mt 1,18). José es el padrastro de Jesús (1,19-21). En una de los viajes a Jerusalén retornan a su casa sin tener en cuenta que el adolescente Jesús no estaba con ellos (Lc 2,41-52). Un adolescente (Lc 2,42) que estuvo tres días lejos de su familia (Lc 2,46). Hoy nos preguntaríamos ¿dónde durmió esas noches? ¿dónde o qué comió? ¿a qué peligros estuvo expuesto mientras su familia no había detectado aún su ausencia y hasta que lo encontraron?.

Generalmente realizamos lecturas idealizadas de este relato. Sin embargo, es un claro suceso de negligencia de parte de los adultos responsables. Cualquier Juez de Menores llamaría la atención a María y a José por irse de Jerusalén sin reparar que el adolescente les acompañaba. Cristianas y cristianos de diversas iglesias, al igual que dirigentes religiosos, con mucha ligereza critican, juzgan y condenan a las madres solteras; pues María fue una de ellas; llaman a los adolescentes empobrecidos, “menores” a diferencia de los adolescentes clase media que son identificados como “adolescentes”, Jesús fue un “menor” que desobedeció a sus padres, que se fugó del lugar de protección.

La sociedad actual está integrada por familias disfuncionales y negligentes, la gran mayoría lo son, el modelo familiar convencional se encuentra en crisis; el modelo no la familia. Esta unidad de convivencia, en otros tiempos fue el clan o la tribu, a la que llamamos familia ha ido cambiando en el correr de la historia hasta llegar a los actuales modelos familiares: nuclear, ensamblada, monoparental, con padre y madre, con madre y madre, con padre y padre. Lo que consolida y da cohesión a la relación es el afecto, el amor, no la consanguineidad. Tengamos en cuenta que la mayor parte de los abusos sexuales se cometen dentro de la familia, la mayor parte de los feminicidios se producen a causa de la violencia doméstica, la mayor parte de los abusos a personas ancianas o discapacitadas se producen en la familia. Familia es quien te quiere bien.

María, madre soltera y José, padrastro de Jesús, aunque negligentes por partir de Jerusalén a Nazaret sin tener en cuenta que el adolescente Jesús no estaba en la caravana, retornaron en su busca y no pararon hasta encontrarlo (Lc 2,45). En María primó el amor por la consanguineidad. En José primó el amor aunque no había consanguineidad.

Recordemos que Dios quiso encarnarse en una familia, no en una familia aristocrática, no en una familia religiosa, no en una familia “bien constituida”; lo hizo en una de tantas, como las nuestras, las de hoy en día.

Recordemos que Dios quiso encarnarse en una familia “disfuncional” y que toda la vida de Jesús fue una opción preferencial por aquellas personas y grupos que no encajaban en las normas legales y religiosas y por eso eran excluidos.

Desde la IADC tenemos la obligación, desde una ética evangélica, a incluir a todas las familias sin excepción, promoviendo los vínculos amorosos entre sus miembros y denunciando todo tipo de abuso entre sus miembros. Recordemos que familia es quien te quiere bien.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, obispo de la IADC.


lunes, 24 de diciembre de 2018

Mensaje de Navidad 2018





Mensaje de Navidad 2018

“Tomó la condición humana
haciéndose uno de tantos”
(Fi 2,7).

Tengan mucha paz.

La celebración de Navidad nos interpela sobre el misterio de Dios encarnado (Jn 1,14); Dios con nosotros y nosotras, entre nosotros y nosotras (Is 7,14) y su designio para la humanidad y la creación entera. ¿Cuál es el motivo por el que el Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre, pasando por las distintas etapas que pasa cualquier ser humano: gestación, nacimiento, amamantamiento, infancia, adolescencia, juventud, adultez para finalmente morir; siendo en todo semejando a la especie humana (Fi 2,7)?

La respuesta nos la proporciona las Sagradas Escrituras: “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que todas las personas que creen en Jesús tengan vida plena, digna y abundante” (Jn 3,16-17; 10,10).  No existe otro motivo posible para la humanización y nacimiento de Dios que el realizar, por puro amor y gratuidad, la divinización de la humanidad y de la misma creación (1Cor 15,28).

Dios vio que su obra era buena (Gn 1,10.12.18.21.25), muy buena (Gn 1,31) y por eso quiso ser parte de ella; entonces, la Navidad nos revela el misterio y el valor intríseco de la Vida, de toda vida. Las palabras y las acciones de Jesús de Nazareth dan cuenta de ello, durante su ministerio demostró claramente la dignidad inviolable de cada ser humano, no importa si era varón o era mujer, si era creyente o si era pagano, si era adulto o si era niño; por el solo hecho de ser humano, Jesús dignificó su vida: curando, sanando, restaurando, abrazando, incluyendo,  dejándonos así su ejemplo para que lo sigamos (Jn 13,15).

La misión de la Iglesia es continuar la obra de Jesús que pasó haciendo el bien (Hch 10,38). En cada navidad no recordamos el hecho histórico del nacimiento de Jesús sino que conmemoramos el acontecimiento salvífico del amor incondicional de Dios a la Humanidad. Jesús se hizo uno de tantos (Fi 2,7) desafiando a la Iglesia a buscarlo en lugares poco sagrados (Mc 16,7) y a servirle en personas de no muy buena reputación (Mt 25,31-46).

Navidad nos enfrenta al valor incondicional de toda vida humana, no solo la de quienes aún no nacieron, como se empeñan en defender únicamente sectores del cristianismo. La vida de la infancia desnutrida, en situación de calle, en riesgo de consumo de drogas, analfabeta, explotada laboralmente y sexualmente tiene el mismo valor incondicional e innegociable y la Iglesia está obligada a defender. La vida de la adolescencia que ni estudia ni trabaja, que se le pone la etiqueta de “menores peligrosos”, que consume pasta base y otras drogas, que tiene una práctica irresponsable de su sexualidad, que desafía la autoridad adulta, que se enfrenta a situaciones complejas de tener que definir su orientación sexual, que acaba perdiendo el sentido de la vida y llegando a intentos de suicidio y al suicidio mismo, tiene el mismo valor incondicional e innegociable y la Iglesia está obligada a defender. La vida de las mujeres en situación de violencia de género, de las mujeres trans, de las trabajadoras sexuales, de las que son víctimas de la trata de blancas, de las que se divorcian, de las que abortan y son juzgadas moralmente y condenadas sin saber las circunstancias que las llevan a tales decisiones, tienen el mismo valor incondicional e innegociable y la Iglesia está obligada a defender; y así, el derecho de toda la humanidad a vivir con dignidad.

Quiera Dios que esta Navidad, no nos quedemos limitados a la celebración familiar de comer y beber, de tirar cohetes y esperar las próximas fiestas para repetir nuestra mediocridad.

Quiera Dios que esta Navidad, no nos quedemos admirando el pesebre que armamos en casa o en el templo porque sería un simple acto de idolatría contemplar y adorar imágenes construidas por manos humanas.

Quiera Dios que esta Navidad, tengamos el valor de romper con la mediocridad cristiana y asumamos la misión que nos dejó Jesucristo, de construir otra civilización humana, basada en la paz con justicia (Lc 4,18-21; 7,22).

Feliz Navidad.
Dios bendiga a cada una y uno de ustedes
+Julio, Obispo de la IADC

domingo, 23 de diciembre de 2018

Nuestra fe es como un pedo en un canasto de mimbre - Cuarto domingo del Tiempo de la Promesa




Tiempo de la Promesa
Cuarto Domingo
Miqueas 5,1-4




1.     El texto en su contexto:

El profeta Miqueas era oriundo de Gad, muy próxima a Jerusalén. Fue testigo de la invasión y destrucción de Samaria a mano de los asirios y de la deportación masiva de sus habitantes (722 aC) y seguramente también fue testigo de la invasión de Judá (701 aC). Recibió la influencia del profeta Isaías. Denuncia las graves injusticias de  los gobernantes apoyados por los falsos profetas, denuncia las falsas esperanzas  de solución cúltica y de salvación inmediata.

En ese contexto de falsas esperanzas, Miqueas intenta cambiar la forma de pensar y actuar (Mi. 4). La humillación que enfrenta el pueblo no es para siempre, pero es necesario recobrar la identidad. La liberación y salvación no vendrá de Sión (Jerusalén), el centro del poder político y religioso, sino de Belén, de los orígenes campesinos y pastoriles (vv 1); volver a los orígenes es el intento por recuperar la identidad (1Sam 17,12; Sal 132,6). El liderazgo no será del poder político ni del poder religioso, sino que reposará en quien Dios designe para llevar adelante la liberación integral.

La esperanza de restauración se consolida a través de dos acciones: que las mujeres den a luz y que las personas desterradas retornen (vv 2 cf Is 7,14; 9,5; 10,21 ss) pero esto no será un acto mágico sino la acción de Dios en la historia del pueblo por medio del Mesías, sucesor de David (vv 3 cf Salmo 72).

El Mesías traerá tranquilidad y paz, no solo a Israel sino a toda la humanidad (vv 3-4).


2.     El texto en nuestro contexto:

Nuestra realidad no es tan distinta a la de aquellos tiempos. Los países poderosos oprimen a los países pobres gobernados por líderes que priorizan otros intereses a los del crecimiento y desarrollo de las personas oprimidas, explotadas, discriminadas, excluidas, silenciadas, invisibilizadas; en muchos casos, apoyados por líderes religiosos comerciantes de falsas esperazas: “el jabón de la descarga”, “el agua bendita”, “la teología de la prosperidad”, “la promesa de un mundo mejor después de la muerte”, mientras la conciencia del pueblo permanece anestesiada.

Ante tanto desequilibrio en las relaciones humanas y de la humanidad con la naturaleza, produciendo guerras, expropiaciones de bienes, migraciones masivas, contaminación ambiental, explotación salvaje de los recursos naturales, generalización de la pobreza; sentimos la necesidad de construir una esperanza certera aquí y ahora. Y la Iglesia de Jesucristo es la portavoz de esa esperanza, de que es posible otro mundo, una civilización de paz con justicia, de equidad con solidaridad, de armonía y respeto por la naturaleza. Una esperanza activa que denuncie las injusticias, una esperanza que cuestione a los sistemas religiosos dominantes, una esperanza que se geste en las realidades y desde las realidades de las personas oprimidas. No es la esperanza en el Reino por venir no sabemos cuándo, hacia el fin del mundo. Es la esperanza:
-          en que es posible vivir en paz entre las personas y los pueblos,
-         en que es posible vivir en este planeta sin devastarlo,
-         en que es posible tener una casa, un trabajo, el alimento necesario,
-         en que es posible acceder a las prestaciones en salud y bienestar,
-         en que es posible crecer y desarrollarse en su propia tierra y si se desea migrar que no sea a causa de persecuciones o expulsiones,
-         en que es posible convivir en paz distintas etnias, distintos géneros, distintas orientaciones sexuales,
-         en que es posible vivir bien, vivir con dignidad (Jn 10,10).

Esta no es una realidad lejana si nos la proponemos, si dejamos de esperar el consuelo eterno después dela muerte, si dejamos de creer que estamos de paso. No estamos de paso, es aquí y ahora donde debemos ser felices. Es este aquí y ahora el que Dios asumió haciéndose humano (Fi 2,6). Es este aquí y ahora el que Jesús comenzó a transformar (Mt 11,2-6). Es este aquí y ahora el que la Iglesia tiene la misión de continuar transformando a través de sus palabras y sus acciones.

Seguramente, en muchas iglesias esta semana se armen pesebres, se hagan representaciones de nacimientos, se relaten historias sobre Jesús que nunca sucedieron, porque los evangelios son historias sagradas no historias como las entendemos actualmente. Como los falsos profetas del tiempo de Miqueas continuarán adormeciendo la capacidad humana de superarse tras el sostenimiento de una fe mágica; caminarán en procesión tras imágenes de yeso o cerámica, besarán a un niño de madera en un pesebre, adorarán la construcción de artistas humanos. No estamos recordando a un personaje histórico o mitológico, que es en lo que hemos convertido a Jesús; celebramos el “acontecimiento” de la humanización de la divinidad para que la humanidad sea divinizada, y si no entendemos esto, no entendemos nada y nuestra fe no sirve para nada y tampoco nuestra esperanza.

Les invito a cambiar. Les desafío a no ir a las celebraciones religiosas y salir a las calles, a abrazar a personas desconocidas, a alimentar a las personas y los perros en las calles, a levantar las bolsas de nylon o papeles que otros tiran en las calles, a denunciar las situaciones de violencia doméstica, a mirar a los ojos a las personas trans y respetarlas por el solo hecho de ser personas, a compartir lo que tienen, no lo que les sobra, sino lo que necesitan para vivir con quienes no tienen. Si no actuamos así, nuestra fe es como un pedo en un canasto de mimbre, no podemos retener el olor y se nos va por todos lados.

En cada uno y una está la posibilidad de mantener adormecida la esperanza de otro mundo posible, otra civilización construida sobre la paz con justicia, o de despertarla y comenzar a vivir una realidad transformadora, el proyecto que Jesús llamó Reino.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, Obispo de la IADC.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Una Iglesia portadora de esperanza con justicia - Tercer domingo del Tiempo de las Promesas





Tiempo de la Promesa
Tercer Domingo
Sof. 3,14-18

1.     El texto en su contexto:

El profeta Sofonías ministró durante el reinado de Josías (640-609 AEC) caracterizándose por denunciar las costumbres de los pueblos paganos adoptadas por Israel, predicó la catástrofe que caería sobre Jerusalén de continuar en esa actitud pero concluye su ministerio con una profecía de esperanza.

En esta profecía de esperanza (3,14-18) el profeta se dirige con amor a la infiel Jersualén, tal como lo hiciera el profeta Oseas (2) y el profeta Isaías (49, 54, 62). Es una profecía marcada por el gozo y la alegría producto del amor personal entre Dios y Jerusalén, garantiza la seguridad de la presencia de Dios (cf Is 62,5) ahuyentando todo temor. Recuerda el antiguo amor entre el pueblo elegido y Dios, la alianza de fidelidad, el matrimonio que se renueva y se festeja. Dios es el gran protagonista de este proceso liberador, sanador e inclusivo.

Los “tiranos” (vv 15) a que se refiere el profeta bien podrían ser internos, líderes que oprimen al pueblo, corrompen su fe, desvirtúan su misión.

Dios es quien protege a su pueblo (vv 17) como en los salmos (45) o el profeta Isaías (9,5; 10,21).


2.     El texto en nuestro contexto:

En la era cristiana, pleno siglo XXI, deberíamos preguntarnos la vigencia de esta profecía a los efectos de buscar la reserva de sentido del texto sagrado.

La Iglesia, que se autodenomina el “nuevo pueblo de Dios” en contraposición al judaísmo que sería el “viejo pueblo de Dios”, se considera a sí misma como el cumplimiento de la profecía del pueblo renovado, integrado por gentes de la diversidad étnica, cultural, económica y yo agregaría sexual; cuya misión entre los pueblos del mundo es ser testigo del amor incondicional de Dios a la humanidad; un amor que debiera expresarse en la fraternidad entre las personas en sus vínculos familiares y comunitarios (Fil 4,5); dando testimonio con palabras y obras.

Sin embargo, la realidad es diferente. La Iglesia de Jesucristo se ha dividido en diversas denominaciones cristianas, donde unas condenan a otras; donde unas se consideran verdaderas y otras falsas; donde se introdujeron prácticas culturales de los otros pueblos que desvirtuaron la obra iniciada por Jesús y el movimiento apostólico de hombres y mujeres que lo acompañaron; donde dejó de ser una comunidad de iguales para establecer las jerarquías y cuanto más grande la responsabilidad jerárquica más grande el honor reclamado, olvidando la enseñanza del Maestro (Mc 9,35); donde los varones desplazaron en el ministerio a las mujeres, olvidando que ellas fueron las primeras testigos y las primeras evangelizadoras (Lc 24,8-10); juzgando y condenando a las personas diferentes olvidando que su origen es la diversidad (Hch 2,9-10) y que el propio Pedro transmitió el mandato divino de no hacer diferencias (Hc 10,34); incorporando doctrinas de prosperidad y otras similares que nada tienen que ver con el mensaje de solidaridad que nos transmitió Jesús y la comunidad apostólica. La Iglesia renunció a servir a los otros pueblos para presidirlos, dominarlos y controlarlos. En lugar de dar testimonio, impuso, sometió, obligó.

A pesar de ser infiel a su misión, Dios continúa llamándola al cambio, a la conversión, a retomar su identidad de servidora y testigo. Esta llamada de Dios es motivo de gozo y alegría, como en la profecía de Sofonías, puesto que Dios es fiel (1Cor 10,13; 2Tes 3,3; cf Dt 7,9).

La Iglesia, en cuanto movimiento de Jesús, necesita revisar sus prácticas, sus enseñanzas, sus doctrinas, sus tradiciones construidas a lo largo de dos milenios. Esta revisión sin lugar a dudas nos puede generar miedos, inseguridades, malestares; pero es necesaria para volver a nuestra identidad original; para unos significará dejar el latín para asumir la lengua del lugar; para otros será dejar las vestiduras anacrónicas para asumir las ropas festivas del lugar; para otros será abandonar los títulos de la nobleza para asumir los del evangelio: “servidor y hermano”; para otros será dejar de beneficiarse de los bienes de la iglesia para vivir de su trabajo; para otros será abandonar las fórmulas dogmáticas de la edad media para transmitir la fe en el siglo XXI a una sociedad postmoderna; para otros será compartir las riquezas acumuladas durante siglos con aquellas personas que han sido despojadas desde siempre (despojadas de bienes materiales y culturales, de recursos naturales y de su tierra, de identidad, etc)…

La Iglesia necesita retornar a su identidad. Necesita ser testigo de esperanza en un mundo desesperanzado; necesita ser testigo de justicia en un mundo injusto; necesita ser testigo de equidad en un mundo desigual. Somos conscientes de que no lograremos esos cambios aún y que como Moisés, los intuimos lejanos (Dt 32,48-50) pero, no por ello renunciaremos a anunciar que es posible otra Iglesia, para que sea posible otro mundo. Una rama seca en un monte no hace nada, muchas hacen un incendio capaz de arrasar con todo. Necesitamos transmitir esta esperanza activa para que otras personas, otras comunidades, nos releven en la esperanza y de esa forma el movimiento vaya creciendo y renovándose.

Alégrense porque el Señor está cerca (Fi 4,4-7).
Buena semana para todos y todas.
Julio, Obispo de la IADC.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Paz en la Justicia - Segundo domingo del Tiempo de la Promesa




Tiempo de la Promesa
2° Domingo
Baruc 5,1-9


1.     El texto en su contexto

¿Qué sabemos del profeta Baruc?. En realidad muy poco. Sabemos que fue hijo Nerías y se desempeñó como secretario del profeta Jeremías (Jr 32), fue su portavoz (36), compañero en el ministerio (43) y finalmente el destinatario de una profecía personal (45).

¿Fue Baruc el escritor de este libro profético? Seguramente no. Este libro que entro en el canon como deuterocanónico ha sido uno de los últimos escritos sagrados de Israel. El original hebreo no se ha encontrado aún y contamos únicamente con una versión griega. Sin lugar a dudas, este personaje motivó a su escritor o compilador a acogerse a su nombre poco utilizado, ya que contamos con varios Isaías y Jeremías, por ejemplo, y nombre ilustre por su proximidad al profeta Jeremías.

El texto es una profecía de esperanza. Anuncia un tiempo de paz en la justicia. No la “paz romana” impuesta con la presencia de los ejércitos imperiales. No la “paz de la ONU” impuesta con la presencia de ejércitos que responden al Consejo de Seguridad Nacional que manejan los países poderosos. La paz anunciada es posible porque habrá justicia; y la justicia bíblica no es igualitaria, todo para todos; sino equitativa, a cada cual lo que necesita para ser plenamente  lo que es en el designio divino.

Cambiarse el vestido simboliza el comienzo de la liberación (vv 1), transitar de la opresión a la libertad (Jdt 10,3; Is 52,1) dejando atrás la esclavitud, el sometimiento, el dominio, el control de los poderosos.

Envolverse o vestirse con el “manto de justicia” (vv 2) simboliza que Dios defiende y restablece los derechos de aquellas personas desterradas, oprimidas, explotadas, vulneradas en sus derechos y su dignidad.

El cambio de nombre (vv 4), o renombrar es muy común en el tradición bíblica para simbolizar el destino de algo o de alguien (Is 1,26; 60,14.18; 62,4.12). el nuevo nombre Paz en la Justicia (yeru – Shalom) reemplaza al viejo nombre yeru – shalem. El nuevo nombre anuncia una nueva realidad, las personas rescatadas respetarán a Dios y esa será su gloria, promoverán la justicia y de esa justicia establecida y consolidada entre las personas y los pueblos brotará la paz.

La invitación a ponerse en pie, pararse, dejar atrás la situación de estar tendida en el dolor, en la aflicción, en la opresión, abandonar el ensimismamiento y dirigirse hacia la altura para mirar (vv 5) es la invitación del profeta para ver la realidad futura, que no es quimera pues ya ha comenzado, podemos experimentar los efectos de una nueva civilización basada en la paz con justicia como respuesta de parte de la humanidad a la invitación divina.

El retorno triunfante de los desterrados es el signo del triunfo de la justicia de Dios sobre la injusticia humana (vv 6 cf Is 40; 55,12).

La gloria de Dios, es decir, la misma Persona Divina, el Ser Indecible al que llamamos Dios, guiará a las personas desterradas, explotadas y oprimidas con alegría, con justicia y misericordia (vv 7-9); será el mismo Dios, no ya en figura como en el éxodo (Is 40,3ss).


2.     El texto en nuestro contexto:

Quienes hemos vivido en los siglos XX y XXI somos testigos de las realidades, en nuestra época, de los contenidos de esta profecía: millones de personas excluidas, despojadas, invisibilizadas, silenciadas por los poderosos (pueblos originarios, afrodescendientes, diversidad sexual, mujeres, continentes enteros como África); esta realidad clama por justicia y espera que se realice (Ex 3,7-15). Cientos de miles de millones han muerto en estas condiciones y es hora de ponerle fin a esta realidad injusta que deshumaniza a quienes son víctimas y a quienes somos cómplices por acción o por omisión.

En estos dos siglos, hemos sido testigos de las barbaridades cometidas por los países poderosos, arrasando pueblos enteros en nombre de la seguridad, de la paz, de la libertad, para luego constatar que lo único que motivó esas guerras fue la ambición, el controlar las riquezas naturales como por ejemplo, el petróleo; o la expropiación constante de las riquezas en África como antes, siglos atrás se hizo en América.

E profeta Baruc no invita a construir la esperanza. No una esperanza en la intervención divina y milagrosa, sino una esperanza en la intervención humana y concreta. Nos invita a practicar la justicia para que se consolide la paz. No sería necesario el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ni los “cascos azules” si las personas tuvieran lo necesario para sus vidas y si los poderosos no dominaran a los pueblos empobrecidos y a las personas sometidas. Si en lugar de construir misiles para destruir se construyeran viviendas para las personas que están en situación de calle; si en lugar de enviar naves espacies a explorar la vida en otros planetas se construyeran huertas y fábricas de alimentos para preservarla en este planeta; si en lugar de inventar guerras para expropiar las riquezas naturales se intercambiara bienes y servicios entre los pueblos …

La paz estable y duradera no se garantiza con la presencia de “cascos azules” sino con comida y trabajo, con vida digna. Basta echar una mirada y ver en qué países están las fuerzas de seguridad de Naciones Unidas “garantizando la paz”; nada más ni nada menos que en aquellos países más pobres, que transitaron guerras y guerrillas promovidas por los poderosos.

Urge la construcción de una civilización planetaria de la paz, pero para ello es necesario un nuevo orden mundial; un orden basado en la equidad; en el respeto a la vida, a toda forma de vida; en la justicia y necesariamente la justicia comienza por una redistribución de las riquezas; cada quien debe tener lo necesario para vivir dignamente, si tiene más de lo que necesita es porque está apropiándose de lo que otras personas necesitan.

Desde la IADC invitamos a todas las personas cristianas y a todas las personas de buena voluntad a poner fin a esta civilización decadente en mano de unos pocos que controlan todo. Invitamos a consolidar esas células que aisladamente, en diferentes partes del planeta son signo de una nueva civilización planetaria de la Paz en la Justicia, comenzando por nuestras familias, nuestras iglesias, nuestra sociedad, nuestro mundo; porque otra familia es posible, otra iglesia es posible, otra sociedad es posible, otro mundo es posible, pero para ello es necesario abandonar el ensimismamiento, ponerse de pie, comenzar a caminar al encuentro de los iguales, denunciando la injusticia y anunciando que otro mundo es posible. Tenemos que convencernos de ello; tenemos que comprometernos con ello, de lo contrario, nuestra fe es “opio” dijera Marx, “un ídolo con pies de barro” según el sueño de Nabucodonosor (Daniel 2), o “mierda” dijera yo.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, Obispo de la IADC.


domingo, 2 de diciembre de 2018

Señor justicia nuestra - Primer domingo del Tiempo de la Promesa




Tiempo de la Promesa
Primer Domingo
Jr 33,14-16


1.     El texto en su contexto:

El texto profético propuesto para hoy se enmarca dentro del contexto de “restauración”. Tiene gran similitud con 23,5-6. Es la esperanza escatológica del surgimiento de un descendiente de David, descendiente y sucesor, no un usurpador como tantos que presidieron al pueblo.

El texto establece la esperanza mesiánica. El establecimiento de un gobierno justo (2Sam 23,3-4)

El nuevo nombre propuesto “Señor, justicia nuestra” equivalente a “Yehosedeq” (Ag 1,1; Zac 6,11; Esd 3,2) podría ser una contraposición al rey que en ese momento era incapaz de establecer y ejercer justicia, Sedecías.

En esta profecía queda establecida la promesa de Dios a la humanidad: una civilización de justicia.


2.     El texto en nuestro contexto:

La promesa de Dios no se agota con la esperanza escatológica. Creer y esperar que algún día habrá otro tipo de relacionamiento entre los pueblos y entre los seres humanos, pero que ahora esta realidad no se puede cambiar, es una fe opresora, emparentada con los poderosos de este mundo, que controlan y dominan las situaciones para que no se produzcan los cambios necesarios que establezcan la paz con justicia (el Shalom de Dios).

El texto del profeta Jeremías es la llamada de Dios en pleno siglo XXI a trabajar por el establecimiento de relaciones más solidarias entre los seres humanos y entre los pueblos. Millones de seres humanos pasan hambre, otros tantos no acceden a los servicios básicos de salud y educación; millones viven en situación de extrema pobreza, otros tantos viviendo como extranjeros en sus propios países; millones viven sin tierra y sin casa, otros tantos como migrantes; mientras tanto, los países más ricos continúan la carrera armamentista, las exploraciones espaciales, el despilfarro de recursos económicos y la contaminación y explotación salvaje de los recursos naturales.

Millones de seres humanos claman a Dios por justicia y liberación (Ex 3,7) y responde a través de Jeremías: "En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar un Renuevo justo, y El hará juicio y justicia en la tierra” (Jr 33,15).

La IADC se compromete en construir la esperanza en medio de esta sociedad en crisis de fe y esperanza. Pero nuestro compromiso es con una esperanza en un cambio aquí y ahora. No en la otra vida. No en el otro siglo. Hoy denunciamos las injusticias y la inequidad. Hoy nos revelamos contra quienes oprimen y explotan. Aquí y ahora, anunciamos que otro mundo es posible. Aquí y ahora, trabajamos para la construcción de una civilización planetaria de la paz con justicia, para todas las personas, para todos los pueblos, sin excepción, sin exclusión.

Invitamos a todas las personas de buena voluntad a levantar la esperanza activa, transformadora, liberadora; la esperanza que desafíe a los opresores; la esperanza que indigne ante la explotación; la esperanza revolucionaria del Evangelio de Jesucristo.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, Obispo de la IADC.