domingo, 20 de enero de 2019

Tercer domingo del Tiempo de Dios para todos los pueblos: sentimos el llamado a anunciar un tiempo de paz con justicia




3 er Domingo del Tiempo de Dios para todos los Pueblos
Is 62,1-5


1.     El texto en su contexto:

El texto que nos propone la liturgia corresponde al tercer Isaías. El profeta se siente urgido a anunciar justicia y liberación. Anuncia un nuevo tiempo que es como la aurora, la primera luz entre penumbras que anuncia el amanecer de un nuevo día (vv 1). Orígenes (Padre de la Iglesia, 185-254) decía que Jesús es la aurora del Reinado de Dios, pues bien, para el profeta Isaías, el tiempo que se avecina es tiempo de liberación donde Dios reina en la ciudad santa, pero no reina solo para ella sino para todos los pueblos (vv2-4).

El profeta introduce la imagen de las bodas entre Dios y su pueblo (vv 5) imagen que es tomada en Apocalipsis representada en las bodas del Cordero, la unión entre Jesucristo glorificado y la Iglesia, pueblo de Dios, liberado, sanado e incluido, introducido ya en el Reinado de Paz con Justicia (Ap. 19,1-10).


2.     El texto en nuestro contexto:

Sin lugar a dudas, en nuestro contexto latinoamericano y mundial, esta profecía está llena de esperanza para todo el hemisferio sur, especialmente para los países del tercer y cuarto mundo, para los grupos vulnerados en sus derechos y su dignidad de todo el planeta.

Asistimos a un complejo escenario planetario, donde los poderosos de este mundo invierten más en armas para destruir que en medicinas para sanar; priorizan políticas reduccionistas del bienestar y la calidad de vida en vez de promoverlas y fomentarlas; proyectan invasiones con la finalidad de explotar y expropiar los bienes y riquezas naturales de sus víctimas, y no solo eso, sino que inmovilizan sus capacidades de desarrollo, facilitando la migración de técnicos y científicos pero poniendo barreras a la migración del pueblo sencillo que busca mejorar sus condiciones de vida.

Basta echar un vistazo a nuestra América Latina, con la implantación de políticas devastadoras, que favorecen a los poderosos y sus grupos afiliados, perjudicando a millones: las reducciones en las pensiones y jubilaciones, los recortes en la salud y la seguridad social, el desmantelamiento de los programas de equidad, la reducción del gasto en educación y vivienda, la expropiación de tierras a los pueblos originarios, la represión a quienes defienden sus derechos al trabajo y la educación; ejemplos clarísimos como los de Argentina y Brasil.

Pero también, basta con ver como detrás de las políticas sociales de equidad de países llamados progresistas, se esconden políticos y tecnócratas que manipulan el sistema para que sigan existiendo personas empobrecidas y ellos puedan mantenerse en los lugares de poder, sostenidos por sindicalistas que en los discursos defienden los derechos de las personas trabajadoras pero con sus actos atentan contra la clase que dicen defender; ejemplos clarísimos como los de Venezuela y Uruguay.

El cristianismo necesita tomar distancia de estas realidades, no para evadirse en templos y cultos mágicos, sino para visualizar la verdadera esperanza que debe construirse, como el profeta Isaías, sentimos el llamado a anunciar un tiempo de paz con justicia, una realidad radicalmente diferente, una civilización planetaria donde todas las personas gocen de los mismos derechos y las mismas oportunidades, donde todas las personas tengan los mismos deberes y las mismas obligaciones, en un marco de justa equidad no necesariamente igualdad.

Asistimos a una realidad social donde los valores se están transformando, donde las verdades se están cuestionando, donde las seguridades se están desmoronando. Esta realidad es la gran oportunidad que tenemos para construir una realidad diferente, una realidad de paz mundial, planetaria, sostenida en la justicia, no en el temor que generan los poderosos; una paz sostenida en la ciencia y la tecnología, en las herramientas de estudio y de trabajo no en las armas de ningún tipo.

Esta utopía no será promovida por los poderosos porque tienen mucho que perder, necesariamente tiene que ser construida desde abajo hacia arriba y desde dentro hacia fuera, si no lo creemos, si no lo intentamos, si no lo soñamos estamos condenados y condenadas a transmitirles la resignación del no se puede a las nuevas generaciones y continuaremos retrasado la llegada del Reinado de Dios que anunció Jesucristo, un reinado que inicia aquí y ahora, con liberación, sanación e inclusión (Lc 7,22).

Así como las generaciones del siglo XX lograron dar un salto cualitativo y cuantitativo significativo a nivel de ciencia y tecnología, de derechos y de libertades; las generaciones del siglo XXI necesitamos corregir los errores producidos anteriormente y continuar dando esos saltos hacia otra iglesia posible, hacia otra sociedad planetaria posible, sin exclusiones (Hch 10,38).

Esta esperanza activa debemos sembrarla en nuestras vidas personales; transmitirlas a nuestros entornos familiares, n, laborales, estudiantiles; anunciarla en nuestras iglesias y comunidades de fe; es el fuego que Jesús trajo a la tierra y que necesita arder (Lc 12,49); de cada uno y una de nosotros y nosotras depede.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, Obispo de la IADC.

domingo, 13 de enero de 2019

Domingo del Bautismo del Señor – Enviado a establecer la justicia en todas las naciones






2° Domingo del Tiempo de Dios para todos los pueblos
Is 42,1-7


1.     El texto en su contexto:

Estamos leyendo al segundo Isaías, el Libro de la Consolación que inicia en el capítulo 40 y se extiende hasta el capítulo 55. En el capítulo 42, Dios presenta a su enviado y explica su misión (vv 1-4), se dirige específicamente a él explicando el motivo de la elección y la misión que se le confía (vv 5-9).

En la primera parte del oráculo, Dios presenta a su elegido. Su misión es producto de la elección divina y de la acción del Espíritu (vv 42,1). Su misión es establecer la justicia en la tierra pero no como lo harían los poderosos de las naciones, a través de las armas o del establecimiento de fuerzas de paz, imponiéndose por la fuerza un nuevo orden entre las personas y los pueblos. El elegido realizará su misión mediante la no violencia (vv 2) y haciendo justicia a las personas agobiadas por la vida (vv 3) tal como lo hizo Moisés (Num 12,3); sin embargo, estará firme en el cumplimiento de la misión que es universal (vv 4 cf Mt 3,13; Mc 1,11).

En la segunda parte del oráculo, Dios se dirige directamente al elegido confiándole establecer la justicia convirtiéndolo en la alianza entre Dios y la humanidad (vv 6 cf 2Sam 5,3) no solo para el pueblo de Israel sino para todas las naciones del planeta, nada escapará a su misión de establecer justicia, liberando a todas las personas de todas las opresiones (vv 7).


2.     El texto en nuestro contexto:

Sin lugar a dudas, el Libro de la Consolación del segundo Isaías, contiene una reserva de sentido, inmensamente fuerte y vigente para nuestro tiempo. Una civilización divida entre el oriente y el occidente, entre el norte y el sur. Caracterizada por unos pocos opresores que someten a millones de personas en todo el planeta a la explotación de toda clase, el hambre, la miseria, la expropiación de los recursos comunes, las migraciones forzadas, el desplazamiento y opresión de pueblos originarios, la invisibilización y silenciamiento de grupos minoritarios.

En este contexto de injusticia institucionalizada, donde los gobiernos no asumen su responsabilidad de generar condiciones de vida digna para los habitantes del planeta y algunas comunidades de fe permanecen ciegas y sordas, cómplices de los poderosos, el segundo Isaías nos recuerda que Dios rechaza todo tipo de injusticia, explotación y sometimiento, no importa su origen, sea político o religioso.

En las palabras y las acciones Jesucristo encontramos la clave para el establecimiento de la paz con justicia en una nueva civilización. Su misión es liberar, sanar e incluir a millones de personas a lo largo de los tiempos y en todo el planeta y las Iglesia es continuadora de esa obra.

La Iglesia en el mundo actual continúa la misión de Jesucristo, de liberar, sanar e incluir a todas las personas sin excepción (Hch 10,34). No comprometerse con los millones de personas oprimidas es ser cómplice de los regímenes de poder que deshumanizan y atentan contra la dignidad humana. Atenta al clamor de las personas oprimidas (Ex 3,7), con sus fortalezas y debilidades se pone al servicio de la liberación integral de todas las personas denunciando las injusticias (Ex 5) y recordando a toda la humanidad que en Jesucristo, Dios hizo una alianza eterna con la humanidad, un pacto para todos los tiempos y para todos los pueblos (Mt 26,28; Lc 22,20).

El cristianismo transita tiempos difíciles. El surgimiento de grupos fundamentalistas como los neopentecostales que promueven el odio y la discriminación hacia determinados grupos, el silencio cómplice de asociaciones cristianas como, en Uruguay, el CICU o la FIEU que han permanecido en silencio frente a temas fundamentales de derechos humanos. Necesariamente el cristianismo necesita volver a sus fuentes, dejarse impregnar por el espíritu profético, renunciar a sus intereses y conveniencias y comprometerse radicalmente con el Evangelio de Jesucristo.

Tenemos por delante, la construcción del Reino de Dios, una nueva civilización basada en la paz con justicia, una civilización de alcance planetaria y que trasciende a la propia humanidad para llegar a todas las especies del planeta (Is 11,6-9; 65,25).

Buena semana para todos y todas.
Bendiciones
+Julio, Obispo de la IADC

domingo, 6 de enero de 2019

Domingo de la Epifanía - Anuncio de una civilización planetaria de paz con justicia





Celebración de la Epifanía del Señor
Is 60,1-6


Para la IADC inicia el tiempo litúrgico de la manifestación de Dios a todos los pueblos.


1.     El texto en su contexto:

Este capítulo del profeta Isaías tiene fuertes puntos de conexión con el Libro de la Consolación (Is 40) y nos remite a la esperanza cristiana de la Nueva Jerusalén, liberada, sanada e incluida (Ap 21,10-14.23-25): la Iglesia de Jesucristo.

Esta perícopa pertenece a un poema que se extiende del vv 1 al 22 donde relata la restauración de Jerusalén y la peregrinación de todos los pueblos, el triunfo de la paz con justicia en la nueva civilización que ya no tendrá fin.

La vieja Jerusalén, sometida, corrompida, confundida es invitada a levantarse porque el Señor será su gloria, iluminándolo todo y para siempre (vv 1). La aurora de la presencia divina comienza a disipar la oscuridad, primero de Jerusalén y luego del resto del mundo (vv 2-3 cf Ez 10-11 y 43,1-5). Esta ciudad mira asombrada el retorno de las personas que fueron desterradas, excluidas, alejadas (vv 4 cf 43,6; 49,18.22), es un retorno con mucho mayor esplendor que el retorno del éxodo de Egipto o el de Babilonia porque esta vez, congregará a todos los pueblos de la tierra. Esta peregrinación de la humanidad a la nueva ciudad, nosotros diríamos a la nueva civilización, es motivo de una “radiante alegría” de un “gozo infinito” porque concentrará las mayores riquezas del planeta (vv 5-6): la diversidad de pueblos, etnias, razas, culturas congregadas en una civilización de paz con justicia.


2.     El texto en nuestro contexto:

La profecía de Isaías presenta una enorme vigencia en nuestro contexto socio cultural y político económico. Nos encontramos en una civilización judeo cristiana agotada por las divisiones, las discriminaciones, las explotaciones, las exclusiones, la invisibilización y silenciamiento de millones de personas, la pugna entre el fundamentalismo y literalismo anacrónico de un sistema religioso corrupto y cómplice de los poderosos, el surgimiento de falsos profetas que actuando como renovadores del cristianismo y del catolicismo resultan en todo peores que los originales.

Frente a esta sobrecogedora realidad planetaria, resurge con una fuerza inmensa la esperanza de una civilización planetaria sin exclusiones, donde la diversidad de personas que sistemáticamente han sido excluidas del sistema religioso por estar divorciadas, por volverse a casar, por su orientación sexual, por su moral dudosa, por no cumplir con las expectativas de la dirigencia religiosa, por no cumplir con los preceptos y dogmas, puedan retornar, vuelvan a ser visibles y se les devuelva la voz, vuelvan a ser parte de esta comunidad humana, de esta civilización planetaria de la paz con justicia.

Llegará el tiempo, y confío que será pronto, en que todas las personas podamos tener los mismos derechos y los mismos deberes, donde no habrá personas con hambre, sin vivienda, sin trabajo, condenadas por su orientación sexual o por su condición, sea cual sea; el tiempo en que la humanidad será plenamente humana; donde los derechos y la dignidad primarán sobre toda ideología o sistema. Sin lugar a dudas, ese tiempo será la plena epifanía del Señor, la revelación del Reinado de Dios, no ya en la Iglesia, que será testigo ante la humanidad, sino la instalación de la paz con justicia –el Reino de Dios- en una nueva civilización planetaria donde ya no habrá clamor, ni dolor, ni exclusión porque Dios todo lo transformará (Ap 21,4) y será Dios con nosotros y nosotras, Dios entre nosotros y nosotras (Is 7,14).

Estamos iniciando el tiempo de la nueva civilización de paz con justicia. Habrá quienes se opongan. Habrá quienes la combatan. Tal vez demoren su instauración pero no podrán impedirlo. Será una fuerza arrasadora que no podrá ser detenida y la paz con justicia reinará en esta tierra.

Feliz manifestación del Señor en sus vidas personales, familiares, comunitarias, nacionales. Feliz Epifanía del Señor. Hasta el encuentro pleno y definitivo en la civilización planetaria de la paz con justicia.

+Julio, Obispo de la IADC.

martes, 1 de enero de 2019

Mensaje de comienzo de año 2019







Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana
Mensaje de Año Nuevo


“La paz esté con ustedes” (Lc 24,36).

Este es el primer salud de Jesús resucitado a la comunidad de discípulas y discípulos que representan a la Iglesia y a la nueva humanidad. Una humanidad liberada, sanada e incluida, “porque Dios no hace diferencias entre las personas” (Hch 10,34).

Este es el saludo de la IADC en este año que inicia, a todas las Iglesias, a todas las comunidades de fe, a todas las personas de buena voluntad que esperan y trabajan por una nueva civilización de paz con justicia.


1.     La paz es el goce de la plenitud de derechos con justicia, con equidad y solidaridad

La paz no es la ausencia de guerras. El imperio romano imponía la paz por medio de las armas en los pueblos ocupados. Acciones similares hacen los países poderosos en este siglo XXI. La paz es el goce de la plenitud de derechos con justicia, con equidad y solidaridad. No es posible vivir en paz mientras hay pueblos enteros que pasan hambre. No es posible vivir en paz mientras hay colectivos enteros que no acceden a medicación básica. No es posible vivir en paz mientras hay grupos excluidos, silenciados e invisibilizados por ser diferentes: diferente etnia, diferente sexo, diferente género, diferente credo. Las diferencias entre las personas y entre los pueblos no es una debilidad sino una fortaleza que enriquece al colectivo humano. Tampoco es posible vivir en paz, mientras algunos explotan salvajemente y expropian los recursos naturales del planeta, patrimonio de toda la humanidad, para su propio beneficio, poniendo en riesgo la existencia de diversidad de especies animales y vegetales, hasta el punto de estar en riesgo de extinción.

Debemos tomar conciencia de que la paz en que vivimos es ficticia. Es una sensación creada e impuesta por los poderosos de este mundo. Miles de millones de personas claman por pan, por trabajo, por medicamentos, por vivienda, por tierra, por identidad, por libertad de expresión, por el derecho a vivir su orientación sexual y su género, por transitar de una tierra a otra sin ser considera inmigrante y persona peligrosa …


2.     Di@s envía personas que anuncian y trabajan activamente por la paz con justicia.

Ciertamente, y sin lugar a dudas, el Ser Indecible a quien llamamos “Di@s” escucha ese clamor (Ex 3,7) e interviene en la historia humana liberando, sanando e incluyendo; generando la esperanza en que es posible la vida digna, plena y abundante (Jn 10,10) para todas las personas en todas partes, en una civilización planetaria de paz con justicia (Ex 3,8).

En todos los pueblos y en todos los tiempos han surgido personas que denuncian las injusticias y anuncian que es posible vivir con justicia y equidad; son profetas que actuando como la conciencia moral del pueblo indican el camino hacia esa nueva civilización del consuelo y la inclusión, sin dolor y sin llanto (Ap 21,4).

Las y los profetas, no son propiedad del judaísmo o del cristianismo; por ejemplo, Mahatma Gandi (1869 – 1948) fue uno de los mayores profetas, perteneciente a otra comunidad de fe, del siglo XX que trabajó por los derechos humanos realizando una verdadera revolución no violenta, donde el pueblo hindú alcanzó la liberación del colonialismo. La historia de la humanidad está llena de estas personas.


3.     Jesús, nuestro Maestro y nuestro Señor (Jn 13,13).

Jesús, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) de quienes formamos parte de su movimiento, nos dejó su ejemplo para que sigamos sus huellas (1Pe 2,21). Él “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38) restaurando la dignidad humana y los derechos humanos de las personas violentadas por el sistema político y religioso, haciéndolo a través de sus palabras y de sus acciones (Hch 2,22). Fue un trabajador incansable en la construcción de esta nueva civilización que llamó “Reino” (Mc 1,5).

Jesús es nuestro Maestro. La Iglesia, el movimiento de Jesús, es enviada al mundo para anunciar esta civilización de paz con justicia (Lc 9,1-6; 10,1-12) de la que Él fue testigo donde las personas son visibilizadas e incluidas (Lc 7,22).

El siglo XXI se caracteriza por ser una civilización fragmentada, el norte y el sur, oriente y occidente, el G7 y el resto del mundo, la Unión Europea y el Mercosur, el G20 y el resto de los países, los países desarrollados y los países subdesarrollados, los países ricos y los países pobres, los países colonizadores y los países colonizados. En este contexto mundial, el movimiento de Jesús, la Iglesia, es portadora de un mensaje escandalosamente revolucionario, denunciando las injusticias de unos contra otros, la victimización de las personas inocentes (Hch 2,23) pero también, anunciando el triunfo de Dios en medio de la historia de la humanidad, la justicia divina triunfa sobre la injusticia humana, las víctimas de la injusticia no quedan en el olvido, Dios interviene a su favor liberando, sanando, incluyendo (Hch 2,24). En Jesús resucitado, la humanidad entera es restaurada y dignificada haciendo posible esa realidad de paz con justicia. La Iglesia no puede ni debe eludir su misión en el mundo transmitiendo lo que recibió del Señor Jesús.


4.     Un posible nuevo escenario: 2019.

Iniciamos un nuevo año, sin embargo, el desafío de crecer en justicia y paz sigue siendo el mismo que antes. Un nuevo año es una oportunidad para comenzar en unos casos o continuar en otros, la construcción de la paz con justicia, el establecimiento de derechos para todas las personas, para todos los pueblos, en todo el planeta.

La Iglesia tiene la oportunidad de abandonar la seguridad de los templos, los discursos moralistas, la fe mágica, las posiciones fundamentalistas y dogmáticas, para ser luz (Mt 5,14-16) y levadura (Mt 13,33-35), testigo fiel (Ap 1,5). Tremendo desafío para el año que inicia.

Un año nuevo es un año de oportunidades; una invitación a reescribir la historia desde el lugar de las personas silenciadas e invisibilizadas; una posibilidad para transformar las estructuras eclesiales y sociales; una invitación a retomar la ética evangélica en los múltiples escenarios sociales, culturales, políticos, económicos, religiosos.

La IADC convoca a todas las iglesias, las comunidades de fe y las personas de buena voluntad a hacer posible una civilización de paz con justicia, construida sobre los derechos humanos y la dignidad humana. De nuestra participación y protagonismo dependerá que tengamos un año nuevo feliz, una humanidad nueva feliz, una civilización nueva feliz.


Bendiciones a todas y todos.
+Julio, Obispo de la IADC.