sábado, 27 de junio de 2020

Reflexión 4° Domingo después de Pentecostés: Mateo 10:40-42




Relato evangélico:

 

»El que los reciba a ustedes, también me recibe a mí y el que me recibe, recibe al que me envió. El que reciba a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa que Dios da a un profeta. Y el que reciba a un hombre bueno por ser bueno, recibirá la recompensa que Dios da a un hombre bueno.  Y el que le dé aunque sea un vaso de agua fresca a uno de mis seguidores más humildes, por ser mi seguidor, les digo la verdad: también será recompensado» (Mt. 10:40-42).

 

 

1.     El texto en su contexto

 

El contexto de este relato sigue siendo la elección y envío de la comunidad apostólica que inicia en 9:35 y finaliza con el texto de hoy.

El texto nos remite a las figuras del profeta Elías (1 Re. 17:9-24) y del profeta Eliseo (2 Re. 4:8-37); al final de la reflexión, les incluyo los textos para que puedan leerlos.

El primero, está vinculado a la viuda de Sarepta, donde a través de Elías, la viuda recibe de Dios, lo que brinda para el cuidado y sustento del profeta, quien, aunque tenía lo justo para comer ella y su hijo, no obstante, nunca le faltó el alimento diario mientras Elías se alojó en su casa.

El segundo, está vinculado a la mujer de Suném, donde a través de Eliseo, la mujer recibe de Dios, la bendición de un hijo aunque ya estaban entrados en ancianidad ella y su esposo, a cambio del alojamiento y cuidados del profeta.

Los tres relatos, el de Elías, el de Eliseo y el de la comunidad apostólica que nos relata el Evangelio, están asociados a la hospitalidad. Mateo nos dice que quien recibe a un miembro de la comunidad apostólica, una persona elegida y enviada por Jesucristo, recibe al mismo Señor y quien lo recibe a Él, recibe al Padre que lo envió (Mt 10:40), recibiendo la recompensa que Dios da a los apóstoles (Mt. 10:41).

La hospitalidad era un gesto muy grande, muy importante en la cultura judía, recordemos el caso de Abraham y los tres visitantes (Gn. 18) y el de Lot y sus tres huéspedes (Gn. 19). Y la hospitalidad siempre está asociada a la generosidad y a la solidaridad. Quien acoge, comparte lo que tiene: techo, abrigo, alimento, por lo tanto, se solidariza con el huésped, con la persona acogida.

Pero Jesús va más allá de lo que narran las Escrituras Hebreas en relación a la hospitalidad y la solidaridad; ya no se trata de enviados de Dios, como el caso de Elías, Eliseo o los visitantes de Abraham y Lot; ahora, Jesús afirma que quien tenga el más mínimo gesto de solidaridad con una persona buena, y no especifica si es discípula o no, si es enviada suya o no, recibirá de Dios la recompensa de los buenos y que quien se solidarice con una persona que sea discípula suya, aunque sea la más humilde, proporcionando un vaso de agua, por ejemplo, no quedará sin recompensa (Mt. 10:42).

  

2.     El texto en nuestro contexto.

Algunos pensadores, ya afirman que con el COVID 19 asistimos a la caída de la civilización que conocíamos. Nos encontramos en tiempos de grandes transformaciones sociales y culturales. Y en estos tiempos, se hace necesario y urgente revisar profundamente qué cosas cambiamos porque ya no sirven y que cosas mantenemos porque tienen vigencia. Una de las cosas que requiere de especial cuidado al revisar son los valores. Los valores nos identifican como sociedad y como cultura.

Ante tantas transformaciones, ante escenarios tan diversos y difíciles, es necesario identificar a las personas buenas y a las personas solidarias (vv 42) porque darán una impronta humana y cristiana a la civilización que está emergiendo, tan diferente, en muchos aspectos, a la que conocíamos.

La bondad y la solidaridad, necesariamente tienen que estar presentes en los nuevos escenarios y en la nueva civilización; tal vez, este sea el desafío más grande para el cristianismo del siglo XXI. Y estos valores no se imponen desde los organismos internacionales o desde los gobiernos; ellos surgen en las relaciones cotidianas de las personas, por lo tanto, se hace necesario cultivarlos en nuestras familias, grupos afectivos, comunidades de fe, espacios estudiantiles y laborales, etc. En este aspecto, las cristianas y los cristianos tenemos mucho para aportar a la construcción de la nueva civilización. Si tenemos una vivencia del Evangelio de Jesucristo, sabremos de hospitalidad y de solidaridad.

Estos valores evangélicos son imprescindibles en una sociedad y una cultura empeñada en construir la civilización del individualismo, del consumismo, de la competencia. El COVID 19 nos desafía como comunidades de fe, a desarrollar la creatividad. ¿Cómo ser personas hospitalarias y solidarias cuando debemos guardar aislamiento social o cuarentena, cuando debemos guardar distancia de las otras personas en sitios comunes, cuando no podemos estrecharnos las manos o besarnos, cuando el abrazo es impensable y andamos con la cara cubierta por los tapabocas?

Si no logramos incidir en estos momentos en que se está gestando la nueva civilización habremos perdido la posibilidad de evangelizar a la sociedad y la cultura, la posibilidad de ser profetas en nuestros entornos presenciales o virtuales.

Buena semana para todos y todas.

+Julio.


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Textos citados en la reflexión semanal por el orden que son mencionados:

1 Re. 17:9-24

«Vete a Sarepta en Sidón y vive ahí. En aquel lugar vive una viuda a quien yo le he ordenado que te dé comida».

10 Así que Elías se fue a Sarepta y al entrar por la puerta de la aldea, vio a una viuda que estaba juntando leña para el fuego. Elías le dijo:

—¿Puede traerme un poco de agua para beber?

11 Mientras ella iba a buscar el agua, Elías añadió:

—Y un pedazo de pan, por favor.

12 La mujer le contestó:

—Te aseguro ante el SEÑOR tu Dios que no tengo pan. Sólo tengo un poco de harina en el recipiente y me queda sólo un poco de aceite de oliva en la jarra. Hoy vine a juntar dos leños para hornear en casa la última comida que me queda. Mi hijo y yo la íbamos a comer para luego dejarnos morir de hambre.

13 Elías le dijo a la mujer:

—No te preocupes, ve y haz la comida que dijiste, pero primero hazme un panecito de la harina que tienes y tráemelo. Después cocina para ti y tu hijo. 14 El SEÑOR, Dios de Israel, dice: “Aquel recipiente de harina nunca se terminará ni se agotará el aceite y así continuará hasta que el SEÑOR mande lluvia a la tierra”.

15 Entonces la mujer hizo lo que Elías le había dicho y tanto él como la mujer y su hijo tuvieron suficiente comida por mucho tiempo. 16 El recipiente de harina y la jarra de aceite nunca quedaron vacíos, tal como el SEÑOR dijo por medio de Elías. 17 Después de un tiempo, el hijo de la viuda, que era la dueña de la casa, se enfermó y estaba tan mal que apenas respiraba. 18 La mujer entonces le dijo a Elías:

—Tú eres un hombre de Dios. ¿Me puedes ayudar? ¿O viniste aquí sólo para recordarme mis pecados y matar a mi hijo?

19 Elías le dijo:

—Dame a tu hijo.

Elías lo llevó al cuarto de arriba donde él se alojaba y lo acostó sobre su cama. 20 Luego Elías suplicó al SEÑOR en voz alta: «SEÑOR mi Dios. Esta mujer me está dando hospedaje. ¿Le vas a romper el corazón? ¿Vas a matar a su hijo en recompensa?» 21 Entonces Elías se tendió tres veces sobre el niño suplicando al SEÑOR en voz alta: «SEÑOR mi Dios, permite que este niño viva de nuevo».

22 El SEÑOR respondió a la oración de Elías y el niño comenzó a respirar de nuevo. ¡Estaba vivo! 23 Elías lo levantó y lo bajó del cuarto a la casa de la mujer y se lo entregó. Le dijo:

—Mira, tu hijo está vivo.

24 La mujer contestó:

—Ahora sé que de verdad eres un hombre de Dios y sé que el SEÑOR verdaderamente habla por medio de ti.

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2 Re. 4:8-37

Un día Eliseo fue a Sunén, donde vivía una mujer importante. Ella insistió en que Eliseo se quedara a comer en su casa. Así que cada vez que Eliseo pasaba por aquel lugar se detenía para comer ahí.

La mujer le dijo a su esposo:

—Mira, tú sabes que Eliseo es un hombre santo de Dios y que siempre pasa por nuestra casa. 10 Por favor, hagámosle un cuarto en la planta alta. Pongámosle una cama en el cuarto con una mesita, una silla y una lámpara. Entonces, cuando se hospede en nuestra casa podrá tener su propio cuarto.

11 Un día Eliseo se hospedó en la casa y entró al cuarto para descansar. 12 Eliseo le dijo a su siervo Guiezi:

—Llama a esta mujer sunamita.

El siervo la llamó y ella fue y lo atendió. 13 Eliseo le dijo:

—Ahora dile: “Mira, has hecho lo mejor que has podido para atendernos. ¿Qué podemos hacer por ti? ¿Quieres que hablemos de tu parte al rey o al comandante del ejército?”

Ella contestó:

—Estoy contenta viviendo entre mi pueblo.

14 Eliseo le dijo a Guiezi:

—¿Qué podemos hacer por ella?

Él contestó:

¡Ya sé! Ella no tiene hijos y su esposo ya es viejo.

15 Entonces Eliseo le dijo:

—Llámala de nuevo.

Entonces Guiezi la llamó y ella se acercó para atenderlo. 16 Eliseo le dijo:

—Para la primavera entrante tendrás en brazos a tu propio hijo.

La mujer respondió:

—¡No, señor! ¡Que el hombre de Dios no me mienta!

17 Sin embargo, la mujer quedó embarazada y la siguiente primavera dio a luz a un hijo, tal como Eliseo le había dicho. 18 El niño creció y se llegó el día en que ya podía salir a trabajar en la cosecha con su papá. 19 Estando en eso, gritó a su papá:

—¡Ay, mi cabeza! ¡Me duele la cabeza!

El papá le dijo al criado:

—Llévenlo a su mamá.

20 Lo llevaron a donde estaba la mamá y ella lo acostó en su falda y por la tarde el niño murió.

21 La mujer subió y acostó al niño en la cama del hombre de Dios. Cerró la puerta y salió del cuarto. 22 Ella llamó a su esposo y le dijo:

—Por favor, mándame a uno de los siervos con un burro para ir rápido a buscar al hombre de Dios, y volver en seguida. 23 El hombre le contestó:

—¿Por qué vas a buscarlo hoy si no es Luna nueva ni día de descanso?

Ella dijo:

—¡Adiós! [a]

24 Entonces ensilló el burro y le dijo al siervo:

—¡Vámonos, apúrate! No aminores la marcha a menos que yo te lo diga.

25 La mujer fue al monte Carmelo para buscar al hombre de Dios.

Cuando el hombre de Dios vio que la sunamita se acercaba, Eliseo le dijo a su siervo Guiezi:

—¡Mira, ahí está la sunamita! 26 ¡Corre a su encuentro! Pregúntale: ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Está bien tu esposo? ¿Está bien el niño?

Ella respondió al criado:

—Todo está bien. [b]

27 Pero la sunamita subió hasta donde estaba el hombre de Dios. Se aferró a los pies de Eliseo y Guiezi se acercó para quitarla. Pero el hombre de Dios le dijo a Guiezi:

—¡Déjala en paz! Está desconsolada y el SEÑOR no me advirtió de nada, me ocultó esta noticia.

28 Entonces ella dijo:

—Señor, yo no te pedí un hijo. Te dije: “No me tomes el pelo”.

29 Entonces Eliseo le dijo a Guiezi:

—Prepárate para el viaje. ¡Agarra mi bastón y vete ya! Si encuentras a alguien por el camino, no lo saludes, y si alguien te saluda, no te detengas para contestar el saludo. Coloca mi bastón en la cara del niño.

30 Sin embargo la madre del niño le dijo:

—¡Juro por el SEÑOR viviente y por su vida que no me iré sin usted!

Así que Eliseo se levantó y la siguió.

31 Guiezi llegó a la casa antes que Eliseo y la mujer sunamita. Guiezi colocó el bastón en la cara del niño, pero el niño no habló ni respondió nada. Entonces Guiezi salió al encuentro de Eliseo y le dijo:

—¡El niño no se despierta!

32 Eliseo entró a la casa y ahí estaba el niño, muerto, tendido en su cama. 33 Eliseo entró al cuarto y cerró la puerta. Entonces oró al SEÑOR. 34 Después Eliseo se acercó a la cama y se acostó sobre el niño. Puso sus ojos donde estaban los ojos del niño, su boca en la boca del niño, sus manos arriba de las manos del niño. Se acostó encima del niño hasta que su cuerpo entró en calor. 35 Entonces Eliseo se volvió y salió del cuarto. De nuevo entró en el cuarto hasta que el niño estornudó siete veces y abrió los ojos.

36 Eliseo llamó a Guiezi y le dijo:

—¡Llama a la sunamita!

Guiezi la llamó y ella se acercó a Eliseo, quien le dijo:

—¡Toma al niño!

37 Entonces la mujer sunamita entró al cuarto y arrojándose a los pies de Eliseo, se postró ante él. Entonces ella tomó a su hijo y salió

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Gn. 18

El SEÑOR se le apareció a Abraham al lado de los robles de Mamré mientras estaba sentado en la entrada de su carpa a la hora más calurosa del día. Levantó los ojos y vio a tres hombres de pie frente a él. Cuando los vio, corrió desde la entrada de su carpa para encontrarse con ellos, se postró rostro en tierra y dijo:

—Señor, si he merecido su aprobación, por favor quédese conmigo. Yo soy su siervo. Permítanme traerles un poco de agua. Luego laven sus pies y descansen bajo un árbol. Traeré un poco de pan para que repongan sus fuerzas. Después podrán continuar su camino. Permítanme hacer esto ya que han venido hasta aquí, donde está su siervo.

Entonces ellos dijeron:

—Haz lo que has dicho.

Inmediatamente Abraham corrió a su carpa, donde estaba Sara, y le dijo:

—Rápido, saca tres medidas de harina fina, amásala y prepara pan.

Luego Abraham corrió hacia el rebaño y tomó un cordero bueno y tierno, y se lo dio a su siervo quien se fue rápidamente a prepararlo. Después tomó unas cuajadas, leche y el cordero que había preparado y los colocó ante ellos. Abraham se quedó de pie al lado de ellos mientras comían debajo del árbol, listo para atenderlos.

Entonces ellos le dijeron:

—¿Dónde está tu esposa Sara?

Y él les respondió:

—Ahí en la carpa.

10 Uno de ellos dijo:

—Te aseguro que regresaré el próximo año por este mismo tiempo y tu esposa Sara tendrá un hijo.

Sara estaba escuchando la conversación a la entrada de la carpa que estaba detrás de él. 11 Tanto Abraham como Sara ya eran muy viejos, y a Sara ya no le venía el período menstrual. 12 Así que se rió silenciosamente y dijo: «Estando yo tan vieja y acabada, y siendo mi esposo un anciano, ¿aún sentiré placer sexual?» 13 Luego el SEÑOR le preguntó a Abraham:

—¿Por qué Sara se rió y dijo: “Será posible que yo tenga un hijo siendo tan vieja”? 14 ¿Acaso existe algo imposible para el SEÑOR? Regresaré por este mismo tiempo, en la primavera del próximo año, y Sara tendrá un hijo.

15 Pero Sara se asustó y lo negó diciendo:

—Yo no me reí.

Y el Señor le dijo:

—Sí, tú te reíste.

16 Luego los tres hombres se fueron de allí, miraron hacia Sodoma y se fueron en esa dirección. Abraham los acompañó para despedirlos.

17 El SEÑOR dijo: «No le voy a ocultar a Abraham lo que voy a hacer. 18 Se convertirá en una nación grande y poderosa y todas las demás naciones del mundo encontrarán bendición en él. 19 Lo elegí a él para que enseñe a sus hijos y a su gente a vivir de la manera que el SEÑOR quiere que vivan, haciendo lo que es bueno y justo. Si les enseña a vivir así, entonces yo, el SEÑOR, le daré a Abraham lo que le he prometido». 20 Luego el SEÑOR dijo:

—Existen tantas quejas en contra de Sodoma y Gomorra, y sus pecados son tan grandes, 21 que he decidido bajar a ver si en realidad han hecho todas las cosas malas que me han dicho. Y si no las han hecho, yo lo sabré.

22 Finalmente los dos hombres se marcharon de ahí y caminaron hacia Sodoma. Pero Abraham se quedó de pie ante el SEÑOR. 23 Se le acercó y le dijo:

—¿En realidad vas a destruir a los justos junto con los perversos? 24 Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Aun así la destruirías? ¿No perdonarías a toda la ciudad por esos cincuenta justos que viven en ella? 25 Tú no harías algo así: matar a la gente justa junto con la perversa. Si así fuera, el justo sería tratado de la misma manera que el perverso. Ni se te ocurra. ¿Acaso el Juez del mundo no debe hacer justicia?

26 Luego el SEÑOR dijo:

—Si llego a encontrar cincuenta justos en Sodoma, por ellos perdonaré a toda la ciudad.

27 Entonces Abraham dijo:

—Ya que me he atrevido a hablarte así, aunque no soy más que polvo y cenizas, 28 ¿qué pasará si sólo hay cuarenta y cinco justos? ¿Acaso destruirás a toda la ciudad sólo porque faltan cinco?

Y el Señor dijo:

—No destruiré la ciudad si llego a encontrar cuarenta y cinco justos.

29 Entonces Abraham volvió a rogar:

—¿Qué pasará si sólo encuentras a cuarenta justos?

Y el Señor le dijo:

—No la destruiré si hay cuarenta justos.

30 Abraham volvió a hablarle al Señor y le dijo:

—Señor, por favor no te enfurezcas conmigo si te vuelvo a hablar. Tal vez sólo haya treinta justos.

Y el Señor le respondió:

—No lo haré si encuentro a treinta justos.

31 Entonces Abraham dijo:

—He sido demasiado atrevido al hablarle al Señor, pero ¿qué pasará si sólo hay veinte justos?

Y el Señor dijo:

—Si hay veinte justos no la destruiré.

32 Finalmente Abraham dijo:

—Señor, por favor no te enojes conmigo por hablar tan sólo una vez más, ¿qué pasará si sólo encuentras diez justos?

Y el Señor dijo:

—No la destruiré para salvar a esos diez.

33 Cuando terminó de hablar con Abraham, el SEÑOR se fue y Abraham volvió a su casa.

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Gn 19

El SEÑOR se le apareció a Abraham al lado de los robles de Mamré mientras estaba sentado en la entrada de su carpa a la hora más calurosa del día. Levantó los ojos y vio a tres hombres de pie frente a él. Cuando los vio, corrió desde la entrada de su carpa para encontrarse con ellos, se postró rostro en tierra y dijo:

—Señor, si he merecido su aprobación, por favor quédese conmigo. Yo soy su siervo. Permítanme traerles un poco de agua. Luego laven sus pies y descansen bajo un árbol. Traeré un poco de pan para que repongan sus fuerzas. Después podrán continuar su camino. Permítanme hacer esto ya que han venido hasta aquí, donde está su siervo.

Entonces ellos dijeron:

—Haz lo que has dicho.

Inmediatamente Abraham corrió a su carpa, donde estaba Sara, y le dijo:

—Rápido, saca tres medidas de harina fina, amásala y prepara pan.

Luego Abraham corrió hacia el rebaño y tomó un cordero bueno y tierno, y se lo dio a su siervo quien se fue rápidamente a prepararlo. Después tomó unas cuajadas, leche y el cordero que había preparado y los colocó ante ellos. Abraham se quedó de pie al lado de ellos mientras comían debajo del árbol, listo para atenderlos.

Entonces ellos le dijeron:

—¿Dónde está tu esposa Sara?

Y él les respondió:

—Ahí en la carpa.

10 Uno de ellos dijo:

—Te aseguro que regresaré el próximo año por este mismo tiempo y tu esposa Sara tendrá un hijo.

Sara estaba escuchando la conversación a la entrada de la carpa que estaba detrás de él. 11 Tanto Abraham como Sara ya eran muy viejos, y a Sara ya no le venía el período menstrual. 12 Así que se rió silenciosamente y dijo: «Estando yo tan vieja y acabada, y siendo mi esposo un anciano, ¿aún sentiré placer sexual?» 13 Luego el SEÑOR le preguntó a Abraham:

—¿Por qué Sara se rió y dijo: “Será posible que yo tenga un hijo siendo tan vieja”? 14 ¿Acaso existe algo imposible para el SEÑOR? Regresaré por este mismo tiempo, en la primavera del próximo año, y Sara tendrá un hijo.

15 Pero Sara se asustó y lo negó diciendo:

—Yo no me reí.

Y el Señor le dijo:

—Sí, tú te reíste.

16 Luego los tres hombres se fueron de allí, miraron hacia Sodoma y se fueron en esa dirección. Abraham los acompañó para despedirlos.

17 El SEÑOR dijo: «No le voy a ocultar a Abraham lo que voy a hacer. 18 Se convertirá en una nación grande y poderosa y todas las demás naciones del mundo encontrarán bendición en él. 19 Lo elegí a él para que enseñe a sus hijos y a su gente a vivir de la manera que el SEÑOR quiere que vivan, haciendo lo que es bueno y justo. Si les enseña a vivir así, entonces yo, el SEÑOR, le daré a Abraham lo que le he prometido». 20 Luego el SEÑOR dijo:

—Existen tantas quejas en contra de Sodoma y Gomorra, y sus pecados son tan grandes, 21 que he decidido bajar a ver si en realidad han hecho todas las cosas malas que me han dicho. Y si no las han hecho, yo lo sabré.

22 Finalmente los dos hombres se marcharon de ahí y caminaron hacia Sodoma. Pero Abraham se quedó de pie ante el SEÑOR. 23 Se le acercó y le dijo:

—¿En realidad vas a destruir a los justos junto con los perversos? 24 Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Aun así la destruirías? ¿No perdonarías a toda la ciudad por esos cincuenta justos que viven en ella? 25 Tú no harías algo así: matar a la gente justa junto con la perversa. Si así fuera, el justo sería tratado de la misma manera que el perverso. Ni se te ocurra. ¿Acaso el Juez del mundo no debe hacer justicia?

26 Luego el SEÑOR dijo:

—Si llego a encontrar cincuenta justos en Sodoma, por ellos perdonaré a toda la ciudad.

27 Entonces Abraham dijo:

—Ya que me he atrevido a hablarte así, aunque no soy más que polvo y cenizas, 28 ¿qué pasará si sólo hay cuarenta y cinco justos? ¿Acaso destruirás a toda la ciudad sólo porque faltan cinco?

Y el Señor dijo:

—No destruiré la ciudad si llego a encontrar cuarenta y cinco justos.

29 Entonces Abraham volvió a rogar:

—¿Qué pasará si sólo encuentras a cuarenta justos?

Y el Señor le dijo:

—No la destruiré si hay cuarenta justos.

30 Abraham volvió a hablarle al Señor y le dijo:

—Señor, por favor no te enfurezcas conmigo si te vuelvo a hablar. Tal vez sólo haya treinta justos.

Y el Señor le respondió:

—No lo haré si encuentro a treinta justos.

31 Entonces Abraham dijo:

—He sido demasiado atrevido al hablarle al Señor, pero ¿qué pasará si sólo hay veinte justos?

Y el Señor dijo:

—Si hay veinte justos no la destruiré.

32 Finalmente Abraham dijo:

—Señor, por favor no te enojes conmigo por hablar tan sólo una vez más, ¿qué pasará si sólo encuentras diez justos?

Y el Señor dijo:

—No la destruiré para salvar a esos diez.

33 Cuando terminó de hablar con Abraham, el SEÑOR se fue y Abraham volvió a su casa.