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viernes, 4 de abril de 2014

Cuarto Sábado de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Cristo quiere ser honrado en los pobres

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de San Mateo

Lectura bíblica: Mt 25, 37 - 46

Comentario
San Juan Crisóstomo inculca aquí una de las enseñanzas fundamentales del Nuevo Testamento: que el verdadero templo no es el de piedras, sino el de carne y hueso y está formado por la persona de los cristianos (1 Co 3, 16-17;1 Pe 2, 4-5). Más aún, que no existe templo más sagrado sobre la tierra que la propia persona de los pobres, en quienes habita Cristo (Mt 25, 40.45). La diaria profanación de tales templos de carne y hueso pasa sin embargo desapercibida, mientras alzamos el grito al cielo si se irrespeta alguna imagen en una iglesia de pueblo. Respetar los símbolos de nuestra fe es necesario, pero más aún lo es respetar a quienes, creados a imagen y semejanza de Dios, sufren una violación permanente de sus derechos humanos más fundamentales. Hacer justicia al pobre es honrar a Dios (Prov 14, 31).


¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre y no me dieron de comer, y más adelante: Siempre que dejaron de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejaron de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos.

Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor con que él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place. También Pedro pretendió honrar al Señor cuando no quería dejarse lavar los pies, pero lo que él quería impedir no era el honor que el Señor deseaba, sino todo lo contrario. Así tú debes tributar al Señor el honor que él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres. Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero sí, en cambio, desea almas semejantes al oro.

No digo esto con objeto de prohibir la entrega de dones preciosos para los templos, pero sí que quiero afirmar que, junto con estos dones y aun por  encima de ellos, debe pensarse en la caridad para con los pobres. Porque si Dios acepta los dones para su templo, le agradan, con todo, mucho más las ofrendas que se dan a los pobres. En efecto, de la ofrenda hecha al templo saca provecho quien la hizo; en cambio, de la limosna saca provecho tanto quien la hace como quien la recibe. El don dado para el templo puede ser motivo de vanagloria, la limosna, en cambio, sólo es signo de amor y de caridad.

¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez?

¿Qué ganas con ello? Dime si no: Si ves a un hambriento falto del alimento indispensable y, sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar una mesa adornada con vajilla de oro, ¿te dará las gracias de ello? ¿No se indignará más bien contigo? O si, viéndolo vestido de andrajos y muerto de frío, sin acordarte de su desnudez, levantas en su honor monumentos de oro, afirmando que con esto pretendes honrarlo, ¿no pensará él que quieres reírte de su extrema necesidad con la más hiriente de tus burlas?


Piensa, pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el piso,  las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas lámparas, y te niegas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Con esto que estoy diciendo, no pretendo prohibir el uso de tales adornos, pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin descuidar lo otro; es más: les exhorto a que sientan mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por dejar de hacer esto segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios están destinados para quienes descuiden lo primero. Por tanto, al adornar el templo, procuren no despreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro.

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