domingo, 16 de diciembre de 2018

Una Iglesia portadora de esperanza con justicia - Tercer domingo del Tiempo de las Promesas





Tiempo de la Promesa
Tercer Domingo
Sof. 3,14-18

1.     El texto en su contexto:

El profeta Sofonías ministró durante el reinado de Josías (640-609 AEC) caracterizándose por denunciar las costumbres de los pueblos paganos adoptadas por Israel, predicó la catástrofe que caería sobre Jerusalén de continuar en esa actitud pero concluye su ministerio con una profecía de esperanza.

En esta profecía de esperanza (3,14-18) el profeta se dirige con amor a la infiel Jersualén, tal como lo hiciera el profeta Oseas (2) y el profeta Isaías (49, 54, 62). Es una profecía marcada por el gozo y la alegría producto del amor personal entre Dios y Jerusalén, garantiza la seguridad de la presencia de Dios (cf Is 62,5) ahuyentando todo temor. Recuerda el antiguo amor entre el pueblo elegido y Dios, la alianza de fidelidad, el matrimonio que se renueva y se festeja. Dios es el gran protagonista de este proceso liberador, sanador e inclusivo.

Los “tiranos” (vv 15) a que se refiere el profeta bien podrían ser internos, líderes que oprimen al pueblo, corrompen su fe, desvirtúan su misión.

Dios es quien protege a su pueblo (vv 17) como en los salmos (45) o el profeta Isaías (9,5; 10,21).


2.     El texto en nuestro contexto:

En la era cristiana, pleno siglo XXI, deberíamos preguntarnos la vigencia de esta profecía a los efectos de buscar la reserva de sentido del texto sagrado.

La Iglesia, que se autodenomina el “nuevo pueblo de Dios” en contraposición al judaísmo que sería el “viejo pueblo de Dios”, se considera a sí misma como el cumplimiento de la profecía del pueblo renovado, integrado por gentes de la diversidad étnica, cultural, económica y yo agregaría sexual; cuya misión entre los pueblos del mundo es ser testigo del amor incondicional de Dios a la humanidad; un amor que debiera expresarse en la fraternidad entre las personas en sus vínculos familiares y comunitarios (Fil 4,5); dando testimonio con palabras y obras.

Sin embargo, la realidad es diferente. La Iglesia de Jesucristo se ha dividido en diversas denominaciones cristianas, donde unas condenan a otras; donde unas se consideran verdaderas y otras falsas; donde se introdujeron prácticas culturales de los otros pueblos que desvirtuaron la obra iniciada por Jesús y el movimiento apostólico de hombres y mujeres que lo acompañaron; donde dejó de ser una comunidad de iguales para establecer las jerarquías y cuanto más grande la responsabilidad jerárquica más grande el honor reclamado, olvidando la enseñanza del Maestro (Mc 9,35); donde los varones desplazaron en el ministerio a las mujeres, olvidando que ellas fueron las primeras testigos y las primeras evangelizadoras (Lc 24,8-10); juzgando y condenando a las personas diferentes olvidando que su origen es la diversidad (Hch 2,9-10) y que el propio Pedro transmitió el mandato divino de no hacer diferencias (Hc 10,34); incorporando doctrinas de prosperidad y otras similares que nada tienen que ver con el mensaje de solidaridad que nos transmitió Jesús y la comunidad apostólica. La Iglesia renunció a servir a los otros pueblos para presidirlos, dominarlos y controlarlos. En lugar de dar testimonio, impuso, sometió, obligó.

A pesar de ser infiel a su misión, Dios continúa llamándola al cambio, a la conversión, a retomar su identidad de servidora y testigo. Esta llamada de Dios es motivo de gozo y alegría, como en la profecía de Sofonías, puesto que Dios es fiel (1Cor 10,13; 2Tes 3,3; cf Dt 7,9).

La Iglesia, en cuanto movimiento de Jesús, necesita revisar sus prácticas, sus enseñanzas, sus doctrinas, sus tradiciones construidas a lo largo de dos milenios. Esta revisión sin lugar a dudas nos puede generar miedos, inseguridades, malestares; pero es necesaria para volver a nuestra identidad original; para unos significará dejar el latín para asumir la lengua del lugar; para otros será dejar las vestiduras anacrónicas para asumir las ropas festivas del lugar; para otros será abandonar los títulos de la nobleza para asumir los del evangelio: “servidor y hermano”; para otros será dejar de beneficiarse de los bienes de la iglesia para vivir de su trabajo; para otros será abandonar las fórmulas dogmáticas de la edad media para transmitir la fe en el siglo XXI a una sociedad postmoderna; para otros será compartir las riquezas acumuladas durante siglos con aquellas personas que han sido despojadas desde siempre (despojadas de bienes materiales y culturales, de recursos naturales y de su tierra, de identidad, etc)…

La Iglesia necesita retornar a su identidad. Necesita ser testigo de esperanza en un mundo desesperanzado; necesita ser testigo de justicia en un mundo injusto; necesita ser testigo de equidad en un mundo desigual. Somos conscientes de que no lograremos esos cambios aún y que como Moisés, los intuimos lejanos (Dt 32,48-50) pero, no por ello renunciaremos a anunciar que es posible otra Iglesia, para que sea posible otro mundo. Una rama seca en un monte no hace nada, muchas hacen un incendio capaz de arrasar con todo. Necesitamos transmitir esta esperanza activa para que otras personas, otras comunidades, nos releven en la esperanza y de esa forma el movimiento vaya creciendo y renovándose.

Alégrense porque el Señor está cerca (Fi 4,4-7).
Buena semana para todos y todas.
Julio, Obispo de la IADC.

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