domingo, 23 de diciembre de 2018

Nuestra fe es como un pedo en un canasto de mimbre - Cuarto domingo del Tiempo de la Promesa




Tiempo de la Promesa
Cuarto Domingo
Miqueas 5,1-4




1.     El texto en su contexto:

El profeta Miqueas era oriundo de Gad, muy próxima a Jerusalén. Fue testigo de la invasión y destrucción de Samaria a mano de los asirios y de la deportación masiva de sus habitantes (722 aC) y seguramente también fue testigo de la invasión de Judá (701 aC). Recibió la influencia del profeta Isaías. Denuncia las graves injusticias de  los gobernantes apoyados por los falsos profetas, denuncia las falsas esperanzas  de solución cúltica y de salvación inmediata.

En ese contexto de falsas esperanzas, Miqueas intenta cambiar la forma de pensar y actuar (Mi. 4). La humillación que enfrenta el pueblo no es para siempre, pero es necesario recobrar la identidad. La liberación y salvación no vendrá de Sión (Jerusalén), el centro del poder político y religioso, sino de Belén, de los orígenes campesinos y pastoriles (vv 1); volver a los orígenes es el intento por recuperar la identidad (1Sam 17,12; Sal 132,6). El liderazgo no será del poder político ni del poder religioso, sino que reposará en quien Dios designe para llevar adelante la liberación integral.

La esperanza de restauración se consolida a través de dos acciones: que las mujeres den a luz y que las personas desterradas retornen (vv 2 cf Is 7,14; 9,5; 10,21 ss) pero esto no será un acto mágico sino la acción de Dios en la historia del pueblo por medio del Mesías, sucesor de David (vv 3 cf Salmo 72).

El Mesías traerá tranquilidad y paz, no solo a Israel sino a toda la humanidad (vv 3-4).


2.     El texto en nuestro contexto:

Nuestra realidad no es tan distinta a la de aquellos tiempos. Los países poderosos oprimen a los países pobres gobernados por líderes que priorizan otros intereses a los del crecimiento y desarrollo de las personas oprimidas, explotadas, discriminadas, excluidas, silenciadas, invisibilizadas; en muchos casos, apoyados por líderes religiosos comerciantes de falsas esperazas: “el jabón de la descarga”, “el agua bendita”, “la teología de la prosperidad”, “la promesa de un mundo mejor después de la muerte”, mientras la conciencia del pueblo permanece anestesiada.

Ante tanto desequilibrio en las relaciones humanas y de la humanidad con la naturaleza, produciendo guerras, expropiaciones de bienes, migraciones masivas, contaminación ambiental, explotación salvaje de los recursos naturales, generalización de la pobreza; sentimos la necesidad de construir una esperanza certera aquí y ahora. Y la Iglesia de Jesucristo es la portavoz de esa esperanza, de que es posible otro mundo, una civilización de paz con justicia, de equidad con solidaridad, de armonía y respeto por la naturaleza. Una esperanza activa que denuncie las injusticias, una esperanza que cuestione a los sistemas religiosos dominantes, una esperanza que se geste en las realidades y desde las realidades de las personas oprimidas. No es la esperanza en el Reino por venir no sabemos cuándo, hacia el fin del mundo. Es la esperanza:
-          en que es posible vivir en paz entre las personas y los pueblos,
-         en que es posible vivir en este planeta sin devastarlo,
-         en que es posible tener una casa, un trabajo, el alimento necesario,
-         en que es posible acceder a las prestaciones en salud y bienestar,
-         en que es posible crecer y desarrollarse en su propia tierra y si se desea migrar que no sea a causa de persecuciones o expulsiones,
-         en que es posible convivir en paz distintas etnias, distintos géneros, distintas orientaciones sexuales,
-         en que es posible vivir bien, vivir con dignidad (Jn 10,10).

Esta no es una realidad lejana si nos la proponemos, si dejamos de esperar el consuelo eterno después dela muerte, si dejamos de creer que estamos de paso. No estamos de paso, es aquí y ahora donde debemos ser felices. Es este aquí y ahora el que Dios asumió haciéndose humano (Fi 2,6). Es este aquí y ahora el que Jesús comenzó a transformar (Mt 11,2-6). Es este aquí y ahora el que la Iglesia tiene la misión de continuar transformando a través de sus palabras y sus acciones.

Seguramente, en muchas iglesias esta semana se armen pesebres, se hagan representaciones de nacimientos, se relaten historias sobre Jesús que nunca sucedieron, porque los evangelios son historias sagradas no historias como las entendemos actualmente. Como los falsos profetas del tiempo de Miqueas continuarán adormeciendo la capacidad humana de superarse tras el sostenimiento de una fe mágica; caminarán en procesión tras imágenes de yeso o cerámica, besarán a un niño de madera en un pesebre, adorarán la construcción de artistas humanos. No estamos recordando a un personaje histórico o mitológico, que es en lo que hemos convertido a Jesús; celebramos el “acontecimiento” de la humanización de la divinidad para que la humanidad sea divinizada, y si no entendemos esto, no entendemos nada y nuestra fe no sirve para nada y tampoco nuestra esperanza.

Les invito a cambiar. Les desafío a no ir a las celebraciones religiosas y salir a las calles, a abrazar a personas desconocidas, a alimentar a las personas y los perros en las calles, a levantar las bolsas de nylon o papeles que otros tiran en las calles, a denunciar las situaciones de violencia doméstica, a mirar a los ojos a las personas trans y respetarlas por el solo hecho de ser personas, a compartir lo que tienen, no lo que les sobra, sino lo que necesitan para vivir con quienes no tienen. Si no actuamos así, nuestra fe es como un pedo en un canasto de mimbre, no podemos retener el olor y se nos va por todos lados.

En cada uno y una está la posibilidad de mantener adormecida la esperanza de otro mundo posible, otra civilización construida sobre la paz con justicia, o de despertarla y comenzar a vivir una realidad transformadora, el proyecto que Jesús llamó Reino.

Buena semana para todos y todas.
+Julio, Obispo de la IADC.

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