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viernes, 16 de noviembre de 2012

Serie Otro Dios es posible: Entrevista 35 ¿Su Santidad, Su Reverencia?




RAQUEL De nuevo con nuestra entusiasta y fiel audiencia de Emisoras Latinas. Algunos de ustedes nos han llamado para expresar su rechazo a la forma en estamos manejando la cobertura especial de la segunda venida de Jesucristo. Nos critican, concretamente, el tratamiento que le damos a usted, faltando el debido respeto a su persona.

JESÚS ¿Y por qué dicen eso, Raquel?

RAQUEL Yo misma, tomando en cuenta su dignidad, comencé llamándolo Maestro. Pero usted me corrigió y me pidió que le llamara, simplemente, Jesús.

JESÚS Porque yo pienso que nadie es Maestro. Sólo Dios.

RAQUEL Abrimos hoy una tribuna ciudadana para que sean ustedes quienes opinen con qué título se debe tratar a Jesucristo. Nuestro teléfono, el 144-000, ciento cuarenta y cuatro mil, espera sus llamadas… ¿Aló?... Primera llamada desde Santiago de Chile.

CHILENO Si al jefe de la iglesia católica lo llaman “Su Santidad”, al jefe del jefe lo deberían llamar el Tres Veces Santo. Esa es mi opinión.

RAQUEL ¿Y cuál es la suya, Jesucristo?

JESÚS Que eso de llamar a un hombre “Su Santidad” es… es un insulto contra Dios. Porque sólo Dios es santo. A nadie sobre la tierra se le puede llamar así.

RAQUEL Otra llamada… Sí, le escuchamos... Esta vez llaman, desde Argentina.

ARGENTINA Respetos guardan respetos. Si ante las autoridades religiosas uno se inclina y hace una genuflexión, ante Jesucristo, señorita, tendría usted que hacerla con las dos rodillas, digo yo.

RAQUEL ¿Le parece bien, Jesucristo?

JESÚS Me parece mal, muy mal. Me contaron que una vez mi amigo Pedro entró en una ciudad y un centurión lo vio y se tiró a sus pies. Y Pedro, con todo lo fanfarrón que era, le dijo: Levántate, yo soy un hombre igual que tú. ¿Cómo te vas a arrodillar ante mí?

RAQUEL Entonces, ¿usted no aprueba los besamanos ni nada de eso?

JESÚS Esa pompa la exigían en mi tiempo los emperadores que se creían dioses. Y estoy viendo que ahora la siguen reclamando algunos que se creen emperadores.

RAQUEL ¡Otra llamada!... ¿La Habana, Cuba?... Adelante, amigo.

CUBANO Yo pienso, chica, que si el sucesor de Cristo se llama Papa... el nombre que mejor le encaja a Cristo es Superpapa.

RAQUEL ¿Superpapa?... ¿Qué piensa, Jesucristo?

JESÚS Yo le llamé “papa, papá” a Dios. Por la confianza. Pero nadie puede atribuirse ese nombre, porque Padre sólo hay uno, el de los cielos. Yo dije eso muy claramente.

RAQUEL No sé si usted sabe que a los curas los llaman padres, y a las monjas las llaman madres?

JESÚS ¿Padres y madres?... ¿No dicen que no tienen hijos?

RAQUEL Otra llamada…

MUJER ¿Y monseñor? ¿Se le podría decir monseñor?

RAQUEL Monseñor es francés, significa “mi señor”. Así les gusta a los obispos y cardenales que los llamen.

JESÚS ¿Y serás tú esclava de alguien para llamarlo señor tuyo?

RAQUEL Por mensajes de texto nos llegan otras opciones: su excelencia, su eminencia reverendísima... ¿Qué le parece?

JESÚS Me parece que Dios tomará todos esos títulos de paja y los quemará con fuego que no se apaga.

RAQUEL ¿Y con qué título nos quedamos?

JESÚS Con ninguno, Raquel. Hermanos y hermanas. Eso somos.

RAQUEL ¿Y para tratarlo a usted?

JESÚS Jesús. Ése soy.

RAQUEL De esta forma tan… tan drástica, ponemos fin a nuestra tribuna ciudadana, aunque nuestros teléfonos no dejan de sonar. Entre Jerusalén y Jericó, para Emisoras Latinas, reportó Raquel Pérez.

LOCUTOR Otro Dios es Posible. Entrevistas exclusivas con Jesucristo en su segunda venida a la Tierra. Una producción de María y José Ignacio López Vigil con el apoyo de Forum Syd y Christian Aid.



La palabra Papa

La palabra “Papa” proviene del latín “papas” y ésta del griego “pappas”, que se emplea para darle cariño a la palabra “padre”. Significa “papá”. Este título se le dio en Oriente, en señal de respeto, a obispos y presbíteros, y a partir del siglo III se le dio en Occidente a los obispos. Fue el obispo Siricio (384-399) el primero que se hizo llamar a sí mismo Papa. También empezó a calificar las disposiciones que tomaba como “apostólicas”. 
A través de este título, la iglesia de Roma se iba imponiendo sobre todas las demás. Desde el siglo V el apelativo Papa se usó solamente para el obispo de Roma y fue un título exclusivo para él desde el siglo VIII: “Papas Urbis Romae”. En el siglo XII el Papa Gregorio XI ordenó oficialmente que con este título se nombrara únicamente a los obispos de Roma. 

Otra explicación del título Papa es el que resulta del acrónimo de las palabras latinas “Petri Apostoli Potestatem Accipiens” (el que recibe la Potestad del Apóstol Pedro). En el siglo XI, el Papa Urbano II había propuesto este título para los obispos de Roma en base a otro acrónimo: “Pedro Apóstol” (enviado) “Pontífice” (constructor de puentes) “Augusto” (consagrado). Otra explicación es que Papa es la unión de las dos primeras sílabas de las palabras latinas: “Pater” y “Pastor” (Padre y Pastor).
Una arrogancia extrema

Sea cual sea su origen, es evidente la arrogancia y la vanidad que hay en los títulos y las formalidades con que se trata a los jerarcas católicos y con los que ellos se hacen tratar, traicionando así una orden expresa de Jesús (Mateo 23,4-11).

Los jerarcas católicos “obsequian” también a sus amigos con títulos de preeminencia. Según el historiador alemán Horst Herrmann, el Vaticano vende títulos nobiliarios de origen eclesiástico por los que quienes quieren lucirlos pagan hasta 150 mil euros. Hay casos extremos. Uno de los casi 500 “santos” canonizados por el Papa Juan Pablo II fue el sacerdote español José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, una organización católica que cuenta con enormes recursos financieros y con unos 80 mil hombres y mujeres dispuestos a promover un catolicismo elitista, opulento y sectario, a ejemplo de su fundador. En vida, Escrivá, un hombre de origen rural y humilde, compró para lucirlo, aunque no en el Vaticano, pero por la misma vanidad, el título de Marqués de Peralta. 

En Roma, los devotos de este nuevo “santo” y de su Obra acuden a un búnker en la calle Bruno Buozzi de Roma, en donde descienden por unas escaleras que conducen hacia una lujosa cripta donde reposan los restos de Escrivá ante el altar mayor. Tras la muerte de Escrivá, en 1975, fueron los mismos miembros del Opus Dei quienes dieron a conocer que su fundador lo había previsto todo para que, al morir, iniciara su culto: almohada de terciopelo para exponer su cadáver, nombre de quien debía hacerle una mascarilla a su cadáver y quien debía embalsamarlo, mechón de pelo que debían cortarle para exponerlo a sus devotos, lápida de mármol para la tumba. Y en ella, una sola inscripción: “El Padre”. Difícil encontrar tanta arrogancia antievangélica en un “santo”.
                
Jesús no estaba de acuerdo

Jesús prohibió expresamente llamar a nadie Maestro, Padre, Doctor (Mateo 23, 8-12). La historia de Pedro y el capitán romano Cornelio que Jesús le recuerda a la periodista Raquel aparece en los Hechos de los Apóstoles (10,24-26). Todo el mensaje de Jesús, todas sus actitudes, son congruentes con el rechazo a la arrogancia y a la superioridad que se expresan, no sólo en palabras, sino en todas las formalidades externas que los humanos con poder buscan para darse importancia y reclamar sumisión y obediencia. Y aunque esto de los títulos parezca un tema irrelevante o de secundaria importancia, no lo es. La jerarquización del lenguaje, los protocolos, las formalidades y ceremoniales, no son más que expresiones del poder que se entiende como imposición y no como servicio.
Mientras más jerarquía, más ceremonial

Las formalidades, tanto en el lenguaje como en las actitudes, siempre tienen que ver con el uso o abuso del poder. Una de las dificultades más grandes en las sociedades actuales para lograr una conciencia democrática está en que los actos públicos ―políticos, sociales, académicos, tanto los de derecha como los de izquierda― son sinónimos todavía de protocolos, comportamientos estereotipados y palabras altisonantes. Abunda la falta de sencillez y de espontaneidad. Un poco menos de ceremonial sería importante para suscitar sentimientos de igualdad. Todo formalismo ―y más cuando más fastuoso― es una manera de afirmar la jerarquía y, por lo tanto, de reafirmar quién tiene el poder, a quién hay que obedecer. 

Al estudiar la compulsión por la parafernalia que exigen los ejércitos y las jerarquías eclesiásticas católicas latinoamericanas, el sociólogo y sicoanalista peruano Guillermo Nugent concluye: Mientras más jerarquía hay, más importante es el ceremonial. Pensar que el problema se reduce a una pugna entre formalidad e informalidad es un importante error de apreciación mientras los momentos de ceremonial sean la principal fuente de reconocimiento de identidades. 

Las jerarquías de las iglesias cristianas no han sido fieles al mensaje igualitario y “democrático” de Jesús y, con la excepción de las autoridades de algunas iglesias protestantes históricas y de algunas autoridades católicas excepcionales, cultivan en sus templos y en sus dirigentes un boato y una pompa antievangélicas.


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