Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

jueves, 28 de marzo de 2013

Jueves Santo: Transitando de lo sagrado a lo profano, para que lo profano sea sagrado.




Juan 13,1-20

El texto que reflexionamos hoy, es parte de la Cena de despedida que va de 13,1 a 17,26.


1.    El texto en su contexto.

Según el evangelista Juan, la celebración Pascual se celebra después de la muerte de Jesús (versículo 1 primera parte (a) cf 18,28; 19,14; 19,31) y pone de relieve un tema que atraviesa todo el evangelio: “la hora de Jesús”  que hace referencia a su muerte y glorificación definitiva (versículo 1 segunda parte (b) cf  2,4; 7,6.8.30; 8,20; 12,23; 13,1; 17,1) retornando junto al Padre. La tercera parte del versículo 1 (c) se refiere al amor incondicional de Jesús a sus discípulos y sus discípulas, un amor extremo por el que es capaz de dar la vida e interceder por ellos (18,8-9).

Juan plantea un movimiento descendente – ascendente en los versículos 2-4: “Jesús sabía que había venido de Dios y que iba a volver a Dios” (cf 16,28), haciendo referencia a su glorificación y entronización (cf 3,35; 10,18; Mateo 11,27; 28,18; Lucas 10,22).

Este relato presenta similitudes con los de la institución de la Eucaristía en los evangelios sinópticos: “mientras estaba cenando” (cf Mateo 26,20-21; Marcos 14,22-23; Lucas 22,14-19). Pero aunque esta cena tiene muchas coincidencias con la cena Pascual de los evangelios sinópticos, en Juan no hace referencia a la cena Pascual, sino a una de tantas comidas o cenas que Jesús mantuvo con los suyos (cf Mateo 9,10; 11,19; 26,7; Lucas 7,36-50).

El gesto de lavar los pies a sus discípulos (versículos 5-11), resulta un escándalo para Pedro y seguramente para cualquier miembro de una audiencia judía. Lavar los pies era una tarea reservada a las mujeres y los esclavos (cf Génesis 18,4; 1 Samuel 25,41); era impensable que un hombre judío lavara los pies a otra persona, un gesto capaz de avergonzar a quienes estaban viéndolo. Pedro, llegó a comprender cabalmente esta enseñanza del Maestro mucho tiempo después, como puede constatarse en su exhortación a los líderes de la Iglesia (1 Pedro 5,3).

Este gesto, relacionado al versículo 12 “volvió a ponerse la capa, se sentó otra vez a la mesa” tiene una estrecha relación con el movimiento descenso – ascenso de los versículos 2 al 4, que planteábamos más arriba (cf Filipenses 2,6-11).

En los versículos 12 – 17, el evangelista Juan pone en boca de Jesús, el camino que han de recorrer quienes siguen a Jesús en el discipulado. No es un camino de honores y reconocimientos sino de servicio humilde y solidario a las hermanas y los hermanos (cf 1 Timoteo 5,10), siguiendo el ejemplo de Jesús (cf Mateo 20,26-28; Marcos 10,43-45; Lucas 22,26-27; Filipenses 2,5-8; 1 Pedro 2,21). Indiscutiblemente, Juan está dejando una enseñanza a quienes lideraban las comunidades cristianas y era que el liderazgo pasa por el servicio.

La perícopa finaliza con dos afirmaciones de Jesús.

La primera “para que cuando suceda esto, ustedes crean que YO SOY” (versículo 19). Esta expresión utilizada por el evangelista Juan en boca de Jesús, adquiere un relieve significativo; en 8,24 resulta un asunto de vida o muerte eterna y no una cuestión de identidad como mal entendieron los judíos (8,25); en 8,58 resulta un asunto de equiparación divina, por eso los judíos tomaron piedras para lanzarle; en 18,5 sugiere algo más que “yo soy el que buscan”, sino más bien la presencia imponente que hizo retroceder a la guardia y adoptar una postura reverente. También, en este evangelio, la fórmula YO SOY va acompañada de los bienes que Jesús comunica a la humanidad: el pan y la luz (10,12), la puerta por la que se entra (10,7.9), la vida (11,25), el camino y la verdad (14,6). Por otro lado, recuerda la fórmula con que es identificado el enviado antes de regresar al que lo envió (Tobías 12,14-20). Por otro lado, hace una clara referencia a las fórmulas divinas, reveladas en el Antiguo Testamento (Éxodo 3,14-15; Isaías 43,11; 45,5; 48,12).

La segunda “el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado” (versículo 20; cf Mateo 10,40; Marcos 9,37; Lucas 9,48; 10,16; Juan 12,44-45). El evangelista plantea la íntima y estrecha relación entre quien envía y quien es enviado (Juan 12,45; 14,9 cf 1,18; Colosenses 1,15; Hebreos 1,3).

El evangelista Juan, presenta a Jesús transitando del lugar sagrado al profano para que el profano sea sagrado. El Hijo (= La Palabra, El Verbo) de naturaleza divina había salido de Dios y encarnándose, volvía a Dios con naturaleza humana. Jesús, como Maestro y Señor, presidiendo la cena había dejado su lugar, para lavar los pies de sus amigos, retornando luego de haber transitado por un rol de Siervo y de Mujer. Arriesga aún más el evangelista, reemplazando la institución de la Eucaristía, presente en los sinópticos, un momento profundamente sagrado, donde Jesús se queda para siempre en la comunidad eclesial, por un gesto totalmente profano, como lavar los pies a alguien, poniendo en el mismo rango de importancia, Eucaristía y Servicio.


2.    El texto en nuestro contexto.

El análisis del texto en su contexto, pone en el centro del mensaje el gesto del humildad y servicio del liderazgo eclesiástico para con la comunidad.

El liderazgo en la comunidad eclesial necesariamente debe desempeñarse desde una actitud de servicio, siguiendo el ejemplo de Jesús. Un servicio que se caracteriza por escandalizar al poder político y al poder religioso. Y si nuestro servicio no produce el efecto escandalizador, no estamos sirviendo de acuerdo a lo que Jesús espera de nosotros y nosotras.

Evidentemente, en pleno siglo XX y en nuestro contexto socio cultural, lavar los pies a otra persona, una vez al año como ritual de una ceremonia, no es un claro gesto de servicio humilde y saca de contexto el fuerte contenido evangélico de lo que Jesús espera de nosotros y nosotras.

2.1.        La comunidad eclesial al servicio de la sociedad:

La comunidad eclesial se caracteriza por brindar un servicio único y exclusivo a la sociedad y la cultura, pero con un preferencia especial a aquellas personas que están discriminadas y excluidas, vulneradas en sus derechos y su dignidad; y ese servicio es comunicar la buena noticia de Jesús que tiene como mensaje central el gobierno (= reinado) de Dios que se hace presente en la historia humana.

Un mensaje que nos confirma que “otro Dios es posible” el revelado por Jesús a través de sus palabras y sus acciones; “otra Iglesia es posible” cuyo modelo de inclusividad y equidad es la comunidad de hombres y mujeres que Jesús formó en torno a sí, dejándoles su ejemplo; “”otro mundo es posible” inclusivo y solidario por el que Jesús entregó su vida.

Este servicio de la comunidad eclesial a la sociedad, no puede quedar limitado a declaraciones, anuncios o comunicados; nos dice Juan en el prólogo de su evangelio “la Palabra se hizo carne” (1,14); por lo tanto, la comunidad eclesial está llamada a hacer que sus palabras sean acciones. No puede haber una verdadera evangelización, un testimonio serio, si no está acompañado de acciones concretas que liberen e incluyan: movilizando (Mateo 9,1-7); devolviendo vida (Mateo 9,18-19.23-26) plena, digna y abundante, permitiendo ver (Mateo 9,27-31), devolviendo voz (Mateo 9,32-34)…  Esta es la característica de una Iglesia comprometida con el Evangelio de Jesucristo

2.2.        La dirigencia eclesial al servicio de la comunidad y de la sociedad:

Los dirigentes eclesiales no somos señores ni maestros. A muchos líderes les gusta que le llamen pastor, padre, monseñor, reverendo … a muchos líderes religiosos les gusta utilizar ropas que les distinga del resto, ornamentos que dejen en evidencia el cargo que ocupan en la comunidad… a muchos líderes religiosos les gusta ocupar lugares de honor en las actividades comunitarias, por ejemplo las cabeceras de las mesas, el lugar más destacado en los cultos … Jesús ya nos enseñó sobre ese tipo de liderazgo (23,1-36).

Los dirigentes eclesiales somos hermanos y hermanas a los que se nos confía una misión, confirmar en la fe y cuidar a la comunidad que lideramos (cf 1 Timoteo 3,1-7; Tito 1,6-9; 1 Pedro 5,1-4) y servirla siguiendo el ejemplo de Jesús (Mateo 20,25-28).

2.3.        Diversidad Cristiana, una experiencia al estilo de la Iglesia Apostólica:

En nuestros poco más de tres años de vida eclesial, hemos ido construyendo una comunidad que trate de asemejarse a aquella que formó Jesús en torno a sí. Esta experiencia ha requerido mucho esfuerzo de análisis e investigación, de revisión y de renuncia a nuestras tradiciones, las que traíamos de nuestras iglesias de origen. También nos ha generado conflictos con líderes religiosos de otras comunidades a las que hemos escandalizado por nuestro retorno a los orígenes, por nuestra adaptación de la liturgia al contexto en el que nos encontramos, por nuestra teología poco cristiana y mucho más jesusiana.

En Diversidad Cristiana sentimos el desafío de transitar de lo sagrado a lo profano. Ir a nuestras raíces, en aquellas comunidades de la iglesia antigua en el primer siglo, aprender de ellas el seguimiento del Maestro, comprender como ellas la fe apostólica para comunicarla a la sociedad y la cultura del siglo XXI. Entendemos que este es nuestro servicio en el contexto en el que nos encontramos: generar espacios inclusivos y solidarios, donde compartamos la vida cotidiana a la luz de la experiencia de fe.

En esta celebración, sentimos la invitación de Jesús a transformar lo profano en sagrado, asumiendo el compromiso de servicio solidario, desinstalarnos de nuestros espacios sagrados para instalarnos en espacios profanos, dejar la mesa del culto para ir a servir a quienes lo necesiten; como en otro tiempo, él dejó la mesa para lavar los pies de sus amigos.

Jueves Santo, 2013.
+Julio, obispo de Diversidad Cristiana.

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