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jueves, 15 de marzo de 2012

PREVENCION DEL VIH una conversación teológica global.


PREVENCION DEL VIH;una conversación teológica global (continuación) 

Editora Guillian Paterson - Alianza Ecuménica de Acción Mundial - Ginebra.

 
Capítulo 2

Prevención del VIH a los niveles global y nacional

Aunque la forma de una epidemia es influenciada por el tipo y la virulencia del germen patógeno, la pregunta de cuál persona está afectada, y con cuáles consecuencias, reflejará las ideologías, la estructura social y política y la organización económica de las poblaciones en las que el germen patógeno existe. – Neville Hicks


El objetivo de este capítulo consiste en identificar y explorar algunos de los asuntos teológicos que se encuentran al responder a la epidemia del VIH en los ámbitos global y nacional. El capítulo inicia con un resumen de los retos y dificultades que fueron identificados, pasando luego a sugerir varias nociones teológicas sumamente relevantes para esta discusión, a saber:

■ la justicia,
■ la valentía profética y
■ la solidaridad cristiana y el bien común.

Por consiguiente, el capítulo concluye planteándoles a sus lectoras y lectores el reto de reflexionar en torno a las implicancias teológicas de los asuntos internacionales y nacionales que ellas y ellos mismos encuentran cuando pasan de la reflexión a la acción en su propio contexto particular. Las recomendaciones de las personas participantes figuran en la Parte III, en la sección llamada ‘De la conversación a la acción’.

1.    Retos en los planos global y nacional.

Un importante y muy publicitado desafío a la prevención del VIH ha sido la falta de progreso hacia el logro del acceso universal a prevención, tratamiento, atención y apoyo para el VIH. A esto se suma la urgente necesidad de recursos que faciliten la disponibilidad de servicios dirigidos a las personas que más los precisan. Los progresos hacia el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio han sido lentos y a nivel nacional ha faltado voluntad política para honrar los compromisos internacionales. En su mayoría, los gobiernos nacionales no han cumplido los compromisos contraídos con las Naciones Unidas o el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria.

Cuando los recursos están disponibles, no siempre son utilizados tan eficientemente como podrían serlo, ya que las partes interesadas a nivel de país no tienen suficiente capacidad para armonizar o priorizar sus esfuerzos, o no pueden hacerlo.

Se necesitan nuevos métodos para prevenir, tratar y diagnosticar la infección por VIH. En particular, hay una necesidad urgente de métodos de prevención eficaces, asequibles, convenientes y controlados por las mujeres. Éstos no han sido una prioridad y hasta fechas muy recientes hubo poca urgencia en los esfuerzos por priorizarlos. Los medicamentos aún están fuera del alcance de la mayoría de personas que los necesitan, y si bien algunos países han utilizado el acuerdo ADPIC (5) a fin de desafiar exitosamente las desigualdades en la disponibilidad y los precios de las medicinas, otros no han tenido la capacidad para aprovechar las flexibilidades que el acuerdo ofrece.Los progresos hacia la eliminación de prácticas discriminatorias contra personas con VIH han sido insuficientes. Esta afirmación se basa en las persistentes evidencias acerca de la falta de acceso a servicios de salud y empleo, de las restricciones a los viajes de las personas con VIH y de la criminalización de la transmisión del virus. A esto le acompaña el hecho de no respetar los principios de los derechos humanos en relación a poblaciones clave que se encuentran en mayor riesgo de adquirir el VIH o que – por una razón u otra – son especialmente vulnerables a la transmisión.

Aunque hoy día se sabe que la desigualdad de género y la violencia por motivos de género suelen incrementar la vulnerabilidad a la transmisión del VIH, pocos gobiernos han promulgado leyes efectivas para superarlas. Si bien los gobiernos nacionales pueden apoyar verbalmente las declaraciones internacionales sobre el género, este apoyo a menudo queda en mera retórica, sucumbiendo a la opinión fatalista de que la violencia por motivos de género y la inequidad entre los sexos son inevitables en la práctica.

Con frecuencia se mencionan la pobreza mundial y la creciente escasez de alimentos como dos de los factores que empujan a las personas a involucrarse en actividades que les exponen al riesgo de adquirir el VIH. De ser cierto, esto significa entonces que la pobreza debería ser vista como un motor de la transmisión del virus y además como consecuencia del VIH: una observación que es relevante para la asignación de recursos nacionales dirigidos a la prevención del VIH y también para las luchas personales de supervivencia (6) Adicionalmente, los conflictos, las guerras y la violencia tienen como consecuencias el desmoronamiento de las estructuras sociales y económicas, la creación de grupos móviles de hombres combatientes y a menudo también el
colapso de los sistemas de valores tradicionales.

2.    Justicia

Las cuestiones de justicia están entretejidas en cada nivel de la agenda de la prevención del VIH. La desigualdad en el acceso al tratamiento de la infección es un ejemplo obvio, ya que se asocia a las diferencias de poder que rigen a los mecanismos para la asignación de recursos y a las dificultades que las personas viviendo con el VIH suelen enfrentar en su acceso a los servicios de salud. Otros asuntos de justicia incluyen la discriminación contra las personas con VIH, sus familias y sobrevivientes; las recientes tendencias a criminalizar la transmisión del virus; el efecto desproporcionado que la epidemia tiene en las personas pobres, así como la marginación de grupos poblacionales que son particularmente vulnerables al VIH.

Las respuestas internacionales a la epidemia han adoptado, desde el inicio, un enfoque de derechos humanos cuyo puntal es el concepto de justicia. También las principales respuestas de la salud pública con frecuencia se han basado en una bien fundada conciencia acerca del peligro de incrementar el estigma y, por consiguiente, empujar la epidemia a la clandestinidad. Esto genera una sinergia fuerte y potencialmente fructífera entre, por un lado, los enfoques seglares y, por el otro, aquellas respuestas religiosas que tienen sus raíces en la poderosa vena de justicia que fluye a lo largo de nuestras Escrituras.

Hablando a través del profeta Amós, Dios dice: ‘¡Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable!’ (Amós 5:24). Los conceptos bíblicos de la justicia se fundamentan en el pacto que Dios hizo con las hijas y los hijos de Israel, un pacto cuya realización es Cristo. Dios nos ama por igual a todas las personas y es por medio nuestro, hijas e hijos de Dios, que ese amor ha de llevarse a la práctica.

La base de las relaciones que tenemos unos con otras, con el mundo y con Dios no puede ser el amor si tampoco lo es la justicia. Este mensaje es absolutamente central tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Nos llama a tratar con justicia a nuestro prójimo, a resistirnos a explotar el medio ambiente, a brindar hospitalidad a forasteros y visitantes, como también a cuidar de la gente vulnerable y marginada.

Aquí, por lo tanto, urgimos a que los principios de la justicia sean el cimiento de cualquier tipo de reflexión o planificación estratégica sobre las respuestas a la prevención del VIH, no sólo a nivel de discurso público sino también en el contexto de las relaciones interpersonales y comunitarias. Los asuntos de justicia están a todo nuestro alrededor: en el firme avance de la globalización; en la injusticia por motivos de género que con frecuencia es inherente a las relaciones sexuales; en la pobreza local e internacional y el sufrimiento que ocasiona, así como en el escándalo del acceso desigual a medicamentos que salvan la vida. El concepto bíblico de la justicia es un área clave para el involucramiento teológico y práctico en la epidemia del VIH y un útil punto de referencia para una estrategia de promoción y defensa basada en la teología. Es también una contribución crucial que las personas cristianas podemos hacer a los diálogos globales y nacionales en torno a la prevención del VIH.

3.    Valentía profética

Un mayor compromiso con la justicia es requisito clave en cada nivel del diálogo sobre la prevención del VIH. Pero ¿de qué manera, exactamente, ha de articularse el llamado a la justicia? ¿Y cómo podemos ayudar a la gente a escucharlo? Porque se requiere de más que sermones, condenas y moralización para enviar el mensaje que persuada a las personas cristianas a reexaminar sus enseñanzas frente a la enfermedad y las muertes, el estigma y la discriminación que caracterizan a la epidemia del VIH.

Hoy día la palabra ‘profético’ suele usarse ligeramente; aun así, el concepto del profeta es importante. Tal como Margaret Farley afirma en su ensayo para este libro, el discurso profético ‘tiende a surgir en contextos donde las necesidades son masivas y la injusticia impera’(7).

Las y los profetas expresan sentencias religiosas o morales; se ocupan de las preocupaciones morales básicas; apelan no sólo a la mente sino también al corazón, y pueden ofrecer la visión de un futuro transformado que sea mejor que el presente.

El discurso profético, entonces, no es lo que en la actualidad llamaríamos ‘diálogo’. Por el contrario, es un discurso que, a través del poder y la pasión de su mensaje, insta a la gente a ‘ir hacia Dios’. Se duele por el mundo y nos invita a lamentar el sufrimiento de éste. Habla de esperanza en el contexto de la preocupación por algunos de los problemas más intensos en las relaciones, emociones y experiencias humanas.

Las iglesias juegan un papel importante en tal discurso profético. Es con frecuencia al nivel de la fe que las personas nos involucramos en las grandes cuestiones de la vida y la muerte, del dolor y la pérdida, de la pasión y la esperanza. Es en la oración y la liturgia donde encontramos las oportunidades para expresar nuestro lamento. Pero la profecía no es una mera repetición de normas morales. Tampoco se trata de un rol profético que nosotras y nosotros escojamos: es el rol al cual Dios nos llama. Al igual que con el profeta Amós, el mensaje de la profecía no es nuestro mensaje, sino el de Dios (8).

Más aun, el discurso profético no es un reto sólo para su público. Por el contrario, a menudo también le plantea un fuerte reto a la persona profeta, confrontándole con verdades que son difíciles de aceptar. De modo que cuando las iglesias se desafían a sí mismas y desafían a sus líderes y sus gobiernos a un cambio de actitud que les posibilitará encarar más enérgica y honestamente la prevención del VIH, pueden descubrir que esa experiencia les presenta a ellas mismas un reto profundo y doloroso. Por ejemplo, una persona que explora el problema del estigma y la discriminación en su comunidad será, inevitablemente, cómo quedan al descubierto suposiciones estigmatizadoras que habitan en su propio corazón. No es posible que el o la profeta afronte el tema de la prevención del VIH sin salir de su zona de comodidad ni confrontar los tabúes en torno a las relaciones sexuales y la sexualidad.

Sin embargo, es doloroso llegar a percatarnos de que algunos aspectos de nuestra moralidad se basan principalmente en tabúes y sólo sirven para reforzar la idea del ‘castigo divino’, que tanto daño ha hecho a la respuesta al VIH y sida. De manera similar, cristianos y cristianas a menudo sienten una profunda incomodidad cuando por vez primera ‘ven’ la injusticia por motivos de género o la invisibilidad de las mujeres que se asocia a la religión patriarcal.

Tradicionalmente, entonces, la tarea profética consiste en desafiar y trastocar, en exponer la hipocresía y la negación, en identificar lo que no es ‘verdadero’. La tarea sacerdotal, por otro lado, es mantener o conservar. Éstas dos hebras principales en la tradición cristiana (la profética y la sacerdotal) pueden hacer enormes contribuciones a la respuesta al VIH y sida. El rol de la persona ‘profeta’ debería verse como complementario del papel del ‘sacerdote’. ‘Profeta’ y ‘sacerdote’ son, ambos, aspectos de la identidad cristiana y del Cuerpo de Cristo (9).

4.    La solidaridad cristiana y el bien común

La idea del ‘bien común’ (que data de más de dos mil años) alude a la promoción de sistemas, instituciones y entornos sociales que funcionen para beneficio de todas las personas. Esta noción, pilar central de la enseñanza social católica, ocupa hoy día un lugar crítico en las discusiones sobre políticas sociales, especialmente las relativas a cuestiones tales como el acceso a los servicios de salud o la sostenibilidad del medio ambiente. En esos contextos, la ‘ética del bien común’ puede verse como opuesta a la ‘ética de los derechos individuales’: una oposición que frecuentemente es el puntal de los diferentes enfoques que la gente adopta frente a asuntos relacionados con las políticas sociales.

Esas cuestiones son particularmente relevantes en el contexto de la prevención del VIH a nivel global y nacional. Porque al fondo de un concepto cristiano del bien común se encuentra el reconocimiento de que cada persona procede de Dios, existe por Él y, por lo tanto, tiene dignidad y valor intrínsecos. Tanto las Escrituras como la tradición cristiana afirman el carácter relacional del florecimiento humano y la bondad humana, además de la responsabilidad moral que los seres humanos tenemos de promover los intereses de aquellas personas que carecen de acceso a los sistemas de los cuales depende ese florecimiento.

No basta con decir: ‘Mi familia y yo estamos bien, así que ya hice lo que debía hacer’. Por el contrario, los derechos individuales deben verse en el contexto de un bien común compartido y esto, a su vez, nos exige a las personas cristianas ocuparnos de los intereses de grupos e individuos que están excluidos de los beneficios de la sociedad.

En la enseñanza social católica, la idea del bien común se vincula a los otros tres principios de solidaridad, subsidiaridad y, más recientemente, la opción preferencial por los pobres. La solidaridad exige que nos pongamos del lado de aquellas personas a quienes los sistemas no están beneficiando. La idea de subsidiaridad demanda que la toma de decisiones y la recopilación de información se ubiquen tan cerca como sea posible de las personas que se ven afectadas por esas decisiones. Éste es un principio clave para las iglesias que encaran la prevención del VIH, ya que los concilios y sínodos pueden estar muy poco expuestos a las preocupaciones reales, los temores y sueños de las familias, los barrios y comunidades. La opción por los pobres implica que cuando hay decisiones que tomar, éstas deben favorecer los intereses de las personas pobres e indefensas.

La idea del bien común es fundamental para el concepto teológico de Iglesia descrito por Pablo en su primera epístola a los corintios.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12-14): una comunidad global y transnacional, llamada a ser el Cuerpo visible de Cristo en nuestro mundo hoy día. Como iglesias, diferimos unas de otras en muchos sentidos y no estamos de acuerdo en algunos asuntos. Sin embargo, somos parte de un Cuerpo y, por lo tanto, interdependientes. Porque dentro de este Cuerpo las partes no tienen jerarquía y, cuando una parte sufre, el cuerpo entero siente el dolor. ¿Por qué, entonces, no vemos que las necesidades de prevención del VIH de una parte dependen de las necesidades de prevención de todas las demás?

Otra implicación de la ‘ética del bien común’ es su insistencia en el carácter relacional de la vida y el florecimiento humanos. Dentro de las comunidades y familias, la forma en que nos organizamos y nos tratamos mutuamente deberían basarse en la idea del ‘bien común’.

Después de todo, los derechos de los individuos están ligados de manera inextricable a la comprensión de que también son derechos de las demás personas.

En un mundo que se globaliza, la propia Iglesia está llamada a ser un ícono de lo que significa tomar en serio la idea del bien común. Al nivel más básico, para Dios es inaceptable que algunas personas se alimenten mientras que otras padecen y hasta mueren de hambre. De modo que las personas y comunidades cristianas estamos llamadas a apoyar la distribución equitativa de los recursos y asegurar el acceso universal a servicios eficaces. Se nos llama a pronunciarnos contra la pobreza y el sufrimiento que hacen tanto más difícil la prevención del VIH. Estamos llamadas a combatir el estigma y la discriminación que se asocian al VIH, como también a llegar a ser las comunidades inclusivas que dan vida a ese Cuerpo de Cristo en el cual constantemente estamos en proceso de convertirnos.

5.    Preguntas para discusión

a. ¿Cuáles asuntos de justicia has identificado en tu propio trabajo sobre el VIH o el sida? ¿Encuentras ecos de éstos en (a) el Antiguo Testamento y (b) las narrativas del Evangelio?

b. ¿Quiénes son hoy día las voces proféticas en el diálogo global y nacional acerca de la prevención del VIH? ¿Cuáles dificultades enfrentan las y los profetas en lo concerniente a la prevención del VIH?

c. ¿Cuáles serían las consecuencias, en lo relativo a la prevención del VIH, de que el mundo genuinamente abrazara el concepto de ‘el bien común’? ¿Qué podría impedir que eso ocurriera? ¿Y qué puedes hacer tú al respecto?

__________

5 OMC, Acuerdo de la OMC sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). Ginebra: Organización Mundial del Comercio, 1994; http://www.wto.org/spanish/tratop_s/trips_s/trips_s.htm

6 Para una discusión detallada del rol que juega la pobreza en la transmisión del VIH, ver ‘Respuesta a “Reevaluar la prevención del VIH” de la revista Science’ (pág. 2, subtítulo ‘Pobreza y VIH) en:
http://data.unaids.org/pub/InformationNote/2008/response_reassesing_hiv_prevention_science__es.pdf.

7 Ver Ensayo 1, p. 59

8 Ver Justicia, p. 19.

9 Para una discusión más amplia de los aspectos proféticos, sacerdotales y de sabiduría de la identidad cristiana, ver Curran, C., “Enda McDonagh’s moral theology” [“La teología moral de Enda McDonagh”] en Hogan, L. (ed.), en Between poetry and politics: essays in honour of Enda McDonagh [Entre la poesía y la política: ensayos en honor a Enda McDonagh]. Dublín: Columba Press, 2003, p. 206 en adelante.

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