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viernes, 18 de noviembre de 2016

Homilía pronunciada el 15 de noviembre en la ordenación presbiteral de Cristian Olivares





Mt 9,9-13

1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico nos cuenta que Jesús se fue de Nazareth (9,1-7) y encontró a un hombre llamado Mateo, según Marcos era hijo de Alfeo (2,14) que trabajaba como cobrar de impuestos para el imperio romano al que Jesús invita al discipulado y Mateo se pone en camino (versículo 9). Este versículo nos plantea tres realidades: 

-         La primera, que Mateo era cobrador de impuestos, publicano, por lo tanto rechazado por el sistema político y religioso considerándolo pecador (cf Mt 5,46; 11,19; 21,31-32; Lc 18,9-14; 19,1-10).

-         La segunda, que sabiendo Jesús que hacía Mateo, el relato evangélico dice que lo “vio”, lo invita al discipulado. “Sígueme” es la invitación que lanza a quienes elige para formar parte de la comunidad discipular (4,19; 4,21). Jesús no eligió a un judío piadoso sino a un hombre de cuestionable reputación que el sistema religioso lo consideraba pecador; sin lugar a dudas, una actitud desafiante la del Maestro.

-         La tercera, que sabiendo Mateo su situación, lo que él era y representaba, y quién era Jesús, decidió seguirle. Fue más fuerte el llamado del Maestro que el prejuicio social y la condena religiosa.

No sabemos si Jesús estaba en su casa o en la de Mateo, pues el texto griego es ambiguo en ese sentido, pero sí es claro que estaba comiendo sus discípulos y compartiendo la mesa  con muchos cobradores de impuestos, entre los que se encontraba Mateo, y con otras personas de mala fama (versículo 10). Literalmente, el texto griego hace referencia a personas pecadoras, y es que para el sistema religiosos estas personas eran inmerecedoras de la gracia divina, no porque fueran malas, sino porque no interpretaban la ley como lo hacían los fariseos o ejercían trabajos que no eran considerados dignos por el sistema religioso. Al admitirlos Jesús a su mesa estaba dando un claro mensaje de aceptación y amistad (cf Lc 15,1-2).

La actitud desafiante de Jesús al sistema religioso, primer eligiendo a un cobrador de impuestos para formar parte de su comunidad discipular y luego demostrando aceptación hacia personas de mala fama provoca el inmediato cuestionamiento de los fariseos, judíos piadosos, preocupados por cumplir la ley de Dios, guardar las tradiciones y considerarse personas justas (versículo 11).

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Desafiante, escandaloso, revolucionario en su concepción religiosa los enfrenta a su hipocresía (versículos 12-13). Jesús hace referencia a un texto del profeta Oseas, lo importante no son los sacrificios que se ofrecen en el Templo, ni el cumplimiento estricto de la ley de Dios y la conservación de la tradición sino la compasión y la solidaridad (Os 6,6 cf Mt 5,23-24; 12,7).


2.    El texto en nuestro contexto:

El relato evangélico de la vocación de Mateo es muy significativo. Él es, según el sistema religioso, un pecador, a quien Jesús llama para el seguimiento en el discipulado sin pedirle una confesión pública de su conversión, simplemente lo ve tal cual es, lo acepta tal cual es, lo llama tal cual es. El llamado fue sanador y liberador para Mateo. La elección y ordenación de nuestro hermano Cristian es un nuevo desafío de Jesús a quienes se consideran buenas personas y buenos cristianos, porque el Maestro no las llamó a ellas, no las invitó al seguimiento a ellas. Pablo dirá: “Dios ha escogido a quienes el mundo rechaza para confundir a quienes se creen algo “ (1Cor 1,27-28). Cristian, con el tiempo, irá aprendiendo que la vocación ministerial es una forma de ir sanado nuestras propias heridas en la medida que sanan nuestros hermanos y nuestras hermanas a quienes ministramos.

Jesús hizo de la mesa compartida entre las personas excluidas uno de los signos más fuertes de la presencia del Reino que anunciaba. Una mesa integrada por gente de mala fama porque Dios no hace diferencia entre las personas (Hch 10,34). Cristian, siguiendo el ejemplo de Jesús, el Maestro y el Señor, tendrás que hacer de cada Eucaristía el lugar de encuentro de aquellas personas que la sociedad y la religión consideran malas personas. En la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana nos gozamos de recibir a personas con vih; a gays, lesbianas, bisexuales, personas trans; a quienes tienen uso problemático de drogas, a sus amistades y a sus familias.

Frente al descalificativo de la clase religiosa Jesús una y otra vez reúne en torno a la mesa a las personas excluidas, haciéndose acreedor del calificativo de comilón y bebedor, amigo de gente de mala fama (Mt 11,39). Cristian, las críticas de quienes se consideran buenos cristianos y buenos pastores no deben de ser un obstáculo para comprometerte con aquellas personas que ninguna iglesia recibe, personas que fueron juzgadas, condenadas, demonizadas, silenciadas e invisibilizadas,  por cristianas y cristianos que debieron amarlas. Esas personas deben de ser la prioridad de tu ministerio. Ya hay iglesias y hay pastores que se encargan de quienes se consideran buenos. Tú ministra a quienes las iglesias dejaron fuera de la gracia, porque Dios, que es rico en misericordia las ama entrañablemente (Ef 2,4).

Cristian, Jesús no te eligió porque sos una buena persona de acuerdo al sistema religioso; no te eligió porque cumples estrictamente la tradición religiosa; Jesús te eligió porque te vio y te amó, no le importó tus capacidades porque durante el ministerio, él te capacitará para la misión; simplemente, como Mateo tienes que levantarte de donde estás y seguirlo.

Seguir al Maestro no es fácil. Hacerlo en la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, menos aún. El clero de nuestra iglesia no está para ser servido sino para servir (Mt 20,28), no tanto en materia litúrgica, sino en materia de derechos y dignidad humana (Lc 4,18-21), de nada sirve celebrar la Eucaristía si una persona de las que está presente está vulnerada en sus derechos y su dignidad (Mt 9,3 cf Os 6,6-7; Mt 9,10-13; 12,1-8). Tendrás que orar y enseñar a orar, pero no una oración alienante y desencarnada, sino comprometida con la vida y el contexto de las personas, una oración solidaria con sus luchas y sus fracasos, con sus gozos y sus penas (Lc 11,1-4).

Durante tu ministerio tendrás momentos fáciles y momentos difíciles, momentos lindos y momentos feos. No tengas miedo transitarlos, recuerda la promesa recibida por el apóstol Pablo: “mi gracia te basta” (2Co 12,9) y aquella afirmación confiada y certera: “nada podrá apartarnos del amor de Dios” (Rom 8,39).

Que así sea.-

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