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domingo, 13 de noviembre de 2016

26º Domingo después de Pentecostés - El tiempo de la Iglesia: el fin del mundo conocido, el inicio de un tiempo nuevo en justica y solidaridad





Lc 21,5-19

1.     El texto en su contexto:

Jesús se encontraba en el templo con sus discípulos y sus discípulas (20,1). Ese es el escenario donde se desarrolla la discusión con los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, es decir, con el poder político y religioso de su tiempo; primero sobre la autoridad de Jesús (20,2-8), luego sobre el pago de impuestos (20,20-26) y la resurrección de los  muertos (20,27-40) para finalizar sobre la procedencia del Mesías (20,41-14) y la advertencia de Jesús sobre la hipocrecía del sistema religioso (20,45-46).

Es en este contexto de confrontación, donde el evangelista Lucas pone en boca de Jesús la destrucción del templo. Relata que muchas personas estaban maravilladas de la belleza y esplendor del Templo de Jerusalén (21,5). Efectivamente, el exterior era de mármol y la fachada estaba adornada con objetos de gran valor, entre los que destacaba una vid de oro sobre la puerta principal, que había sido donada por el Grande, cuya construcción se había iniciado hacia el año 20 aC y aún no había sido terminado en tiempos de Jesús (cf Jn 2,20).

Este templo maravilloso que había llevado medio siglo levantar, Jesús afirma que será destruido (21,6), al punto que no quedará piedra sobre piedra. En este relato, sin lugar a dudas, se hace referencia al tremendo acontecimiento del año 70 dC, cuando el ejército romano sitia y arrasa Jerusalén y el Templo como respuesta al levantamiento del año 66.

La destrucción del Templo tiene consecuencias significativas en la vida religiosa del pueblo judío. Por un lado, se fortalece el judaísmo en las sinagogas. Por otro lado, la secta de los nazarenos es expulsada de la sinagoga y da surgimiento al cristianismo como religión independiente del judaísmo (año 70 dC, fecha a tener en cuenta, para quienes afirman que Jesús fundó la Iglesia).

Esta afirmación de Jesús, de que el Templo sería destruido produce consternación y dudas en la audiencia de Jesús, por lo tanto preguntas (versículo 7), a lo que Lucas pone en boca de Jesús una doble respuesta. Por un lado, las señales propias de la destrucción del Templo: guerra, hambre, enfermedades; calamidades que vivieron durante el sitio a Jerusalén; la persecución de la iglesia, en efecto, al ser expulsada de la sinagoga la secta de los nazarenos, quedan sin protección y pasan a ser una religión clandestina lo que desata la doble persecución por parte del judaísmo y por parte del imperio romano (versículo 12 cf Mt10,17-18; Mc 13,12; Lc 12,52-53; Jn 15,18-25).

Por otro lado, presenta un lenguaje apocalíptico (cf Is 19,2; Ap 6,3-8.12-17). Sin embargo, las señales que presenta las hubo siempre desde la propia existencia del planeta: terremotos y eclipses se han producido en distintos momentos de la vida del planeta y las distintas culturas han dado testimonio de ello. Simplemente Jesús afirma que no se sabe cuando retornará.

Pero hay algo significativo, Lucas pone en boca de Jesús los falsos cristos (versículo 8 cf Mc 13,21; Lc 17,23; 1Jn 2,18), aquellos que se arrogarán el rol mesiánico. Una advertencia importante para todos los tiempos.


2.     El texto en nuestro contexto:

La interpretación de este relato evangélico, nos invita a reflexionar, por lo menos sobre cinco ideas.

La primer idea nos invita a reflexionar sobre nuestros actos eclesiales. Nuestros templos ¿son lugares de culto a Dios o de acumulación de riquezas y poder? Los bienes de nuestras iglesias ¿están al servicio de las personas necesitadas o de la ostentación religiosa? Recordemos que Jesús se enfrentó al sistema religioso injusto, insolidario e inhumano.

La segunda idea nos enfrenta a la fantasía, que muchas veces durante la historia del cristianismo ha estado presente, de buscar el poder y la riqueza. La Iglesia está llamada a servir. Sus líderes tienen que servir. El poder y la riqueza no es servicio. Basta observar a nuestro alrededor, pastores enriquecidos con el diezmo de sus congregaciones, disfrutando de mansiones, automóviles lujosos, piscinas, etc.; obispos que les gusta jugar a ser príncipes con anillos y tronos y vestimentas ostentosas. Recordemos que Jesús nos convocó a liderar a las comunidades pero en el servicio, siguiendo su ejemplo.

La tercer idea nos enfrenta a la cruda realidad de nuestros orígenes. Pastores y pastoras sin escrúpulos, engañan a sus comunidades diciéndoles que la iglesia fue fundada por Jesucristo. Es un error garrafal. Jesucristo murió en el año 35 aproximadamente y la iglesia surge en el año 70 dC; hay 35 años de diferencia entre un acontecimiento y otro. La honestidad intelectual nos lleva a afirmar que Jesucristo es el fundamento de la Iglesia pero no el fundador. La Iglesia fue fundada por la segunda generación de cristianos, aquellos del año 70 que protagonizaron la persecución por parte del judaísmo y por parte del imperio romano, es decir, el poder religioso y el poder político.

La cuarta idea nos enfrenta a una realidad muy fuerte en nuestros tiempos, los discursos mesiánicos y el surgimiento de falsos profetas que no anuncian la liberación y la justicia de Dios, sino la condena y el juicio por las conductas inmorales de la gente, retomando modos anacrónicos y sembrando el terror para controlar y dominar imponiendo sus puntos de vista sobre las realidades humanas; tal es el caso de quienes atribuyen el VIH a castigos divinos por las prácticas sexuales, o las catástrofes naturales a castigos divinos por aprobar el matrimonio igualitario, o predican la teología de la prosperidad cuando los únicos que prosperan son ellos que el diezmo aportado por la congregación, o quienes imponen modelos familiares construidos sobre el matrimonio monogámico heterosexual como natural y querido por Dios (nada más contrario a la experiencia bíblica). La Iglesia de Jesucristo no puede y no debe entrar en esos discursos. Jesús no anunció el fin de la creación como la conocemos, sino el fin del mundo injusto de insolidario.

La quinta idea es justamente, reflexionar sobre el contenido del mensaje apocalíptico de este Evangelio. Jesús fue un hombre de su tiempo y como tal utilizó los recursos culturales que tenía a su alcance. La corriente apocalíptica era parte de esos recursos. Pero Jesús no se refería al fin del tiempo, de la creación y del mundo como obra de Dios sino que hacía referencia a otra realidad, aquella que el biblista Joaquím Jeremías llama “la aurora del Reino”, es decir, el fin de este mundo injusto, con opresión y explotación de unos sobre otros, el fin de las estructuras políticas y religiosas que culpabilizan y excluyen en vez de liberar e incluir, el comienzo de un nuevo tiempo de derechos y dignidad, de plenitud y de vida, donde la justicia y la solidaridad son las reglas que regulan las relaciones humanas.

Les dejo a todos y todas con estas cinco reflexiones breves para profundizar en el correr de la semana. Tengan un bendecido domingo. +Julio.



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