Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

viernes, 27 de noviembre de 2015

Declaración de Apostolicidad




"Tenemos que permanecer en esa Iglesia, que fue fundada por los Apóstoles, y que perdura hasta hoy día" (Jerónimo)[1]


1.    Etimología

Término latino apostolicus. Se refiere a lo relativo o concerniente a los Apóstoles. Es un  término compuesto, tiene su origen en el sustantivo apostol y se le suma el sufijo ico.


2.    Algunas reflexiones vinculadas a la etimología del término

Podemos afirmar que una Iglesia Apostólica tiene la continuidad de la Iglesia fundada por los Apóstoles, cuyo único fundamento es Jesucristo (Ef 2,20); identificándose con la Iglesia primitiva; manteniendo inalterado el depósito de la fe apostólica, es decir, aquello que creyó y predicó la comunidad apostólica.

Podemos identificar que una Iglesia es Apostólica por tres aspectos: por su origen en cuanto procede de la comunidad apostólica que eligió Jesucristo; por su doctrina y su misión en cuanto que enseña lo mismo que enseñó la comunidad apostólica; por la autoridad recibida de Jesucristo y transmitida hasta nuestros tiempos.

El que una Iglesia posea sucesión de los Apóstoles implica, que se siente heredera y transmisora, de la fe, doctrina y misión apostólica[2].


3.    Depósito de la fe apostólica

Sin lugar a dudas, la primera fuente a la que podemos recurrir, para saber en que creyó la comunidad apostólica, son los escritos del Nuevo Testamento, sin embargo no son los únicos, dentro de la literatura patrística de los primeros siglos encontramos diversas obras, que si bien no forman parte del canon del Nuevo Testamento, son parte del depósito de la fe apostólica, tanto por su antigüedad como por su contenido; ellas son: el Símbolo de los Apóstoles, la Didaché y los Padres Apostólicos.

¿Por qué estas tres fuentes y no otras?. La razón es sencilla. Son los textos más próximos a la era apostólica. Ellos contienen la fe de la comunidad apostólica trasmitida a las iglesias.


a)    Symbolum Apostilicum:

El Símbolo de los Apóstoles presenta un resumen de los artículos de la fe cristiana. Rufino es uno de los autores más antiguos que hace referencia al mismo explicando cierta tradición que lo originó[3]. Ambrosio retoma la explicación de Rufino y la amplía[4].

Si bien se atribuye a los apóstoles, Marco Aurelio, arzobispo de Éfeso, en 1438 declara que las Iglesias ortodoxas desconocían tanto el texto como su origen apostólico. Si bien su contenido se remonta a la era apostólica, los recientes estudios nos permite saber que su redacción, tal como la conocemos data de una fecha mucho más tardía. Para nosotros y nosotras hoy, es fundamental saber que su contenido tiene su origen en los tiempos apostólicos, pues nos conecta con las fuentes mismas de la tradición, aunque la forma no sea la misma.

¿Cuál es el contenido que se remonta a la era apostólica? El texto más remoto lo encontramos en Hechos de los Apóstoles:

            “Yo creo que Jesucristo es el Hijo de Dios” (8,37).

Pablo, en la carta a la Iglesia de Roma afirma:

"su Hijo, nacido de la descendencia de David según la carne, constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor" (1,3).

Fórmulas muy semejantes encontramos en la primera carta a la Iglesia de Corinto:

“En primer lugar les he enseñado la misma tradición que yo recibí, a saber, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que lo sepultaron y que resucitó al tercer día, también según las Escrituras” (15,3-4).

Igualmente en la primera carta de Pedro:

“Porque Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para  siempre. Él era inocente, pero sufrió por los malos, para llevarlos  a ustedes a Dios. En su fragilidad humana, murió; pero resucitó con una vida espiritual,  y de esta manera fue a proclamar su victoria a los espíritus que estaban presos. Estos habían sido desobedientes en tiempos antiguos,  en los días de Noé, cuando Dios esperaba con paciencia  mientras se construía la barca, en la que algunas personas,  ocho en total, fueron salvadas por medio del agua.  Y aquella agua representaba el agua del bautismo, por medio del cual somos ahora salvados.  El bautismo no consiste en limpiar el cuerpo, sino en pedirle  a Dios una conciencia limpia; y nos salva por la resurrección de Jesucristo, que subió al cielo y está a la derecha de Dios, y  al que han quedado sujetos los ángeles y demás seres espirituales  que tienen autoridad y poder” (3,18-22).

Años más tarde, Ignacio[5] confiesa:

"Jesucristo, del linaje de David e hijo de María, que nació, comió y bebió verdaderamente, fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilatos, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los moradores del cielo, de la tierra y del infierno; que, además, resucitó verdaderamente de entre los muertos, resucitándole su propio Padre. Y a semejanza suya también a los que creemos en El nos resucitará del mismo modo su Padre, en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la verdadera vida" (Trall 9).

Posteriormente Justino[6], al parecer el primero, dirigiéndose a las catecúmenas y los catecúmenos, introduce la fórmula trinitaria:

“reciben el lavado del agua en el nombre de Dios Padre y Señor del universo, y en el de nuestro Salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo" (Apol I,61).

Pero es la Epístola Apostolorum[7] y al parecer Hipólito[8] quienes realizan los aportes finales para la confección del credo que aparece por primera vez en la Tradición Apostólica escrita por Hipólito, cuyo texto original transcribimos a continuación:

“Credo in Deum patrem omnipotentem
Et in Christum Iesum, filium Dei.
Qui natus de Spiritu Sancto ex María Virgine
Et crucifixus sub Pontio Pilato et mortuus est et sepultus,
Et resurrexit die tertia vivus a mortuis,
Et ascendit in caelis,
Et sedit ad dexteram patris,
Venturus iudicare vivos et mortuos
Et in Spiritum Sanctum et sanctam ecclesiam,
Et carnis resurrectionem.”

Una Iglesia, que cree y enseña estos artículos de fe, debe ser considerada como apostólica.


b)    La Didaché:

Esta obra se caracteriza por su antigüedad, compuesta tal vez antes de los años 70 dC, tomando como base, piezas literarias ya existentes. Es un testimonio, tal vez el más antiguo conocido, de reglas cristianas, tal vez utilizada no por una, sino por varias comunidades eclesiales, más bien judeocristianas que de comunidades provenientes del paganismo convertido al cristianismo, que nos presenta la eclesiología y liturgia de la Iglesia naciente.

Este antiguo documento, da cuenta de las primeras rúbricas litúrgicas de la historia de la Iglesia, acerca de la celebración de los sacramentos de iniciación: el Bautismo y la Eucaristía; también contiene una de las tres versiones que nos han llegado a cerca del Padrenuestro.

De una influencia muy grande en la antigüedad, postulada a formar parte del canon bíblico, finalmente quedó ubicada, como la obra más importante dentro de lo que denominamos Padres Apostólicos. Fue citada por Clemente de Alejandría en sus escritos.

Estas características hacen de la Didajé uno de los depósitos de la fe más fuertes, ya que articula los escritos del Nuevo Testamento, recogiendo las enseñanzas y prácticas de la iglesia apostólica, con los Padres Apostólicos.

Una Iglesia, que practica estas enseñanzas es una Iglesia apostólica.


c)    Los Padres Apostólicos

La otra fuente indiscutible son los Padres apostólicos por su proximidad histórica a la Iglesia de los apóstoles y porque algunos de los Padres, según el testimonio de Ireneo de Lyón fueron discípulos directos de los apóstoles, tal es el caso de Clemente de Roma que fue discípulo de los apóstoles Pedro y Pablo y Policarpo de Esmirna que fue discípulo del apóstol Juan. No tenemos referencias sobre los otros escritos en cuanto a su vinculación directa con alguno de los apóstoles, sin embargo, la epístola de Bernabé, las de Ignacio de Antioquía, la epístola a Diogneto, el Pastor de Hermas, los fragmentos de Papías y la propia Didaché, se centran en presentar la fe apostólica más que de defenderla de los errores, actividad que desarrollarán posteriormente los Padres apologetas.

Afirma el escritor de la epístola a Diogneto:

“No trato de cosas extrañas ni inquiero cuestiones absurdas, sino que, habiendo sido discípulo de los apóstoles, me hago maestro de las naciones y administro lo que yo he recibido a los que se han convertido en discípulos dignos de la Verdad”

Los escritos de estos padres, son una referencia constante al carácter apostólico de la doctrina que creyeron, practicaron y enseñaron.

Una Iglesia, continuadora de esta fe, porque la cree, la practica y la enseña es una Iglesia apostólica.

Por lo tanto, para que una Iglesia sea considerada apostólica es necesario que adhiera a los artículos de fe y la doctrina apostólica; además de que contenga en sí, una transmisión autoritativa de la apostolicidad[9] (cf Epístola 76 Ad Magnum, Cipriano (+258 dC):

“Novaciano no está en la Iglesia, ni puede ser considerado obispo, porque en desprecio de la tradición apostólica se ordenó a sí mismo sin suceder a nadie”


4.    Algunas conclusiones

En todos estos siglos de cristianismo, nuestro cuerpo doctrinal ha ido ensanchándose con diversos dogmas y doctrinas. Sin embargo, entendemos que para que una Iglesia sea reconicida como apostólica, solo bastan estas tres condiciones:

- cree
- practica
- enseña, aquello en que creyeron los Apóstoles.

Ninguna otra condición debiera agregarse a estos tres requisitos y la Sucesión Apostólica, solo es un complemento a ello que debiera ser garante de ellos.

Cuando planteamos estos requisitos, los mismos deben de ser entendidos e interpretados a la luz del Evangelio de Jesucristo, manteniendo intacto e incambiado el contenido de la fe apostólica, pero renovando la forma de su presentación, es decir, el envoltorio del mensaje.


Fuentes:
Diccionario de Teología: EF Harrison.
Patrología Latina: Migne – Documenta Catholica Omnia (en línea)






[1] Jerónimo nace entre los años 340 / 342 dC (fecha inexacta) y muere en 420 dC. Se destacó por sus estudios exegéticos y por traducir las Sagradas Escrituras al latín, versión de la Biblia denominada Vulgata.
[2] Entendemos que la doctrina de la Sucesión Apostólica debemos tratarla aparte dada la evolución de la misma, aquí simplemente hacemos una mención a la misma.
[3] Rufino de Aquilea nace en 345 y muere en 411. Escritor y exégeta. Gracias a sus escritos hemos conocido la obra de Orígenes y otros autores antiguos.
[4] Ambrosio de Milán nace en 340 y muere en 397. Es uno de los cuatro Padres de la Iglesia latina.
[5] Ignacio de Antioquía nace entre los años 25 a 28 y muere entre los años 98 a 110. Obispo y mártir. Autor de siete cartas a diferentes iglesias mientras que era conducido de Siria a Roma para ser ejecutado.
[6] Justino nace en Flavia Neapolis (Siquem) entre los años 100 a 114 y muere entre los años 162 a 168. Es uno de los primeros apologistas cristianos.
[7] La Epístola Apostolrum, sin lugar a dudas es una de las más importantes de la literatura apócrifa por varias razones. Va dirigida a la catolicidad, a las iglesias del norte y del sur, del este y del oeste; escrita entre los años 140 y 160, en su teología afirma claramente la encarnación del Verbo Eterno, identifica la divinidad del Verbo con la del Padre; realiza importantes aportes en materia de liturgia, presentando los artículos de fe en un credo pequeño, revela que en este tiemo, aún continuaba celebrándose juntos el Ágape y laEucaristía.
[8] Hipólito de Roma nace en el año 170 y muere en 236. Al parecer discípulo de Ireneo quien a su vez fue discípulo de Policarpo que fue discípulo del apóstol Juan.
[9] Para ello, desarrollamos un tercer documento que se agrega a los de Catolicidad y Apostolicidad que es Sucesión Apostólica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario