Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 18 de octubre de 2015

La Iglesia: comunidad de iguales y servidora.



22º Domingo después de Pentecostés
Ciclo B – Mc 10,35-45



1.    El texto en su contexto:

Jesús acababa de anunciar por tercera vez su muerte y el triunfo de la resurrección (versículo 34). Los hijos de Zebedeo, dos de los apóstoles columnas de la Iglesia le piden a Jesús compartir su poder por sobre el resto de los apóstoles (versículos 35-37). Ellos esperaban que Jesús derrocara el poder romano y restableciera el reino de David, distribuyendo autoridad, poder y honores y ¿qué mayor honor que estar sentados a la derecha y a la izquierda del rey, más cuando éste los liberaría del poder opresor? sin embargo, el proyecto mesiánico de Jesús no pasaba por un Mesías político sino por un Mesías siervo (Isaías 53,10-11). Fue necesario que pasara mucho tiempo, para que ellos entendieran la opción profética de Jesús.

Jesús, Maestro sabio, les cambia el eje de la conversación, ellos pedían compartir honor y poder, Jesús les propone compartir su humillación y muerte (versículos 38-40 cf Lc 12,50; Jn 18,11).

El resto de los apóstoles se enteraron de lo sucedido y se enojaron (versículo 41), tal vez ellos habían pensado pedir lo mismo pero Santiago y Juan se les habían adelantado. Las luchas por el poder, una vez que Jesús muriera, comenzaron a darse entre los suyos. La división ya estaba sembrada al interior de la comunidad apostólica.

Jesús, combate enérgicamente las luchas por el poder al interior del movimiento que se estaba generando en torno a él. Quien aspire a ocupar un lugar de privilegio, de poder, de influencia, de honor tiene necesariamente que servir a los demás (vesículos 42-44 cf Eclo 3,18; Mt 23,11; Mc 9,35; Lc 22,25-27). Esta conversación ya se había dado un tiempo antes, cuando Jesús había anunciado por segunda vez su muerte (Mc 9,30-32), ellos habían estado discutiendo quién era el más importante (Mc 9,33-37) y él les había dicho que el que sirviera a todos. La propuesta de Jesús es una comunidad de iguales, donde el servicio sea la característica.

Finalmente se pone como ejemplo, una vida entregada al servicio y al proyecto de Dios (versículo 45 cf Is 53,5-6.11-12; Jn 10,11; 1Tim 2,5-6). Jesús vino a este mundo a servir (Mt 20,28 cf Lc 22,27; Jn 13,12-15; Fil 2,5-7) y a cumplir el proyecto de Dios, dar su vida en rescate (Mt 20,28), el rescate era el precio que se debía pagar por la libertad de un preso o la liberación de un esclavo, de la humanidad presa de la injusticia, de la enfermedad, de la discriminación, de los prejuicios (Mt 28,20 cf Is 52,13-53,12; Mc 10,45; Jn 10,11; Ef 1,7; Col 1,13-14; 1Tim 2,5-6; Tit 2,14; Heb 2,9; 1Pe 1,18-19). De esta forma, por primera vez en los Evangelios, queda expresada la finalidad de la vida y la muerte de Jesús.

Ese ejemplo de servicio a la humanidad lo expresó de diferentes formas, sanando a las personas enfermas (Mc 1,29-31; 7,31-37), liberando a las personas oprimidas (Mc 1,21-28; 5,1-15), incluyendo a las personas excluidas (Mc 1,40-45; 5,25-34), perdonando a las personas agobiadas por las culpas (Mc 2,1-12), fortaleciendo a las personas debilitadas (Mc 7,24-30), dando de comer a las personas hambrientas (Mc 6,30-44; 8,1-10), pero fundamentalmente lavando los pies a la comunidad apostólica (Jn 13,1-15) tarea reservada únicamente a esclavos extranjeros y a mujeres.


2.    El texto en nuestro contexto:

Una lectura contextualizada de este relato evangélico nos permite descubrir dos lecciones.

La primera: la Iglesia es una comunidad de iguales.

Históricamente el servicio se ha ido transformando en poder. Quienes debían servir comenzaron a ejercer autoridad, a ocupar lugares de poder, a ejercer el dominio y el control. El liderazgo eclesiástico pasó a ser una elite de gente poderosa e influente. En algunas Iglesias aún es así. Pero nosotras y nosotros, la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana tenemos que remontarnos a nuestros orígenes y a las enseñanzas y ejemplos de Jesucristo, nuestro Maestro y nuestro Señor.

En la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana no hay monseñores porque ese es un título de la iglesia monárquica, hay obispos y obispas que son los administradores de los dones que el Espíritu Santo regala a la Iglesia. No hay sacerdotes, porque esa es una función que la iglesia monárquica tomó del paganismo, como enseñan las Escrituras tenemos un único sacerdote que es Jesucristo (1Tim 2,5 cf 1Jn 2,1; Heb 3,1), hay presbíteros y presbíteras que junto al obispo o la obispa lideran la comunidad eclesial. En el momento que olvidemos esto, habremos perdido nuestra identidad de Iglesia Antigua y habremos desvirtuado el Evangelio de Jesucristo.

El inmenso desafío que enfrentamos es mantenernos radicalmente fieles a las enseñanzas de Jesús. La enseñanza de los Padres, las doctrinas de los concilios ecuménicos, la tradición de la Iglesia, el propio magisterio que vamos construyendo, necesariamente tiene que ser interpretado a la luz del Evangelio de Jesucristo y en diálogo con la comunidad eclesial y la sociedad donde ésta, está inserta. Para ello, hemos definido en los Estatutos de la Iglesia que la asamblea sinodal es el órgano soberano y que está integrado por el episcopado, el presbiterado, el diaconado y el laicado en igualdad de condiciones.

La segunda: la Iglesia es una comunidad servidora.

Siguiendo las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, asumimos el mandato de nuestro Maestro y nuestro Señor. Nuestra razón de ser es evangelizar mediante el servicio. Demostrar con nuestro ejemplo, a la sociedad y a la cultura, de que existe otra forma de ser Iglesia y que esa forma es junto a las personas discriminadas, excluidas, silenciadas, invisibilizadas, vulneradas en sus derechos y su dignidad (Mt 25,35-46)

Únicamente sirviendo a esas personas y desde la realidad de esas personas tiene sentido nuestra experiencia de fe y por lo tanto nuestra celebración litúrgica. Si salimos de aquí y en la semana no somos capaces de haber estado junto a Jesús, encarnado en ellas y en ellos (Fi 2,7), de nada habrá servido esta celebración y por favor, no vengan el próximo domingo hasta que no sirvan a alguien que realmente lo necesite y que no pueda o no quiera, de ninguna manera retribuirles lo que ustedes hicieron (Mt 5,46-47).

Me dirán que es muy duro lo que estoy planteando. Pues así es. La comunidad eclesial que celebra la Eucaristía no es un grupo de personas conocidas que se reúne a tomar el té, no es un grupo de amigos o amigas que se reúnen a compartir la mesa, no es un grupo de ayuda mutua que nos conforta en nuestros momentos difíciles. La comunidad eclesial que celebra la Eucaristía es esencialmente un grupo de personas que celebra su fe en Jesucristo, el Maestro y el Señor; una fe que no es racional sino experiencia vivida y celebrada.

Por lo tanto, si no estamos dispuestos y dispuestas a servir a quien lo necesita, entonces la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana no es nuestro lugar. Vayamos a adorar a Dios a otros templos. Vayamos a rendir culto a otras iglesias. Aquí primero vivimos la fe y luego la celebramos. Y la vivencia de la fe a través del servicio exige renuncia a nuestros gustos, a nuestros tiempos libres, a nuestros bienes, a nuestros deseos porque no servimos con  lo que queremos sino con lo que la otra persona necesita.  Por eso el servicio está directamente relacionado a la experiencia pascual.

El relato evangélico de hoy  nos permite exponer la eclesiología de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, una comunidad de iguales que sirve a todos y todas.


Que encontremos esta semana, en el servicio a las personas vulneradas la experiencia pascual para celebrar nuestra fe. Buena semana para todos y todas. +Julio.

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