Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

martes, 5 de mayo de 2015

La revelación de Dios (segunda parte)




El Misterio Divino se revela a la humanidad en y por Jesús de Nazaret.

Autor: Julio Vallarino


Por la revelación sabemos, que el Ser Indecible al que llamamos Dios, no es soledad sino comunidad plena. El Misterio Divino se revela como Trinidad: Padre-Madre, Hijo, Espíritu Santo. Un solo y único Dios y tres Personas que, como modos de ser divinos, desde toda la eternidad viven en íntima comunión (Concilio de Ecuménico de Nicea en 325, Concilio Ecuménico de Constantinopla en 381, Concilio Ecuménico de Calcedonia 451).

El Misterio Divino existe y es el origen de todo, por eso decimos que es Padre-Madre: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1,1).

La existencia del Misterio Divino no necesita ninguna explicación: “El Ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de la zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues Moisés, -Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza.- Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, le llamó en medio de la zarza, diciendo: -¡Moisés, Moisés!- El respondió: -Heme aquí-. Le dijo: -No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada-. Y añadió: -Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob-” (Ex. 3,1-6; Jn 8,13-30).  Es eterno, no tiene origen ni tampoco fin: “Dijo Dios a Moisés: -Yo soy el que soy-. Y añadió: -Así dirás a los israelitas: ´Yo soy´ me ha enviado a vosotros-. Siguió Dios diciendo a Moisés: -Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Ese es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación” (Ex.3,14-15; Ap 1,4). No se le puede ver: “mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex. 33,20 cf 1Re. 19,9-13; Jn. 1,18; Col. 1,15; 1Tm. 1,17).

El Hijo, preexiste junto al Padre-Madre (Concilio Ecuménico de Nicea, año 325): “El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia” (Col. 1,15-17 cf Jn 8,58). Es de carácter divino y eterno: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios” (Jn. 1,1). “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10,30); es el Hijo único (Jn 1,14) amado del Padre (Mt 3,17 cf 12,18; 17,5; Jn 15,9; 17,23), que “está en el seno del Padre” (Jn. 1,18; 10,30-38; 14,10-11; 17,21) lo da a conocer: “En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto” (Jn. 3,11; 17,6), porque El es el “es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Heb. 1,3).

El Espíritu Santo procede del Padre-Madre (Concilio Ecuménico de Constantinopla, año 381): “el Espíritu de verdad que procede del Padre” (Jn. 15,16; 15,26; 16,15) y es enviado por el Hijo: “yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre” (Jn. 14,16; 16.17). Es Espíritu de Dios: “nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios” (1Co 2,11 cf 1Co 7,40; 1Jn 4,2) y “Espíritu del Señor” (Hch. 8,39 cf 2Co 3,17; Ga 4,6; Ap 3,1)  que tiene por encargo del Hijo, enseñar la verdad: “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa…” (Jn. 16,13).

Obra desde siempre en la creación: “envías tu soplo y son creados” (Sal. 104,30) y en la historia humana. En libertadores: “el Espíritu de Yahveh revistió a Gedeón” (1 Jue. 6,34; 1Jue 11,29; 14,6); profetas: “Bajó Yahveh en la Nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu se pusieron a profetizar” (Nm. 11,25; Ez 37), artistas: “le he llenado del espíritu de Dios concediéndole habilidad, pericia y experiencia en toda clase de trabajos; para concebir y realizar proyectos de oro, plata y bronce, para labrar piedras de engaste, tallar la madera y ejecutar cualquier otra labor” (Ex. 31,3-5); sabios: “la Sabiduría es un espíritu que ama al hombre…” (Sab. 1).

“Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado” (Heb. 1,1) con la Humanidad. “Pero al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo” (Gal. 4,4) y “nos ha hablado por medio de su Hijo” (Heb. 1,2): Jesucristo. El ya no es mensajero como los profetas. Es la Palabra eterna del Padre: “el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn. 1,18). Es Dios con nosotros y entre nosotros: “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is. 7,14 cf Mi 5,2; Mt 1,23).

Es la Palabra por excelencia, la única posible, del Padre a la humanidad y es por la encarnación Palabra de Dios y Palabra de María (Bórmida, 1999, p. 178): “-No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin-. María respondió al ángel: -¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?-. El ángel le respondió: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios-… Dijo María: -He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra-“ (Lc. 1,30-38 cf So. 3,14-15; Za. 2,14; Rut 2,4; Is. 7,14-15; 2 Ssm. 7,1-17; Is. 9,6; Dn. 7,14; Jr. 32,27; Mt. 1,18-20; Mc. 1,24 ss.).

El relato lucano de la anunciación presenta claramente la obra del Espíritu Santo. Este hecho es la clave para entender la obra de Dios en la historia: la encarnación de la Palabra, su concepción, toda la obra de Jesús.

Verdadero Dios y verdadero hombre (Concilio Ecuménico de Calcedonia, año 451, quinta sesión del 22 de octubre), Jesucristo, el Hijo de Dios y de María es la revelación por excelencia del Misterio Divino; las dos naturalezas, humana y divina, están presentes en Jesús, lo que en la patrística se ha denominado unión hipostática, encontrando su fundamento en las confesiones de fe de los Escritos Cristianos del Nuevo Testamento (Mt 16,16; Mc 1,1; Jn 1,14; 20,28; Hch 2,32.36; Fi 2,6-11; Rm 1,3; 10,9).

Jesucristo, revela la Padre (Jn 14,9) en sus palabras y en sus acciones. Es en medio nuestro, la Palabra viva, dicha por Dios, a la humanidad. El Hijo, Palabra de Dios, asume la naturaleza humana en el tiempo y se hace uno entre nosotros y nosotras (Fi 2,6-7) y comunica su Espíritu (Jn 14,16); es el Camino que conduce al Padre (Jn 14,6); es quien realiza la obra del Padre (Jn 5,19-47). Por El, la humanidad participa de la vida trinitaria (Jn 14,20): “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn. 14,23).

La revelación es el actuar de Dios en la historia que comienza con la creación (Gn 1) y culmina con la encarnación (Jn 1,14), donde Dios mismo irrumpe en la historia humana en la persona de Jesús de Nazaret (Jn 1,14) y permanece actuando en la historia por la acción del Espíritu Santo, testigo de ello es todo el libro de Hechos de los Apóstoles.

El Misterio Divino, al que llamamos Padre-Madre, se comunicó plena y totalmente en Jesús de Nazaret (Jn 14,6-11) con la encarnación, presencia real y tangible de la Divinidad en medio de la humanidad (Is 7,10-17). El misterio sigue siendo misterio, pero deja de ser lejano para ser cercano. Un misterio que jamás podremos comprender pero del que jamás podremos dudar: Emmanuel, Dios con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras.



Bibliografía

Vallarino, Julio: “Ensayo sobre Teología Fundamental” (2005).
Bórmida, Jerónimo: “Teología Fundamental” (1999)
E.F. Harrison: Diccionario de Teología (2002)
Holman: Diccionario Bíblico (2003)



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