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sábado, 8 de febrero de 2014

Pidámosle a Dios que nos ayude a ser sal y luz en esta sociedad, dando importancia a lo realmente importante: el prójimo (Mateo 5,13-20) - 5º Domingo del Tiempo de la Iglesia



Estos versículos son una parte constituyente del denominado Sermón del Monte que en el evangelio de Mateo se desarrolla en los capítulos que van del 5 al 7. Tiene su paralelo, pero mucho más breve, en Lucas 6:20-49.

Hay quienes señalan que lo relatado en Mateo y Lucas se trataría de dos instancias distintas, mientras que otros indican que nunca habrían existido tales hechos, sino que fue una forma que usaron los escritores de los evangelios para compilar y resumir las primeras enseñanzas de Jesús.

Sea como sea, el Sermón del Monte es considerado como la guía por excelencia para la vida cristiana, pues contiene los lineamientos principales de la actitud que se debería asumir.

Continuando, los pasajes del día de hoy son plausibles de dividirse en tres partes:

-      La metáfora de la sal
-      La metáfora de la luz
-      La referencia a la Ley

Metáfora de la sal (Mt. 5:13; Mr. 9:50; Lc. 14:34-35)

En aquellos días la sal era usada para condimentar los alimentos y conservarlos (Job 6:6; Eclo. 39:26), para purificar y/o como antiséptico (2 Re. 2:19-22; Ez. 16:4) y para colocar en las ofrendas (Lv. 2:13; Ez. 43:23-24).

Por otra parte, en Nm. 18:19 y 2 Cr. 13:5 se hace referencia a la misma como sello de pactos de Dios con los levitas, y de Aquél con David, respectivamente (en relación a ello, hasta el día de hoy entre los árabes la sal es símbolo de alianza de paz, amistad y fidelidad entre pueblos). En ese mismo sentido, se utiliza en Mr. 9:50.

¿Cuál es el mensaje detrás de este simbolismo?

Más allá de que la sal tiene otros usos mencionados en la Biblia (Gn. 19:26; Dt. 29:23; Jue. 9:45; Sof. 2:9; Mr. 9:49), el contexto y la forma en que se aplica en la metáfora indica que se está intentando promover algo positivo en la multitud que escucha.

Líneas de reflexión:

-      La proporción de sal que se utiliza para purificar, sazonar y conservar, es mucho menor en comparación a los elementos en los que se usa. Unos pocos cristianos pueden hacer la diferencia en el mundo. La comunidad puede hacer la diferencia en la sociedad. Tú puedes ser la diferencia en la vida de alguien.

-      El creyente, su forma de ser, sus palabras deben ser como la sal: con lo justo y necesario alcanza para cumplir con lo que debe hacer (Col. 4:6): traer alegría, esperanza y dignidad a quienes la han perdido.

-     Como la sal que preserva los alimentos deteniendo la descomposición, como discípulos de Cristo debemos detener las injusticias, la discriminación y la exclusión; debemos preservar a aquellos y aquellas a quienes la sociedad intenta permanentemente destruir y quitar toda fe.

-      Si no hacemos lo que tenemos que hacer, si nuestro compromiso por las cosas de Dios se va debilitando, si nos alejamos, si no cuidamos nuestra relación con Dios, si no fortalecemos nuestra fe, vamos perdiendo el estímulo por lo divino y no cumplimos el cometido para el que Jesús nos llamó, vamos perdiendo nuestro sabor y nos volvemos insípidos.

-      La sal no es un manjar, es algo común e insignificante, pero su actuar puede ser poderoso. De igual manera, Jesús no se sirve de personas destacadas, importantes, influyentes para llevar su mensaje; no, Jesús elige lo despreciado del mundo, personas comunes y corrientes que estén dispuestas a amar a Dios y servir a otros.

-      La sal va obrando silenciosamente; no es necesario ser sensacionalista ni asustar o condenar a la gente para que el mensaje de salvación llegue a sus vidas. Todo lo contrario, con el actuar diario, con el ejemplo de una vida distinta, se da un mejor testimonio que de la otra forma.

-      La sal no tiene una utilidad en sí misma sino que su eficacia se deriva del condimento, limpieza y preservación de otros elementos, por ello es necesario que sea de buena calidad para que pueda cumplir su cometido. En el mismo sentido, el cristiano no puede estar encerrado entre 4 paredes, de esa forma no influencia a la sociedad y el mundo. Se debe salir puertas afueras para influir en otras vidas. Nuevamente, como lo hemos comentado en domingos anteriores, abandonar las zonas de confort y comodidad, cumpliendo la misión para la que Jesús nos ha llamado.

Pero algo a destacar es que la misma esencia de la sal es la que le da esa utilidad; una esencia de calidad, una esencia comprometida con su finalidad, con su misión.

Es a través de su entrega total que puede cumplir con lo que debe hacer. De igual forma debemos hacer nosotros como hijos de Dios.

Así es que presentémonos ante Dios en sacrificio permanente y agradable (Ro. 12:1), entregando nuestra vida a Jesús y convirtiéndonos en verdaderos discípulos, porque no basta con decirnos cristianos, debemos ser cristianos; de lo contrario, al igual que la sal, perdemos nuestra utilidad.

Metáfora de la luz (Mr. 4:21; Lc. 8:16; Fil. 2:15; 1 P. 2:12)

En la Biblia, las referencias a la luz son múltiples y con diversos simbolismos: como principio organizador en la creación (Gn. 1:3); en relación a Dios como luz espiritual (Sal. 27:1; 36:9; 43:3; Is. 51:4; 60:19-20; Miq. 7:8-9; 1 Jn. 1:5; Apo. 21:23; 22:5); haciendo referencia a Cristo como luz para la Humanidad (Is. 42:6; Lc. 2:32; Jn. 1:4; 1:9; 8:12; 9:5; Hch. 13:47; 26:18, 23; 2 Co. 4:4; Ef. 5:14; 2 Ti. 1:10); la Palabra de Dios como luz que guía (Sal. 19:8; 119:105, 130; Pr. 6:23; 2 Pe. 1:19); como característica de los cristianos o como algo a lo que deberían aspirar (Is. 2:5; Mt. 5:14-16; 6:22-23; 2 Co. 6:14-18; Ro. 13:12; Ef. 5:8-12; Fil. 2:15; Col. 1:12-13; 1 Ts. 5:5; 1 Pe. 2:9; 1 Jn. 1:5-7); entre otros.

Pero tanto en relación a la sal como a la luz, son elementos que hacen referencia a su eficacia en función de otros: la luz, aunque interior fruto de la relación con Cristo, se exterioriza en la vida cotidiana de los cristianos y es guía para otros.

De nada sirve que seamos o nos creamos “buenos cristianos”, que tengamos una vida de devoción espiritual personal intensa, que leamos la Biblia, oremos todos los días, etc., si eso no se refleja hacia el exterior; de nada sirve ser una “comunidad cristiana” que se reúne cómodamente todos los domingos pero que permanece encerrada en sí misma; de nada sirven las buenas intenciones si no hay obras tangibles que sean de edificación a otros.

Jesús nos dejó indicaciones bien claras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15). Esto es que seamos luz para otros, que llevemos la buena noticia del evangelio de Cristo y del amor de Dios hacia todos, que seamos portadores de esperanza y alegría para quienes están en las tinieblas de la aflicción y el desánimo, para quienes no saben cómo ni por dónde seguir.

Tanto la sal como la luz tienen que ver con la misión que Jesús desarrolló mientras estuvo humanamente entre nosotros y que nos dejó como herencia. Esto no para nuestra vanagloria personal, sino como servicio desinteresado hacia los demás y para la Gloria de Dios! (v. 16)

Pero también hay otra factible reflexión sobre estos versículos: antes de poder ser sal y luz para otros, primero debemos serlo para nosotros mismos. ¿Hay algo en nuestras vidas que nos está impidiendo serlo? ¿Hay en nuestro interior alguna cosa que está frenando la manifestación de la luz de Dios en nosotros?

La luz es vida y la sal preserva las cosas de la putrefacción (de la muerte), ambas simbolizan liberación, entonces ¿existe en nosotros, en nuestro corazón, en nuestros pensamientos algo que nos esté manteniendo en las tinieblas, en la muerte? ¿Por qué motivo no podemos ser felices? ¿Qué es lo que está frenando la bendición en nuestras vidas? ¿Por qué no podemos ver la manifestación de la Gloria de Dios en nosotros?

En este sentido, los invito, a quienes así lo sientan, a poner en oración durante esta semana esta situación y pedirle a Dios que haga carne en nuestras vidas Su Palabra y que se cumpla en nosotros el versículo que dice “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz” (Mr. 4:22)

Sea lo que sea, que Dios nos ayude para que, una vez esclarecido, podamos trabajar en ello, sanarnos, crecer en la fe, ser sal y luz para otros, sintiendo el gozo y la alegría de ser hijos e hijas de Dios.

La referencia a la Ley (Lu. 16:17; Ro. 3:31; Ga. 3:24; Stg. 2:10)

¿En qué forma somos sal y luz en el mundo? Siendo fieles a Dios, cumpliendo Su Palabra, siguiendo el ejemplo de Jesús y llevando adelante la misión que nos encomendó. A ello es a lo que se refieren estos versículos.

Jesús no vino a dejar sin efecto la Ley, vino a cumplirla puesto que con su venida muchas profecías encontraron su respuesta y fue el único capaz de cumplirla en toda su extensión pues no tuvo pecado. Además, dejarla sin efecto era desconocer y negar a Dios, al igual que su plan salvífico para la Humanidad; era en cierto punto negarse a sí mismo.

Entonces, esto quiere decir que: ¿debemos volver a la esclavitud?, ¿a vestirnos según lo indican las escrituras?, ¿debemos obligar a una mujer que ha sido violada a casarse con su victimario?, ¿apedreamos a los adúlteros?

No, debemos ser fieles a la Palabra de Dios, al llamado de Jesús en nuestras vidas, y al igual que lo hizo Cristo en su época, ser revolucionarios y creativos en relación al mensaje que Jehová quiere transmitir en esta sociedad, en esta cultura y en este momento histórico. Porque además para nosotros, como seres humanos imperfectos, cumplir la Ley en todos sus términos, es imposible.

Por lo que nos pide que nuestra fidelidad sea mayor que la de escribas y fariseos, que seamos realmente fieles a lo que es importante para Dios: el amor por Él y por el prójimo (Mt. 22:37-40; precisamente en este último versículo es que se encuentra el fundamento para lo dicho anteriormente: “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”).

Jesús aquí no nos está pidiendo que nos convirtamos en religiosos esclavos de la letra fría, no quiere que nuestro actuar esté vacío de todo contenido. Lo que realmente nos pide es que le demos importancia a lo que es verdaderamente valioso; que demos frutos de amor, misericordia, mansedumbre, empatía, justicia, etc.; que nuestro actuar refleje lo que significa Jesús en nosotros; que las personas sean más importantes para nosotros que las doctrinas y tradiciones humanamente establecidas.


En suma, pidámosle a Dios que nos ayude a ser sal y luz en esta sociedad, dando importancia a lo realmente importante: el prójimo.

Buena semana para todos y todas.
Presbítera Ana Mássimo.
Quinto Domingo del Tiempo de la Iglesia.

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