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domingo, 23 de mayo de 2010

Pentecostés, una lectura desde la Biblia Queer.

PENTECOSTÉS



Thomas Bohache (The Queer Bible Commentary. Deryn Guest, Robert E. Goss, Mona West, Thomas Bohache, editores. Londres: SCM Press, 2006).

Hechos, como una continuación de lo que su autor comenzara en Lucas, tiene mucho que decir a los lectores queer, pero debemos colocarnos audazmente en la historia. No podemos acercarnos a esta Escritura con la actitud que llevamos algunos de nosotros en el sentido de que deberíamos aceptar cualquier migaja de tolerancia que las iglesias Cristianas ponen en nuestro camino en el disfraz de “tolerancia”. Por el contrario: se puede leer los Evangelios con el sentido de inclusión, a través de la misma persona de Jesús, sus palabras y acciones, y podríamos ignorar las Epístolas que contienen menos – que – afirmativas páginas, porque, después de todo, son solo opiniones de su autor. Cuando nos referimos a los Hechos, sin embargo, estamos tratando con un registro de los comienzos de la misma Iglesia Cristiana, que estamos tratando de imitar en el mundo de hoy. En consecuencia, en este libro de la Escritura, debemos localizarnos si queremos seguir siendo cristianos.

Jesús fue el personaje principal del Evangelio de Lucas; se retrata allí como un judío leal, que trata de montar un movimiento de restauración en el templo de Jerusalén, primaria manifestación de la alianza de Dios con Israel. Sin embargo, en el tiempo en que los dos volúmenes (Lucas y Hechos) fueron escritos, los romanos ya habían destruido el templo. En su lugar, Lucas estaba siendo testigo de la incipiente Iglesia Cristiana, que se extendía fuera de Jerusalén, a medida que los seguidores de Jesús lo proclamaban como la continuación de la historia de la salvación. Para la época en que se abre Hechos, la tarea de Jesús está cumplida y Él ha dejado de funcionar como un personaje, excepto en los recuerdos; la misión de “El Camino (9,2) es responsabilidad de sus seguidores, bajo el poder y la dirección del Espíritu Santo. Si uno adhiere al sistema Trinitario, puede ver un proceso que se va desarrollando en los diálogos divinos con la humanidad. La Biblia Hebrea nos habla de la creación y la alianza de Dios la Fuente, los Evangelios detallan la vida, muerte y resurrección de Jesús como representación de Dios el Salvador, y los Hechos y las Epístolas describen cómo los primeros cristianos son empoderados por el Espíritu Santo como Sostenedor.

Mi primera garantía para cualquier visión “queer” de la Escritura, se apoya en mi comprensión del Espíritu. Este es la verdadera esencia de Dios que está siempre presente: está sobre las aguas en la creación (Génesis 1,1), fue soplado en los humanos (Génesis 2,7), inspiró a los gobernantes y profetas, tanto hombres como mujeres (libros históricos y proféticos), descendió en una forma especial sobre Jesús de Nazaret (Marcos 1,10), fue soplado sobre los discípulos cuando el Resucitado les deseó la paz (“shalom”, en Juan 20,22) y en la historia de Pentecostés, dinámicamente se instaló e hizo residencia en los primeros cristianos, para guiar su destino. Si vamos a ser cristianos que creemos en la validez del Espíritu de Cristo en este mundo de hoy y que somos una parte de la comunión de los santos que han pasado antes que nosotros, las personas “queer” debemos vernos a nosotros mismos en los Hechos de los Apóstoles – sin duda, debemos reclamar el manto etimológico de “apóstoles”, como aquellos que son enviados a compartir las Buenas Nuevas. Así, leo la historia de Pentecostés en Hechos 21, 21, como una demostración de la divina hospitalidad e inclusividad en la primera Cristiandad.

Jesús aseguró a sus discípulos que les enviaría el Espíritu Santo, a través de él serían capaces de hacer cosas aún más grandes que Él. En el Evangelio de Juan, este Espíritu se sopla sobre los discípulos, mientras ellos están encerrados en un cuarto, por miedo (Juan 20,22) Ellos reciben este Espíritu Santo, pero Juan no da el paso siguiente y explica cómo este Espíritu les da poder a los primeros cristianos, poder para la acción. El libro de Hechos, sin embargo, es un libro de acción, de actividad misionera y, sobre todo, de comunidad; así, en relato tras relato encontramos a los primeros creyentes siendo testigos comunitariamente del Cristo Resucitado y del Espíritu que se les ha entregado a ellos, como grupo. El mensaje importante que obtenemos de Hechos es que los cristianos solo pueden ser tales en comunidad, que solo haremos una diferencia en el mundo, compartiendo nuestros bienes en común y en un espíritu de unidad (4,34-5) Desgraciadamente, los poderes del imperio disminuyeron esta sensibilidad comunitaria, casi socialista, pues los últimos libros del Nuevo Testamento y otros documentos de la iglesia, buscaron dar a la naciente una conformidad y una asimilación al imperio romano. Es aquí que los lectores “queer” pueden aprender de Hechos: podemos resistir a aquellos que querrán asimilarnos al imperio de la norma heterosexual y darnos cuenta de nuestro ser único, nuestro ser “queer” y nuestra diferencia, que nos hacen seguidores especiales de Cristo, en un mundo hostil y cruel.

En este aspecto, la historia de Pentecostés es paradigmática, pues muestra a los creyentes unidos en un lugar, recibiendo al Espíritu Santo como grupo, y sin embargo manifestando a ese mismo Espíritu en diferentes y diversas formas, con el fin de avanzar en el Dios uno, el unificado Reino de inclusión y el amor incondicional. Mientras los discípulos en el relato de Juan fueron capaces de guardarlo para sí, los reunidos en el día de Pentecostés no hicieron lo mismo; por el contrario, fueron guiados a las calles de Jerusalén, proclamando las acciones poderosas de Dios a todos los que encontraban (2.4) Como había muchos peregrinos en la ciudad, de diversas nacionalidades y lenguas, la estrategia del Espíritu fue permitir que cada persona oyera las Buenas Nuevas en su propia lengua – o, quizás, más precisamente, como necesitaban oírla. Esta es la forma en que la historia de Pentecostés se hace “queer”; testimonia que el mensaje inclusivo de Dios y su totalidad se oirá en diversas formas a través de diferentes mensajeros; es una verdad que puede ser compartida en muchas formas diferentes, de acuerdo con las necesidades individuales del que la oye.

Así, la diversidad en la comunidad GLTTB refleja al mismo Espíritu de Dios. Como parte de nuestro legado Cristiano, se nos ha confiado y dado poder para llevar las Buenas Nuevas del amor de Dios y del poder liberador de Cristo a todos los rincones de nuestro mundo, a través de diferentes escenarios, en varios trajes, y con múltiples propuestas. De acuerdo con esto, el Espíritu se oye entre ciudadanos gays ancianos, que eligen vivir juntos en una comunidad de retiro. El Espíritu se ve cuando jóvenes gays transgreden los límites del género y la sexualidad y rehusan ser categorizados. El Espíritu se describe en la lengua del cuero, en la hilaridad de los espectáculos “drag”, y en la solemnidad de las bodas homosexuales. Las personas “queer” individual y colectivamente abren sus bocas y proclaman la verdad espiritual “como el Espíritu les ha dado habilidad” en cualquier lugar en que se encuentren – bar, casa de baños, espacio femenino, grupo de step, sinagoga, iglesia, mezquita, club de sexo, rodeo, grupo de lectura, café, universidad o colegio. Y nuestra garantía para hacer esto, es la explicación que hace Pedro del fenómeno de Pentecostés, como el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a través del profeta Joel:

“En los últimos días, declara el Señor, yo derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos e hijas profetizarán; y vuestro jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán. Incluso sobre mis esclavos, hombres y mujeres, en aquellos días enviaré mi Espíritu; y ellos profetizarán” (2,17-18, parafraseando a Joel 2,28-32).

Dios no declara aquí que solo alguna carne – carne hetero o monógama o célibe o “decente”, aceptable – recibirá el Espíritu. Dios dice “toda carne”; esto significa carne, sea gay, lesbiana, bisexual, heterosexual, transgénero, todosexual, asexual, diferente sexualmente, conservadora y progresista, monógama y soltera y perversa de cualquier forma – cada uno encontraremos lo divino en nuestras circunstancias y oyendo al Espíritu en nuestro propia lengua, llevándonos al Reino inclusivo de Dios, a través de Cristo. Tampoco declara Dios que el Espíritu solo se manifestará entre hombres ricos y blancos, en posiciones de poder. Por el contrario, la afirmación de Dios es muy específica en el sentido de que el Espíritu será enviado sobre hombres y mujeres, hijos e hijas, esclavos masculinos y esclavas femeninas, jóvenes y viejos, personas que sueñan y tienen visiones, profetizando acerca de la presencia divina en el mundo. Los primeros discípulos ministraron en múltiples lenguas a gentes de muchas naciones, de diferentes colores, que practicaban diferentes religiones. Sin embargo, juntos, sintieron la presencia de Dios y su poder, y el Espíritu les confirió sin distinción la posibilidad de glorificar a Dios en su misma diversidad. ¿Podemos nosotros hacer menos en el mundo de hoy?

Quizás hoy en día el Movimiento Queer es el nuevo Pentecostés. Quizás la sociedad contemporánea y sus guerras culturales y sexuales los intentos de Dios para “tener una palabra”, de modo que la raza humana pueda prosperar y sobrevivir más allá de las restricciones estrechas de los fundamentalismos corrientes. Quizás las personas queer de fe, puedan estar en frente de un nuevo entendimiento en cuánto a cómo obra lo divino. Sin duda, las personas nos despreciarán, como lo hicieron con los primeros discípulos (2,13), acusándonos de estar ebrios o locos, poseídos por el demonio o adictos al sexo, pero la oportunidad está ante nosotros para cambiar el mundo con nuestro testimonio, con nuestro ejemplo y con nuestro abrazo por el Espíritu.

Una forma poderosa de lograr esta forma de testimonio es a través del medio de “contar la historia sexual”, lo que requiere una gran audacia para compartir nuestras intimidades – que son, de hecho, intimidades sexuales – de modo que otros puedan tocar el rostro de Dios. Yo estoy de acuerdo con la teóloga queer Marcella Althaus-Reid: es esencial que las minorías sexuales den la gracia al mundo de conocer las historias sexuales, pues solo podemos abrazar la totalidad de la “shalom” de Dios si no estamos en contacto con nuestra intimidad auténtica, sino también arriesgamos a compartirla. Esto es lo que significa hablar a los demás “en su propia lengua”; a menudo, la lengua de la historia sexual es capaz de “penetrar”, en formas en que no puede hacerlo la evangelización tradicional.

Así, Althaus-Reid nos recuerda: “¿Por qué hacer una teología de las historias sexuales? ¿No es algo demasiado particular, o demasiado referido al “reino privado” de una persona? La respuesta es No, porque la sexualidad no se queda en casa, o en el dormitorio de un amigo, sino que permea nuestra vida económica, política y social… Sin una teología de las historias sexuales, el último momento del círculo hermenéutico, o sea, el momento de apropiación y acción, tendrá siempre un abordaje parcial y superficial a la resolución del conflicto… Ese es el punto de contar las historias sexuales: son siempre tentativas, no terminadas, como lo es el Jesús sexual. Ellas abren nuestros ojos a diferentes estrategias de redes y también a fuentes de empoderamiento” (Althaus-Reid, 2001: 130-1).

De la misma manera, los viajes de fe de la comunidad GLTTB no son meras “adendas” en la historia del Cristianismo, sino que pueden y deben ser contados como Hechos de los Apóstoles del momento actual.

Más aún, al tomar el riesgo de compartir nuestros yos sexuales con los demás, no estamos siendo inadecuados o voyeuristas; más bien, estamos removiendo la “suciedad” de lo erótico y lo sexual, que la erotofobia cristiana ha instalado en los siglos. De esta manera, una sexualidad sana compartida abiertamente y honestamente, deja de ser un pequeño secreto sucio y en su lugar, muestra como en espejo el gozo de Dios en todos los aspectos de su creación. Así, el teólogo gay Robert Simpson ha afirmado, el contar las historias sexuales no es solo bueno para la teología, sino también para el cuidado pastoral en nuestras iglesias:

“En otras palabras, sin el reconocimiento de la correlación entre las historias sexuales y el desarrollo de formas apropiadas de acción pastoral, la práctica pastoral de la Iglesia a menudo fallará, no podrá ser un apoyo efectivo en el abordaje de las necesidades reales… Compartir los detalles personales favorece el crecimiento de la intimidad, desarrolla un sentido de confianza y conduce a conversaciones profundas acerca de la variedad de sujetos, incluyendo experiencias de discriminación, enfermedad, vida después de la muerte e incluso el misterio de Dios.” (Simpson 2005: 100)

Cuando compartimos los relatos sexuales, decimos a nuestro oyente: “He estado allí. No soy mejor que tú, ¡y somos mejores de lo que piensas! ¡Tu energía sexual y su expresión erótica en el pensamiento, la palabra y la acción, son dones de Dios! Al arriesgarnos a describir las formas en que el sexo nos permite representar a Dios en este mundo, la comunidad GLTTB deshace las perversiones eclesiológicas, estimula una hermenéutica de participación, y permite al Espíritu que sople donde quiera. Llamo a esto “política de voyeurismo santo”, por medio de la cual reclamamos el género de Hechos para un futuro “queer”.

En otro lugar, he descrito cómo cada uno de nosotros está llamado a ser, en las palabras de Meister Eckhart “otros Cristos” (Bohache 2003: 21-3). Estamos “cristianados”, ungidos, como lo fue Jesús, para llevar buenas nuevas, liberar a los cautivos y proclamar un Año de Jubileo del Señor (Ringe 1985). De la misma manera, llevamos el Espíritu divino, simplemente en virtud de ser seres humanos: no solo se sopló sobre nosotros el Espíritu de Dios en el momento del nacimiento, sino que sopla entre nosotros y nos llama a la Cristiandad. Este Espíritu abre las puertas y ventanas de par en par, nos saca toda negatividad, hacer desaparecer toda exclusión y dice: “¡Vengan, estamos esperando por ustedes!” Cada uno/una de nosotros/as lleva dones espirituales únicos (1Cor.12), sin los cuales la Iglesia no puede sobrevivir. En un esfuerzo para controlar y restringir las instituciones como el matrimonio, el sacerdocio y el episcopado, las iglesias pueden construir paredes, cerrar puertas y ventanas, pero el Espíritu siempre continúa soplando, tirando abajo las paredes y abriendo puertas y ventanas, hasta que todas sus partes estén reunidas y el mundo se convierta en la morada incondicional de “shalom”. Es por esta razón que los Hechos de los Apóstoles, como el comienzo de la historia Cristiana, debe transformarse en “nuestra” historia.

Montevideo, Pentecostés 2010.-
Traducido por MCP

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