Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

lunes, 27 de julio de 2015

La solidaridad podría hacer posible el milagro de la equidad




10º Domingo después de Pentecostés
Juan 6,1-15


1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico de hoy es común a los cuatro Evangelios (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17; Jn 6,1-1).

Nuevamente nos situamos en torno al Lago de Galilea (v 1) donde se encontraba mucha gente proveniente de distintos pueblos y aldeas que habían ido a escuchar a Jesús (v2). Marcos nos planteaba el domingo pasado que Jesús sintió compasión al ver tanta gente y se puso a enseñarles (6,34). Juan nos plantea este domingo, que Jesús se preocupó por las necesidades de la gente que estaba allí (v 5) e interpela a Felipe, el cual responde que no alcanzaría la paga de doscientos días de un obrero, para comprar pan para que toda es gente recibiera por lo menos un trozo (v 6-7). Entonces, frente a la incapacidad de los discípulos de encontrar una solución, un niño produce el primer milagro entregando lo que tenía, el milagro de la solidaridad (v 9).

El niño entrega a Andrés cinco panes de cebada (2 Re 4,42-44) y dos peces (v 9). Todas las personas allí presentes venían de aldeas y pueblos vecinos, por lo tanto, no es nada raro que tomaran agua y víveres para el camino, como lo hizo el niño; es más, en la orilla del Lago podían organizarse y pescar. Seguramente muchos pastores y pastoras con mentalidad mítica quisieran quedarse en el literalismo del milagro, donde Jesús multiplica mágicamente los panes, seguramente, porque como los discípulos no son capaces de arriesgarse a compartir. ¿Qué es más contundente para la experiencia de fe de aquella gente, y nuestra, multiplicar los panes o transformar los corazones invitándoles a la solidaridad?

Jesús, conocedor del corazón humano los organizó en grupos para que aprendieran unos de otros (v 10-11), entonces es cuando se produce el segundo milagro, el milagro de la equidad, todas las personas comen lo que cada una necesita para saciar su hambre y recogieron lo que sobró (v 11-12).

La capacidad de liderazgo y de organización de Jesús hace que la gente quiera proclamarlo rey, pero Jesús no se identificaba con el Mesías rey, una de las expectativas mesiánicas de su tiempo, sino con el Mesías Siervo descrito en el profeta Isaías, por lo tanto, escapa al reconocimiento popular (v 14-15).


2.    El texto en nuestro contexto:

Si nos quedamos con el relato mágico de la multiplicación de los panes, no podemos hacer nada para saciar el hambre y la desigualdad que existe en el planeta, porque necesitaríamos que Dios obrara el milagro. Sin embargo, si nos detenemos en el milagro de la solidaridad obrado por el niño y en el milagro del compartir motivado por Jesús, ya no tenemos que esperar de Dios la transformación de las estructuras injustas sino que podemos obrar nosotros y nosotras las transformaciones de este mundo.

Para muchos pastores y muchas pastoras es más sencillo hablar sobre el milagro de la multiplicación de los panes, que decirle a su iglesia que está obligada a ser solidaria y compartir, para ser la Iglesia de Jesús (Mt 25,31-46). Es más sencillo ser cómplice de un sistema deshumanizado que vulnera derechos y dignidad de personas, que transformar los corazones de las cristianas y los cristianos para que se comprometan en la transformación de las estructuras injustas.

En un mundo de tantas desigualdades, la solidaridad podría hacer posible el milagro de la equidad, donde cada persona recibiera todo lo necesario para desarrollarse como tal, con todos los derechos y toda la dignidad. Pero para ello, es necesario compartir, no haciéndonos los desentendidos como los apóstoles,  los pastores y las pastoras, sino como el niño, dando el ejemplo, compartiendo aquello que es nuestro, no lo que nos sobra, sino lo que tenemos para nosotras y nosotros. Nuestra solidaridad, tiene que ser ejemplo para nuestra iglesia, las personas que integran nuestras comunidades necesitan aprender a compartir.

Es una vergüenza, que en una comunidad eclesial exista gente que la pasa mal y gente que le sobran bienes. Es una vergüenza que personas que se denominan cristianas, de cualquier denominación: católica romana, católica no romana, ortodoxa, anglicana, luterana, episcopal, metodista, calvinista, valdense, evangélica, etc. etc. vivan con abundancia, cuando en el mundo hay tantas personas que pasan necesidad.

Pero no es suficiente que compartamos lo que tenemos, para aliviar las necesidades de los que no tienen. También es necesario denunciar la injusticia, la acumulación de riqueza, la desigualdad; levantando nuestra voz profética ante las autoridades políticas y económicas de nuestros países. Es posible construir una nueva sociedad, donde la solidaridad y la equidad, sean las relaciones que nos vinculen a los seres humanos.

Después de todo, cuando muramos no nos llevaremos lo que acumulamos mientras a otros les faltó. Ciertamente, no seres juzgados por las oraciones que hicimos, por las Eucaristías en que participamos, por los ayunos practicados, por los rosarios rezados, por las novenas celebradas, por los diezmos dados a la iglesia; disculpen pastores, pastoras, sacerdotes, presbíteros, obispos y demás líderes religiosos si ustedes enseñan esto, no tienen un solo versículo en el Nuevo Testamento que fundamente esa enseñanza (Mt 23,13); disculpen cristianas y cristianos si ustedes practican esto, porque sus líderes religiosos les mintieron (Mt 9,13). Seremos juzgados por nuestra solidaridad (Mt 25,31-46).

Buena semana para todos y todas. +Julio.


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