Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 28 de diciembre de 2014

Primer Domingo después de Navidad




Ciclo B
Lucas 2,22-40

El Mesías, esperanza para los pobres.


1.    El texto en su contexto:

Una vez nacido Jesús, sus padres deben cumplir con tres ritos: la circuncisión de todo varón a los ocho días de nacido (Génesis 17,10-12; Levítico 12,3); la purificación de la madre que quedaba ritualmente impura luego del parto (Levítico 12,2-4); y la presentación del niño al Señor por ser el primogénito varón (Éxodo 13,2.12 cf 1 Samuel 1,22-24), ofreciendo el sacrificio correspondiente a los pobres (Levítico 12,6-8).

En el contexto de este último rito, aparecen dos personajes muy ancianos, Simeón y Ana que son presentados como testigos de esperanza.

El encuentro con el anciano Simeón, seguramente se produjo en el atrio de las mujeres, ya que María no podía entrar al Templo por su condición de género. Nos relata el evangelio, que “Simeón esperaba la restauración de Israel” (versículo 25); este concepto está estrechamente relacionado con los tiempos mesiánicos y la liberación que se daría en ellos (Isaías 40,1-2; 49,13; 51,3; 52,9; 57,18; 61,2; 66,13). En el Primer Testamento, el Espíritu Santo estaba asociado al don de la profecía, por lo tanto, estaríamos en presencia de un profeta de Israel que claramente inaugura los tiempos mesiánicos (versículos 29-32 cf Isaías 40,5; 42,6; 46,13; 49,6; 52,10).

La presencia de las profetizas era mucho menor en Israel que la de los profetas, sobre todo en este período de la historia de Israel; sin embargo, Ana aparece profetizando y hablando a quienes esperaban la liberación (versículo 38 cf Isaías 52,9). Un dato importante, que parece pasar desapercibido, es que en la sociedad y la cultura judía, al igual que en los primeros siglos de la Iglesia, se consideraba piadosas a las viudas que nunca se volvían a casar. Otro dato importante es la similitud de edad entre Ana y Judit. Las Escrituras afirman que la anciana Judit, viuda famosa en la historia de Israel murió a los 105 años; si tomamos literalmente la información que proporciona Lucas (versículo 36), siete años de casada, más ochenta y cuatro años de viuda, más catorce años que era la edad habitual de casarse las mujeres, resulta que la profetiza Ana tendría 105 años, la misma edad que la Judit.

2.    El texto en nuestro contexto:

Jesús, Dios humanizado (Juan 1,14) nació en una familia pobre (Lucas 2,24). Su misión entre nosotros y nosotras es revelada a dos personas ya ancianas, Simeón (Lucas 2,25-35) y Ana (Lucas 2,36-38) que profetizan sobre el futuro del niño.

Ambos confirman la esperanza del pueblo; coinciden en que, con Jesús se inicia la era mesiánica. Las constantes referencias al profeta Isaías, en las profecías de Simeón y Ana establecen claramente el tipo de Mesías que sería Jesús: queda descartado el mesías sacerdotal vinculado al Templo, queda descartado el mesías militar vinculado a la guerra, revelándose el mesías  que había anunciado durante siglos la corriente profética de Israel. Un Mesías que sería el rostro visible del amor misericordioso de Dios (Lucas 4,18-18 cf Isaías 42,7; 49,9; 58,6; 61,1-2). Ambos, Simeón y Ana, hombre y mujer, reciben el don de la profecía, Dios les confía la certeza del cumplimiento de las antiguas promesas, les envía a avivar la esperanza de que el tiempo había llegado (Gálatas 4,4-7).

Vivimos un tiempo marcado por el individualismo, por el consumismo, por la inmediatez. Un tiempo donde la esperanza pareciera no importar. Un tiempo donde las personas parecieran no importar.

El relato evangélico de hoy nos interpela sobre varios aspectos:

- En primer lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos escuchar cuál es el mensaje de esperanza que Dios tiene para los hombres y las mujeres del siglo XXI.
- En segundo lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos volver a nuestras raíces, donde hombres y mujeres teníamos el mismo lugar en la comunidad mesiánica de Jesús, para comunicar a los hombres y mujeres del siglo XXI, que las diferencias son producto de la cultura y no de la voluntad divina (cf Hechos 10,34).
- En tercer lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos tener un rol mucho más activo, en la construcción de otro modelo social, aquel que Jesús llamó Reino, para que todas las personas sean alcanzadas por el mensaje liberador de Jesús.

3.    Conclusión:

Ser cristianos y cristianas, inevitablemente es ser profetas de esperanza para nuestras iglesias, para la sociedad y la cultura. Una esperanza que no es para todas y todos, sino para las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad.

Dios se hace persona humana, para que todos los humanos y todas las humanas tengamos vida digna (Juan 10,10).

Ser profeta implica no solo pronunciar una palabra de Dios, sino fundamentalmente, esperar y discernir esa palabra de Dios. Tanto Simeón como Ana envejecieron esperando el cumplimiento de la promesa y Dios no defraudó su esperanza.

Muchas veces las iglesias, por no saber escuchar no tenemos palabras de esperanza para comunicar en nuestro contexto, entonces comunicamos normas, dogmas, tradiciones, interpretaciones descontextualizadas de las Escrituras, dejando de lado el mensaje liberador y sanador que Dios quiere para todas y todos.

Dispongámonos a escuchar para poder comunicar.

Buena semana para todos y todas. +Julio.

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