Sexto Domingo de Pascua
VI domingo del Tiempo
Pascual
I Juan 1,1-10
Dios nos reconcilia
en Cristo, y nos confía el ministerio de la reconciliación
Cirilo de Alejandría
Comentario a la II
carta a los Corintios 5,5 - 6,2
Los que poseen las
arras del Espíritu y la esperanza de la resurrección, como si poseyeran ya
aquello que esperan, pueden afirmar que desde ahora ya no conocen a nadie según
la carne: todos, en efecto, somos espirituales y ajenos a la corrupción de la
carne. Porque, desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del
Unigénito, somos transformados en la misma Palabra que da vida a todas las
cosas. Y, si bien es verdad que cuando reinaba el pecado estábamos sujetos por
los lazos de la muerte, al introducirse en el mundo la justicia de Cristo
quedamos libres de la corrupción.
Por tanto, ya nadie
vive en la carne, es decir, ya nadie está sujeto a la debilidad de la carne, a
la que ciertamente pertenece la corrupción, entre otras cosas; en este sentido,
dice el Apóstol: si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no.
Es como quien dice: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y,
para que nosotros tuviésemos vida, sufrió la muerte según la carne, y así es
como conocimos a Cristo; sin embargo, ahora ya no es así como lo conocemos.
Pues, aunque retiene
su cuerpo humano, ya que resucitó al tercer día y vive en el cielo junto al
Padre, no obstante, su existencia es superior a la meramente carnal, puesto que
murió de una vez para siempre y ya no muere más; la muerte ya no tiene
dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para
siempre; y su vivir es un vivir para Dios.
Si tal es la
condición de aquel que se convirtió para nosotros en abanderado y precursor de
la vida, es necesario que nosotros, siguiendo sus huellas, formemos parte de
los que viven por encima de la carne, y no en la carne. Por eso, dice con toda
razón san Pablo: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado,
lo nuevo ha comenzado. Hemos sido, en efecto, justificados por la fe en
Cristo, y ha cesado el efecto de la maldición, puesto que él ha resucitado para
liberarnos, conculcando el poder de la muerte; y, además, hemos conocido al que
es por naturaleza propia Dios verdadero, a quien damos culto en espíritu y en
verdad, por mediación del Hijo, quien derrama sobre el mundo las bendiciones
divinas que proceden del Padre.
Por lo cual, dice
acertadamente san Pablo: Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo
nos reconcilió consigo, ya que el misterio de la encarnación y la
renovación consiguiente a la misma se realizaron de acuerdo con el designio del
Padre. No hay que olvidar que por Cristo
tenemos acceso al Padre, ya que nadie va al Padre, como afirma el mismo Cristo,
sino por él. Y, así, todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos
reconcilió y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Comentarios
Publicar un comentario