Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 5 de febrero de 2017

La Iglesia, discípula de Jesús, manifiesta al Padre.





5º Domingo del tiempo de la Manifestación de Dios a todos los pueblos
Ciclo A – Mt 5,13-16


1.     El texto en su contexto:

El escenario es el Sermón del Monte (Mt 5-7) reflexionábamos la semana pasada sobre la ética del discipulado (5,1-12). Esta semana se nos propone otro desafío: manifestar el amor incondicional de Dios (Jn 3,16) a toda la humanidad (Hch 10,34), no solo a quienes piensan como pensamos nosotros y nosotras, no solo a quienes hacen lo que nosotros y nosotras esperamos que hagan; el desafío es seguir a Jesús en el discipulado, pensar como pensó Jesús, decir lo que dijo Jesús, hacer lo que hizo Jesús, pero en nuestro contexto no en el suyo, asumiendo los desafíos del mundo actual.

Los ejemplos de la sal y de la luz, propuestos por Mateo, están presente en los sinópticos, es decir en Marcos y Lucas. Sin lugar a dudas era un tema central para la iglesia apostólica. La sal transforma los sabores y fue utilizada durante miles de años para conservar los alimentos, pero si se desvirtúa ya no sirve para su uso (versículo 13). La luz puesta en alto alumbra a todas las personas en un determinado espacio, pero si en lugar de colocarse en alto se esconde, dentro de un baúl, bajo una mesa … deja de cumplir su función (versículo 14) ya no alumbra a todas las personas. Cada vez que el Antiguo Testamento presenta el tema de la luz hace referencia a la salvación (Sal 27,1; Is 9,2[1]; 58,8.10; 60,1-3) que en algunos pasajes se identifica con el mismo Dios (Is 60,19-20 cf Ap 21,23).

Jesús, encomienda a las comunidades discipulares, transformar como lo hace la sal; mostrar, manifestar como lo hace la luz. No con palabras sino con acciones manifestando a Dios (versículo 16).


2.     El texto en nuestro contexto:

El profeta Isaías dice que la “oscuridad cubre la tierra y la noche envuelve a las naciones” (Is 60,2).

Vivimos en una sociedad y una cultura que ha prescindido de Dios. Sin lugar a dudas, las comunidades eclesiales no hemos sabido ser sal y ser luz. Perdimos la capacidad de transformar y comenzamos a repetir; hicimos de la tradición recibida una doctrina fundamentalista y dogmática, sin capacidad de adaptarla a los nuevos escenarios de la humanidad, sin dialogar con los hombres y las mujeres de cada tiempo, sin hacer de la tradición: memoria y proyección. El individualismo, el prejuicio, la falta de solidaridad, el consumismo, la intolerancia se han ido instalando y afianzando en nuestra civilización. Jesús nos confió construir una civilización de la solidaridad y hemos creado una civilización del terror: juzgando, condenando, discriminando, excluyendo. Perdimos la capacidad de manifestar a un Dios rico en misericordia (Ef 2,4) que sale al encuentro de la humanidad (Lc 15,20) y en su lugar presentamos a un “dios” sanguinario y cruel que reclama, que juzga y condena implacablemente; sin lugar a dudas, un ídolo a imagen de los poderosos de este mundo, bien sean políticos o religiosos.

Jesús, la luz del mundo (Jn 8,12) comparte esta cualidad, con sus discípulas y discípulos. Las comunidades eclesiales hemos recibido la luz de Jesucristo no para mantenerla escondida en los recintos sagrados, sino para comunicarla a la sociedad y la cultura en que nos ha tocado vivir; al comunicarla a través de nuestras palabras y obras, siguiendo el ejemplo del Maestro (Hch 10,38), manifestamos al Dios que nos salva (Lc 1,47), estableciendo justicia (Lc 1,51-54) y cumpliendo su promesa de misericordia para todas las personas, en todos los tiempos y en todos los lugares (Lc 1,50).

Una comunidad, que se denomina cristiana, no puede ni debe excluir a nadie, porque recibe de su Señor el mandato de convocar e incluir a todas las personas en la fiesta de la vida (Mt 22,9-10). Su misión en la sociedad y la cultura es transformar aquellas situaciones de injusticia, opresión y exclusión en situaciones de justicia, liberación e inclusión, mostrando que otro mundo es posible y está próximo (Mt 4,7); y manifestar el amor incondicional de Jesucristo a la humanidad (Jn 12,47), amor incondicional que también es del Padre (Jn 14,9; 10,30) a la humanidad.

Únicamente, tomando como guía el Evangelio, seremos verdaderamente la Iglesia de Jesucristo que revela al verdadero Dios (1Jn 4,8) a todos y todas.

Tengan una bendecida semana, llena de luz +Julio.



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