Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 26 de mayo de 2013

Catequesis sobre la Divina Trinidad



Catequesis sobre la Trinidad

La doctrina de la Trinidad está cargada de contenido ajeno a nuestra cultura y a nuestra práctica cotidiana de la fe.

En nuestra experiencia de fe generalmente no está presente la TRINIDAD. Nuestra relación es con cada una de las Personas Divinas. En la mayoría de las veces nos relacionamos con JESUCRISTO, pocas veces lo hacemos con el PADRE y rara vez con el ESPIRITU SANTO.

La riqueza de la comunidad apostólica fue adaptar el kerigma a las realidades sociales y culturales donde se desarrollaban.

La experiencia de fe en la diversidad de culturas tornó necesario unificar conceptos, corregir errores, acordar verdades que dieran cohesión, unidad e identidad a la comunidad cristiana.

Se recogieron siglos de reflexión y discusión cuyos productos han sido un conjunto de verdades incuestionables que definimos como doctrina.

Si bien Tertuliano plasma la doctrina de la Trinidad y se reafirma en los Concilios de Nicea (325 dC) y Constantinopla (381), no se puede desconocer los aportes que se realizaron desde algunos siglos antes.

Era una realidad familiar para la Iglesia primitiva que Dios era una substancia en tres personas. El testimonio recibido de la comunidad apostólica era monoteísta tal como la fe de Israel pero simultáneamente el testimonio de las Escrituras Cristianas manifiestaban que Dios existe en tres personas distintas, definidas e identificadas: el Padre,[1] el Hijo[2] y el Espíritu Santo[3].

En los escritos cristianos prenicenos encontramos abundantes referencias que confirman la familiaridad con la doctrina trinitaria de la Iglesia prenicena: en Ignacio de Antioquía (117 d.C)[4]Policarpo de Esmirna (155 d.C)[5], Justino (165 d.C.)[6] e Ireneo de Lyon ( 202 d.C.)[7], discípulos de Policarpo.
Otros testimonios surgen en la segunda mitad del siglo II: Teófilo de Antioquía[8], Atenágoras de Atenas[9]; Tertuliano de Cartago (160-215 dC)[10], Orígenes (aprox. 185-254 dC)[11] discípulo de Clemente de Alejandría.
Alrededor del 260 (dC), en la disputa entre Dionisio obispo de Alejandría y Dionisio de Roma queda claramente planteado que el concepto trinitario estaba firmemente establecido[12].

También Metodio en 311 (dC) afirma en sus escritos que Cristo está junto al Padre y al Espíritu y a Él se acogen los creyentes; la fórmula y el concepto de la Trinidad aparecen constantemente en la obra de Clemente de Alejandría (150 - 215).

Finalmente, el Concilio de Nicea (325 dC) afirma:

"Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica."

Algunos años después el Concilio de Constantinopla (381 dC) confirma el credo niceno y añade algunos artículos pneumatológicos, siendo la primer definición completa del dogma trinitario.

A lo largo de los siglos el desafío de la Iglesia ha sido transmitir el kerigma apostólico y la reflexión doctrinal de la Iglesia primitiva a la sociedad y la cultura de cada época.

Uno de los grandes desafíos para la teología y el magisterio de la Iglesia contemporánea es adaptar el contenido de la doctrina trinitaria (de comienzos del siglo IV) para la humanidad del siglo XXI, quitando todos los contenidos coyunturales y manteniendo los contenidos esenciales; una humanidad que se encuentra muy distante de los sucesos y contenidos que se transmiten y que por cierto es sumamente heterogénea.


1.    La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.

1.1.        La revelación del Padre en el Nuevo Testamento.

1.1.1.   Jesús expresa así su relación con YHWH:

En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. »Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11,25-27).

“… todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt. 12,50).

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18,10).

“Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mt. 26,29).

“Y decía: «¡Abba, Padre!, todas las cosas son posibles para ti. Aparta de mí esta copa; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»” (Mc. 14,36).

“… y dijo a los que vendían palomas: —Quitad esto de aquí, y no convirtáis la casa de mi Padre en casa de mercado” (Jn. 2,16).

“ Jesús les respondió: —Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aun más intentaban matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn. 5,17-18).

1.1.2.   Jesús expresa así la relación de sus discípulos y discípulas con YHWH:

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5,16).

“… para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt. 5,45).

“Vosotros, pues, oraréis así: »Padre nuestro…” (Mt. 6,9)[13].
“…  no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt. 23,9).
“… cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Mc. 11,25).
“Jesús le dijo: —¡Suéltame!, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn. 20,17).  

1.1.3.   Las comunidades cristianas así se refirieron a YHWH el Dios de Israel – el Padre de Jesucristo:

“A todos los que estáis en Roma, amados de Dios y llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom. 1,7).

“ …  no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!» (Rm. 8,15).

“… para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros también existimos” (1Co. 8,6).

“Si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1Pe.1,17).

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios;, por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él” (1Jn.3,1).

Ciertamente el siglo I de nuestra era exigió a las comunidades cristianas una profunda reflexión teológica donde se asumió la fe del pueblo hebreo pero desde la experiencia pascual cristiana.

Cuando los escritores cristianos hablan del Padre de Jesucristo se refieren sin lugar a dudas a YHWH el Dios de Israel:

“El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha dado el más alto honor a su siervo Jesús, a quien ustedes entregaron a las autoridades y a quien ustedes rechazaron, después que Pilato había decidido soltarlo” (Hch. 3,13).

“Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios nos ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: “Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy” (Hch. 13,33).

En las Escrituras Cristianas se presenta como tema central en la vida de Jesús su relación con YHWH como Padre en una experiencia personal y propia:

“Jesús le contestó: —El primer mandamiento de todos es: ‘Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mc. 12,29-30).

“Entonces Jesús les dijo: —Moisés les dio ese mandato por lo tercos que son ustedes. Pero en el principio de la creación, ‘Dios los creó hombre y mujer. Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos serán como una sola persona.’ Así que ya no son dos, sino uno solo. De modo que el hombre no debe separar lo que Dios ha unido” (Mc. 10,5-9)[14].

“Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no han leído ustedes en el libro de Moisés el pasaje de la zarza que ardía? Dios le dijo a Moisés: ‘Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.’ ¡Y él no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mc. 12,26).

YHWH es revelado como Padre en las Escrituras Hebreas únicamente como Creador y Sustentador (Dt. 32,6; Is. 63,16; 64,8; Jer. 3,19; Mal. 2:10), su paternidad aparece como una propiedad mientras que en las Escrituras Cristianas es la característica propia de la primera persona de la Trinidad[15]; según J. Galot “en el Padre se da la primera manera de ser de Dios”[16].

Padre era el título de respeto que se aplicaba algunas veces en el judaísmo a un maestro (1Sam.10,12; 2Re.2,12). Jesús se lo aplica a YHWH (Mt. 6,9) exclusivamente (Mt. 23,9) haciéndolo uno de sus contenidos kerigmáticos.

Sin lugar a dudas toda la vida de Jesús expresa su íntima relación con YHWH.

Es a partir de su predicación que YHWH es dado a conocer como Padre.  El primer eje de su predicación es la irrupción inminente del  Reinado de Dios[17]. El segundo eje de su predicación es que el Reinado es exclusivamente de Dios y lo comunica gratuitamente (Mt. 21,34)[18]; manifestándose como Abbá (Mt. 23,9; Mc. 14,36): “No llaméis a nadie Padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo” (Mt. 23,9).
                                                          
Jesús no se esfuerza por justificar esta paternidad, ni de explicarla. En la palabra “Abba” queda todo dicho (Mt. 6,34; 11,25 ss). Esta palabra aramea utilizada por Jesús para referirse a YHWH era usada por los hijos y las hijas para dirigirse a su padre, equivalente a “papá”.

Esta forma de relacionamiento tan familiar era totalmente desconocida tanto para el judaísmo contemporáneo a Jesús como para el anterior.

Jesús de Nazaret a través de sus palabras y sus obras nos revela al Padre. Su experiencia de Dios es fundante. La comunidad cristiana puede anunciar al resto de la humanidad la Paternidad de Dios porque Jesús lo hizo primero[19].
1.2.        La revelación del Hijo en el Nuevo Testamento.

1.2.1.   Aplicado a Jesucristo por YHWH:

“Y se oyó una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia»” (Mt. 3,17).

“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió y se oyó una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd»” (Mt. 17,5).

“la cual Dios nos ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: “Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy” (Hch. 13,33).

“¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy», ni tampoco: «Yo seré un padre para él, y él será un hijo para mí»?” (Heb. 1,5).

“pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia»” (2Pe.1,17).

1.2.2.   Aplicado a Jesucristo por él mismo:

»Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11,27).

»De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3,16-18).

“ Respondió entonces Jesús y les dijo: —De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente, 20porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os admiréis. 21Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida, 22porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, 23para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre, que lo envió. 24»De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. 25De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. 26Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn. 5,19-26).

“¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: “Tú blasfemas”, porque dije: “Hijo de Dios soy”? (Jn. 10,36).

1.2.3.   Aplicado por un ángel:

“Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc. 1,32).

“Respondiendo el ángel, le dijo: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1,35).

1.2.4. Aplicado por el demonio:

“ Se le acercó el tentador y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt. 4,3).

“Y clamaron diciendo: —¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mt. 8,29).

1.2.5.   Aplicado por personas:

“ Respondiendo Simón Pedro, dijo: —Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16,16).

“El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que habían sido hechas, llenos de miedo dijeron: «Verdaderamente este era Hijo de Dios»” (Mt. 27,54).

“Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc. 1,1).

“Y yo lo he visto y testifico que este es el Hijo de Dios» (Jn. 1,34).

“Natanael exclamó: —¡Rabí, tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!” (Jn. 1,49).

“Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn. 20,31).

“En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que este era el Hijo de Dios” (Hch. 9,20).

“… evangelio que se refiere a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rom. 1,3-4).

“… porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros—por mí, Silvano y Timoteo—, no ha sido «sí» y «no», sino solamente «sí» en él” (2Co.1,19).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga. 2,20).

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley” (Ga. 4,4).

“… y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo a la burla” (Heb. 6,6).

“¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1Jn. 5,5).

“El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, lo ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. 11Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. 12El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jn. 5, 10-13).

“ Escribe al ángel de la iglesia en Tiatira: »“El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego y pies semejantes al bronce pulido, dice esto…” (Ap. 2,18).
En el correr del primer siglo las comunidades cristianas se fueron preguntando sobre su fe. Entre aciertos y errores fueron dando respuestas. Una lectura crítica de los Escritos Cristianos nos permiten ver cómo fue evolucionando su fe en Cristo.

La predicación apostólica en el libro de los Hechos de los Apóstoles supone la filiación divina a partir de la resurrección, los cuatro discursos de Pedro así lo refieren:  “Pues bien, Dios ha resucitado a ese mismo Jesús, y de ello todos nosotros somos testigos. Después de haber sido enaltecido y colocado por Dios a su derecha y de haber recibido del Padre el Espíritu Santo que nos había prometido, él a su vez lo derramó sobre nosotros. Eso es lo que ustedes han visto y oído. Porque no fue David quien subió al cielo; pues él mismo dijo: ‘El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies.’ Sepa todo el pueblo de Israel, con toda seguridad, que a este mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías”  (Hch. 2,14-36; cf. 3,11-26; 4,8-12; 5,29-32).

La comunidad marquiana supone la filiación divina a partir del bautismo en el Jordán: “Por aquellos días, Jesús salió de Nazaret, que está en la región de Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán. En el momento de salir del agua, Jesús vio que el cielo se abría y que el Espíritu bajaba sobre él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo, que decía: “Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido” (Mc. 1,9-11).

La comunidad mateana lo hace a partir de la gestación virginal: El origen de Jesucristo fue este: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes que vivieran juntos, se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo. José, su marido, que era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, decidió separarse de ella en secreto. Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque su hijo lo ha concebido por el poder del Espíritu Santo. María tendrá un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “La virgen quedará encinta y tendrá un hijo, al que pondrán por nombre Emanuel” (que significa: “Dios con nosotros”). Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y tomó a María por esposa. Y sin haber tenido relaciones conyugales, ella dio a luz a su hijo, al que José puso por nombre Jesús” (Mt. 1,18-25).

La comunidad lucana antes de la gestación virginal: “Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo  de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: —¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo. María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: —María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por  nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo,  y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin. María preguntó al ángel: —¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre? El ángel le contestó: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo  se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será  llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta  desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible. Entonces María dijo: —Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho. Con esto, el ángel se fue” (Lc. 1,26-38).

La comunidad paulina supone la preexistencia divina en los himnos (Fi. 2,6) y en Colosenses: “Cristo es la imagen visible de Dios, que es invisible; es su Hijo primogénito, anterior a todo lo creado. En él Dios creó todo lo que hay en el cielo y en la tierra, tanto lo visible como lo invisible, así como los seres espirituales que tienen dominio, autoridad y poder. Todo fue creado por medio de él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas, y por él se mantiene todo en orden” (Col. 1,15-17).

Pero fue la comunidad juanina la que remontó esa existencia divina al mismo origen en la creación: “En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios”  (Jn. 1,1-18).

1.3.        La revelación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.

1.3.1.   El Espíritu Santo en citas del Antiguo Testamento:

«Este es mi siervo, a quien he escogido; mi amado, en quien se agrada mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él…” (Mt. 12,18).

«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos…” (Lc. 4,18).

“En los postreros días—dice Dios—, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas, en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán…” (Hch. 2,17-18).

1.3.2.   En relación con personas del Antiguo Testamento:

“Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo, por boca de David, había anunciado acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús” (Hch. 1,16).

“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos” (1Pe.1,10-11).

“… porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2Pe. 1,21).

1.3.3.   El Espíritu Santo en relación con Jesús:

“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando comprometida María, su madre, con José, antes que vivieran juntos se halló que había concebido del Espíritu Santo (Mt. 1,18).

“Respondiendo el ángel, le dijo: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1,35).

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.” (Mt. 3,16).

“Además, Juan testificó, diciendo: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y que permaneció sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo” (Jn. 1,32-33).

“Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios…” (Mt. 12,28).

“»Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado; pero el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mt. 12,31-32).

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc. 4,1).

“Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor” (Lc. 4,14).

“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó(Lc. 10,21).

“… cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch. 10,38).

“Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís…” (Hch. 2,33).

“… evangelio que se refiere a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rom. 1,3-4).

1.3.4.   Prometido por Jesús a la comunidad discipular:

“Pero cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os sea dado en aquella hora, eso hablad, porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Mc. 13,11).

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc. 11,13).

“… porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debéis decir” (Lc. 12,12).

“Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren. 24Dios es Espíritu, y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren” (Jn. 4,23-24).

“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7,38-39).

“Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros” (Jn. 14,16-17).

“Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14,26).

“»Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí…” (Jn. 15,26).

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Jn. 16,13-14).

“Y estando juntos, les ordenó: —No salgáis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de mí, 5porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hch. 1,4-5).

“… pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hch. 1,8).

1.3.5.   Enviado a la comunidad discipular:

“… al decir esto, sopló y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20,22).

“Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran” (Hch. 2,1-4).

“Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hch. 2,33).

1.3.6.      El Espíritu Santo actúa en la vida de la Iglesia Primitiva:

“Pedro les dijo: —Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo…” (Hch. 2,38).

“Entonces respondió Pedro: —¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?” (Hch. 10,47).

“Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch. 8,17).

“Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas y profetizaban” (Hch. 19,6).

“… pues ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias…” (Hch. 15,28).

1.3.7.   El Espíritu Santo asociado al bautismo:

“Respondió Jesús: —De cierto, de cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3,5).

“… porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, tanto judíos como griegos, tanto esclavos como libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1Co. 12,13).

“… nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3,5).

1.3.8.   El Espíritu Santo en la vida cristiana:

“… la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom. 5,5).

“ Pero ahora estamos libres de la Ley, por haber muerto para aquella a la que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Rom. 7,6).

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz, por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne, porque si vivís conforme a la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios, pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse, porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. La creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza. Por tanto, también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo, porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; ya que lo que alguno ve, ¿para qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Pero el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Rom. 8,1-27).

“¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros?” (1Cor. 3,16).

“… el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor. 1,22).

“… el cual asimismo nos capacitó para ser ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu, porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. Si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa del resplandor de su rostro, el cual desaparecería, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del Espíritu? Si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación, porque aun lo que fue glorioso, no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente. Si lo que perece tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece. Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha franqueza, y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de desaparecer. Pero el entendimiento de ellos se embotó, porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo sin descorrer, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado. El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor” (2Cor. 3,6-18).

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!…” (Gal. 4,6).

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne,  porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gal. 5,16-25).

“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia  hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1,13-14).

Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. 7Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. 8Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan (1Jn. 5,6-8).

Los hagiógrafos del judaísmo ubican el Espíritu en los orígenes (Gn. 1,1-2), suscitando caudillos y jueces (Jue. 2,10; 6,34; 11,29; 14,6), inspirando profetas (Nm. 24,2; Pr. 1,23; Is. 42,1; 59,21; 61,1; Ez. 11,5; 36,27; Jl. 2,28-29) y reyes (1 Sam. 16,13) en medio de su pueblo para que hablasen de parte de YHWH; generando carismas en medio del pueblo (Ex. 31,3).

Su quehacer se manifiesta desde los orígenes de la historia (Gn 1,1-2) y se revela de manera particular en las palabras y obras de Jesús (Lc 1,35; 3,22; 4,1). Se da a conocer abiertamente después de la ascensión de Jesús, cuando desciende sobre la comunidad discipular en Pentecostés (Hch 2,1–4). La Iglesia nace y se desarrolla teniendo al Espíritu Santo como su guía (Jn 14,16–17, 26; Hch 1,8).

La obra del Espíritu se proyecta tanto en el interior de la Iglesia (tratando con ella en su conjunto y con los creyentes en forma personal) como en el mundo.

1.4.       Fórmulas trinitarias en el Nuevo Testamento:

“ Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19).

“Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios…” (Rom. 15,30).

“Y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor. 6,11).

“Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Cor. 12,4-6).

“Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor. 1,21-22).

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor. 13,14).

“Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2,19-22).

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra), para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor…” (Ef. 3,14-17).

“… un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos” (Ef. 4,4-6).
“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5,18-20).

“Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (1Tes. 2,13-14).

“… elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…” (1Pe. 1,2).

Como se planteaba en la introducción, el concepto de un Dios trinitario no era ajeno a en las Escrituras Cristianas canónicas y en los escritos posteriores de la Iglesia antigua.

Es en el Concilio de Nicea donde se declara dogmáticamente la consubstancialidad del Padre y del Hijo (homousius) refiriéndose no sólo a la identidad específica sino numérica en la Esencia Divina reafirmando el monoteísmo: un Dios Único donde el Padre y el Hijo son una única esencia.

Atanasio y posteriormente los Padres Capadocios son quienes defienden y desarrollan teológicamente el misterio trinitario. Para estos últimos, las “hypostasis” son como caracterizaciones de la única “ousía divina” que no la dividen pero sí establecen distinciones por las relaciones de origen, por el modo de existir. De esta manera,  plantean que lo propio de la primera hypostasis, el Padre, es la innascibilidad  (no tener origen), lo propio de la segunda hypostasis, el Hijo, es nacer del Padre (ser engendrado), lo propio de la tercer hypostasis, el Espíritu Santo, es la procedencia.

El Concilio de Constantinopla después, en lo relativo al Espíritu Santo declara:
 
“Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre… Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”.

La tradición latina del credo niceno – constatinopolitano confiesa que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo” (cuestión del filioque).

Otras instancias de la teología y del magisterio irán en el correr de los siglos explicando la doctrina trinitaria que quedó plasmada definitivamente en el 381.





[1] Mt. 6,9-13; 11,25-27; 12,50; 18,10; 25,34; 26,29.38; Mc. 14,36; Jn. 2,16; 5,16-18; 10,30; 12,27-28; 14,6; 16,15.26; 17,1.6; Rm. 1,7; 8,11.15; 1Co. 8,6; Ef. 3,14-15; Fi. 1,2; Col. 1,2.3;.19; 1Tes. 1,1; 2Tes.1,2; 1Tim. 1,2; 2Tim.1,2; Tito 1,4; File. 1,3; 1Pe. 1,2.17; 1Jn. 1,3; 3.1; 2Jn. 1,3; Jud. 1,1.

[2] Mt. 3,17; 4,3; 8,29; 11,27; 16,16; 17,5; 27,54; Mc. 1,1; Lc. 1,32.35; Jn. 1,34.49; 3,16-18; 5,19-26; 10,36; 20,34; Hch. 9,20; 13,3; Rom. 1,3-4; 2Co. 1,19; Gal. 2,20; 4,4; Heb. 1,5; 6,6; 2Pe. 1,17; 1Jn. 5,5; 10,13; Ap. 2,18.

[3] Mt. 1,18.20; 3,16; 12,18.28.31-32; Mc. 3,11; Lc. 1,35; 4,1.18; 10,21; 11,13; 12,12; Jn. 4,23-24; 7,38-39; 14,16-17.26; 15,26; 16,13-14; 20,22; Hch. 1,4-5.8; 2,1-21; 2,34; 5,3.9; 10,38.47;15,28; Rom. 1,3-4; 5,5; 8.1-27; 1Co. 3,16; 2Co 1,22; 3,6-18; Gal. 4,6; 5,16-25; Ef. 1,13-14; 1Jn. 5,6-8.

[4] "sois piedras del templo del Padre, preparadas para la construcción de Dios Padre, levantadas a las alturas por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, haciendo veces de cuerda el Espíritu Santo." (Carta a los Efesios, 9: 1; Ruiz Bueno, Padres Apostólicos., pág. 452-453); "La verdad es que nuestro Dios Jesús, el Ungido, fue llevado por María en su seno conforme a la dispensación de Dios [Padre]; del linaje, cierto, de David; por obra, empero, del Espíritu Santo." (Carta a los Efesios, 17:2; Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, pág. 457).

[5] "Señor Dios omnipotente: Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo ... Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte ... en la incorrupción del Espíritu Santo... Tú, el infalible y verdadero Dios. Por lo tanto, yo te alabo ... por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir" (Martirio de San Policarpo, 14:1-3, en D. Ruiz Bueno, Ed., Padres Apostólicos, p. 682). 

[6] "A El [el "Dios verdaderísimo"] y al Hijo, que de El vino y nos enseñó todo esto ... y al Espíritu profético, le damos culto y adoramos, honrándolos con razón y verdad" (Primera Apología 6: 2; en D. Ruiz Bueno, Ed. Padres Apologetas Griegos, pág. 187) …"entonces toman en el agua el baño en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo." (Primera Apología 61:3; en Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, pág. 250).

[7] "La Iglesia, aunque dispersa en todo el mundo, hasta lo último de la tierra, ha recibido de los apóstoles y sus discípulos esta fe: ... un Dios, el Padre Omnipotente, hacedor del cielo y de la tierra y del mar y de todas las cosas que en ellos hay; y en un Jesucristo, el Hijo de Dios, quien se encarnó para nuestra salvación; y en el Espíritu Santo, quien proclamó por medio de los profetas las dispensaciones de Dios y los advenimientos y el nacimiento de una virgen, y la pasión, y la resurrección de entre los muertos, y la ascensión al cielo, en la carne, del amadísimo Jesucristo, nuestro Señor, y Su manifestación desde elcielo en la gloria del Padre, a fin de ‘reunir en uno todas las cosas’, y para resucitar renovada toda carne de la entera raza humana, para que ante Jesucristo, nuestro Señor, y Dios , y Salvador, y Rey, según la voluntad del Padre invisible, ‘se doble toda rodilla, de las cosas en los cielos, y las cosas en la tierra, y las cosas debajo de la tierra, y que toda lengua le confiese, y que El ejecute un justo juicio sobre todos..." (Contra todas las herejías, I, 10:1; en Ante-Nicene Fathers vol. 1, tomado de internet).

[8] Es el primero en utilizar el término "Trinidad" (griego, trias). "Igualmente también los tres días que preceden a la creación de los luminares son símbolos de la Trinidad, de Dios, de su Verbo y de su Sabiduría [el Espíritu]" (Tres libros a Autólico II:15; en Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, pág. 805).  

[9] Defensor de la fe cristiana. Dirigió una "Legación" o defensa de los cristianos al emperador Marco Aurelio y su hijo Cómodo, hacia 177."¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden?" (Legación a favor de los cristianos, 10; en Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos, pág. 661).

[10] "Definimos que existen dos, el Padre y el Hijo, y tres con el Espíritu Santo, y este número está dado por el modelo de la salvación ... [el cual] trae unidad en trinidad, interrelacionando los tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos son tres, no en dignidad, sino en grado; no ensustancia sino en forma; no en poder, sino en clase. Ellos son de una sustancia y poder, porque hay un Dios de quien estos grados, formas y clases se muestran en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo." (Contra Praxíteles, 23; PL 2.156-7);

[11] "Si alguno dijese que el Verbo de Dios o la Sabiduría de Dios tuvieron un comienzo, advirtámosle no sea que dirija su impiedad también contra el ingénito Padre, ya que negaría que El fue siempre Padre y que El ha engendrado siempre al Verbo, y que siempre tuvo sabiduría en todos los tiempos previos o edades, o cualquier cosa que pueda imaginarse previamente. No puede haber título más antiguo del Dios omnipotente que el de Padre, y es a través del Hijo que El es Padre. " (Sobre los principios 1.2.; Patrologia Graeca 11.132)."Pues si este fuera el caso [que el Espíritu Santo no fuese eternamente como El es, y hubiese recbido conocimiento en algún momento y entonces llegado a ser el Espíritu Santo] el Espíritu Santo nunca hubiese sido reconocido en la unidad de la Trinidad, es decir, junto con los inmutables Padre e Hijo, a menos que El siempre hubiese sido el Espíritu Santo... De todos modos, parece apropiado inquirir cuál es la razón por la cual quien es regenerado por Dios para salvación tiene que ver tanto con el Padre y el Hijo como con el Espíritu Santo, y no obtiene la salvación sino con la cooperación de toda la Trinidad; y por qué es imposible tener parte con el Padre y el Hijo, sin el Espíritu Santo" (Sobre los principios I, 3:4-5, en Alexander Roberts and James Donaldson, eds., The Ante-Nicene Fathers, Grand Rapids: Eerdmans, Reimpr. 1989, Vol. 4, pág. 253)."Más aún, nada en la Trinidad puede ser llamado mayor o menor, ya que la fuente de la divinidad sola contiene todas las cosas por Su palabra y razón, y por el Espíritu de Su boca santifica todas las cosas dignas de ser santificadas... Habiendo hecho estas declaraciones concernientes a la Unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, retornemos al orden en el cual comenzamos la discusión. Dios el Padre otorga, ante todo, la existencia; y la participación en Cristo, considerando que Su ser es la palabra de la razón, los torna seres racionales ... [y] es la gracia del Espíritu Santo presente por la cual aquellos seres que no son santos por esencia, pueden ser tornados santos por participar de ella" (Sobre los principios I, 3: 7-8, en Roberts and Donaldson, pág. 255). 

[12] Cuando Dionisio de Alejandría se alejó de la ortodoxia cristiana afirmando que el Hijo es una creación del Padre y con una naturaleza distinta, generó una respuesta de Dionisio de Roma donde afirma que debemos relacionar íntimamente al Hijo y al Espíritu, con el Padre, como lo establecen las Escrituras: "Digo pues, que es muy necesario que la divina Trinidad sea preservada en unidad y resumida en uno, en una especie de consumación, el Dios uno, el Todopoderoso”. No podemos permitirnos dividir la Unidad Divina en tres dioses, sino que debemos creer en Dios el Padre todopoderoso, y en Cristo Jesús su Hijo, y en el Espíritu Santo " ; pero la declaración debe ser unificada en el Dios de todas las cosas, pues así se preservar{a la divina Trinidad.(Nic 26). A lo que Dionisio de Alejandría se avino y rectificando, afirmó:  “Porque así como no creo que el Logos sea una criatura, tampoco afirmo que Dios sea su Creador, sino su Padre"… “Sin dividir la Mónada, la expandimos en la Trinidad, y a la vez combinamos la Trinidad, sin disminuirla, en la Mónada." 

[13] cf. Mt. 6,1-32; Lc. 11,2

[14] cf. Mc. 13,19.

[15] cf.  Galor, J: Découvrir le Père. Esquisse d´une théologgie du Père. Louvain, 1985. pp 46; citado por Maximino Arias Reyero: El Dios de nuestra fe. CEM, 1991, pp 136.

[16] Obra Citada pp 74.

[17] “Decía: “Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias.” (Mc. 1,15).

[18] cf. Lc. 12,32; 22,29; Mt. 25,34

[19] cf. Mt. 5,15.19; 6,4.6.8.11.32; 10,32; 11,25; 23,9; Mc. 14,36; Lc. 6,36.  


Buena semana a todos y todas
+Julio, obispo de Diversidad Cristiana
26 de mayo de 2013 - Domingo de la Santísima Trinidad