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domingo, 27 de noviembre de 2016

Primer Domingo del Tiempo de la Promesa: Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas.





Primer Domingo del Tiempo de la Promesa
Comienza el Ciclo A del Leccionario Común Revisado.
Is 2,1-5; Rom 13,11-14; Mt 24,36-44


Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas


1.     El texto en su contexto:

El relato evangélico de Mt 24,36-44  es parte de un contexto bastante más amplio; en efecto, los capítulos 24 – 25 son parte del discurso escatológico de Jesús a la comunidad discipular; es decir, Jesús les habla a sus discípulos y discípulas sobre los acontecimientos finales, de los últimos tiempos. Este discurso tiene tres partes o momentos. En la primera, describe los sucesos futuros (24,1-51). En la segunda, es una exhortación sobre la vigilancia (25,1-30). La tercera, describe el juicio final (25,31-46).

El relato evangélico de hoy, 34,36-44 se encuentra ubicado en la primera parte del discurso escatológico. Leer este relato, fuera del contexto de los capítulos 24 y 25 es un gravísimo error, e interpretarlo y predicar sobre él fuera de contexto no es ético, porque las conclusiones, a las que seguramente arribaron hoy ciertos predicadores es que Dios juzgará, salvando a unas personas y condenando a otras, exhortando a vivir en el marco de determinadas doctrinas, vinculadas a la obediencia, al cumplimiento de los mandamientos, a las prácticas litúrgicas. Nada más lejos del mensaje de Jesús.

Intentemos entonces, leer e interpretar el texto en su contexto literario. El capítulo 24 comienza con el relato profético de la destrucción del Templo de Jerusalén (1-14) hecho que ya había sucedido cuando se escribió este Evangelio, la destrucción fue en el año 70 aC y Mateo fue escrito en su redacción definitiva, tal como lo conocemos, en el 80 dC, es decir 10 años después de sucedidos estos acontecimientos. Continúa con el relato de la gran tribulación (15-28) hecho sucedido durante el sitio a Jerusalén; poco después de la Pascua del año 70 dC Tito sitió la ciudad santa de Jerusalén con cuatro legiones. Progresivamente tomó la tercera y la segunda muralla hasta llegar a la fortaleza Antonia. A comienzos de agosto de ese año cesan los sacrificios en el Tempo de Jerusalén. Pocos días después, el 29 de agosto el templo es incendiado, los signos imperiales romanos y sus dioses son puestos a la entrada del Templo (24,15). En setiembre Tito toma la parte alta de Jerusalén y del palacio de Herodes; se producen matanzas, condenas humillantes a trabajos públicos, judíos muertos en los juegos de gladiadores. En el 71 dC el impuesto al Templo de Jerusalén es pagado a Júpiter Capitolino. Baso toma Herodión y Maqueronte. Silva pone sitio a Masada y en la Pascua del 73 dC se produce la matanza de Eleazar y sus sicarios antes de rendirse al poder imperial. A continuación el relato de la Parusía (24,29-31) con rasgos proféticos y apocalípticos relata la llegada final del Mesías. Sigue el relato sobre el Día y la Hora (24,32-44), tramo en que se encuentra nuestro relato evangélico, el correspondiente a este domingo. De la descripción del acontecimiento se pasa a la fecha en que sucederá. El relato hizo referencia al fin del mundo conocido por el sistema político y religioso judío (años 70 – 73 dC), sin embargo, la fecha del fin del mundo, como tal, es imprecisa, generando esperanza y expectativa. La falta de certeza es lo único real y cierto. El evangelista Mateo, llama a la cautela y la vigilancia, tema constante en otros escritos neotestamentarios (1 Tes 5,2; 2Pe 3,10; Ap 3,3; 16,15). Esta actitud de vigilancia es reforzada por tres parábolas que son relatadas en el texto: el siervo fiel (24,45-51); las diez jóvenes (25,1-13) y los tres administradores (25,14-30). De esta forma queda instalado el relato sobre la vigilancia (24,45-25,30) para dar lugar a la última parte del discurso escatológico: el juicio final (25,31-46), donde serán salvas y entrarán al Reino de Dios, aquellas personas que practicaron la misericordia y la solidaridad con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, aunque no conocieran a Jesús (25,34-40); y serán condenas y no podrán entrar al Reino jamás, aunque conocieran a Jesús, aquellas personas que no fueron misericordiosas y solidarias con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (25,41-46).

Mateo invita a su comunidad a mantenerse vigilantes (24,26-39), porque de acuerdo a la práctica de la misericordia y la solidaridad, y no por otros motivos, unas personas entrarán al Reino y otras no (24,40-41). Finaliza el relato insistentemente sobre estar vigilantes, porque el Mesías vendrá en cualquier momento (24,42-44). 


2.     El texto en nuestro contexto:

El relato evangélico de hoy nos lleva a reflexionar sobre el fin del mundo conocido. Un mundo con personas hambrientas, desempleadas, empobrecidas, oprimidas, discriminadas, excluidas. Un mundo, que quiera Dios, termine pronto!

Las discípulas y los discípulos de Jesús tenemos la promesa que nos hizo Jesús: Dios está próximo a la humanidad (Mt 4,17), Dios ama a la humanidad al punto de enviar a su Hijo (Jn 3,16), como verdaderamente humano (Jn 1,14) entre los humanos (Fil 2,6-8) para, por medio suyo, la humanidad participara de Dios (Ef 1,3-10; Col 1,12-14), con una única condición: practicar la solidaridad con aquellas personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (Mt 25,31-46). Para las cristianas y los cristianos, el fin del mundo es motivo de esperanza, pero no una esperanza que anestesia la conciencia y que deja todo al actuar divino. La esperanza cristiana es activa, es lucha por la transformación de las estructuras injustas, es denuncia profética de la injusticia y anuncio profético de que otro mundo es posible.

Ese otro mundo, donde reina la paz y la justicia es el proyecto de Dios para la humanidad, es el mensaje de esperanza de la Iglesia a la humanidad; pero exige poner fin a este mundo conocido. El Mesías viene en el momento menos esperado (Mt 24,44): en la persona en situación de calle que nos pide alimentos, en la anciana o el anciano que en el asilo espera una visita, en la enferma o el enfermo de sida que nadie recuerda y está muriendo en la soledad, en la persona trans sumida en la angustia y la desesperación por la discriminación, en la mujer golpeada por su compañero que necesita ser liberada, en el joven con uso problemático de drogas que la sociedad que se las proporciona lo condena y lo llama peligroso, en la mujer que es condenada por las iglesias por abortar pero que ninguna de ellas le brindó ayuda y se comprometió a apoyarla en la crianza de su hijo … en la medida que las discípulas y los discípulos de Jesús nos solidarizamos con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad realizando acciones transformadoras de las situaciones injustas, el Reino de Dios se hace presente en medio nuestro en toda su plenitud de gracia: liberando, sanando e incluyendo.

Miembros de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, amigos y amigas de nuestra iglesia, quienes integran “la comunidad de la diáspora” como nos gusta llamarles a ustedes que están lejos, Jesús no predijo el fin de la creación sino de la injusticia, nos prometió la transformación de la creación y su divinización: “Dios será todo en todos” (1Co 15,28). No caigamos en la ignorancia y el fanatismo de quienes anuncian un final trágico y destructivo porque sabemos por Jesús anunció un el Reinado de Dios comenzando aquí y ahora pero encaminado hacia la plenitud total. Aprovechemos este tiempo que inicia, como un tiempo para orar, reflexionar, testimoniar la promesa de Dios a la humanidad, invitando a construir un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas (Ap 21,4).

Tengan una bendecida semana todos y todas +Julio.