Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

domingo, 27 de noviembre de 2016

Primer Domingo del Tiempo de la Promesa: Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas.





Primer Domingo del Tiempo de la Promesa
Comienza el Ciclo A del Leccionario Común Revisado.
Is 2,1-5; Rom 13,11-14; Mt 24,36-44


Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas


1.     El texto en su contexto:

El relato evangélico de Mt 24,36-44  es parte de un contexto bastante más amplio; en efecto, los capítulos 24 – 25 son parte del discurso escatológico de Jesús a la comunidad discipular; es decir, Jesús les habla a sus discípulos y discípulas sobre los acontecimientos finales, de los últimos tiempos. Este discurso tiene tres partes o momentos. En la primera, describe los sucesos futuros (24,1-51). En la segunda, es una exhortación sobre la vigilancia (25,1-30). La tercera, describe el juicio final (25,31-46).

El relato evangélico de hoy, 34,36-44 se encuentra ubicado en la primera parte del discurso escatológico. Leer este relato, fuera del contexto de los capítulos 24 y 25 es un gravísimo error, e interpretarlo y predicar sobre él fuera de contexto no es ético, porque las conclusiones, a las que seguramente arribaron hoy ciertos predicadores es que Dios juzgará, salvando a unas personas y condenando a otras, exhortando a vivir en el marco de determinadas doctrinas, vinculadas a la obediencia, al cumplimiento de los mandamientos, a las prácticas litúrgicas. Nada más lejos del mensaje de Jesús.

Intentemos entonces, leer e interpretar el texto en su contexto literario. El capítulo 24 comienza con el relato profético de la destrucción del Templo de Jerusalén (1-14) hecho que ya había sucedido cuando se escribió este Evangelio, la destrucción fue en el año 70 aC y Mateo fue escrito en su redacción definitiva, tal como lo conocemos, en el 80 dC, es decir 10 años después de sucedidos estos acontecimientos. Continúa con el relato de la gran tribulación (15-28) hecho sucedido durante el sitio a Jerusalén; poco después de la Pascua del año 70 dC Tito sitió la ciudad santa de Jerusalén con cuatro legiones. Progresivamente tomó la tercera y la segunda muralla hasta llegar a la fortaleza Antonia. A comienzos de agosto de ese año cesan los sacrificios en el Tempo de Jerusalén. Pocos días después, el 29 de agosto el templo es incendiado, los signos imperiales romanos y sus dioses son puestos a la entrada del Templo (24,15). En setiembre Tito toma la parte alta de Jerusalén y del palacio de Herodes; se producen matanzas, condenas humillantes a trabajos públicos, judíos muertos en los juegos de gladiadores. En el 71 dC el impuesto al Templo de Jerusalén es pagado a Júpiter Capitolino. Baso toma Herodión y Maqueronte. Silva pone sitio a Masada y en la Pascua del 73 dC se produce la matanza de Eleazar y sus sicarios antes de rendirse al poder imperial. A continuación el relato de la Parusía (24,29-31) con rasgos proféticos y apocalípticos relata la llegada final del Mesías. Sigue el relato sobre el Día y la Hora (24,32-44), tramo en que se encuentra nuestro relato evangélico, el correspondiente a este domingo. De la descripción del acontecimiento se pasa a la fecha en que sucederá. El relato hizo referencia al fin del mundo conocido por el sistema político y religioso judío (años 70 – 73 dC), sin embargo, la fecha del fin del mundo, como tal, es imprecisa, generando esperanza y expectativa. La falta de certeza es lo único real y cierto. El evangelista Mateo, llama a la cautela y la vigilancia, tema constante en otros escritos neotestamentarios (1 Tes 5,2; 2Pe 3,10; Ap 3,3; 16,15). Esta actitud de vigilancia es reforzada por tres parábolas que son relatadas en el texto: el siervo fiel (24,45-51); las diez jóvenes (25,1-13) y los tres administradores (25,14-30). De esta forma queda instalado el relato sobre la vigilancia (24,45-25,30) para dar lugar a la última parte del discurso escatológico: el juicio final (25,31-46), donde serán salvas y entrarán al Reino de Dios, aquellas personas que practicaron la misericordia y la solidaridad con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, aunque no conocieran a Jesús (25,34-40); y serán condenas y no podrán entrar al Reino jamás, aunque conocieran a Jesús, aquellas personas que no fueron misericordiosas y solidarias con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (25,41-46).

Mateo invita a su comunidad a mantenerse vigilantes (24,26-39), porque de acuerdo a la práctica de la misericordia y la solidaridad, y no por otros motivos, unas personas entrarán al Reino y otras no (24,40-41). Finaliza el relato insistentemente sobre estar vigilantes, porque el Mesías vendrá en cualquier momento (24,42-44). 


2.     El texto en nuestro contexto:

El relato evangélico de hoy nos lleva a reflexionar sobre el fin del mundo conocido. Un mundo con personas hambrientas, desempleadas, empobrecidas, oprimidas, discriminadas, excluidas. Un mundo, que quiera Dios, termine pronto!

Las discípulas y los discípulos de Jesús tenemos la promesa que nos hizo Jesús: Dios está próximo a la humanidad (Mt 4,17), Dios ama a la humanidad al punto de enviar a su Hijo (Jn 3,16), como verdaderamente humano (Jn 1,14) entre los humanos (Fil 2,6-8) para, por medio suyo, la humanidad participara de Dios (Ef 1,3-10; Col 1,12-14), con una única condición: practicar la solidaridad con aquellas personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (Mt 25,31-46). Para las cristianas y los cristianos, el fin del mundo es motivo de esperanza, pero no una esperanza que anestesia la conciencia y que deja todo al actuar divino. La esperanza cristiana es activa, es lucha por la transformación de las estructuras injustas, es denuncia profética de la injusticia y anuncio profético de que otro mundo es posible.

Ese otro mundo, donde reina la paz y la justicia es el proyecto de Dios para la humanidad, es el mensaje de esperanza de la Iglesia a la humanidad; pero exige poner fin a este mundo conocido. El Mesías viene en el momento menos esperado (Mt 24,44): en la persona en situación de calle que nos pide alimentos, en la anciana o el anciano que en el asilo espera una visita, en la enferma o el enfermo de sida que nadie recuerda y está muriendo en la soledad, en la persona trans sumida en la angustia y la desesperación por la discriminación, en la mujer golpeada por su compañero que necesita ser liberada, en el joven con uso problemático de drogas que la sociedad que se las proporciona lo condena y lo llama peligroso, en la mujer que es condenada por las iglesias por abortar pero que ninguna de ellas le brindó ayuda y se comprometió a apoyarla en la crianza de su hijo … en la medida que las discípulas y los discípulos de Jesús nos solidarizamos con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad realizando acciones transformadoras de las situaciones injustas, el Reino de Dios se hace presente en medio nuestro en toda su plenitud de gracia: liberando, sanando e incluyendo.

Miembros de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, amigos y amigas de nuestra iglesia, quienes integran “la comunidad de la diáspora” como nos gusta llamarles a ustedes que están lejos, Jesús no predijo el fin de la creación sino de la injusticia, nos prometió la transformación de la creación y su divinización: “Dios será todo en todos” (1Co 15,28). No caigamos en la ignorancia y el fanatismo de quienes anuncian un final trágico y destructivo porque sabemos por Jesús anunció un el Reinado de Dios comenzando aquí y ahora pero encaminado hacia la plenitud total. Aprovechemos este tiempo que inicia, como un tiempo para orar, reflexionar, testimoniar la promesa de Dios a la humanidad, invitando a construir un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas (Ap 21,4).

Tengan una bendecida semana todos y todas +Julio.




domingo, 20 de noviembre de 2016

27º Domingo después de Pentecostés – Último domingo del Tiempo de la Iglesia: Jesucristo ¿rey o servidor?





Lc 23,35-43


1.     El texto en su contexto:

Lucas nos sitúa en el escenario de la crucifixión (23,26-43). Las autoridades se burlaban de Jesús (versículo 35), sin lugar a dudas se refiere a los fariseos, maestros de la ley y los ancianos de Israel, es decir las autoridades religiosas; se burlaban de Jesús como Mesías condenado a muerte y crucificado. Los soldados también se burlaban de él (versículo 36), pero las burlas hacían referencia a Jesús como rey.

Jesús, Mesías y Rey, vencido por el poder político y religioso es ejecutado entre malhechores (versículo 32 cf 39-43). Uno de ellos se sumaba a las burlas de las autoridades religiosas y de los soldados (versículo 39), pero el otro, le confiesa como Dios (versículo 40) y le pide que le recuerde cuando esté en el reino (versículo 42). La respuesta de Jesús no se hace esperar. En medio del fracaso y la desesperanza, todo estaba perdido, estaban agonizando y la muerte era inminente, Jesús infunde esperanza a su compañero de ejecución (versículo 43). El paraíso es el lugar de felicidad, donde las personas justas esperan el juicio final y la resurrección.


2.     El texto en nuestro contexto:

Muchas iglesias celebran hoy a Cristo Rey con imágenes con cetro y corona, sentado en un trono. Nada más lejos de los hechos sucedidos en Jerusalén.

Jesús había predicado la inminencia del Reinado de Dios (Mt 3,2; 4,17), un reinado en medio del pueblo (Lc 17,21). Algunas personas malinterpretaron el mensaje, esperando que Jesús organizara una revolución contra el imperio romano. Jesús tenía otra concepción del Reinado de Dios, para él el Reino irrumpía en la historia humana cada vez que una persona vulnerada en sus derechos y su dignidad, era liberada, sanada e incluida en una comunidad de iguales. Por este proyecto, Jesús entregó la vida.

La Iglesia, comunidad de discípulos y discípulas de Jesús, continuadora de su obra, está llamada a imitar a su Maestro en el servicio a la humanidad (Mt 20,28). Hoy, al igual que en tiempos de Jesús, hay personas que el sistema religioso oficial demoniza; estas personas endemoniadas necesitan ser liberadas. Hay personas que el sistema religioso oficial silencia y paraliza; estas personas necesitan que se le devuelva la voz y se las levante. Hay personas que el sistema oficial discrimina y excluye, como lo hacía con los leprosos en tiempos de Jesús; esas personas, los leprosos del siglo XXI, necesitan ser limpiadas, desculpabilizadas e incluidas.

La Iglesia está llamada a infundir esperanza en aquellas personas crucificadas por el sistema político y religioso. En la actualidad son millones quienes como Jesús cuelgan de la cruz y esperan la liberación: unas con uso problemático de drogas, otras viven con vih, unas por su orientación sexual, otras porque se han divorciado, algunas porque practican métodos anticonceptivos o se han realizado abortos, otras víctimas del sistema patriarcal sufren violencia de género, muchas son oprimidas y explotadas por un sistema económico injusto, otras son rehenes del consumismo … pero todas tienen en común dos cosas: la primera, su dignidad humana vulnerada; la segunda, sus derechos humanos limitados. Pero esta esperanza, no puede ser pasiva, alienante, no puedo anestesiar las conciencias; muy por el contrario, la esperanza cristiana es transformadora, liberadora, generadora de nuevas realidades.

La Iglesia está llamada a trabajar solidariamente con las víctimas del sistema político y religioso por la justicia (Heb 12,14 cf Sal 34,14; Jer 29,7), ese es el Reinado de Dios (Mt 6,33).

Este domingo, el último del año litúrgico, nos desafía a trabajar por otra Iglesia posible: una comunidad de iguales; y otro mundo posible: una sociedad planetaria solidaria y justa, creciendo y desarrollándose en armonía entre sus habitantes, de éstos con la naturaleza y con Dios. Esta esperanza es posible pero con compromiso y con trabajo. Exige denunciar las situaciones injustas, las que generan discriminación, opresión, exclusión. Exige asumir riesgos poniéndose de parte de las víctimas y no de los poderosos.

Jesús nos dejó su ejemplo.

Buena semana para todos y todas +Julio.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Homilía pronunciada el 15 de noviembre en la ordenación presbiteral de Cristian Olivares





Mt 9,9-13

1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico nos cuenta que Jesús se fue de Nazareth (9,1-7) y encontró a un hombre llamado Mateo, según Marcos era hijo de Alfeo (2,14) que trabajaba como cobrar de impuestos para el imperio romano al que Jesús invita al discipulado y Mateo se pone en camino (versículo 9). Este versículo nos plantea tres realidades: 

-         La primera, que Mateo era cobrador de impuestos, publicano, por lo tanto rechazado por el sistema político y religioso considerándolo pecador (cf Mt 5,46; 11,19; 21,31-32; Lc 18,9-14; 19,1-10).

-         La segunda, que sabiendo Jesús que hacía Mateo, el relato evangélico dice que lo “vio”, lo invita al discipulado. “Sígueme” es la invitación que lanza a quienes elige para formar parte de la comunidad discipular (4,19; 4,21). Jesús no eligió a un judío piadoso sino a un hombre de cuestionable reputación que el sistema religioso lo consideraba pecador; sin lugar a dudas, una actitud desafiante la del Maestro.

-         La tercera, que sabiendo Mateo su situación, lo que él era y representaba, y quién era Jesús, decidió seguirle. Fue más fuerte el llamado del Maestro que el prejuicio social y la condena religiosa.

No sabemos si Jesús estaba en su casa o en la de Mateo, pues el texto griego es ambiguo en ese sentido, pero sí es claro que estaba comiendo sus discípulos y compartiendo la mesa  con muchos cobradores de impuestos, entre los que se encontraba Mateo, y con otras personas de mala fama (versículo 10). Literalmente, el texto griego hace referencia a personas pecadoras, y es que para el sistema religiosos estas personas eran inmerecedoras de la gracia divina, no porque fueran malas, sino porque no interpretaban la ley como lo hacían los fariseos o ejercían trabajos que no eran considerados dignos por el sistema religioso. Al admitirlos Jesús a su mesa estaba dando un claro mensaje de aceptación y amistad (cf Lc 15,1-2).

La actitud desafiante de Jesús al sistema religioso, primer eligiendo a un cobrador de impuestos para formar parte de su comunidad discipular y luego demostrando aceptación hacia personas de mala fama provoca el inmediato cuestionamiento de los fariseos, judíos piadosos, preocupados por cumplir la ley de Dios, guardar las tradiciones y considerarse personas justas (versículo 11).

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Desafiante, escandaloso, revolucionario en su concepción religiosa los enfrenta a su hipocresía (versículos 12-13). Jesús hace referencia a un texto del profeta Oseas, lo importante no son los sacrificios que se ofrecen en el Templo, ni el cumplimiento estricto de la ley de Dios y la conservación de la tradición sino la compasión y la solidaridad (Os 6,6 cf Mt 5,23-24; 12,7).


2.    El texto en nuestro contexto:

El relato evangélico de la vocación de Mateo es muy significativo. Él es, según el sistema religioso, un pecador, a quien Jesús llama para el seguimiento en el discipulado sin pedirle una confesión pública de su conversión, simplemente lo ve tal cual es, lo acepta tal cual es, lo llama tal cual es. El llamado fue sanador y liberador para Mateo. La elección y ordenación de nuestro hermano Cristian es un nuevo desafío de Jesús a quienes se consideran buenas personas y buenos cristianos, porque el Maestro no las llamó a ellas, no las invitó al seguimiento a ellas. Pablo dirá: “Dios ha escogido a quienes el mundo rechaza para confundir a quienes se creen algo “ (1Cor 1,27-28). Cristian, con el tiempo, irá aprendiendo que la vocación ministerial es una forma de ir sanado nuestras propias heridas en la medida que sanan nuestros hermanos y nuestras hermanas a quienes ministramos.

Jesús hizo de la mesa compartida entre las personas excluidas uno de los signos más fuertes de la presencia del Reino que anunciaba. Una mesa integrada por gente de mala fama porque Dios no hace diferencia entre las personas (Hch 10,34). Cristian, siguiendo el ejemplo de Jesús, el Maestro y el Señor, tendrás que hacer de cada Eucaristía el lugar de encuentro de aquellas personas que la sociedad y la religión consideran malas personas. En la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana nos gozamos de recibir a personas con vih; a gays, lesbianas, bisexuales, personas trans; a quienes tienen uso problemático de drogas, a sus amistades y a sus familias.

Frente al descalificativo de la clase religiosa Jesús una y otra vez reúne en torno a la mesa a las personas excluidas, haciéndose acreedor del calificativo de comilón y bebedor, amigo de gente de mala fama (Mt 11,39). Cristian, las críticas de quienes se consideran buenos cristianos y buenos pastores no deben de ser un obstáculo para comprometerte con aquellas personas que ninguna iglesia recibe, personas que fueron juzgadas, condenadas, demonizadas, silenciadas e invisibilizadas,  por cristianas y cristianos que debieron amarlas. Esas personas deben de ser la prioridad de tu ministerio. Ya hay iglesias y hay pastores que se encargan de quienes se consideran buenos. Tú ministra a quienes las iglesias dejaron fuera de la gracia, porque Dios, que es rico en misericordia las ama entrañablemente (Ef 2,4).

Cristian, Jesús no te eligió porque sos una buena persona de acuerdo al sistema religioso; no te eligió porque cumples estrictamente la tradición religiosa; Jesús te eligió porque te vio y te amó, no le importó tus capacidades porque durante el ministerio, él te capacitará para la misión; simplemente, como Mateo tienes que levantarte de donde estás y seguirlo.

Seguir al Maestro no es fácil. Hacerlo en la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, menos aún. El clero de nuestra iglesia no está para ser servido sino para servir (Mt 20,28), no tanto en materia litúrgica, sino en materia de derechos y dignidad humana (Lc 4,18-21), de nada sirve celebrar la Eucaristía si una persona de las que está presente está vulnerada en sus derechos y su dignidad (Mt 9,3 cf Os 6,6-7; Mt 9,10-13; 12,1-8). Tendrás que orar y enseñar a orar, pero no una oración alienante y desencarnada, sino comprometida con la vida y el contexto de las personas, una oración solidaria con sus luchas y sus fracasos, con sus gozos y sus penas (Lc 11,1-4).

Durante tu ministerio tendrás momentos fáciles y momentos difíciles, momentos lindos y momentos feos. No tengas miedo transitarlos, recuerda la promesa recibida por el apóstol Pablo: “mi gracia te basta” (2Co 12,9) y aquella afirmación confiada y certera: “nada podrá apartarnos del amor de Dios” (Rom 8,39).

Que así sea.-

domingo, 13 de noviembre de 2016

26º Domingo después de Pentecostés - El tiempo de la Iglesia: el fin del mundo conocido, el inicio de un tiempo nuevo en justica y solidaridad





Lc 21,5-19

1.     El texto en su contexto:

Jesús se encontraba en el templo con sus discípulos y sus discípulas (20,1). Ese es el escenario donde se desarrolla la discusión con los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, es decir, con el poder político y religioso de su tiempo; primero sobre la autoridad de Jesús (20,2-8), luego sobre el pago de impuestos (20,20-26) y la resurrección de los  muertos (20,27-40) para finalizar sobre la procedencia del Mesías (20,41-14) y la advertencia de Jesús sobre la hipocrecía del sistema religioso (20,45-46).

Es en este contexto de confrontación, donde el evangelista Lucas pone en boca de Jesús la destrucción del templo. Relata que muchas personas estaban maravilladas de la belleza y esplendor del Templo de Jerusalén (21,5). Efectivamente, el exterior era de mármol y la fachada estaba adornada con objetos de gran valor, entre los que destacaba una vid de oro sobre la puerta principal, que había sido donada por el Grande, cuya construcción se había iniciado hacia el año 20 aC y aún no había sido terminado en tiempos de Jesús (cf Jn 2,20).

Este templo maravilloso que había llevado medio siglo levantar, Jesús afirma que será destruido (21,6), al punto que no quedará piedra sobre piedra. En este relato, sin lugar a dudas, se hace referencia al tremendo acontecimiento del año 70 dC, cuando el ejército romano sitia y arrasa Jerusalén y el Templo como respuesta al levantamiento del año 66.

La destrucción del Templo tiene consecuencias significativas en la vida religiosa del pueblo judío. Por un lado, se fortalece el judaísmo en las sinagogas. Por otro lado, la secta de los nazarenos es expulsada de la sinagoga y da surgimiento al cristianismo como religión independiente del judaísmo (año 70 dC, fecha a tener en cuenta, para quienes afirman que Jesús fundó la Iglesia).

Esta afirmación de Jesús, de que el Templo sería destruido produce consternación y dudas en la audiencia de Jesús, por lo tanto preguntas (versículo 7), a lo que Lucas pone en boca de Jesús una doble respuesta. Por un lado, las señales propias de la destrucción del Templo: guerra, hambre, enfermedades; calamidades que vivieron durante el sitio a Jerusalén; la persecución de la iglesia, en efecto, al ser expulsada de la sinagoga la secta de los nazarenos, quedan sin protección y pasan a ser una religión clandestina lo que desata la doble persecución por parte del judaísmo y por parte del imperio romano (versículo 12 cf Mt10,17-18; Mc 13,12; Lc 12,52-53; Jn 15,18-25).

Por otro lado, presenta un lenguaje apocalíptico (cf Is 19,2; Ap 6,3-8.12-17). Sin embargo, las señales que presenta las hubo siempre desde la propia existencia del planeta: terremotos y eclipses se han producido en distintos momentos de la vida del planeta y las distintas culturas han dado testimonio de ello. Simplemente Jesús afirma que no se sabe cuando retornará.

Pero hay algo significativo, Lucas pone en boca de Jesús los falsos cristos (versículo 8 cf Mc 13,21; Lc 17,23; 1Jn 2,18), aquellos que se arrogarán el rol mesiánico. Una advertencia importante para todos los tiempos.


2.     El texto en nuestro contexto:

La interpretación de este relato evangélico, nos invita a reflexionar, por lo menos sobre cinco ideas.

La primer idea nos invita a reflexionar sobre nuestros actos eclesiales. Nuestros templos ¿son lugares de culto a Dios o de acumulación de riquezas y poder? Los bienes de nuestras iglesias ¿están al servicio de las personas necesitadas o de la ostentación religiosa? Recordemos que Jesús se enfrentó al sistema religioso injusto, insolidario e inhumano.

La segunda idea nos enfrenta a la fantasía, que muchas veces durante la historia del cristianismo ha estado presente, de buscar el poder y la riqueza. La Iglesia está llamada a servir. Sus líderes tienen que servir. El poder y la riqueza no es servicio. Basta observar a nuestro alrededor, pastores enriquecidos con el diezmo de sus congregaciones, disfrutando de mansiones, automóviles lujosos, piscinas, etc.; obispos que les gusta jugar a ser príncipes con anillos y tronos y vestimentas ostentosas. Recordemos que Jesús nos convocó a liderar a las comunidades pero en el servicio, siguiendo su ejemplo.

La tercer idea nos enfrenta a la cruda realidad de nuestros orígenes. Pastores y pastoras sin escrúpulos, engañan a sus comunidades diciéndoles que la iglesia fue fundada por Jesucristo. Es un error garrafal. Jesucristo murió en el año 35 aproximadamente y la iglesia surge en el año 70 dC; hay 35 años de diferencia entre un acontecimiento y otro. La honestidad intelectual nos lleva a afirmar que Jesucristo es el fundamento de la Iglesia pero no el fundador. La Iglesia fue fundada por la segunda generación de cristianos, aquellos del año 70 que protagonizaron la persecución por parte del judaísmo y por parte del imperio romano, es decir, el poder religioso y el poder político.

La cuarta idea nos enfrenta a una realidad muy fuerte en nuestros tiempos, los discursos mesiánicos y el surgimiento de falsos profetas que no anuncian la liberación y la justicia de Dios, sino la condena y el juicio por las conductas inmorales de la gente, retomando modos anacrónicos y sembrando el terror para controlar y dominar imponiendo sus puntos de vista sobre las realidades humanas; tal es el caso de quienes atribuyen el VIH a castigos divinos por las prácticas sexuales, o las catástrofes naturales a castigos divinos por aprobar el matrimonio igualitario, o predican la teología de la prosperidad cuando los únicos que prosperan son ellos que el diezmo aportado por la congregación, o quienes imponen modelos familiares construidos sobre el matrimonio monogámico heterosexual como natural y querido por Dios (nada más contrario a la experiencia bíblica). La Iglesia de Jesucristo no puede y no debe entrar en esos discursos. Jesús no anunció el fin de la creación como la conocemos, sino el fin del mundo injusto de insolidario.

La quinta idea es justamente, reflexionar sobre el contenido del mensaje apocalíptico de este Evangelio. Jesús fue un hombre de su tiempo y como tal utilizó los recursos culturales que tenía a su alcance. La corriente apocalíptica era parte de esos recursos. Pero Jesús no se refería al fin del tiempo, de la creación y del mundo como obra de Dios sino que hacía referencia a otra realidad, aquella que el biblista Joaquím Jeremías llama “la aurora del Reino”, es decir, el fin de este mundo injusto, con opresión y explotación de unos sobre otros, el fin de las estructuras políticas y religiosas que culpabilizan y excluyen en vez de liberar e incluir, el comienzo de un nuevo tiempo de derechos y dignidad, de plenitud y de vida, donde la justicia y la solidaridad son las reglas que regulan las relaciones humanas.

Les dejo a todos y todas con estas cinco reflexiones breves para profundizar en el correr de la semana. Tengan un bendecido domingo. +Julio.