Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

sábado, 24 de diciembre de 2016

Maldita Navidad





Mensaje Pastoral con motivo del 25 de Diciembre de 2016

Como todos los sábados fui al supermercado a las 8 de la mañana para hacer parte de las compras de la semana. Ya había cola en las cajas. La gente con casilleros de bebidas, lechones, corderos, asado. Pagaban cifras importantes. Muchos hasta la mitad de un salario mínimo nacional.

A media mañana fui a la ciudad, como todos los sábados, para alimentar a los perros en situación de calle. A las 10 de la mañana se dificultaba transitar por las veredas. Las personas llenas de paquetes. Los comercios repletos de gente comprando regalos. En las calles puestos y más puestos. La propaganda rodante promocionando artículos. Por todas partes venta de pirotecnia. No encontré los perros callejeros. La loca y consumidora humanidad les había desplazado una vez más.

Pasado el mediodía, ya de regreso en mi casa, pude observar tras la ventana la serenidad del jardín. Las ratoneras cantando. Los colibrí de flor en flor. Los gorriones comiendo semillas de árboles en el piso. Mis perros disfrutando la sombra. Fue en ese entonces que maldije la Navidad, el sistema neoliberal, el capitalismo salvaje que estimula la compra innecesaria y el consumismo voraz.

¿Qué tiene que ver todo ese despliegue de irresponsabilidad humana? Irresponsabilidad con el medio ambiente generando más contaminación con envases de todo tipo, portadores de las compras que se realizan. Irresponsabilidad económica, en algunos casos gastando más de lo que se puede, en otros gastando lo que debiera ser redistribuido en las personas empobrecidas. Irresponsabilidad cultural, pues estamos transmitiendo a las nuevas generaciones un antivalor como algo valeroso. Irresponsabilidad cristiana, pues estamos llamados a denunciar este tipo de injusticas que genera el sistema neoliberal, pero nos sumamos a las compras compulsivas, al gasto innecesario mientras millones pasan hambre y otros tantos mueren en las peores condiciones. Maldita Navidad! ¿Qué tiene que ver todo ese despliegue de irresponsabilidad humana con el nacimiento de Dios humanizado (Jn 1,14).

Desde la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, queremos romper con la tradición de las fiestas navideñas, el árbol de navidad, la abundante cena, el negocio de los regalos. Para nosotros y nosotras, esta noche inicia un nuevo tiempo litúrgico. Tiempo de la Encarnación de Dios (Fil 2,5-7); desde el 25 de diciembre hasta el 5 de enero.  Los ejes de la reflexión serán en torno a las distintas encarnaciones: 

ü de Hijo de Dios en la historia humana,
ü de la Iglesia en la vida del pueblo;
ü de las discípulas y los discípulos en la sociedad y la cultura contemporáneas
.
Queremos recordarles a quienes perdieron la esperanza que Dios cumple sus promesas (Is 7,14 cf Mt 1,23). Durante casi cuatro semanas, hemos estado reflexionando y orando en torno a un eje central de la experiencia de fe judeo cristiana: la Promesa del Mesías (Dt 18,15-22) que trae paz con justicia a los pueblos de la tierra (Is 2,4) y que llegado el momento (Ga 4,4-7) el mismo Dios estará con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras (Is 7,14) por amor a la humanidad (Jn 3,16) dignificando y plenificando la vida de cada mujer y de cada hombre (Jn 10,10).

Esta noche, noche santa, una vez más, la Iglesia tiene que recordarse a sí misma y recordarle a la sociedad, que Dios se hizo humano (Fi 2,7-8), en todo semejante a los hombres y las mujeres de su tiempo (Heb 4,15), asumiendo la condición de vulnerado en sus derechos y su dignidad (Lc 2,7-8), rodeado de empobrecidos y desplazados (Lc 2,8-20).

Esta noche, noche santa, la Iglesia tiene que anunciar a la sociedad que inicia un tiempo de buenas noticias para las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, para las empobrecidas, las desclazadas, las desterradas, las desplazadas, las marginadas, las discriminadas, las excluidas (Lc 4,18-21). Es un tiempo de sanación, de liberación, de cumplimiento de las promesas de Dios. Jesús ya no está entre nosotros para servir y dar la vida (Mc 10,45), ahora está para ser servido (Mt 25,31-46) en las personas vulneradas, que son sacramento de su presencia real entre nosotros y nosotras (Mt 25,40): “Emmanuel” (Dios con nosotros y nosotras, Dios entre nosotros y nosotras). Ahora, en este tiempo, es la Iglesia la enviada a servir siguiendo su ejemplo (Mc 9,35; Jn 13,13-15).

La Iglesia, al igual que Jesús, no está en el mundo para juzgar (Jn 3,17; 12,47) sino para comunicar a la sociedad de que otro mundo es posible con solidaridad e inclusión (Lc 7,22). Un mensaje contrario a este no tiene su origen en el Evangelio de Jesucristo.

Nada tiene que ver la maldita fiesta navideña con la bendita noche en que se cumplen las Promesas de Dios. Que todos y todas, tengan una vida plena en Dios.

+Julio, obispo de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana.
24 de diciembre de 2016.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Tercer domingo del Tiempo de la Promesa: Los tiempos mesiánicos son tiempos de dignidad y derechos.




Tercer domingo del Tiempo de la Promesa
Mt 11,2-11

Los tiempos mesiánicos son tiempos de dignidad y derechos.


1.     El texto en su contexto:

El versículo 2 nos pone en el contexto del texto. Juan el Bautista se encontraba en la cárcel (Mt 4,12) por orden del gobernador de Galilea y Perea, Herodes Antipas (Mc 6,17-18; Mt 14,3). Allí se enteró de la actividad profética de Jesús, entonces envía a algunos de sus discípulos a comprobar si efectivamente era el Mesías o sólo un profeta (versículo). Estos discípulos de Juan son mencionados varias veces en los escritos del Nuevo Testamento (Mc 9,14; Lc 11,1; Jn 1,35; 3,25; incluso en Hch 19,1-6) lo que demuestra que constituyeron un movimiento religioso que perduró  varios años.

La respuesta de Jesús es categórica; los signos del Reinado de Dios se estaban manifestando (versículos 4-6 cf Is 29,18-19; 26,19; 35,5-6; 61,1), la era mesiánica había iniciado y ya no quedaban dudas; Jesús, se presenta a sí mismo como el Mesías, el Elegido de Dios, es decir, el Ungido, Cristo (Lc 4,18-21) concluyendo con una  bienaventuranza a quienes no se sienten defraudados por él como Mesías. Este mensaje del evangelista Mateo, es en primer lugar para los judíos y en segundo lugar, para los paganos convertidos. Tengamos en cuenta que el Evangelio se escribe hacia el año 80 dC; Jesús había sido rechazado por las autoridades religiosas y ejecutado de una forma vergonzosa por las autoridades romanas; esto todavía resonaba en las primeras comunidades cristianas.

Una vez que los discípulos de Juan se retiran con la información que constataba la presencia de los tiempos mesiánicos instalados ya en la vida cotidiana del pueblo, continúa el evangelista Mateo su relato, poniendo en boca de Jesús el testimonio sobre Juan, reconociéndolo no solo como profeta (versículo 9) con las características de Elías, el primero de los profetas (1Re 17-18), diferenciándolo de los elegantes y poderosos líderes, aún más, como el precursor, aquel mensajero (versículo 10) que abrirá camino al Señor que viene a gobernar en medio de su pueblo (Mal 3,1 cf Eclo 48,10-11; Ex 23,20).


2.     El texto en nuestro contexto:

El tercer domingo del Tiempo de la Promesa continúa proponiendo como personaje sobre el que reflexionar, a Juan el Bautista, un profeta que encarnó la esencia del profetismo siendo la conciencia moral del pueblo: por un lado la denuncia de la injusticia (Mt 3,7-10) que no se queda en la culpabilización sino que se abre la esperanza en la Promesa (Mt 3,11): los tiempos mesiánicos están próximos!

Tiempos que inaugura Jesús (Gal 4,4), con sus palabras y sus acciones, acercando a Dios a la humanidad (Mc 1,15 cf Mt 4,12-17), manifestando la plenitud (Col 2,9) del amor inmenso (Ef 3,19) de un Dios, que es rico en misericordia (Ef 2,4), que sale al encuentro de la humanidad para liberar, sanar e incluir (Lc 4,18-21 cf Heb 3,7-4,13) restaurando derechos y dignidad (Lc 15,22).

Finalizando ya el año 2016, nos sentimos con el deber de preguntarnos ¿qué hicimos en nuestra sociedad y nuestra cultura, en nuestros contextos sociales, familiares, laborales, educativos para hacer posible los tiempos mesiánicos, para presentar a Dios perdonando, curando y restaurando con ternura a la humanidad (Sal 102[103]3-4), haciendo justicia a las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (Sal 102[103]6) manifestándose compasivo y misericordioso, no como un dios sanguinario y cruel, rencoroso y acusador, sino como un Dios tierno y conocedor de la humanidad (102[103]8-14)?

El relato evangélico nos interpela a cerca de nuestro rol en la sociedad y la cultura, los discípulos y las discípulas de Jesús ¿actuamos como las personas poderosas en medio de comodidades y lujos, en busca de honor y respeto, o somos la conciencia moral en nuestro entorno, tomando partido por las personas excluidas, discriminadas, invisibilizadas por el sistema religioso y político? ¿qué cosas denunciamos este año? … Ciertamente las injusticias abundaron, la exclusión de millones de personas continúa, el planeta está más contaminado, la vida en todas sus formas en riesgo inminente de ser destruida … ¿Dónde estuvimos las Iglesias? ¿qué hicimos las cristianas y los cristianos? ¿los obispos y las obispas, los presbíteros y las presbíteras, los diáconos y las diáconas encarnamos el espíritu profético denunciando la injusticia y la insolidaridad como Juan el Bautista o nos quedamos cómodamente en nuestros templos, nuestras liturgias, nuestros ornamentos y nuestros espacios sagrados, olvidando que lo único y verdaderamente sagrado es el ser humano, imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26) especialmente aquellas personas que son vulneradas en sus derechos y su dignidad, con quien Jesús quiso identificarse de forma especial (Mt 25,31-46), como describe el evangelista Mateo respecto de las personas con ropas elegantes en los palacios? Y ¿estamos siendo constructoras y constructores de esperanza, una esperanza activa y transformadora (Lc 12,49), capaz de despertar las conciencias devolviendo visión (Jn 9,1-41), superando las parálisis del miedo y el individualismo (´Mt 9,1-19), devolviendo voz a las personas silenciadas (Mc 7,31-33), restituyendo la vida digna (Jn 11,38-44)?

Este Tiempo litúrgico de promesa y esperanza nos pone de cara al gran desafío de testimoniar que es posible otro mundo, otra sociedad y otra iglesia, donde los valores del Evangelio de Jesucristo sean el cimiento de realidades justas y solidaridad; no perdamos la posibilidad de ser activos protagonistas en la instalación del tiempo mesiánico en nuestro tiempo.

Buena semana para todos y todas +Julio.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Segundo Domingo del Tiempo de la Promesa: Somos Iglesia llamada a la conversión



Segundo Domingo del Tiempo de la Promesa.
Mt 3,1-12
Somos Iglesia llamada a la conversión

1.     El texto en su contexto.

Existe total coincidencia entre los cuatro Evangelios en que el inicio de la actividad profética de Jesús se da en el entorno de Juan el Bautista (Mc 1,1; Mt 3,1; Lc 3,1; Jn 1,19-36).

Juan se instala en el desierto de Judea (3,1), una zona árida y montañosa, poco poblada, al norte de la ciudad santa de Jerusalén, en las inmediaciones del río Jordán (3,6). Este lugar no fue elegido por Juan por casualidad. Hay una clara intencionalidad de recordarle al pueblo sus orígenes. Siglos antes, Josué había cruzado junto al pueblo por ese lugar (Jos 3). Era el símbolo del cumplimiento de la Promesa hecha por Dios a Abraham (Gn 12,2-3) que repitió a todos los patriarcas hasta los tiempos del gran profeta  Moisés. Juan llevó al pueblo al punto mismo donde habían tomado posesión de la tierra prometida por Dios a los patriarcas, donde habían renovado la Alianza en la celebración pascual (Jos 5).

Claramente, Juan tenía el propósito de renovar ese gesto de fidelidad de los antiguos padres. El pueblo debía renovarse, cambiar de actitud, volverse a la Alianza. El pecado se había instalado en medio del pueblo. La injusticia, la falta de solidaridad, el ritualismo habían hecho estragos en la experiencia de fe del pueblo. Era necesario volver a las raíces, reecontrarse con su identidad, despojarse de todo aquella tradición que les había alejado de la experiencia fundante de fe. De ahí la invitación del profeta: “Vuélvanse a Dios porque su Reinado está cerca” (3,2).

Juan reaviva la esperanza del pueblo proclamando una antigua promesa que los profetas recordaban periódicamente al pueblo (Dn 2,44), que fue la síntesis del mensaje de Jesús (Mc 1,15; Mt 4,23; Lc 4,43), el bien más preciado que nos invita a poseer (6,33; 13,44-46), que crece en medio nuestro y da su fruto (13,3-8.18-32.36-43), que es comparable a una gran fiesta (8,11; 22,2-14; 26,29; Lc 14,15-24; 22,30), que Jesús hace presente con sus acciones (12,22-28; Lc 11,14-20).  Pero participar en el Reinado de Dios implica cambio en la forma de pensar y actuar cumpliendo las condiciones (5,3-10; 7,21; 18,3; 19,16-21; 21,29-32; 22,11-14; 25,1-13; Mc 10,14-15; Lc 18,29; 19,11-27; Jn 3,3-5).

El ministerio de Juan había sido anunciado por el profeta Isaías (Mt 3,3 cf Is 40,3). Pero no era un profeta cualquiera,  se vestía como el profeta Elías (2Re 1,18 cf Zac 13,4) y practicaba un rito de purificación en agua (Mc 1,4). Se levantaba como la conciencia moral del pueblo invitándoles a cambiar de actitud.

El Espíritu profético había sido silenciado. Desde Malaquías (460 aC) hasta Juan (27 dC) no hubo profetas en Israel. Sin lugar a dudas, el ministerio profético de Juan generó muchas cosas, además de reavivar la fe en la Promesa de Dios, por ejemplo la inquietud  y preocupación entre los “técnicos” de lo sagrado; de ahí la presencia de fariseos y saduceos en los bautismos de Juan (3,7) a quienes el profeta rechaza categóricamente (cf 12,34; 23,33) enfrentándolos a su mediocridad e invitándoles a una coherencia de vida (3,7-10). Esta llamada de conversión a las autoridades religiosas estaba acompañada de la promesa divina: el bautismo en el Espíritu Santo (3,11) que se cumplirá en Pentecostés (Hch 2).

2.     El texto en nuestro contexto.

Como Iglesia de Jesucristo, nos encontramos transitando el Tiempo de la Promesa, cuyo mensaje central es la esperanza. No una espera alienante y adormecedora, capaz de controlar y dominar las conciencias, aspecto que muchas denominaciones cristianas enfatizan. Muy por el contrario, la espera cristiana es una espera activa, transformadora, portadora de liberación y sanación.

Necesitamos volver a nuestros orígenes para redescubrir nuestra identidad. A lo largo de los siglos hemos transformado a la Iglesia de Jesucristo en “el negocio de lo sagrado” poniendo énfasis en la espiritualidad y en la salvación de las almas. Nada más lejos del mensaje liberador, sanador e inclusivo de Jesucristo (Lc 4,18-21) al que Juan el Bautista se adelanta (Mt 3,2).

El Reinado de Dios en medio de la humanidad no está relacionado a la vida cúltica ni a las cosas sagradas, esas son expresión de la cultura. El Reinado de Dios en medio de la humanidad está directamente relacionado con aquellas cosas profanas, pero que dignifican la vida humana: saciar a personas con hambre, visitar a personas enfermas y presas, acompañar a quienes viven en soledad, consolar a quienes viven en la tristeza y desesperación, prestar nuestra voz a las personas silenciadas, respetar a todas las personas … cuando las antiguas comunidades dan testimonio de Jesús, no nos relatan que oraba mucho o que iba mucho al templo, dan testimonio de él diciendo: “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38).

Las discípulas y los discípulos de Jesús, tenemos que ser la voz que se levanta contra un sistema religioso que oprime, que enferma, que somete, que inhabilita a las personas; que denuncia las injusticias religiosas y eclesiales expresadas en los juicios, las condenas, la discriminación y la exclusión; que anuncia que otra Iglesia es posible, aquella donde Dios gobierna con justicia y solidaridad.

Hoy más que nunca, las Iglesias necesitan enfrentarse a la denuncia profética para redescubrir su identidad de pueblo de Dios en medio de la humanidad (5,13-16), llamada a servir y no a ser servida (20,28), a devolver la voz a las personas silenciadas (Mc 9,14-29), a liberar de las parálisis del miedo y la indiferencia (Mc 2,1-12), a sanar de la lepra que excluye y discrimina (8,1-4), a enseñar a escuchar (Mc 7,34), a compartir su mayor riqueza (Hch 3,6-8): la experiencia de fe en Jesucristo el Maestro y el Señor (Jn 13,13-15).

Nosotros y nosotras, mujeres y hombres de fe, somos interpelados por Juan el Bautista, a abandonar nuestros lugares sagrados para construir la esperanza entre quienes han sido expulsados del sistema religioso, entre quienes han sido silenciados y silenciadas, invisibilizados e invisibilizadas. Asumir este ministerio profético nos obliga a no ser cómplices de los sistemas religiosos que bajo la denominación de “cristianos” no son sanadores, liberadores e inclusivos.

Nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana queremos ser la voz que grita en medio de la sociedad y del cristianismo, levantando la esperanza de las personas excluidas: Dios está cerca de ustedes. Dios optó por ustedes. Y pobre, de la iglesia cristiana que no cumpla el mandato evangélico porque está condenada a la desaparición.

Buena semana para todos y todas. Una semana de promesas y esperanzas +Julio.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Primer Domingo del Tiempo de la Promesa: Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas.





Primer Domingo del Tiempo de la Promesa
Comienza el Ciclo A del Leccionario Común Revisado.
Is 2,1-5; Rom 13,11-14; Mt 24,36-44


Un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas


1.     El texto en su contexto:

El relato evangélico de Mt 24,36-44  es parte de un contexto bastante más amplio; en efecto, los capítulos 24 – 25 son parte del discurso escatológico de Jesús a la comunidad discipular; es decir, Jesús les habla a sus discípulos y discípulas sobre los acontecimientos finales, de los últimos tiempos. Este discurso tiene tres partes o momentos. En la primera, describe los sucesos futuros (24,1-51). En la segunda, es una exhortación sobre la vigilancia (25,1-30). La tercera, describe el juicio final (25,31-46).

El relato evangélico de hoy, 34,36-44 se encuentra ubicado en la primera parte del discurso escatológico. Leer este relato, fuera del contexto de los capítulos 24 y 25 es un gravísimo error, e interpretarlo y predicar sobre él fuera de contexto no es ético, porque las conclusiones, a las que seguramente arribaron hoy ciertos predicadores es que Dios juzgará, salvando a unas personas y condenando a otras, exhortando a vivir en el marco de determinadas doctrinas, vinculadas a la obediencia, al cumplimiento de los mandamientos, a las prácticas litúrgicas. Nada más lejos del mensaje de Jesús.

Intentemos entonces, leer e interpretar el texto en su contexto literario. El capítulo 24 comienza con el relato profético de la destrucción del Templo de Jerusalén (1-14) hecho que ya había sucedido cuando se escribió este Evangelio, la destrucción fue en el año 70 aC y Mateo fue escrito en su redacción definitiva, tal como lo conocemos, en el 80 dC, es decir 10 años después de sucedidos estos acontecimientos. Continúa con el relato de la gran tribulación (15-28) hecho sucedido durante el sitio a Jerusalén; poco después de la Pascua del año 70 dC Tito sitió la ciudad santa de Jerusalén con cuatro legiones. Progresivamente tomó la tercera y la segunda muralla hasta llegar a la fortaleza Antonia. A comienzos de agosto de ese año cesan los sacrificios en el Tempo de Jerusalén. Pocos días después, el 29 de agosto el templo es incendiado, los signos imperiales romanos y sus dioses son puestos a la entrada del Templo (24,15). En setiembre Tito toma la parte alta de Jerusalén y del palacio de Herodes; se producen matanzas, condenas humillantes a trabajos públicos, judíos muertos en los juegos de gladiadores. En el 71 dC el impuesto al Templo de Jerusalén es pagado a Júpiter Capitolino. Baso toma Herodión y Maqueronte. Silva pone sitio a Masada y en la Pascua del 73 dC se produce la matanza de Eleazar y sus sicarios antes de rendirse al poder imperial. A continuación el relato de la Parusía (24,29-31) con rasgos proféticos y apocalípticos relata la llegada final del Mesías. Sigue el relato sobre el Día y la Hora (24,32-44), tramo en que se encuentra nuestro relato evangélico, el correspondiente a este domingo. De la descripción del acontecimiento se pasa a la fecha en que sucederá. El relato hizo referencia al fin del mundo conocido por el sistema político y religioso judío (años 70 – 73 dC), sin embargo, la fecha del fin del mundo, como tal, es imprecisa, generando esperanza y expectativa. La falta de certeza es lo único real y cierto. El evangelista Mateo, llama a la cautela y la vigilancia, tema constante en otros escritos neotestamentarios (1 Tes 5,2; 2Pe 3,10; Ap 3,3; 16,15). Esta actitud de vigilancia es reforzada por tres parábolas que son relatadas en el texto: el siervo fiel (24,45-51); las diez jóvenes (25,1-13) y los tres administradores (25,14-30). De esta forma queda instalado el relato sobre la vigilancia (24,45-25,30) para dar lugar a la última parte del discurso escatológico: el juicio final (25,31-46), donde serán salvas y entrarán al Reino de Dios, aquellas personas que practicaron la misericordia y la solidaridad con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, aunque no conocieran a Jesús (25,34-40); y serán condenas y no podrán entrar al Reino jamás, aunque conocieran a Jesús, aquellas personas que no fueron misericordiosas y solidarias con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (25,41-46).

Mateo invita a su comunidad a mantenerse vigilantes (24,26-39), porque de acuerdo a la práctica de la misericordia y la solidaridad, y no por otros motivos, unas personas entrarán al Reino y otras no (24,40-41). Finaliza el relato insistentemente sobre estar vigilantes, porque el Mesías vendrá en cualquier momento (24,42-44). 


2.     El texto en nuestro contexto:

El relato evangélico de hoy nos lleva a reflexionar sobre el fin del mundo conocido. Un mundo con personas hambrientas, desempleadas, empobrecidas, oprimidas, discriminadas, excluidas. Un mundo, que quiera Dios, termine pronto!

Las discípulas y los discípulos de Jesús tenemos la promesa que nos hizo Jesús: Dios está próximo a la humanidad (Mt 4,17), Dios ama a la humanidad al punto de enviar a su Hijo (Jn 3,16), como verdaderamente humano (Jn 1,14) entre los humanos (Fil 2,6-8) para, por medio suyo, la humanidad participara de Dios (Ef 1,3-10; Col 1,12-14), con una única condición: practicar la solidaridad con aquellas personas vulneradas en sus derechos y su dignidad (Mt 25,31-46). Para las cristianas y los cristianos, el fin del mundo es motivo de esperanza, pero no una esperanza que anestesia la conciencia y que deja todo al actuar divino. La esperanza cristiana es activa, es lucha por la transformación de las estructuras injustas, es denuncia profética de la injusticia y anuncio profético de que otro mundo es posible.

Ese otro mundo, donde reina la paz y la justicia es el proyecto de Dios para la humanidad, es el mensaje de esperanza de la Iglesia a la humanidad; pero exige poner fin a este mundo conocido. El Mesías viene en el momento menos esperado (Mt 24,44): en la persona en situación de calle que nos pide alimentos, en la anciana o el anciano que en el asilo espera una visita, en la enferma o el enfermo de sida que nadie recuerda y está muriendo en la soledad, en la persona trans sumida en la angustia y la desesperación por la discriminación, en la mujer golpeada por su compañero que necesita ser liberada, en el joven con uso problemático de drogas que la sociedad que se las proporciona lo condena y lo llama peligroso, en la mujer que es condenada por las iglesias por abortar pero que ninguna de ellas le brindó ayuda y se comprometió a apoyarla en la crianza de su hijo … en la medida que las discípulas y los discípulos de Jesús nos solidarizamos con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad realizando acciones transformadoras de las situaciones injustas, el Reino de Dios se hace presente en medio nuestro en toda su plenitud de gracia: liberando, sanando e incluyendo.

Miembros de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, amigos y amigas de nuestra iglesia, quienes integran “la comunidad de la diáspora” como nos gusta llamarles a ustedes que están lejos, Jesús no predijo el fin de la creación sino de la injusticia, nos prometió la transformación de la creación y su divinización: “Dios será todo en todos” (1Co 15,28). No caigamos en la ignorancia y el fanatismo de quienes anuncian un final trágico y destructivo porque sabemos por Jesús anunció un el Reinado de Dios comenzando aquí y ahora pero encaminado hacia la plenitud total. Aprovechemos este tiempo que inicia, como un tiempo para orar, reflexionar, testimoniar la promesa de Dios a la humanidad, invitando a construir un mundo sin personas excluidas, sufridas u oprimidas (Ap 21,4).

Tengan una bendecida semana todos y todas +Julio.