Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

domingo, 27 de septiembre de 2015

A buen entendedor pocas palabras ...





19º Domingo después de Pentecostés
Ciclo B – Marcos 9,38-43


1.    El texto en su contexto:

Los discípulos continúan sin entender el proyecto de Jesús. Viene de una serie de tropiezos en su trayecto discipular; primero queriendo que Jesús evite las consecuencias de su ministerio (8,32-33), segundo fracasando en su ministerio (9,18), tercero compitiendo por quién es el más importante (9,34) y ahora la envidia (9,38).

Alguien estaba ministrando en el nombre de Jesús y eso molestó a los discípulos y Juan se hizo portavoz. Sin embargo, el Maestro es categórico “no se lo prohíban”. Jesús, en otro momento había enseñando que la forma de conocer a alguien es a través de sus acciones (Mt 7,15-20); en efecto quien cree en Jesús sólo puedo obrar como él (Jn 14,12). Y es importante establecer la diferencia, ese hombre no estaba predicando en nombre de Jesús, sino que estaba obrando en nombre de Jesús, concretamente Marcos relata un exorcismo. En otro lugar, Jesús había enseñando que los signos del Reino se manifiesta únicamente en quienes hacen la voluntad del Padre no en quienes hablan de Él (Mt 7,21-23).

No sólo habilita que este hombre siga ministrando en su nombre, sino que afirma que está a su favor (versículo 40 cf Mt 12,30; Lc 11,23).


2.    El texto en nuestro contexto:

El Evangelio de hoy es muy duro con aquellas personas e Iglesias que dicen hablar de parte de Dios; “la biblia dice”, “la palabra de Dios dice”, “la Iglesia enseña”. También es muy duro con aquellas personas e Iglesias que dicen ser la verdadera.

El Evangelio de hoy nos enseña a identificar quienes son discípulos y discípulas porque lo manifiestan en sus obras haciendo lo que Jesús hizo: sanando a las personas enfermas (Mc 1,29-31; 40-42; 2,8-12; 3,1-5; 5,23-42; 6,53-56; 7,31-37; 8,22-26; 10,46-52), liberando a las personas oprimidas (Mc 1,23-26; 5,2-13; 7,24-30; 9,14-29), incluyendo a quienes el sistema religioso discriminaba y excluía (Mc 2,13-17; Jn 7,53-8,1; Mt 22,9).

Pero también nos enseña a identificar a aquellas personas y aquellas Iglesias que dicen hablar de parte de Dios, que dicen ser la verdadera Iglesia, pero en realidad no son discípulas ni discípulos de Jesús, porque juzgan y condenan a otras personas (Mc 2,6-6; 11,27-33; Lc 7,39), porque ponen centran su experiencia de fe en mandatos y ritos que oprimen (Mc 2,18-22.23-27; 7,1-23; Mt 23), porque excluyen (Mc 3,6; Jn 7,53 – 8,11).

Transitamos tiempos de fundamentalismo religioso y las Iglesias cristianas no escapamos de ello.  Algunas personas e Iglesias creen que por citar textos bíblicos están siguiendo a Jesús, que por cumplir estrictamente las enseñanzas de la Biblia están siguiendo a Jesús, que por juzgar, condenar, excluir están obrando en nombre de Dios. Nada más lejos del Evangelio de Jesucristo. Algunas personas e Iglesias acusan a otras de falsos cristianos, de abominables, de pecadoras, de falsos ministros. Nada más lejos del Evangelio de Jesucristo. Pero el indicador para identificar el árbol bueno o el árbol malo son sus frutos (Mt 7,15-20) y los frutos no son palabras (Mt 7,21-23) sino obras (Mt 25,31-46).

Urge desarrollar un ecumenismo serio y sólido. Urge formar una Iglesia inclusiva y acogedora. Urge renunciar a fundamentalismos y dogmatismos para “que tod@s sean un@ para que el mundo crea” (Jn 17,21).

Buena semana para todos y todas +Julio.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Homilía en la Ordenación Diaconal de Cristian Olivares Sábado 19 de setiembre de 2015 – Córdoba, República Argentina



Bienvenida:

Tengan mucha paz. Esa paz que junto a la serenidad y la alegría son fruto de la presencia del Resucitado.

Quiero agradecer a la Iglesia Episcopal Antigua habernos recibido en su casa. Como el Maestro y la comunidad apostólica, en su última Pascua en Jerusalén, recurrimos a los amigos y las amigas, para contar con un lugar donde celebrar nuestra fe (Mc 14,13-15).

Quiero agradecer a las Iglesias hermanas que nos acompañan. Unas, miembros de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y otras, miembros de la Comunión Anglicana Libre, ambas comuniones de las que formamos parte la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana. Esta presencia de diversidad de expresiones de fe, es una profecía de que otra Iglesia es posible: Una, Santa, Católica, Apostólica y diversa, como diverso fue el movimiento de Jesús y la Iglesia de los tres primeros siglos cuyo único fundamento es el Señor (Rom 10,9).

Quiero agradecer a las todas las personas que nos acompañan en esta, la primera Eucaristía de la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, en tierra Argentina y quiero contarles que las comunidades de Uruguay les saludan, y aunque estamos lejos, somos un solo Cuerpo del cual Jesucristo es la Cabeza (Rom 12,5).


A manera de presentación:

Somos una Iglesia con nombre: Antigua, pero también con apellidos: Diversidad Cristiana. La Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana nos caracterizamos por ser una Iglesia de puertas abierta y mesa tendida para acoger a todos y todas (Mt 22,8-10). En nuestras celebraciones hay personas católicas romanas, católicas antiguas, ortodoxas, episcopales, evangélicas, cristianas independientes y ateas que viven radicalmente el Evangelio de Jesucristo; hay personas heterosexuales, lesbianas, gays y transexuales; hay personas jubiladas, empleadas, desempleadas y emprendedoras. No concebimos ser parte de la Iglesia de Jesucristo juzgando, condenando, discriminando, porque entendemos que “Dios no hace diferencia entre las personas” (Hch 10,34).

Somos una Iglesia radicalmente y escandalosamente comprometida con las personas discriminadas, excluidas, invisibilizadas por el sistema social y cultural, del cual las Iglesias muchas veces se hacemos parte. Nuestras acciones pastorales son hacia las personas gltbq, hacia las personas con vih sida, hacia las personas con uso problemático de drogas, hacia las personas en situación de calle, hacia las personas ancianas. Todas ellas tienen en común que son imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27 cf Mt 25,35) y que diferentes circunstancias las han hecho de tal o cual manera. Como Jesús nos caracterizamos por ser amigos de gente de mala fama (Mt 11,29).

Somos una Iglesia ecuménica. En Uruguay trabajamos junto a las Iglesias Anglicana, Metodista, Luterana, Valdense e ICM. En Argentina ya estamos empezando a juntarnos con otras Iglesias y esta celebración es la prueba de ello; lo hacemos con el convencimiento de que es posible la unidad en la diversidad para que el mundo crea (Jn 17,21).

Somos una Iglesia sinodal, es decir que la autoridad del Obispo o de la Obispa, es únicamente en materia de fe y doctrina. El Sínodo es quien gobierna nuestra Iglesia, y está organizado en tres Cámaras con iguales poderes entre ellas: la Cámara Episcopal, integrada por los Obispos y las Obispas; la Cámara Clerical, integrada por las Presbíteras y los Presbíteros, las Diáconas y los Diáconos; y la Cámara de las Laicas y los Laicos, integrada por las representantes de las distintas comunidades eclesiales.


Las Sagradas Escrituras

Las lecturas bíblicas hoy nos proponen dos temas para la reflexión: la elección (Is 1,4-9; Hch 6,1-7b) y el servicio (Mt 20,25-28).

La historia de la humanidad, que es historia de salvación, da cuenta de las innumerables elecciones de Dios. Primero eligió a los patriarcas para formar un pueblo, depositario de las bendiciones de Dios, para todos los pueblos de la tierra (Gn 12,1-3). Luego eligió a ese pueblo para ser guía para los otros pueblos de la tierra y enseñarles que otro mundo en paz y con justicia era posible (Is 2,1-5). De en medio de Israel eligió a hombres y mujeres que profetizaron (Is 6,1-13; Jr 1,4-19). Las y los profetas actuaron como la conciencia moral del pueblo, cuando éste y sus autoridades perdían de vista la misión para la que habían sido elegidos. Uno de ellos fue Jeremías, del que acabamos de escuchar el diálogo entre Dios y el profeta. A Jeremías le tocó una misión difícil. Debía comunicarle al pueblo elegido que sería invadido, que el templo sería destruido, que serían desterrados y dispersados en Babilonia(Jr 5,1-17). Jeremías dudó de su capacidad para llevar adelante la misión (Jr 1,6). Pero la gracia de Dios siempre triunfa en la fragilidad humana (2Cor 12,9). Y es que Dios cuando elige no lo hace por mérito humano, lo hace por un misterio insondable y por amor incondicional (Ef 1,3-10); tal vez para que quede en evidencia que lo que está sucediendo no es por capacidad humana sino por gracia divina: Abraham, un arameo errante sin hijos, un maldito para la tradición religiosa de su época; Moisés, un inmigrante legalizado y tartamudo; Rajab, una extranjera y prostituta; David un pastor de rebaños, adúltero; Jeremías, un joven sacerdote, temeroso de enfrentar la misión; Oseas, la burla del pueblo por casarse con una prostituta; Rut y Noemí, una anciana viuda y sin hijos y una extranjera sin hijos, ambas malditas según el sistema religioso por no tener hijos que se hicieran cargo de ellas; y así podemos seguir hasta el Nuevo Testamento: María, una virgen embarazada, la que según la religión debía ser lapidada; Zacarías e Isabel, dos ancianos sin descendencia; Pedro, un reaccionario y violento; Mateo, un traidor para el sistema religioso; Pablo, un fanático de la Ley perseguidor de cristianos; y así podemos llegar hasta nuestros días; y es que Dios eligió lo frágil y débil del mundo (1 Cor 1,27).

La historia de la Iglesia debiera ser la historia del servicio. El Maestro con su ejemplo nos trazó el itinerario de la vida eclesial: “pasó haciendo el bien y sanando” (Hch 10,38); lavó los pies a los suyos dejándonos un ejemplo (Jn 13.1-15), tarea reservada a las mujeres y los esclavos en aquella época; ayudó a las personas excluidas del sistema religioso, desculpabilizándolas y devolviéndoles dignidad (Mt 9,5; Lc 7,48). Leyendo y releyendo los Evangelios, casi no encontramos textos vinculados al culto, a la adoración, a las oraciones, al ayuno, a las devociones; y los pocos que aparecen nos recomiendan que no seamos como los hipócritas que cumplen con ritos para que la gente los vea (Mt 6,5); sin embargo, los Evangelios están llenos de textos vinculados al servicio: curaciones, sanaciones, exorcismos; envíos directos de Jesús a sanar. Es tan importante el servicio a otras personas en la Iglesia primitiva, que Juan en su Evangelio, durante el relato de la última cena, sustituye el relato de la institución de la Eucaristía (Mt. 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,9-20) y en su lugar pone el relato del lavado de los pies (Jn 13,1-15). En el Evangelio de Mateo, Jesús nos enseña que no seremos juzgados por las prácticas cúlticas, es decir por las Eucaristías a las que participamos, por las oraciones que rezamos, por las peregrinaciones que hicimos, sino por el servicio: “tuve hambre ……” (Mt 25,31-46 cf 9,13); como me gusta decir, las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, son el octavo sacramento, la presencia real de Jesucristo entre nosotros y nosotras; “porque cada vez que lo hicieron con uno de esos mis pequeños hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Las lecturas entonces, nos ayudan a concluir que hemos sido elegidos y elegidas, no para ser servidos sino para servir. La Iglesia, somos un pueblo que sirve a la sociedad y la cultura. ¿Cómo lo hace? Recordándole con sus palabras y con su ejemplo que otro mundo es posible, con justicia y dignidad para todas las personas en todos los lugares del planeta. Y mientras cumplimos esta misión en los contextos donde nos toca estar, nos recordamos a nosotros mismos y a nosotras mismas que otra Iglesia también es posible, sin juzgados, sin discriminados, sin invisibilizados, sin excluidos; porque la Buena Noticia de Jesús de Nazareth podemos sintetizarla, según el exégeta Joaquim Jeremías, que Dios es Padre y nosotros somos hermanos y hermanas, o como dijera siglos atrás Pedro, en casa de Cornelio: “Dios no hace diferencia entre las personas” (Hch 10,34); y si Dios no la hace, pobre de aquellas personas o de aquellas Iglesias, que en su nombre juzgan, condenan y discriminan.


Cristian

Hermano mío, “antes que te formaras en el vientre de tu madre, Dios te había elegido” (Jr 1,5) para confiarte una misión que solo El o Ella, en su misterio insondable conoce. Poco a poco te va dando pistas de cuál podría ser. Sea cual sea te puedo asegurar, desde la experiencia de un casi viejo, que no defraudará tu confianza (Salmo 61[62]). En ese caminar por la vida habrá momentos en que corras con seguridad y certeza, habrá momentos en que avances con paso firme y confiado, habrá momentos en que tu caminar sea lento y dudoso y habrá momentos en que cuando no puedas avanzar te cargue en sus brazos, como la mamá carga a su bebé y te lleve, pero jamás defraudará tu confianza (Salmo 3,6).

Cuatro consejos de tu Obispo:

El primero, como recomendaba San Benito a sus monjes, “toma por guía el Evangelio” (RB, Prólogo, 21), aún para la interpretación del resto de la Biblia, si contradice el Evangelio de Jesucristo no lo hagas, no lo digas, no lo exijas.

El segundo, como recomendaba San Pablo a “estén siempre alegre” (Fi 4,4) saber que Jesús nos eligió para continuar su obra en el mundo es un motivo de gozo que nada ni nadie nos lo puede quitar  (Jn 16,22).

El tercero, celebra la vida con las personas excluidas, trabaja por su dignidad, festeja los logros del pueblo y cuando te digan comilón y bebedor, amigo de gente de mala fama, recuerda que lo dijeron antes del Maestro, es el mejor indicador de que estás haciendo lo correcto.

El cuarto, recuerda que tu promesa de obediencia no es al Obispo sino a la Iglesia; los Obispos venimos y nos vamos, la Iglesia de Jesucristo es la que permanece, hazlo todo en consulta con ella y en diálogo con el Obispo.

Dios, que te eligió, lleve a buen término la obra iniciada en Ti (cf Salmo 137[138],8).
Amén.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Urge pensar en una nueva eclesiología para enfrentar los desafíos del siglo XXI



18º Domingo después de Pentecostés
Mc 9,30-37


1.       El texto en su contexto:

Jesús y la comunidad apostólica retornan de la experiencia de la transfiguración (9,2-13) y de la curación de un joven epiléptico (9,14-29), entonces ya en Galilea (versículo 30) se dedica a enseñarle a sus discípulos y discípulas (versículo 31). Pero su enseñanza no era fácil de aceptar o asimilar ya que tiraba por tierra la expectativa mesiánica de la restauración del Reino de Israel. Sus discípulos al igual que el resto del pueblo, esperaban que el Mesías desalojara al imperio romano de sus tierras y restableciera el reino que habían perdido siglos atrás y que no habían podido recuperarlo, pasándose el dominio de sus tierras de un invasor a otro. La comunidad apostólica, no entendía y temía pedir aclaraciones de ¿cómo sería eso de que el Mesías tenía que morir y resucitar? (versículo 31 cf 8,31-9,1; 10,32-34).

Caminaron hasta Cafarnaún, a casa de Simón Pedro (Mc 1,29) o de Jesús (Mt 9,1). Cuando habían llegado Jesús interroga a la comunidad apostólica sobre la conversación que traían de camino (versículo 33). Pero el silencio fue la respuesta, ya que su preocupación era quién de los miembros de la comunidad apostólica, era el más importante ¿Por qué esa pregunta? Porque no habían entendido aún que Jesús no restauraría el Reino de Israel, entonces ese tema era importante para ellos; quién fuera el más importante sería sin lugar a dudas la mano derecha de Jesús cuando expulsara al imperio romano, asumiera el poder de gobernar y quedara restaurado Israel. La comunidad apostólica estaba disputándose el poder sobre el pueblo (versículo 34 cf Lc 22,24).

Nuevamente Jesús vuelve a desconcertarles. El que quiera ser el más importante deberá servir a todos (versículo 35 cf Eclo 3,18; Mt 20,26-27; 23,11) y pone un ejemplo incuestionable, toma en sus brazos a un niño, alguien que en su cultura no tenía derechos (versículo 36) al punto que se le podía llegar a vender y cambia el centro de la conversación llevándola al plano de las relaciones humanas, no ya de ejercicio del poder que era lo que se venía discutiendo, sino de buscar, aceptar, vincularse con los “sin poder”. El proyecto mesiánico de Jesús no iniciaba por desalojar a los invasores y restablecer el Reino de Israel, sino por reconocer la dignidad y los derechos de “los invisibles” de la sociedad, porque en ellos está Jesús pero también el Padre (versículo 37 cf Mt 10,40; Lc 10,16; Jn 13,20).


2.       El texto en nuestro contexto:

En pleno siglo XXI las Iglesias continuamos sin entender el mensaje de Jesús. El tema central sigue siendo el poder no el servicio. Es común ver en nuestro continente pastores evangélicos pentecostales y neopentecostales luchando por espacios en los lugares de gobierno. Es común ver en los medios de prensa a obispos católicos romanos tratando de imponer sus posiciones sobre temas fundamentalmente de familia.

¿Dónde está la Iglesia servidora? ¿Dónde está la iglesia de las personas invisibilizadas? ¿Dónde está la Iglesia de las personas “sin poder”?

Urge pensar una nueva eclesiología para enfrentar los desafíos de la sociedad del siglo XXI, una sociedad de las post modernidad, de la transformación y revisión de valores, de los derechos individuales. El tiempo de la cristiandad ya terminó pero parecería que nos cuesta entenderlo.

La Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, deberíamos posicionarnos entre los “sin poder”, “los invisibles”. Nuestro lugar es junto a las personas discriminadas, excluidas, marginadas y expulsadas del sistema social, del sistema económico, del sistema religioso; deberíamos trabajar para una nueva eclesiología, dimensionando los derechos y la dignidad de las personas.

El evangelio, hoy nos convoca a comprometernos radicalmente con las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad. Está en nuestra libertad personal y en nuestro compromiso comunitario, continuar como la comunidad apostólica en busca del poder o ir en busca de aquellas personas a la que Jesús nos envía y entre quienes quiso quedarse para compartir con nosotros y nosotras.


Buena semana para todos y todas.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Jesucristo es el fundamento de nuestra fe, la piedra angular sobre la que construimos nuestra experiencia eclesial, la razón de nuestra esperanza, el rostro humano de Dios y reconocemos que es el único que tiene palabras de vida eterna




17º Domingo después de Pentecostés
Ciclo B – Mc 8,27-35



1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico de hoy, específicamente la confesión de fe de Pedro, es la culminación de la primera parte del Evangelio de Marcos (1,16 – 8,30) en la que Jesús fue manifestando quien es.

De Betsaida, Jesús y la comunidad apostólica se trasladan a Cesarea de Filipo, una ciudad romana, al norte del Lago de Galilea, aún en tierras paganas. Antes de llegar, mientras iban de camino Jesús les pregunta sobre lo que la gente dice de él (versículo 27).

Hubo varias respuestas, sobre lo que el pueblo estaba hablando sobre Jesús (versículo 28). Algunos creían que Juan el Bautista había resucitado (6,14-15; Lc 9,7-8). Otros creían que era Elías el Profeta (1Re 17 – 2Re 2) pues esperaban su retorno antes de la llegada del Mesías (Mal 4,5-6 [3,23-24]; Eclo 48,4.10). Aún otros, creían que era alguno de los profetas anteriores.

Llegamos al punto más alto de la tensión en este relato, Jesús les pregunta a sus seguidores y seguidoras, quien creían que era. Marcos pone en boca de Pedro la respuesta acertada (versículo 29). Mesías era un título hebreo equivalente a Cristo en griego y ambos conceptos, hebreo y griego significaban “ungido” o “consagrado”. En el Antiguo Testamento se aplicaba a los sacerdotes (Ex 28,41; Lv 4,3), a los reyes (1Sam 2,10; 10,1; 16,3; Sal 2,2; 109[110]; Is 45,1; Dn 9,25), al Siervo de Yahveh (Is 61,1), a los patriarcas (Sal 105[106],15). En el Nuevo Testamento, todos los libros a excepción de la Tercera Carta de Juan, utilizan este título en su forma griega para dirigirse a Jesús como el Ungido o Consagrado de Dios para realizar la obra salvadora: prometido por Dios (Lc 1,68-75; 2,26; Hch 18,28; Rom 1,2-4), anunciado por el mensajero de Dios (Mt 1,20-21; Lc 1,30-37; 2,10-11), reconocido por sus discípulos (Mt 16,16; Jn 1,41; 4,29; 6,69; 11,27), proclamado al mundo (Hch 2,36; 5,42; 9,22; 1Co 1,23), profesado por sus seguidores y seguidoras (1Jn 2,22-23; 5,1).

Pero Jesús les ordenó no revelarlo, haciendo presente nuevamente el secreto mesiánico (1,34 cf 1,44; 3,11-12; 5,43; 7,36; 8,30; 9,9), revelando en privado a sus discípulos y discípulas la trayectoria mesiánica (8,31; 9,31; 10,32-34). Este trayecto es rechazado por Pedro que antes lo había reconocido como Mesías (versículo 32), la respuesta de Jesús no se hace esperar (versículo 33)  rechazando las palabras de Pedro y tal vez encontrando una conexión con las tentaciones del desierto (Mt 4,10).

Finalmente, Jesús concluye la conversación con la metáfora de cargar la cruz (versículos 34-35 cf Mt 10,38-39; Lc 14,27; 17,33; Jn 12,24-25). La cruz era un instrumento de tortura proveniente del mundo persa, que los romanos utilizaba para las ejecuciones, donde el condenado debía cargar la viga transversal hasta el lugar de la ejecución. Por medio de esta durísima imagen, Jesús prepara a la comunidad discipular para enfrentar la muerte o para considerarse, como enseñará luego Pablo, muertos al mundo (Rom 6,2-11; Gal 2,19; 6,14; Col 3,3-5).


2.    El texto en nuestro contexto:

En todos los tiempos la Iglesia se ha visto desafiada a dar respuesta a esta pregunta de Jesús: “¿quién dicen ustedes que soy yo?” (Mc 8,29). Como discípulas y discípulos del siglo XXI, la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana hace suyas las palabras de Pedro “tú eres el Mesías”.

Nos reconocemos como una Iglesia cristocéntrica. Nuestra experiencia de fe es esencialmente cristocéntrica. En este punto, marcamos la diferencia con las otras iglesias católicas, veneramos a la Virgen Madre de Dios, a las santas y a los santos, pero el centro teológico, litúrgico y pastoral es Jesucristo el Señor. Lo reconocemos como el único Mediador ante el Padre (1 Tim 2,5; 1Jn 2,1). No reconocemos a la Virgen Madre de Dios como mediadora y mucho menos como corredentora y creemos que es un error gravísimo que atenta contra la fe católica y apostólica asignarle esas funciones. No reconocemos en los santos y en las santas una función mediadora. Reafirmamos nuestra posición:

No hay más que un Dios, y un solo hombre que sea el mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús (1 Tim 2,5)

Por lo tanto, Él es el fundamento de nuestra fe, la piedra angular sobre la que construimos nuestra experiencia eclesial (Ef 2,20), la razón de nuestra esperanza (1Pe 3,15), el rostro humano de Dios (Col 1,15) y reconocemos que es el único que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68).

Renovamos nuestra fe recurriendo a la enseñanza de los antiguos concilios ecuménicos:

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo su único Hijo Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.
Nació de Santa María Virgen, 
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, todopoderoso.
Desde allí va a venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurección de la carne y la vida eterna. Amén

Buena semana para todos y todas. +Julio.



domingo, 6 de septiembre de 2015

Efatá: abrirnos a la construcción de otra Iglesia y otro mundo



16º Domingo después de Pentecostés
Ciclo B – Marcos 7,31-37



1.    El texto en su contexto:

Jesús está en pleno viaje misionero predicó en Nazaret (6,1) y en las aldeas cercanas (6,6), en lugares solitarios (6,34), en Genesaret (6,53), en la región de Tiro (7,24) y en Decápolis (7,31), donde sucede el episodio que hoy reflexionaremos.

El versículo 31 nos sitúa en tierra pagana, al otro lado del Lago de Galilea. La gente de la región le presenta un hombre que era sordomudo para que Jesús le sane (v 32) poniendo las manos sobre él, una práctica común según nos lo demuestra el Evangelista Marcos (6,5; 7,32; 8,23). Jesús lo separa de la gente, establece un vínculo personal con el hombre enfermo, y realiza dos gestos, el primero pone sus dedos en los oídos del enfermo y el segundo, con su saliva le toca la lengua (v 33); la saliva era utilizada, al parecer, en curaciones (8,23; Jn 9,6). Finalmente pronuncia la palabra aramea “Efatá” que significa “Ábrete”. Sin lugar a dudas, ésta es una palabra pronuncia por el Señor y que la tradición la guarda como un tesoro, en la propia lengua de Jesús, sin traducirla al griego, lengua en la cual se escribieron los Evangelios.

Si habláramos en términos de teología sacramental, podríamos decir que Jesús establece el “sacramento de la misericordia” Hay materia: dedos y saliva, hay forma: “efatá” y hay ministro: el propio Jesús que, siendo el rostro humano de Di@s, manifiesta toda su misericordia restableciendo la dignidad de un hombre que, por otra parte, no formaba parte del pueblo elegido, era un pagano.

El relato evangélico nos dice que en ese mismo momento el hombre recobró la salud, pudo oír y pudo hablar (v 35). Nuevamente, Jesús insiste en mantener el secreto mesiánico (v 36 cf 1,34.44; 3,11-12; 5,43; 7,36; 8,30; 9.9); pero el gozo de la sanación hacía que la gente diera testimonio de Jesús (v 37) citando el pasaje de Isaías (35,5-6 cf 42,7; 61,1-2) que también es utilizado por Mateo (11,5) y Lucas (7,22) donde se canta la alegría mesiánica, el retorno a la tierra de la promesa.

2.    El texto en nuestro contexto:

Sin lugar a dudas, el Evangelio de hoy invita a las cristianas y los cristianos a escuchar, a hablar y a abrirnos.

Escuchar:

La coyuntura actual en que se encuentra nuestra sociedad, exige de las Iglesias un oído atento al clamor humano (Ex 3,7) por solidaridad y justicia. Un oído inserto en la sociedad actual, escuchando la voz de las poblaciones originarias, de las personas inmigrantes, de las desempleadas y subempleadas, de las excluidas por su orientación sexual, de las que son víctimas de las guerras, de las que están en situación de violencia doméstica, de las enfermas y abandonas, de las drogadictas, de las que viven con vih, de las privadas de libertad …

Las Iglesias no podemos ni debemos permanecer sordas al dolor humano, producto de la violación a los derechos y la dignidad de las personas.

Hablar:

La realidad de opresión e injusticia en que se encuentran millones de seres humanos, exige de las Iglesias que sean la voz profética, que como conciencia moral de la sociedad y la cultura, denuncia a los poderosos y opresores (Ex 3,10), pero consuela a las personas vulneradas en sus derechos y dignidad anunciándoles la liberación (Ex 3,16-17). Esta ha sido la misión de Jesús, el rostro humano de Di@s que manifiesta su misericordia y amor incondicional a la humanidad (Lc 4,18-21). Esta es la misión de la Iglesia que fiel a su Maestra, transita sus mismos caminos, en la historia de los hombres y de las mujeres.

Una Iglesia que se limita al culto miente (1Jn 4,20). La inserción entre las personas y grupos oprimidos y excluidos por el sistema político, económico, social, cultural y religioso, es el indicador de una Iglesia misionera, no para buscar adeptos sino para servir (Mt 20,28).

Abrirnos:

La Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana invita a las otras Iglesias a abrirnos a la sociedad y la cultura contemporáneas, a dejar por un momento nuestras doctrinas, nuestros dogmas, nuestros posicionamientos y escuchar el clamor de las personas oprimidas, que no es otra cosa que el clamor del mismo Di@s encarnado (Mt 25,31-46).

Nosotras y nosotros, las Obispas y los Obispos, tenemos la inmensa responsabilidad de ser la voz de las personas silenciadas e invisibilizadas por los poderosos y los opresores. Somos enviadas y enviados a abrir los oídos de nuestras comunidades eclesiales para ser testigos de que es posible otra Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, en otro mundo justo, solidario y equitativo.

Las Obispas y los Obispos independientes, tenemos mayores oportunidades para iniciar este camino de transformación eclesial y social, de crear nuevas relaciones dentro de nuestras comunidades y con otras Iglesias y organizaciones de la sociedad, únicamente tenemos que dejar de repetir modelos anacrónicos:
-       las Obispas y los Obispos no somos príncipes de la Iglesia sino servidores (Mt 20,26; 23,11; 28,20);

-       las Iglesias no son espacios para las personas que se creen buenas y que piensan estar en la verdad sino de aquellas que son rechazadas por el sistema político, social, cultural y religioso (Lc 5,32);

-       las celebraciones litúrgicas no son fórmulas que se transmiten por tradición (Mc 2,7) sino experiencias de fe de nuestras comunidades, por lo tanto, abiertas a la novedad del Espíritu (Mt 13,52).

En conclusión:

El relato evangélico nos interpela a abrirnos: generando nuevas experiencias eclesiales, de escucha y de denuncia, de anuncio de liberación y de trabajo comprometido y solidario para alcanzarla.

Buena semana para todas y todos. +Julio.