Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

lunes, 27 de julio de 2015

La solidaridad podría hacer posible el milagro de la equidad




10º Domingo después de Pentecostés
Juan 6,1-15


1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico de hoy es común a los cuatro Evangelios (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17; Jn 6,1-1).

Nuevamente nos situamos en torno al Lago de Galilea (v 1) donde se encontraba mucha gente proveniente de distintos pueblos y aldeas que habían ido a escuchar a Jesús (v2). Marcos nos planteaba el domingo pasado que Jesús sintió compasión al ver tanta gente y se puso a enseñarles (6,34). Juan nos plantea este domingo, que Jesús se preocupó por las necesidades de la gente que estaba allí (v 5) e interpela a Felipe, el cual responde que no alcanzaría la paga de doscientos días de un obrero, para comprar pan para que toda es gente recibiera por lo menos un trozo (v 6-7). Entonces, frente a la incapacidad de los discípulos de encontrar una solución, un niño produce el primer milagro entregando lo que tenía, el milagro de la solidaridad (v 9).

El niño entrega a Andrés cinco panes de cebada (2 Re 4,42-44) y dos peces (v 9). Todas las personas allí presentes venían de aldeas y pueblos vecinos, por lo tanto, no es nada raro que tomaran agua y víveres para el camino, como lo hizo el niño; es más, en la orilla del Lago podían organizarse y pescar. Seguramente muchos pastores y pastoras con mentalidad mítica quisieran quedarse en el literalismo del milagro, donde Jesús multiplica mágicamente los panes, seguramente, porque como los discípulos no son capaces de arriesgarse a compartir. ¿Qué es más contundente para la experiencia de fe de aquella gente, y nuestra, multiplicar los panes o transformar los corazones invitándoles a la solidaridad?

Jesús, conocedor del corazón humano los organizó en grupos para que aprendieran unos de otros (v 10-11), entonces es cuando se produce el segundo milagro, el milagro de la equidad, todas las personas comen lo que cada una necesita para saciar su hambre y recogieron lo que sobró (v 11-12).

La capacidad de liderazgo y de organización de Jesús hace que la gente quiera proclamarlo rey, pero Jesús no se identificaba con el Mesías rey, una de las expectativas mesiánicas de su tiempo, sino con el Mesías Siervo descrito en el profeta Isaías, por lo tanto, escapa al reconocimiento popular (v 14-15).


2.    El texto en nuestro contexto:

Si nos quedamos con el relato mágico de la multiplicación de los panes, no podemos hacer nada para saciar el hambre y la desigualdad que existe en el planeta, porque necesitaríamos que Dios obrara el milagro. Sin embargo, si nos detenemos en el milagro de la solidaridad obrado por el niño y en el milagro del compartir motivado por Jesús, ya no tenemos que esperar de Dios la transformación de las estructuras injustas sino que podemos obrar nosotros y nosotras las transformaciones de este mundo.

Para muchos pastores y muchas pastoras es más sencillo hablar sobre el milagro de la multiplicación de los panes, que decirle a su iglesia que está obligada a ser solidaria y compartir, para ser la Iglesia de Jesús (Mt 25,31-46). Es más sencillo ser cómplice de un sistema deshumanizado que vulnera derechos y dignidad de personas, que transformar los corazones de las cristianas y los cristianos para que se comprometan en la transformación de las estructuras injustas.

En un mundo de tantas desigualdades, la solidaridad podría hacer posible el milagro de la equidad, donde cada persona recibiera todo lo necesario para desarrollarse como tal, con todos los derechos y toda la dignidad. Pero para ello, es necesario compartir, no haciéndonos los desentendidos como los apóstoles,  los pastores y las pastoras, sino como el niño, dando el ejemplo, compartiendo aquello que es nuestro, no lo que nos sobra, sino lo que tenemos para nosotras y nosotros. Nuestra solidaridad, tiene que ser ejemplo para nuestra iglesia, las personas que integran nuestras comunidades necesitan aprender a compartir.

Es una vergüenza, que en una comunidad eclesial exista gente que la pasa mal y gente que le sobran bienes. Es una vergüenza que personas que se denominan cristianas, de cualquier denominación: católica romana, católica no romana, ortodoxa, anglicana, luterana, episcopal, metodista, calvinista, valdense, evangélica, etc. etc. vivan con abundancia, cuando en el mundo hay tantas personas que pasan necesidad.

Pero no es suficiente que compartamos lo que tenemos, para aliviar las necesidades de los que no tienen. También es necesario denunciar la injusticia, la acumulación de riqueza, la desigualdad; levantando nuestra voz profética ante las autoridades políticas y económicas de nuestros países. Es posible construir una nueva sociedad, donde la solidaridad y la equidad, sean las relaciones que nos vinculen a los seres humanos.

Después de todo, cuando muramos no nos llevaremos lo que acumulamos mientras a otros les faltó. Ciertamente, no seres juzgados por las oraciones que hicimos, por las Eucaristías en que participamos, por los ayunos practicados, por los rosarios rezados, por las novenas celebradas, por los diezmos dados a la iglesia; disculpen pastores, pastoras, sacerdotes, presbíteros, obispos y demás líderes religiosos si ustedes enseñan esto, no tienen un solo versículo en el Nuevo Testamento que fundamente esa enseñanza (Mt 23,13); disculpen cristianas y cristianos si ustedes practican esto, porque sus líderes religiosos les mintieron (Mt 9,13). Seremos juzgados por nuestra solidaridad (Mt 25,31-46).

Buena semana para todos y todas. +Julio.


domingo, 19 de julio de 2015

Como discípulos y discípulas de Jesús, sentimos una compasión profunda y una solidaridad radical.




9º Domingo después de Pentecostés
Mc 6,30-34



1.    El texto en su contexto:

Al regresar de la misión (6,7-13) los apóstoles se reunieron con Jesús para ponerle al tanto de lo que habían hecho como misioneros (v 30). Jesús les invita a un lugar tranquilo (v 31), sabedor de que uno no puede dar lo que no tiene, por eso, para Jesús eran tan importante los momentos de soledad (1,35); así que se fueron a un lugar solitario, en la costa del Lago de Galilea, cerca de Betsaida (6,45).

La gente que había reconocido en Jesús al enviado de Dios le seguía, al igual que curiosos y adversarios. Como seguidores sabían los itinerarios del Maestro y llegaron antes que Jesús y los apóstoles. Pero también la voz se corrió, y se acercó gente de los distintos pueblos y aldeas del entorno del Lago de Galilea (v 33).

Al llegar a ese lugar para descansar, Jesús vio la multitud que lo aguardaba y sintió compasión, porque estaban necesitada de Dios y se puso a enseñarles (v 34 cf Num 27,16-17; 1Re 22,17; Jer 50,6-7; Ez 34,5; Zac 10,2).


2.    El texto en nuestro contexto:

El profeta Jeremías es lapidario con quienes tenemos responsabilidades para con el pueblo y no las cumplimos (23,1-6): “pobres de los pastores que dejan que las ovejas se pierdan” (v 1 cf Ez 34,1-10; Jn 10,1-21). El mismo Dios nos acusa tomando partido por las personas que dejamos fuera de la Buena Noticia del Reino: han dispersado mis ovejas, las han hecho huir y no las han cuidado. Pues bien, yo tendré buen cuidado de castigar sus malas acciones. Yo, el Señor, lo afirmo” (v 2).

Los líderes religiosos, en lugar de sentir compasión de la gente, siguiendo el ejemplo de Jesús (Mc 6,34), acercándonos con entrañas de misericordia (Lc 1,78), juzgamos y condenamos, llamamos abominables y despreciables, discriminamos y excluimos, sembramos miedo y odio, cerrando la puerta y expulsando de la mesa a quienes no se ajustan al rigor de las leyes, porque no hemos comprendido la grandeza del amor incondicional de Dios, que “tanto amó al mundo que envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).Pero ¿cómo van a creer, si los pastores en lugar de anunciar la paternidad entrañable de Dios les hablamos en nombre de un monstruo, al que llamamos dios, que rechaza, juzga y condena, reclamando sangre inocente. Ay de nosotros los pastores que impedimos que la misericordia de Dios llegue a todas las personas (Mt 23,13).

El profeta Jeremías nos dice que el mismo Dios reunirá a las ovejas descuidadas por los pastores, para que se fortalezcan y se reproduzcan (v 3 cf Mc 2,17; Mt 9,13; Lc 5,32; 1 Tm 1,15) y les pondrá nuevos pastores para que las cuiden (v 4) y tengan vida digna, plena y abundante (Jm 6,37-40; 10,10).

La Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, fiel a las enseñanzas de su Maestro, Jesucristo el Señor, siente una compasión profunda y una solidaridad radical, con aquellas personas que los distintos sistemas religiosos, por acción o por omisión, discriminan, excluyen, invisibilizan, culpabilizan, atentando contra sus derechos y su dignidad.

Quienes integramos la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, hemos experimentado el abrazo incondicional del Padre (Lc 15,20) y por eso queremos comunicar al mundo que el Dios revelado en Jesucristo, no es un dios justiciero sino que es Amor (1Jn 4,8). Por eso recibimos a todas y todos sin juzgar, sin condenar, sin discriminar. Las personas adictas, las prostitutas, las homosexuales, las que viven con vih, las divorciadas, las que abortaron, las que el sistema social y religioso invisibiliza, tienen una silla esperándolas para compartir la mesa en la fiesta de la vida (Mt 22,1-10).

Las pastores y los pastores de la Iglesia Antigua de Uruguay – Diversidad Cristiana, reafirmamos nuestro compromiso incondicional con el Evangelio de Jesucristo, una Buena Noticia inclusiva y liberadora para todas las personas, pero especialmente, para quienes el sistema religioso actual, vulnera en sus derechos y su dignidad (Lc 6,37).

Buena semana para todos y todas. +Julio.




martes, 14 de julio de 2015

Estudio Bíblico Mt 11,28-30 (sexta parte)




3.2. Concordancia:

En este punto, recurrimos a las concordancias en las Sagradas Escrituras, con la finalidad de encontrar el sentido que tienen en su contexto, algunas palabras que dan el contenido al mensaje originario. En este punto profundizamos en las siguientes concordancias:

-          personas fatigadas, sobrecargadas, agobiadas, cansadas;
-          yugo – carga;
-          persona mansa – paciente – humilde – justa;
-          descanso.


3.2.1.Primera concordancia: personas fatigadas – sobrecargadas – agobiadas y cansadas en las Escrituras:

Las Escrituras Hebreas, el Antiguo Testamento, revelan una opción preferencia de YHWH por las siguientes categorías del pueblo:

Am. 2,6-7:                  “Así dice el Señor: “Los de Israel han cometido tantas maldades que no dejaré de castigarlos; pues venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias. Oprimen y humillan a los pobres, y se niegan a hacer justicia a los humildes”

Jr. 30,12-13:              “El Señor dice: “Tu herida es incurable, tu mal no tiene remedio. No hay quien se ocupe de ti; no hay quien te cure las heridas, y no tienes curación”.

Is. 11,4:                      “Juzgará con justicia a los débiles y defenderá los derechos de los pobres del país. Sus palabras serán como una vara para castigar al violento, y con el soplo de su boca hará morir al malvado”.

Las autoridades debían cuidar de ellas:

Dt. 1,16-17:               “Al mismo tiempo les di a sus jueces las siguientes instrucciones: ‘Atiendan a todos y háganles justicia, tanto a sus compatriotas como a los extranjeros; y al dictar sentencia, no hagan ninguna distinción de personas: atiendan tanto a los humildes como a los poderosos, sin tenerle miedo a nadie, porque el juicio es de Dios”.

Sal. 72,12-14:           Pues él salvará al pobre que suplica y al necesitado que no tiene quien lo ayude. Tendrá compasión de los humildes y salvará la vida a los pobres. Los salvará de la opresión y la violencia, pues sus vidas le son de gran valor.

Is. 10,1-2:                  ¡Ay de ustedes, que dictan leyes injustas y publican decretos intolerables, que no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres de mi pueblo, que explotan a las viudas y roban a los huérfanos!

A la gran mayoría del pueblo empobrecido, le resultaba una carga pesada los impuestos, que siempre terminaban afectando a las personas vulnerables. A lo largo de la historia de Israel, hubieron distintas formas. En tiempos de los jueces no había ejército ni corte, por lo tanto la carga tributaria no era tan pesada, se entregaban el diezmo y las ofrendas para el mantenimiento del sacerdocio y los levitas disfrutaban de las tierras que les habían sido entregadas; esta etapa de la historia de Israel fue añorada por las distintas corrientes renovadoras. En tiempo de los reyes los recursos que se manejaban provenían de distintas fuentes, ya que había una mayor exigencia de recaudación porque debía financiarse al ejército y a la corte, por lo tanto, surgen impuestos en especies (1 Re 4,7-28 cf Am 7,1), contribuciones especiales a la accesión de un rey, la accesión es un modo de adquirir la propiedad y un derecho que se atribuye al propietario del suelo (1 Sam 10,27) o impuestos especiales en períodos de guerra (1Sam 16,20; 17,18), impuestos a los pueblos sometidos en la guerra (2 Sam 8,6.14; 1 Re 10,15; 2 Re 3,4; Jue1,28-30) y levas, es decir, reclutamiento obligatorio para servir en el ejército (1 Re 9,20-22). Con el rey David no hubo una carga tributaria pesada, repartió a los hombres capaces de ir a la guerra en doce grupos de veinticuatro mil cada uno y estos debían servir un mes al año (1 Cro 27,1), en cambio con el rey Salomón la carga tributaria fue excesivamente pesada, no solo para mantener el ejército y la corte, sino las obras que se emprendieron (1 Re 12,4). Pero también, cuando Israel era sometido por otro reino, el pueblo era obligado a pagar tributo y financiar gastos de su propio gobierno cf Diccionario Bíblico –en bibliografía- y Mesters C: “Con Jesús a contramano en defensa de la Vida” –en bibliografía.

La situación no era fácil para las personas necesitadas, empobrecidas y en situación de miseria, integrantes del pueblo oprimido, doblegadas y hambrientas, explotadas laboralmente, exiliadas e inmigrantes, huérfanas y viudas, agobiadas por los impuestos al imperio y los tributos al templo, afligidas por el poder de personas poderosas, malvadas y ricas de la ciudad, los textos que siguen a continuación nos brindan un panorama al respecto:

Dt. 14,28-29:             “Cada tres años deberán ustedes apartar la décima parte de su cosecha del año, y almacenarla en su ciudad, para que cuando vengan los levitas, a quienes no les ha tocado tener su propia tierra, o los extranjeros que viven entre ustedes, o los huérfanos y las viudas, puedan comer hasta quedar satisfechos. Así el Señor su Dios los bendecirá en todo lo que hagan”.

Es importante diferenciar entre el diezmo para el mantenimiento del sacerdocio (Dt 12,5-6), en el caso del versículo que acabamos de citar es para las prácticas de justicia social (cf Dt 15,4; 26,12-15).

Dt. 15,11:                   “Nunca dejará de haber necesitados en la tierra, y por eso yo te mando que seas generoso con aquellos compatriotas tuyos que sufran pobreza y miseria en tu país” (cf Mt 26,11; Mc 14,7; Jn 12,8).

Dt. 24,17-18:             “No cometan ninguna injusticia con los extranjeros ni con los huérfanos, ni tampoco tomen en prenda la ropa de las viudas. No olviden que ustedes fueron esclavos en Egipto, y que el Señor su Dios los sacó de allí; por eso les ordeno que cumplan todo esto” (cf Ex. 22,21; 23,9; Lv. 19,33-34; Dt. 24,17-18; 27,19).

Ester 9,20-22:           “Mardoqueo puso por escrito estos acontecimientos, y envió cartas a todos los judíos que habitaban en las provincias del reino de Asuero, tanto cercanas como lejanas, ordenándoles que cada año celebraran los días catorce y quince del mes de Adar como los días en que los judíos se deshicieron de sus enemigos, y como el mes en que la tristeza y los gritos de dolor se cambiaron para ellos en alegría y fiesta. Estos días deberían celebrarse con banquetes y alegría, haciéndose regalos unos a otros y dando limosnas a los pobres”.

2Sam. 12,1-4:           “El Señor envió al profeta Natán a ver a David. Cuando Natán se presentó ante él, le dijo: —En una ciudad había dos hombres. Uno era rico y el otro pobre. El rico tenía gran cantidad de ovejas y vacas, pero el pobre no tenía más que una ovejita que había comprado. Y él mismo la crió, y la ovejita creció en compañía suya y de sus hijos; comía de su misma comida, bebía en su mismo vaso y dormía en su pecho. ¡Aquel hombre la quería como a una hija! Un día, un viajero llegó a visitar al hombre rico; pero este no quiso tomar ninguna de sus ovejas o vacas para preparar comida a su visitante, sino que le quitó al hombre pobre su ovejita y la preparó para dársela al que había llegado”.

2Re. 25,11-12:         “Luego Nebuzaradán llevó desterrados a Babilonia tanto a los que aún quedaban en la ciudad como a los que se habían puesto del lado del rey de Babilonia, y al resto de los artesanos. Solo dejó a algunos de entre la gente más pobre, para que cultivaran los viñedos y los campos” (cf Sab 15,4).

1Re. 17,8-24:            “Entonces el Señor le dijo a Elías: “Levántate y vete a la ciudad de Sarepta, en Sidón, y quédate a vivir allá. Ya le he ordenado a una viuda que allí vive, que te dé de comer.” Elías se levantó y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba recogiendo leña. La llamó y le dijo: —Por favor, tráeme en un vaso un poco de agua para beber. Ya iba ella a traérselo, cuando Elías la volvió a llamar y le dijo: —Por favor, tráeme también un pedazo de pan. Ella le contestó: —Te juro por el Señor tu Dios que no tengo nada de pan cocido. No tengo más que un puñado de harina en una tinaja y un poco de aceite en una jarra, y ahora estaba recogiendo un poco de leña para ir a cocinarlo para mi hijo y para mí. Comeremos, y después nos moriremos de hambre. Elías le respondió: —No tengas miedo. Ve a preparar lo que has dicho. Pero primero, con la harina que tienes, hazme una torta pequeña y tráemela, y haz después otras para ti y para tu hijo. Porque el Señor, Dios de Israel, ha dicho que no se acabará la harina de la tinaja ni el aceite de la jarra hasta el día en que el Señor haga llover sobre la tierra. La viuda fue e hizo lo que Elías le había ordenado. Y ella y su hijo y Elías tuvieron comida para muchos días. No se acabó la harina de la tinaja ni el aceite de la jarra, tal como el Señor lo había dicho por medio de Elías. Algún tiempo después cayó enfermo el hijo de la viuda, y su enfermedad fue gravísima, tanto que hasta dejó de respirar. Entonces la viuda le dijo a Elías: —¿Qué tengo yo que ver contigo, hombre de Dios? ¿Has venido a recordarme mis pecados y a hacer que mi hijo se muera? —Dame acá tu hijo —le respondió él. Y tomándolo del regazo de la viuda, lo subió al cuarto donde él estaba alojado y lo acostó sobre su cama. Luego clamó al Señor en voz alta: “Señor y Dios mío, ¿también has de causar dolor a esta viuda, en cuya casa estoy alojado, haciendo morir a su hijo?” Y en seguida se tendió tres veces sobre el niño, y clamó al Señor en voz alta: “Señor y Dios mío, ¡te ruego que devuelvas la vida a este niño!” El Señor atendió a los ruegos de Elías, e hizo que el niño reviviera. Inmediatamente Elías tomó al niño, lo bajó de su cuarto a la planta baja de la casa y lo entregó a su madre, diciéndole: —¡Mira, tu hijo está vivo! Y la mujer le respondió: —Ahora sé que realmente eres un hombre de Dios, y que lo que dices es la verdad del Señor”.

Job 24,4-11:              “Los malvados cambian los linderos de los campos, roban ovejas para aumentar sus rebaños, despojan de sus animales a los huérfanos y las viudas. Apartan a los pobres del camino, y la gente humilde tiene que esconderse. Los pobres, como asnos salvajes del desierto, salen a buscar con trabajo su comida, y del desierto sacan alimento para sus hijos. Van a recoger espigas en campos ajenos o a rebuscar en los viñedos de los malos. Pasan la noche sin nada con que cubrirse, sin nada que los proteja del frío. La lluvia de las montañas los empapa, y se abrazan a las rocas en busca de refugio. Les quitan a las viudas sus recién nacidos, y a los pobres les exigen prendas. Los pobres andan casi desnudos, cargando trigo mientras se mueren de hambre. Mueven las piedras del molino para sacar aceite; pisan las uvas para hacer vino, y mientras tanto se mueren de sed” (cf. Prov. 14,31; 17,5; 19,4-7.17, Dt. 15,11).

Eclo. 13,20-24:         “El orgulloso detesta al humilde, y el rico detesta al pobre. Si el rico tropieza, sus amigos lo sostienen, pero si tropieza el pobre, sus amigos lo empujan. Habla el rico, y muchos lo apoyan, y aunque hable mal, les parece muy bien. Se equivoca el pobre, y se burlan de él, y aunque hable con sensatez, nadie le hace caso. Habla el rico, y todos se callan y ponen por las nubes su talento. Habla el pobre, y preguntan: “¿Quién es ese?” Y si tropieza, todavía le dan un empujón. Buena es la riqueza conseguida honradamente, y mala es la pobreza fruto del orgullo”

Am. 2,6-7:                  “Así dice el Señor: “Los de Israel han cometido tantas maldades que no dejaré de castigarlos; pues venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias. Oprimen y humillan a los pobres, y se niegan a hacer justicia a los humildes” (cf Am 4,1).

YHWH toma partido por este tipo de personas ante la falta de respuesta del sistema político y del sistema religioso:

Dt. 10,18-19:             “…él es el Dios soberano, poderoso y terrible, que no hace distinciones ni se deja comprar con regalos; que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama y da alimento y vestido al extranjero que vive entre ustedes” (cf Ex. 22,22-24; Dt. 10,17-18; Sal. 68,5; 103,6; 146,9; Eclo 4,10; Lc. 1,53).

Ex. 22,21-24:            “No maltrates ni oprimas al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto. “No maltrates a las viudas ni a los huérfanos, porque si los maltratas y ellos me piden ayuda, yo iré en su ayuda, y con gran furia, a golpe de espada, les quitaré a ustedes la vida. Entonces quienes se quedarán viudas y huérfanos serán las mujeres y los hijos de ustedes. “Si le prestas dinero a alguna persona pobre de mi pueblo que viva contigo, no te portes con ella como un prestamista, ni le cobres intereses”.

1Sam. 2,8;                 “Dios levanta del suelo al pobre y saca del basurero al mendigo, para sentarlo entre grandes hombres y hacerle ocupar un lugar de honor” (cf Sal. 34,6; 107,41; 109,31; 113,7)

Is. 9,3:                        “Porque tú has deshecho la esclavitud que oprimía al pueblo, la opresión que lo afligía, la tiranía a que estaba sometido. Fue como cuando destruiste a Madián”.

Is. 25,4:                      “Porque tú has sido un refugio para el pobre, un protector para el necesitado en su aflicción, refugio contra la tempestad, sombra contra el calor”.

Is. 61,1-3:                  “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado; me ha enviado a dar buenas noticias a los pobres, a aliviar a los afligidos, a anunciar libertad a los presos, libertad a los que están en la cárcel; a anunciar el año favorable del Señor… Me ha enviado a consolar a todos los tristes, a dar a los afligidos de Sión una corona en vez de ceniza, perfume de alegría en vez de llanto, cantos de alabanza en vez de desesperación”.

El texto isaiano presenta la liberación de las personas oprimidas y la inclusión de las personas excluidas como un año especial, comparable al sabático (Ex. 21,2; Dt. 15,1) o al jubilar (Lv. 25,8-16); cf. Mt. 11,5; Lc.,18-19; 7,2.

En las Escrituras Cristianas, el Nuevo Testamento, también Jesús toma partido por estos grupos de personas oprimidas y excluidas, abandonadas por el sistema político y el sistema religioso.

Mc. 12,38-40:            “Jesús decía en su enseñanza: “Cuídense de los maestros de la ley, pues les gusta andar con ropas largas y que los saluden con todo respeto en las plazas. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los mejores lugares en las comidas; y despojan de sus bienes a las viudas, y para disimularlo hacen largas oraciones”.

También en tiempos de Jesús, se producía el despojo de las personas vulnerables y empobrecidas, generalmente por deudas o por impuestos impagos. Los tributos que se pagaban en tiempos de Jesús eran impuestos directos e indirectos. Los primeros afectaban las propiedades y las personas:

-          Tributum soli: se aplicaba a la propiedad dependiendo del tamaño de la misma, a la producción que se obtuviera en esa propiedad y al número de esclavos y esclavas afectados a esa propiedad. Los funcionarios gubernamentales controlaban estos tres aspectos y establecían los montos que se debían pagar. Una de las formas de controlar eran los censos a través de los cuales, también, se actualizaban los impuestos.

-          Tributum capitis: se aplicaba a las personas entre 12 y 65 años que no poseyeran tierras. Era un impuesto al trabajo y correspondía al 20% del ingreso por salario recibido.

Los segundos afectaban a las transacciones:

-          Corona de oro: si bien comenzó siendo un regalo al emperador, con el paso del tiempo se convirtió en un impuesto obligatorio que se recaudaba en ocasiones especiales como fiestas y visitas del emperador a determinada región.

-          Impuesto sobre la sal: este tributo era monopolio absoluto del emperador y se aplicaba sobre el uso comercial no el doméstico.

-          Impuesto a la compra venta: era aplicado a cada transacción comercial a través de funcionarios del imperio en las ferias para el cobro de dicho tributo, por ejemplo, para la compraventa de un esclavo se cobraba un 4%.

-          Impuesto de registro: se aplicaba a los contratos comerciales y generalmente era un 2% del monto.

-          Impuesto al ejercicio profesional: toda actividad era regulada mediante una habilitación o permiso (artesanos, carpinteros, pescadores, alfareros, tejedores de redes, prostitutas, etc.).

-          Impuesto para el uso de cosas de utilidad pública: el emperador Vespaciano, por ejemplo, aplica impuestos por el uso de los baños públicos en Roma.

Pero también existían otras formas de recaudación:

-          Peajes o aduanas: eran puestos donde estaban apostados publicanos para la recaudación sobre la circulación de mercaderías y había la presencia de soldados como forma de persuasión para quienes pretendían evitarlos.

-          Trabajos forzados: el imperio podía obligar a las personas a realizar un servicio durante 5 años.

-          Gastos especiales para el ejército: las ciudades, poblados o aldeas estaban obligadas a hospedar a los soldados del imperio y el campesinado pagaba en producción para el sustento de los soldados.

A esto sistema de tributos, en tierras de Jesús se sumaban los aportes para el sistema religioso que imponía la ley mosaica:

-          Shekalim: era el impuesto para el mantenimiento del templo de Jerusalén.

-          el Diezmo: era un impuesto para el mantenimiento del sacerdocio judío.

-          las Primicias: era un impuesto para el mantenimiento del culto.

Esta pesada carga tributaria que beneficiaba al imperio, al gobierno y al templo hacía muy difícil la vida de las personas asalariadas, las desvalidas y del campesinado empobrecido que eran vulneradas al punto de endeudarse con prestamistas, o sus de expropiarles sus propiedades o de venderse como esclavos para saldar deudas  (cf. Diccionario Bíblico y MESTERS, C: “Con Jesús a contramano en defensa de la Vida”).

Jesús exige a quienes quieren ser sus discípulos y discípulas, solidaridad con estas personas:

Mt. 19,16:                  “Un joven fue a ver a Jesús, y le preguntó: —Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para tener vida eterna? Jesús le contestó: —¿Por qué me preguntas acerca de lo que es bueno? Bueno solamente hay uno. Pero si quieres entrar en la vida, obedece los mandamientos. —¿Cuáles? —preguntó el joven. Y Jesús le dijo: —‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie, 19honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.’ —Todo eso ya lo he cumplido —dijo el joven—. ¿Qué más me falta? Jesús le contestó: —Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme”.

Jesús las pone como ejemplo de generosidad y las llama felices:

Mc. 12,42-44             “Jesús estaba una vez sentado frente a los cofres de las ofrendas, mirando cómo la gente echaba dinero en ellos. Muchos ricos echaban mucho dinero. En esto llegó una viuda pobre, y echó en uno de los cofres dos moneditas de cobre, de muy poco valor. Entonces Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo: —Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

Lc. 6,20-21:               “Jesús miró a sus discípulos, y les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, pues de ustedes es el reino de Dios”.

En este pasaje, como en otros muchos de los evangelios, Lucas no se refiere al grupo de los Doce sino a los muchos hombres y mujeres que lo seguían durante su ministerio.

Jesús retoma las enseñanzas de las  Escrituras Hebreas y reafirma que YHWH toma partido por este tipo de personas haciéndoles justicia:

Lc. 16,19-31:             “Había un hombre rico, que se vestía con ropa fina  y elegante y que todos los días ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro, que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este pobre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico;  y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día el pobre murió, y los ángeles lo llevaron a sentarse a comer  al lado de Abraham. El rico también murió, y fue enterrado. “Y mientras el rico sufría en el lugar adonde van los muertos,  levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro sentado a su lado. Entonces gritó:  ‘¡Padre Abraham, ten lástima de mí! Manda a Lázaro  que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar  mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego.’ Pero Abraham le contestó:  ‘Hijo, acuérdate que en vida tú recibiste tu parte  de bienes, y Lázaro su parte de males. Ahora él recibe  consuelo aquí, y tú sufres. Aparte de esto, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes; de modo  que los que quieren pasar de aquí allá, no pueden, ni de allá tampoco pueden pasar aquí.’ “El rico dijo: ‘Te suplico entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a la casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos, para que les llame la atención, y así  no vengan ellos también a este lugar de tormento.’ Abraham dijo: ‘Ellos ya tienen lo escrito por Moisés  y los profetas: ¡que les hagan caso!’ El rico contestó: ‘Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece, ellos se convertirán.’ Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés  y a los profetas, tampoco creerán aunque algún  muerto resucite’”.          

También las primeras Comunidad de discípulos y discípulas de Jesús se preocupaba por ayudar a las personas pobres promoviendo la solidaridad y la inclusión:

Rom. 15,25:              “Pero ahora voy a Jerusalén, a llevar ayuda a los hermanos de allí”.

1Tim. 5,3:                  “Ayuda a las viudas que no tengan a quien recurrir”.

Sant. 1,27:                “La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo” (cf Is. 1,16-17; Eclo 4,10).

Sant. 2,2-6:               “Ustedes, hermanos míos, que creen en nuestro glorioso Señor Jesucristo, no deben hacer discriminaciones entre una persona y otra. Supongamos que ustedes están reunidos, y llega un rico con anillos de oro y ropa lujosa, y lo atienden bien y le dicen: “Siéntate aquí, en un buen lugar”, y al mismo tiempo llega un pobre vestido con ropa vieja, y a este le dicen: “Tú quédate allá de pie, o siéntate en el suelo”; entonces están haciendo discriminaciones y juzgando con mala intención” (cf Sant 1,9-10, Prov 22-23; Am 8,4-7).

Muchas de estas personas a las que hace referencia Santiago, son elegidas por YHWH que les confía misiones importantes en la historia del pueblo (Jue. 6,15; cf. 1Co. 25,31; Gn. 25,33; 1Sam. 2,1-10; 10,17-24; 16,1-13; Jd. 9,1-5; Esd. 9,5; Sal. 9; 57,5; Rom. 9,10-13).

Esta es la clave de la solidaridad que exigía reproducir la experiencia liberadora, así como YHWH liberó de la opresión al pueblo, éste debe liberar a sus integrantes reproduciendo el modelo solidario del actuar divino:

Dt 15,12-15:              “Si alguno de tus compatriotas hebreos, sea hombre o mujer, se vende a ti como esclavo, solo te servirá seis años; al séptimo año lo dejarás en libertad. Y cuando lo despidas, no lo dejarás ir con las manos vacías, sino que le darás animales de tu rebaño y mucho trigo y vino; es decir, compartirás con él los bienes que el Señor tu Dios te haya dado. No olvides que también tú fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te dio libertad. Por eso ahora te doy esa orden” (cf Dt 24,2).


continua el capítulo de las concordancias.

domingo, 12 de julio de 2015

Los signos del reinado de Dios irrumpiendo en la historia humana



8º Domingo después de Pentecostés.
Mc 6,6-16


1.    El texto en su contexto:

Jesús regresó a Nazaret (6,1) y desde allí continuó su actividad misionera recorriendo aldeas cercanas (vesículo 6).

El centro de la predicación de Jesús es el acercamiento del reinado de Dios (1,15) que se comunica gratuitamente (Mt 10,8) manifestando la paternidad divina (14,36). Una paternidad universal, alcanzando a todos los seres humanos, en todas partes y en todos los tiempos, pero que sin lugar a dudas privilegia a quienes más necesitan dicha paternidad por su situación de vulnerabilidad. De ahí la urgencia de Jesús por devolver derechos y dignidad a aquellas personas que se encontraban postergadas, en una sociedad tan desigual, como lo era en aquel entonces.

Las acciones de Jesús hacen presente el Reinado de Dios en la historia del pueblo y de la humanidad. Toda la audiencia de Jesús sabían de qué estaba hablando cuando anunciaba la Buena Noticia del Reinado de Dios, sin embargo se encargó de purificar la idea y reinterpretarla.

Estas acciones de Jesús, manifiestan la irrupción del Reinado de Dios en la historia humana, anunciada en el profeta Isaías (26,9; 29,18; 35,5-6; 42,7; 61,1); es la manifestación de la misericordia divina (Mt 9,12; 21,28-32; 22,1-10; Lc 7,36-50; 15; 18,9-14) y del poder divino en la limitación humana (Mt 11,6) vendando heridas (Is 30,26), sanando y conduciendo al pueblo (Is 57,18).

Estas acciones de Jesús, manifiestan, también, la liberación y reunificación del Pueblo de Dios; es decir que realiza los milagros como signo de la liberación de personas concretas y de la humanidad creyente y de la inclusión en la comunidad mesiánica de aquellas personas que fueron excluidas: cura al endemoniado de Cafarnaúm (Mc. 1,21-28), a la suegra de Pedro (Mc. 1,29-31), realiza numerosas curaciones y expulsiones de demonios (Mc. 1,32-34), cura a un leproso en Galilea (Mc. 1,40-45), a un paralítico en Cafarnaúm (Mc. 2,1-12), en la sinagoga a un hombre con la mano paralizada (Mc. 3,1-6), expulsa los demonios de un hombre en Gerasa (Mc. 5,1-20), cura a una mujer que padecía hemorragias (Mc. 5,21-34), resucita a la hija de Jairo (Mc. 5,35-43), realiza numerosas curaciones en Genesaret (Mc. 6,53-56), cura a la hija de una mujer en Tiro (Mc. 7,24-30) y a un sordo mudo en Decápolis (Mc. 7,31-37), a un ciego en Betsaida (Mc. 8,22-26), a un hombre epiléptico (Mc. 9,14-29) y al ciego de Jericó (Mc. 10,46-52). Estos signos nos remiten directamente a la imagen de un nuevo éxodo de personas elegidas, liberadas y convocadas a formar un nuevo pueblo de Dios bajo la figura de un nuevo Moisés (Dt. 18,15-19): la comunidad escatológica en la que Jesús se empeña en formar, reuniendo y restaurando a Israel (Is. 61,1-9). Los milagros son la nueva creación de Dios, una creación reconciliada y que da testimonio de la escatología (Mt. 7,24; 9, 6-8).

Estas acciones de Jesús, manifiestan el triunfo de Dios sobre el mal; los milagros son los signos de la irrupción del Reinado de Dios en la historia y la derrota del mal (Mt. 12,28) y no sólo tienen que ver con aspectos espirituales sino con la liberación integral del ser humano en su totalidad y en todas sus dimensiones como ser bio-psico- social-cultural (Mc. 1,32-34; 5,1-20). Los signos obrados por Jesús son el establecimiento de un nuevo pacto entre Dios y la Humanidad representada en el Pueblo de Dios (Mt. 11,5-6).

Los doce estaban con Él en Nazaret. Jesús los llamó y los envió de dos en dos (versículo 7). Su misión era hacer presente los signos del reinado de Dios en medio del pueblo (versículos 12-13), algo que ya habían visto y oído junto a Jesús.


2.    El texto en nuestro contexto:

Las comunidades eclesiales somos enviadas, como los apóstoles, a continuar la obra de Jesucristo. También nuestra sociedad es desigual y para esta sociedad del siglo XXI tenemos la misma noticia de aquella época:

-       Dios irrumpe en la historia humana haciéndose Dios con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras, Emanuel (Is 7,14; Jn 1,14),

-       Dios libera e incluye en una comunidad de iguales, restituyendo derechos y dignidad a todas personas, en todos los lugares (Dt 18,15-19; Is 61,1-9),

-       Dios derrota el mal en todas sus formas de expresión, la injusticia, la insolidaridad, la invisibilidad, la deshumanización, la discriminación, la exclusión, la opresión (Lc 4,18-21).
Las comunidades eclesiales somos enviadas, como los apóstoles, a continuar trabajando por una comunidad de iguales. Jesucristo llamó a la gente al discipulado, de los más diversos sectores de la sociedad y cultura formando desde la diversidad una comunidad de iguales (Mc. 1,16-20; 2,13-14; 3,13-19). En el círculo de la primera comunidad hubo publicanos (colaboracionistas con el ejército de ocupación) y zelotes (revolucionarios violentos enfrentados a Roma), personas pobres y ricas, provenientes del campo y residentes en las ciudades, de Galilea y de Jerusalén, empresarios (comerciantes y pescadores) e integrantes del Sanedrín. La Iglesia del siglo XXI está llamada a derribar los escalones que durante siglos hemos construido para colocar a unas personas sobre otras; es necesario volver a las raíces de la comunidad apostólica, como Jesucristo, tenemos el desafío de purificar la idea del Reinado de Dios, en nuestro sociedad y cultura contemporáneas y reinterpretarla, para que la Buena Noticia sea entendible a la gente de nuestro tiempo.

Buena semana a todos y todas. +Julio.



domingo, 5 de julio de 2015

Discípulos incrédulos





7º Domingo después de Pentecostés.
Mc 6,1-6


1.    El texto en su contexto:

El relato evangélico nos sitúa en uno de los regresos de Jesús a su aldea Nazaret y a su casa (versículo 1). El día sábado, como todos los creyentes judíos, Jesús fue a la sinagoga de Nazaret. Como era costumbre, cualquier varón competente podía ser invitado a explicar las Escrituras en la reunión (cf Lc 4,16-21; Hch 13,14-15) y así sucedió con Jesús (versículo 2).

Los versículos 2b-3 presentan la incredulidad de los creyentes. Quienes estaban en la reunión eran varones de la aldea, sus vecinos y conocidos, seguramente algunos parientes. Le habían visto crecer, conocían su historia, seguramente Jesús habría trabajado para muchos de ellos, el vocablo griego que se traduce comúnmente por carpintero también significa albañil, por lo tanto Jesús habría trabajado o colaborado en la construcción o arreglo de sus casas. Estos hombres, judíos de fe que estaban en la sinagoga, cuestionan a Jesús, les cuesta creer en él.  Para ellos, era más sencillo seguir creyendo en el Mesías prometido, alimentando la esperanza en el que cambiaría sus destinos, sin darse cuenta que el Mesías estaba entre ellos invitándoles a ser protagonistas en los cambios.

Tanta incredulidad interpela a Jesús que concluye citándoles un proverbio sobre el rechazo de los profetas en su propia tierra (versículo 4 cf Mt 13,57; Lc 4,24; Jn 4,44) entre sus parientes y en su propia casa. Esta respuesta de Jesús deja entrever que tampoco su familia lo aceptó. De hecho, la relación con su madre fue tensa, ella consideró que estaba loco (Mt 12,47-49; Mc 3,20-21.31-34).

Jesús quedó asombra de la falta de fe de sus parientes y vecinos (versículo 6).


2.    El texto en nuestro contexto:

Aquellos hombres de Nazaret de Galilea no son tan diferentes que muchos de nosotros y muchas de nosotras, hombres y mujeres de fe, cristianos y cristianas que nos congregamos semanalmente en los templos: metodistas, valdenses, luteranos, anglicanos, episcopales, católicos, pentecostales …

Hoy nos reunimos para celebrar nuestra fe. En unos templos celebrarán la Misa, en otros la Santa Cena, en otros hablarán en lenguas, en otros harán sanaciones, en otros se predicará y orará, en otros se harán avivamientos, en otros rezarán el rosario, como los judíos de la sinagoga de Nazaret, cumpliremos con los ritos establecidos y en el mejor de los casos, pediremos a  Dios por las personas enfermas, las presas, las que sufren, las que pasan hambre, las que están solas, las que sienten frío … Sin embargo, nada nos diferencia de aquellos nazarenos incrédulos que no aceptaron a Jesús. Él nos enseñó que antes de realizar estos ritos sagrados nos reconciliemos entre nosotros y nosotras (Mt 5,23-26) y que es más importante practicar la solidaridad que los ritos cúlticos (Mt 9,13 cf Os 6,6).

Hoy muchas personas pondrán su fe en la segunda venida del Señor, otras le adorarán en el sacramento eucarístico, sin embargo, dejarán pasar de largo a quienes están vulnerados en sus derechos y su dignidad (Mt 25,31-46) sin descubrir en esas personas el Dios encarnado que les sale al encuentro.

El evangelio de hoy nos interpela, nos desafía a creer como creyó Jesús, a orar como oró Jesús, a trabajar por la inclusión social como trabajó Jesús, a aceptar a la otra persona, sin juicios y sin prejuicios, como la aceptó Jesús, a anunciar que otra iglesia es posible y necesaria, otra sociedad es posible y necesaria, otro mundo es posible y necesario, donde todas las personas, en todas partes y en todos los tiempos, tengan los mismos derechos y la misma dignidad. En nosotros y nosotras está la decisión de sumarnos al proyecto de Jesús que no es otra cosa que el anuncio del Reinado de Dios en nuestras vidas, en nuestra historia y en nuestro mundo o quedarnos como sus parientes y vecinos nazarenos, cuestionándolo a Él, en quienes hoy asumieron su obra.


Buena semana para todas y todos. +Julio.