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domingo, 13 de diciembre de 2015

Alégrense, porque Dios les hace justicia



Tercer Domingo del Tiempo de Esperanza
Ciclo C – Sofonías 3,14-20



1.    El texto en su contexto:

La última parte del libro de Sofonías presenta un mensaje de esperanza y alegría, la restauración y salvación para los sobrevivientes del pueblo, es decir, el resto fiel (3,9-20), dividiéndose el mensaje en dos partes: el canto de alegría por Jerusalén (14-18): un himno de alabanza a Dios que reina en Jerusalén y la promesa del retorno del pueblo desterrado (18b–20): una alusión al retorno de Israel luego de haber sido deportado a Babilonia y transcurrir varios años de exilio (cf Miq 4,6-7).

El centro del mensaje profético es el gozo y la alegría porque Dios reina en medio de su pueblo, haciendo justicia a las personas vulneradas:
¡Canta, ciudad de Sión!
¡Da voces de alegría, pueblo de Israel!
¡Alégrate, Jerusalén,
alégrate de todo corazón! (v 14).

El motivo de este gozo es que Dios salvará al pueblo de la esclavitud en que se encontraba en Babilonia. Los profetas anteriores al exilio, anunciaban que Israel estaba siendo juzgado por Dios y que debía recibir el justo castigo por sus pecados, fundamentalmente por la idolatría y la injusticia social (Is 5,1-7; Jer 17,1-4; Os 4,1-3; Am 2,6-16). Sin embargo, los profetas posteriores al exilio, anuncian que la deportación a Babilonia y la situación de esclavitud, sacados por la fuerza de la tierra de la promesa, alejados de la ciudad santa y del Templo, fue un castigo más que suficiente y ahora comienza el tiempo de perdón y restauración (Is 43,25; 46,13):
“hablen con cariño a Jerusalén
y díganle que su esclavitud ha terminado,
que ya ha pagado por sus faltas,
que ya ha recibido de mi mano
el doble del castigo por todos sus pecados” (Is 40,2 cf Os 2,14(16).

Jerusalén representa a todo el pueblo de Israel (Is 40,9; 49,14; 51,16; 52,2). La esclavitud significa un tiempo duro y con privaciones (Job 7,1; 14,14). Lo experimentado en el destierro fue más que suficiente (Jer 16,18; Ap 18,6). Por eso Dios retira su sentencia, perdona, justifica, libera, restaura (v 15).

La alegría por la presencia de Dios en medio del pueblo es una figura que se repite en los anuncios proféticos (v 15b cf Is 12,6; Zac 9,9), fortaleciendo a las personas debilitadas por la injusticia (v 16):
“Fortalezcan a los débiles,
den valor a los cansados,
digan a los tímidos:
¡Ánimo, no tengan miedo!
¡Aquí está su Dios para salvarlos,
y a sus enemigos los castigará como merecen!” (Is 35,3-4 cf 41,14-16).

El poder de Dios en medio del pueblo afligido, oprimido, excluido es fuerza de salvación y manifestación de su amor (v 17-18) y promesa de restauración:
“Yo te libraré entonces del mal que te amenace,
de la vergüenza que pese sobre ti” (v 18).
Donde en las personas discriminadas, oprimidas, excluidas será restablecida su dignidad y sus derechos (Is 40,11; Ez 34,11-16; Miq 4,6-7; Jn 10,7-16):
“Ayudaré a la oveja que cojea
y recogeré a la extraviada;
convertiré en honor y fama,
en toda la tierra,
los desprecios que les hicieron” (v 19).
Es la promesa de justicia, Dios tomará partido por aquellas personas vulneradas en sus derechos y su dignidad; estas personas dejan de ser invisibilizadas para transformase en bendición para otras (v 20 cf Gn 12,2-3; Zac 10,8-12).


2.    El texto en nuestro contexto:

El mensaje profético de gozo y alegría por la restauración de la justicia sigue teniendo toda su vigencia en el siglo XXI.

Nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua – Diversidad Cristiana, sentimos que el Señor nos llama y envía a llevar un mensaje de esperanza y de alegría a todas las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, pero de una forma preferencial a aquellas, que los sistemas religiosos juzgan, condenan y expulsan, aunque hipócritamente afirman que “odian al pecado pero aman a la persona pecadora”.

Nos sentimos la voz de Dios que se levanta en esta sociedad injusta y en esta cultura hipócrita, para afirmar que “Dios no hace diferencia entre las personas” (Hch 10,34), que todas las personas son llamadas e incluidas en la casa y en la mesa del Señor (Mt 22,1-14) y que Él les comunica vida digna, vida plena y vida abundante (Jn 10,10).

Las personas divorciadas y vueltas a casar, los gays, las lesbianas, las personas bisexuales y trans, las de dudosa reputación, las mujeres que abortaron, las personas trabajadoras sexuales, todas las personas rechazadas por el sistema religioso, culpabilizadas, juzgadas, condenas, demonizadas e invisibilizadas ya pagaron con creces su “ser diferentes”; angustias, depresiones, abandonos, culpa y hasta suicidio por el estigma que el sistema religioso puso sobre ellas. Ya basta! Dios mismo, en su infinito amor, se hace Emmanuel (Is 7,14), Dios con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras (Mt 1,23) no para juzgar sino para sanar, restaurar y dignificar (Jn 12,47).

Nuestro mensaje es claro, es sencillo, es el mismo mensaje de Jesús compadecido por las necesidades humanas (Mc 6,34; Mt 9,36):
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.” (Lc 4,18-19)

En este tercer domingo del Tiempo de Esperanza, nos comprometemos como Iglesia de Jesucristo, a continuar su misión entre aquellas personas que el sistema religioso expulsó, anunciando esperanza a aquellas personas que rechazan la religión porque ella las rechazó primero, proclamando la alegría de la predilección de Dios de Jesús ante la culpa generada por el dios justiciero y cruel de algunos cristianos, testificando que otra sociedad es posible y otra Iglesia necesaria, acogedora, sanadora, contenedora e inclusiva para todos y todas, basada en la ética del Evangelio de Jesucristo y no en los dogmas, las doctrinas y los magisterios humanos.

Buena y alegre semana para todos y todas +Julio.




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