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domingo, 2 de agosto de 2015

Tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo único




11º Domingo después de Pentecostés
Jn 6,24-55



Este texto del Evangelio de Juan no tiene paralelos en los Evangelios sinópticos. Es un midrash sobre Ex16,15 y el Salmo 18,24.


1.    El texto en su contexto:

La semana pasada, el relato evangélico nos traía la multiplicación de los panes y los peces (6,1-15). Esta semana narra los hechos surgidos a partir de ese episodio.

La gente, maravillada por la multiplicación de los panes sigue a Jesús como otro profeta similar a Moisés, que les proveerá de comida y de liberación (versículos 24-26). Jesús dialoga con las personas que le siguen en torno al tema de la “obra”. Un término que para la gente, al igual que para el judaísmo religioso significaba las obras religiosas, pero que Jesús da un nuevo contenido que es la fe (versículos 27-29). Sin embargo, la gente sigue exigiendo una señal, quiere que Jesús actúe como Moisés proveyendo el maná y la liberación (Ex 16,4.15, Sal 78,24), pero Jesús deposita la acción den Dios no en Moisés (Dt 8,3) y por otra parte, el mayor interés de Jesús es aplicar el texto bíblico a su situación presente (versículos 32-33). El episodio finaliza con la afirmación de Jesús: “yo soy el pan de vida”. Se presenta como el maná que se da al final de los tiempo, cuando Dios transforme el mundo e inaugure su reinado (versículos 35-40).


2.    El texto en nuestro contexto:

Este texto midráshico del Evangelio de Juan nos presenta dos temas para la reflexión a las iglesias del siglo XXI.

En primer lugar, realizar la obra de Dios que es creer en Jesucristo (versículos 28-29). Por la fe se obtiene el privilegio de la filiación divina (1,12). Creer es la única respuesta posible a la acción salvadora de Dios. Por la fe se entra a la dimensión del Reino (3,14-16; 6,40; 11,25-26; 20,31). Una Iglesia que no tiene a Jesucristo como el centro de su experiencia de fe no sirve para nada. Una Iglesia que no sigue radicalmente en Jesucristo no sirve para nada. Creer y seguir son inseparables. Por eso, nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua no rendimos culto a otro que no sea Jesucristo y le seguimos como Camino que conduce a la Vida (Jn 14,6) plena, digna y abundante a la que llamamos Reino (Jn 10,10). Respetamos a otras tradiciones eclesiales, que integran a su experiencia de fe, otras mediaciones. Nos parece en algunos casos, un riesgo muy grande para la fe católica y apostólica, más cuando presenciamos personas bien intencionadas que por fervor y pasión llegan a límites extremos en la veneración de los santos y las santas, incluso de la Madre de Dios, al punto de llamarla “corredentora” o “mediadora de todas las gracias”. Hermanos, hermanas, nada más alejando del Evangelio, Jesucristo es el centro de nuestra experiencia de fe, el único mediador entre Dios y la humanidad (1 Tm 2,5).

En segundo lugar, reconocer en Jesucristo la razón de nuestra existencia personal y eclesial. Por eso, nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua reconocemos en Jesucristo el pan (6,35), la luz (10,12), la puerta de acceso (10,7.9), la vida (11,25), el camino (14,6) y la verdad (14,6). En sus palabras y en sus acciones, encontramos todo lo necesario para el encuentro pleno con Dios, porque él es Dios con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras (Mt 1,23 cf Is 7,14). Como Iglesia, existimos por Cristo, con Cristo y en Cristo y ese es nuestro testimonio a la sociedad actual; no pretendemos dar testimonio de otro que no sea Él, porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Buena semana para todos y todas. +Julio.








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