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domingo, 19 de abril de 2015

Tercer domingo de Pascua: El Resucitado se revela en la comunidad reunida y en las personas crucificadas por el sistema político y religioso.




Tercer domingo de Pascua
Ciclo B – Lucas 24,36-48



1.    El texto en su contexto.
La comunidad apostólica estaba reunida, compartiendo la experiencia del Resucitado. Jesús se había revelado a Simón (versículo 34) y a los discípulos que iban camino a Emaús (versículo 35). Mientras conversaban, seguramente entrada la noche (versículos 28-35) una nueva experiencia del Resucitado que en medio de ellos comunica su paz (versículo 36).

La paz, shalom, era la fórmula que utilizaba el judaísmo para saludarse, tanto al llegar como al retirarse. Esta paz siempre va acompañada de los bienes que Dios comunica a la humanidad (Números 6,26; Salmo 29,11; Isaías 9,6-7; 57,19; Lucas 2,14; Juan 16,33; 20,19; Romanos 5,1; Efesios 2,14).

Nuevamente, frente a la cristofanía, la respuesta de la comunidad apostólica es el miedo (versículo 37) que el Resucitado trata de clamar mostrando las señales de la crucifixión (versículos 38-43); luego les explica lo sucedido, recordándoles lo que habían conversado en otras instancias, sobre aquello que tenía que suceder, que cumplirse (Lucas 4,21 cf 18,31; 22,37) porque estaba escrito en las Escrituras del Antiguo Testamento: la Ley de Moisés, los profetas y los salmos (versículo 44). El texto bíblico, leído en el contexto de la comunidad, comienza a tomar sentido y a ser entendido (versículo 45). El Resucitado pone en diálogo a la comunidad apostólica con las Escrituras. Y les explica el sentido de las mismas (vesículo 46 cf Isaías 53,1-13; Oseas 6,2) preparando el envío, la misión de la Iglesia (vesículos 44-47). Lucas, a diferencia de Marcos y Mateo, sitúa el punto de partida de la misión desde Jerusalén al mundo (versículos 47-48 cf Hechos 2,14-39; 3,17-26; 8,35; 13,16-41; 26,20), poniendo en boca de Jesús, el recuerdo de la promesa del Espíritu Santo (versículo 49 cf Hechos 1,4; 2,33; Juan 14,16-17; 16,7; 20,21-22).


2.    El texto en nuestro contexto.

El texto evangélico de hoy nos presenta los dos espacios donde el Resucitado se hace presente.

En primer lugar en la comunidad reunida (Lucas 24,36) cumpliendo su promesa (Mateo 18,20). Cada vez que nos juntamos, como comunidad cristiana convocada en el nombre de Jesús, Él está presente comunicando paz y justicia, eso significa shalom. Pero no una justicia imparcial como la entendemos en la actualidad, sino una justicia que toma partido por las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad; esa es la justicia que proviene de Dios (Génesis 18,25; Esdras 9,15; Salmo 7,11-12; 11,7; 97,2; Isaías 45,8; Ezequiel 18,21-32; 33,20 cf Oseas 2,21-23).

En segundo lugar en las huellas de la crucifixión (Lucas 24,39-40) cumpliendo su promesa (Mateo 25,31-46). Cada vez que trabajamos por los derechos y la dignidad humana, Él está presente en el encuentro de la comunidad servidora, de los discípulos y las discípulas que prestan el servicio, con las personas discriminadas, excluidas, oprimidas. El gran desafío que tenemos, como Iglesia del siglo XXI, es identificar las huellas del Crucificado, en aquellas personas que el sistema político y el sistema religioso crucifican con sus acciones, como lo hicieron con Jesús. Basta echar una mirada a nuestro alrededor para identificar las huellas del Crucificado en los niños y niñas en situación de calle, en las niñas y niños que trabajan, en las niñas y niños explotados sexualmente, en adolescentes y jóvenes con uso problemático de drogas, en mujeres víctimas de violencia doméstica, en ancianas y ancianos abandonados en residenciales; en campañas lanzadas por cristianos fundamentalistas contra las teorías de género, contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, contra la adopción por parte de personas gltb; campañas promovidas desde los centros de poder que reforzadas por los medios masivos de comunicación generan sensación de inseguridad poniendo a los adolescentes como responsables. Basta extender un poco más la mirada para identificar las huellas del Crucificado en las poblaciones originarias que son oprimidas y excluidas en nuestra América Latina; a las niñas que serán víctimas de pedofilia en estados musulmanes de aprobarse un proyecto de ley que viola la Convención Internacional de los Derechos de los niños, niñas y adolescentes; a las personas discriminadas en los países europeos por llegar de países del tercer y cuarto mundo, en busca de una mejor calidad de vida. Y podríamos seguir enumerando situaciones en las cuales Jesús, manifiesta las huellas de la crucifixión para que lo identifiquemos. Tenemos un desafío inmenso, como discípulas y discípulos de Jesucristo, para llevar la paz y la justicia del Resucitado a todas estas personas, en todas estas situaciones. No tengamos miedo, servimos a Jesús en ellas y ellos.

La Iglesia, somos las personas que habiendo descubierto al Resucitado, en el seno de la comunidad y en el servicio a las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, nos ponemos en camino para compartir la buena noticia que comenzó a anunciar Jesús en Galilea y nos mandata a continuar nosotros y nosotras en el resto del mundo (Mateo 28,19). El mensaje de paz y justicia a las víctimas de sistemas injustos, insolidarios y excluyentes es nuestra misión.


Buena semana para todos y todas.
+Julio.







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