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domingo, 15 de febrero de 2015

¿A cuántas personas drogadictas, aborteras, divorciadas, prostitutas, homosexuales, con sida … esas que las iglesias cristianas juzgan y condenan, estaremos dispuestos y dispuestas a tocar esta semana, restaurando derechos y dignidades?

Sexto domingo después de Epifanía

Marcos 1,40-45 (ciclo B)





El episodio de Jesús sanando al hombre con lepra es común a los evangelios sinópticos, está en Marcos (1,40-45), en Mateo (8,1-4) y en Lucas (5,12-16), por lo tanto, podemos presumir que es altamente probable que el acontecimiento sucediera; no estamos aquí ante una historia teológica sino ante una historia real, de la que dan testimonio los tres primeros evangelios.



1.    El texto en su contexto:

Jesús estaba recorriendo Galilea, anunciando la buena noticia y restableciendo la dignidad humana, no solo con palabras sino también con acciones (Marcos 1,39). En varias ocasiones, hemos enseñado que la población de Galilea era despreciada por la población de Judea, donde se encontraba la ciudad santa de Jerusalén y el Templo; el prejuicio y la exclusión por parte del sistema religioso era muy fuerte hacia quienes residían en Galilea.

En tiempos bíblicos, la lepra era una enfermedad repugnante, para la cual se prescribía la exclusión de la comunidad (Levítico 13,45-46). Muchos maestros de la ley atribuían la lepra a un pecado, cometido por la persona que la padecía o por sus antecesores. Las personas que padecía lepra se las excluía de la familia, de la casa y la aldea. Sufrían la discriminación de la mayoría las personas. El sistema social y religioso ordenaba separarlas y marginarlas, prohibiendo tocar a esas personas (Levítico 5,3).

El hombre enfermo de lepra se acerca a Jesús con la misma actitud que un judío piadoso lo haría ante Yahveh, el Dios de Israel, y presenta su petición. Sabe que no depende de su deseo o voluntad sino de la acción misericordiosa de Jesús; la misma actitud que un judío piadoso tenía en su oración (Génesis 18,27-32; 2 Samuel 10,12; Daniel 3,18). Por estar enfermo de lepra era considerado ritualmente impuro, por lo tanto, su petición implicaba no solo la sanación, sino la limpieza para alcanzar la pureza ritual (versículo 40).

Jesús sintió compasión, una actitud que aparece con frecuencia cada vez que Jesús se enfrenta al dolor humano. Como en otras ocasiones que nos relatan los evangelios, bastaba la palabra de Jesús para sanarlo, sin embargo, Jesús lo tocó para sanarlo (versículo 41). Tocar al leproso no es solo un acto repugnante, es esencialmente escandaloso. Jesús desautorizó la prohibición de la ley (Levítico 5,3); frente a la exclusión él incluye; frente al rechazo él acepta; frente al dolor humano él sana la integridad del ser humano. Ningún maestro de la ley hubiera aceptado la acción de tocar a una persona con lepra. Jesús al tocarla no solo sanó a ese hombre, sino que le restituyó su dignidad.

A tocarlo, no solo genera proximidad y solidaridad con el hombre, el propio Jesús se pone en el lugar de la exclusión porque se hizo impuro; se hizo en todo semejante a ese hombre (cf Hebreos 4,15), tal vez para comprender más plenamente la situación de discriminación y exclusión cumpliendo la profecía del Siervo de Yahveh (Isaías 53,4 cf Mateo 8,17); Agustín de Hipona dirá unos siglos después “lo que no se asume, no se redime”. Una vez sanado, Jesús lo invita a no contarlo a nadie (versículo 44) reafirmando el secreto mesiánico que es la clave de lectura del Evangelio de Marcos (1,43-44; 3,11-12; 5,43; 7,36; 8,30; 9,9) y a cumplir con lo que mandaba la ley (Levítico 14,1-32).

El hombre sanado, lleno de alegría, al igual que el pastor que encuentra la oveja perdida (Lucas 15,4-7) o la mujer que encuentra la moneda perdida (Lucas 15,8-10) cuenta a todos y todas el motivo de su gozo.



2.    El texto en nuestro contexto:

A igual que en tiempos de Jesús, nuestro sistema social y religioso genera discriminación y exclusión. Los motivos son innumerables: por su orientación sexual, porque se realizó un aborto, porque consume drogas, porque se divorció, porque no siempre va a las celebraciones religiosas, porque abandonó a su familia, porque hacía la prostitución, porque tiene sida … y terminamos convencidos y convencidas que no era de los nuestros.

Al igual que en tiempos de Jesús, los nuevos maestros de la ley: obispos y obispas, presbíteros y presbíteras, pastores y pastoras, diáconos y diáconas, de distintas denominaciones cristianas, continúan discriminando y excluyendo, culpabilizando y oprimiendo, vulnerando derechos humanos y dignidades humanas, según ellos y ellas, en el nombre de Jesús.

Al igual que en tiempos de Jesús, algunas personas, clérigas o laicas, de distintas denominaciones cristianas, escandalizan a sus iglesias, porque hacen visible el amor misericordioso de Dios que alcanza a toda la humanidad sin excepción (Hechos 10,34), un amor que se brinda incondicionalmente a quien el sistema político o el sistema religioso han vulnerado, silenciado e invisibilizado.

Así como el judaísmo invisibilizó a las personas leprosas, expulsándolas de sus casas, de sus sinagogas, de sus pueblos; así el cristianismo expulsó y continúa expulsando de sus comunidades y de sus iglesias a diferentes personas por diferentes causas. Un cristianismo que no es capaz de descubrir el escándalo de la Buena Noticia de Jesucristo, no sirve para nada (Mateo 5,13-16).

El evangelio de hoy nos pone en situación: o rompemos los moldes del fundamentalismo, el dogmatismo, el ritualismo adecuando el mensaje sanador, liberador e inclusivo de Jesucristo a las situaciones y los contextos del mundo de hoy o continuaremos anunciando un mensaje que no es el de Jesucristo. Aquí está en juego el proyecto de Jesús, no nuestros gustos, no nuestros deseos, no nuestros resentimientos, no nuestras ansias de poder, no nuestras incapacidades de transformarnos, no nuestro modelo social o eclesial. Si nos llamamos Iglesias Cristianas tendremos que ser espacios de puertas abiertas para todos y todas, sanación, de liberación y de inclusión donde todas y todos podamos participar de la mesa en igualdad de condiciones, sin importar nuestras historias de vida.

¿A cuántas personas drogadictas, aborteras, divorciadas, prostitutas, homosexuales, con sida … esas que las iglesias cristianas juzgan y condenan, estaremos dispuestos y dispuestas a tocar esta semana, restaurando derechos y dignidades?

“Ha venido el Hijo del Hombre … y dicen que es comilón y bebedor, amigo de gente de mala fama … pero la sabiduría de Dios se demuestra por sus resultados” (Mateo 11,15).

Buena semana para todos y todas.
+ Julio.



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