Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 28 de diciembre de 2014

Primer Domingo después de Navidad




Ciclo B
Lucas 2,22-40

El Mesías, esperanza para los pobres.


1.    El texto en su contexto:

Una vez nacido Jesús, sus padres deben cumplir con tres ritos: la circuncisión de todo varón a los ocho días de nacido (Génesis 17,10-12; Levítico 12,3); la purificación de la madre que quedaba ritualmente impura luego del parto (Levítico 12,2-4); y la presentación del niño al Señor por ser el primogénito varón (Éxodo 13,2.12 cf 1 Samuel 1,22-24), ofreciendo el sacrificio correspondiente a los pobres (Levítico 12,6-8).

En el contexto de este último rito, aparecen dos personajes muy ancianos, Simeón y Ana que son presentados como testigos de esperanza.

El encuentro con el anciano Simeón, seguramente se produjo en el atrio de las mujeres, ya que María no podía entrar al Templo por su condición de género. Nos relata el evangelio, que “Simeón esperaba la restauración de Israel” (versículo 25); este concepto está estrechamente relacionado con los tiempos mesiánicos y la liberación que se daría en ellos (Isaías 40,1-2; 49,13; 51,3; 52,9; 57,18; 61,2; 66,13). En el Primer Testamento, el Espíritu Santo estaba asociado al don de la profecía, por lo tanto, estaríamos en presencia de un profeta de Israel que claramente inaugura los tiempos mesiánicos (versículos 29-32 cf Isaías 40,5; 42,6; 46,13; 49,6; 52,10).

La presencia de las profetizas era mucho menor en Israel que la de los profetas, sobre todo en este período de la historia de Israel; sin embargo, Ana aparece profetizando y hablando a quienes esperaban la liberación (versículo 38 cf Isaías 52,9). Un dato importante, que parece pasar desapercibido, es que en la sociedad y la cultura judía, al igual que en los primeros siglos de la Iglesia, se consideraba piadosas a las viudas que nunca se volvían a casar. Otro dato importante es la similitud de edad entre Ana y Judit. Las Escrituras afirman que la anciana Judit, viuda famosa en la historia de Israel murió a los 105 años; si tomamos literalmente la información que proporciona Lucas (versículo 36), siete años de casada, más ochenta y cuatro años de viuda, más catorce años que era la edad habitual de casarse las mujeres, resulta que la profetiza Ana tendría 105 años, la misma edad que la Judit.

2.    El texto en nuestro contexto:

Jesús, Dios humanizado (Juan 1,14) nació en una familia pobre (Lucas 2,24). Su misión entre nosotros y nosotras es revelada a dos personas ya ancianas, Simeón (Lucas 2,25-35) y Ana (Lucas 2,36-38) que profetizan sobre el futuro del niño.

Ambos confirman la esperanza del pueblo; coinciden en que, con Jesús se inicia la era mesiánica. Las constantes referencias al profeta Isaías, en las profecías de Simeón y Ana establecen claramente el tipo de Mesías que sería Jesús: queda descartado el mesías sacerdotal vinculado al Templo, queda descartado el mesías militar vinculado a la guerra, revelándose el mesías  que había anunciado durante siglos la corriente profética de Israel. Un Mesías que sería el rostro visible del amor misericordioso de Dios (Lucas 4,18-18 cf Isaías 42,7; 49,9; 58,6; 61,1-2). Ambos, Simeón y Ana, hombre y mujer, reciben el don de la profecía, Dios les confía la certeza del cumplimiento de las antiguas promesas, les envía a avivar la esperanza de que el tiempo había llegado (Gálatas 4,4-7).

Vivimos un tiempo marcado por el individualismo, por el consumismo, por la inmediatez. Un tiempo donde la esperanza pareciera no importar. Un tiempo donde las personas parecieran no importar.

El relato evangélico de hoy nos interpela sobre varios aspectos:

- En primer lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos escuchar cuál es el mensaje de esperanza que Dios tiene para los hombres y las mujeres del siglo XXI.
- En segundo lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos volver a nuestras raíces, donde hombres y mujeres teníamos el mismo lugar en la comunidad mesiánica de Jesús, para comunicar a los hombres y mujeres del siglo XXI, que las diferencias son producto de la cultura y no de la voluntad divina (cf Hechos 10,34).
- En tercer lugar, las cristianas y los cristianos, debiéramos tener un rol mucho más activo, en la construcción de otro modelo social, aquel que Jesús llamó Reino, para que todas las personas sean alcanzadas por el mensaje liberador de Jesús.

3.    Conclusión:

Ser cristianos y cristianas, inevitablemente es ser profetas de esperanza para nuestras iglesias, para la sociedad y la cultura. Una esperanza que no es para todas y todos, sino para las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad.

Dios se hace persona humana, para que todos los humanos y todas las humanas tengamos vida digna (Juan 10,10).

Ser profeta implica no solo pronunciar una palabra de Dios, sino fundamentalmente, esperar y discernir esa palabra de Dios. Tanto Simeón como Ana envejecieron esperando el cumplimiento de la promesa y Dios no defraudó su esperanza.

Muchas veces las iglesias, por no saber escuchar no tenemos palabras de esperanza para comunicar en nuestro contexto, entonces comunicamos normas, dogmas, tradiciones, interpretaciones descontextualizadas de las Escrituras, dejando de lado el mensaje liberador y sanador que Dios quiere para todas y todos.

Dispongámonos a escuchar para poder comunicar.

Buena semana para todos y todas. +Julio.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Aniversario del Nacimiento de Jesús de Nazareth




Aniversario del Nacimiento de Jesús de Nazareth
Lucas 2,8-20

Nada sabemos del nacimiento de Jesús. Los relatos de Mateo y Lucas son construcciones teológicas y no históricas, por lo tanto, nos aportan la reflexión de las comunidades cristianas de ese tiempo, pero no datos históricos como los entendemos hoy en día.

Ni siquiera sabemos la fecha en que nació Jesús. De hecho, la Iglesia antigua no la celebraba. No aparece en el calendario litúrgico de Ireneo ni de Tertuliano. La adopción del 25 de diciembre, según muchos investigadores, se debería a que era la antigua celebración del nacimiento del dios Sol, en el  solsticio de invierno, que luego la Iglesia adoptaría, hacia el siglo tercero, como fecha del nacimiento de Jesús de Nazareth, con la finalidad de convertir a los pueblos paganos al cristianismo.

Alguna información curiosa, respecto a la celebración del nacimiento de algunos dioses durante el solsticio de invierno:

- los romanos celebraban el 25 de diciembre el Nacimiento del Sol Invicto; también durante el solsticio celebraban la saturnalia en honor de Saturno;
- los germanos y escandinavos celebraban el 26 de diciembre el advenimiento de Frey, dios nórdico del sol naciente, la lluvia y la fertilidad;
- los aztecas celebraban, durante el mismo solsticio, que equivaldría a las fechas entre el 7 y 26 de diciembre, el advenimiento de Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra;
- los incas celebraban el renacimiento de Inti, el dios Sol en el mismo solsticio.


1.    El texto en su contexto:

Los pastores eran tratados muy mal por la clase política y religiosa, debido a que eran pobres, ignoraban las Escrituras y no practicaba estrictamente la Ley. El mensajero de Dios llega a ellos con una buena noticia (versículos 9-10; cf  Lucas 4,18-19; 6,20-26).

Esta buena noticia (“evangelio” en griego) no es para nada religiosa, en el sentido como entendemos y celebramos hoy la Navidad, por el contrario, es altamente revolucionaria. En el pueblo del rey David nació un Salvador (“Yahveh salva”, es decir, Emmanuel en Isaías 7,24; pero era también uno de los títulos del emperador “salvador” = “Sóster”), que es el Mesías (que significa “Ungido” uno de los títulos reales por excelencia del judaísmo), el Señor (que significa Kyrios, finalmente, otro de los títulos imperiales). Indiscutiblemente, esta buena noticia tenía un contenido altamente político.

Y sin lugar a dudas, una noticia escandalosa; “el Salvador, Mesías y Señor” no nace ni en el Templo, ni en la ciudad Santa de Jerusalén, ni en palacios, ni siquiera en la ciudad porque como nos relata Lucas “no había lugar para ellos en la posada” (2,7). “Dios con nosotros y nosotras, y entre nosotros y nosotras” (Emmanuel) nace excluido y su nacimiento es anunciado a los excluidos (los pastores); y por cierto, ellos son los únicos que van a su encuentro; no hubo sacerdotes, ni maestros de la ley, ni escribas, ni fariseos, ni gobernadores, ni poderosos.


2.    El texto en nuestro contexto:

Ayer y hoy muchos cristianos y muchas cristianas van a los oficios religioso a adorar al Niño Dios; sin embargo, al igual que los religiosos del tiempo de Jesús se perdieron del “mayor acontecimiento de la historia de la humanidad” Dios encarnado elegía no estar en el Templo sino entre los pobres; elegía revelarse no a los líderes religiosos sino a los pobres y excluidos del sistema religioso. Pareciera que a Dios le gusta contradecirnos.

En realidad, pareciera que las cristianas y los cristianos no hubiéramos entendido la revolucionaria y escandalosa buena noticia de los mensajeros de Dios. Días pasados compramos regalos, compramos comida, compramos bebida, armamos el arbolito de Navidad, pusimos guirnaldas, armamos el pesebre … Anoche comimos, bebimos, nos regalamos, nos saludamos, nos abrazamos, pero en todo eso no estaba el Salvador, el Mesías, el Señor. Al igual que los paganos de otras épocas perdimos nuestro tiempo en cosas superfluas, mientras el mayor acontecimiento de la historia sucedía en otras partes:

- en la soledad de un pabellón psiquiátrico
- en el aislamiento de los calabozos de la cárcel
- en la agonía de las personas internadas en hospitales
- en el abandono de los adolescentes privados de libertad
- en el sin sentido de los jóvenes adictos
- en la esquina oscura donde para las prostitutas y las travestis
- en la pobreza de los asentamientos marginales
- en las personas durmiendo en las calles;

y así, otra navidad atrapadas y atrapados por las reglas de la sociedad y la cultura, perdiendo la posibilidad de recibir la buena noticia, de ponernos en camino, de encontrar y adorar al Dios Humanado que vino a los suyos, cristianos y cristianas, “pero los suyos no lo recibieron” (Juan 1,11), estábamos ocupados preparando la cena de Navidad.


3.    Conclusión:

Gracias Señor, porque Navidad es cada día que podemos solidarizarnos con quienes son tus preferidos y no solamente el 25 de diciembre.

Buena semana para todos y todas. +Julio.





domingo, 21 de diciembre de 2014

Cuarto Domingo de Adviento - Ciclo B



Cuarto Domingo de Adviento
Lucas 1,26-38
Ciclo B

“Esto demuestra que para Dios todo es posible” (Lc 1,37)

En este cuarto domingo de Adviento aparece en escena un nuevo personaje, María.

1.    El texto en su contexto:

El evangelista nos relata que Dios envió un mensajero a una mujer joven, llamada María, que vivía en una aldea de Galilea llamada Nazaret (versículos 26-27). En estos dos versículos, encontramos una cantidad de información sobre el accionar de Dios, que ciertamente resulta escandaloso y blasfemo para aquel contexto.

En primer lugar, Dios se dirige a una mujer y no a un hombre, a María y no a José. En aquel tiempo, las mujeres eran consideradas objeto de los hombres, pues era una sociedad fuertemente patriarcal y machista. Necesitaban de un hombre que las “protegiera” y les permitiera ser, el padre primero, el esposo después, u otro familiar varón de faltar el padre o el esposo. Dios rompe una supuesta ley divina y hace partícipe de su proyecto a una mujer y no a un hombre.

En segundo lugar, Dios elige a una mujer sin hijos para comunicarle su mensaje. En aquel tiempo y en aquella cultura, las mujeres sin hijos eran consideradas depositaras de una maldición de Dios. Dios rompe con esa creencia y elige a la joven María.

En tercer lugar, Dios envía su mensajero a Galilea y no a Judea. En Galilea la población era considerada pecadora, por su proximidad e intercambio cultural con pueblos vecinos; y estaba empobrecida por los impuestos para el Templo, para el Gobernador y para el Imperio. En Judea estaba la ciudad santa de Jerusalén y el Templo; la clase sacerdotal, la clase gobernante, los maestros de la Ley, los grandes comerciantes, la clase poderosa, los ejércitos del Imperio. Dios no envía su mensaje a sus sacerdotes, a sus gobernantes, a sus maestros de la ley residentes de Jerusalén de Judea, sino a una mujer empobrecida y sin hijos en Nazaret de Galilea; una pequeña aldea, que los estudiosos aún no han logrado ubicarla con exactitud.

Pero lo escándalos y blasfemo de Dios no termina ahí. El escándalo mayor es que le propone a esta joven mujer ser madre, y en ese acto exponerla a la muerte, ya que si José la repudiaba, podría ser ejecutada.

María acepta ser parte de este plan escandaloso (versículo 38). Esta aceptación la pone en la línea de las grandes mujeres que desafiaron a la sociedad, la cultura y la religión de su tiempo, las que hemos llamado en otros momentos: “mujeres fuertes en la Biblia” (Sara, Agar, María, Débora, Ana, Rahab, Tamar, Abigail, Esther, Judit, la madre de los macabeos, María Magdalena, Febe, Junias entre otras).

2.    El texto en nuestro contexto:

No voy a detenerme, en lo que ya muchos predicadores y predicadoras harán este domingo, remarcando la virginidad, la maternidad, el embarazo sin participación de José, el nacimiento virginal, la figura del ángel y todo el envoltorio de esta buena noticia. Quiere detenerme en el contenido no en el envoltorio.

El contenido de este evangelio es que Dios cumple sus promesas. El reinado de paz y justicia está por comenzar, a partir de la vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret; Dios no se ata a las estructuras creadas por los hombres, cuando estas no se ajustan a su plan de justicia; prescinde de ellas, las descarta. Eso pasó con la ciudad santa de Jerusalén, con la clase sacerdotal y dirigente, con quienes aseguraban saber de las cosas de Dios y hablar de parte de Él.

La Iglesia de Jesucristo está llamada a ser signo y presencia de ese Dios que toma partido por las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad. Así como en aquel contexto Dios eligió a María, en el nuestro elige a otras y otros que a los ojos de la sociedad, la cultura y la religión nunca serían capaces, nunca serían aceptados.

Hoy, Dios sigue escandalizándonos con sus elecciones. Invitando a formar parte de su reinado, participar en su mesa, ser miembro de su familia, a personas que la sociedad, la cultura y las iglesias fundamentalistas, que se llaman cristianas, rechazan, condenan, discriminan, oprimen e invisibilizan.

Esta elección de Dios, en el siglo XXI, pone en tela de juicio la tradición de la Iglesia, portadora del veneno patriarcal y machista que excluye a las mujeres del episcopado, del presbiterado y del diaconado. Sabemos que en los primeros siglos no fue así. Tanto el Nuevo Testamento como los escritos de los Padres, nos relata historias de mujeres que fueron columnas en la Iglesia: liderando comunidades, ministrando en distintas situaciones, predicando y dirigiendo.

Están surgiendo Iglesias, tanto de tradición como emergentes, que son portadoras de un mensaje inclusivo, donde hombres y mujeres acceden al liderazgo eclesial, por elección de sus comunidades, como en la Iglesia de los primeros siglos.

3.    Conclusión.

El contenido del evangelio de hoy, nos hace pensar en el rol de la mujer en el proyecto de Dios, un proyecto que libera, incluye y sana. Un proyecto cuyo mensaje central es la justicia y la paz para toda la humanidad. Un proyecto que puede prescindir de las actuales estructuras si estas son obstaculizadoras, porque “para Dios todo es posible” (versículo 37).

Buena semana para todos y todas.
+Julio.




domingo, 14 de diciembre de 2014

Tercer Domingo de Adviento - Ciclo B



Tercer Domingo de Adviento
Juan 1,6-8.19-28
Ciclo C

En este tercer domingo de adviento continuamos en torno a la figura de Juan el Bautista (Juan 1,6-8.19-28).

¿Quién eres y qué haces?

1.    El texto en su contexto:

El evangelista, ubica a Juan el Bautista como un hombre enviado por Dios, para dar testimonio (versículos 6-7). El testimonio era un concepto fundamentalmente legal, tanto en el mundo grecorromano como en el judío, nunca es utilizado en las Escrituras según el uso moderno de “ver”. Por ejemplo en acusaciones o pleitos (Números 35.30; Deuteronomio 17,6-7; 19,15-21; Proverbios 14,25); aunque encontramos otros usos (Génesis 31,43-55; Deuteronomio 31,28; Josué 22,26-27; Isaías 43,10).

Algunos exégetas, consideran que en tiempos del evangelista Juan, se podría haber pensado de forma demasiado elevada en cuanto a la persona de Juan el Bautista; un hombre extraordinario (Mateo 11,7-15) pero hombre al fin con la misión de ser profeta que anunciaría al Mesías (Mateo 3,1-12; Marcos 1,1-8; Lucas 3,1-9.15-17; cf Hechos 19,3-5).

Esta perícopa nos relata el testimonio de Juan el Bautista a los líderes religiosos (versículos 19-28). Afirma rotundamente no ser el Mesías (versículo 20). Elías, era un profeta esperado por el pueblo, ya que había sido arrebatado al cielo (Malaquías 4,5-6; Sirácida 48,4-10; Mateo 17,10-12); preguntado si era el profeta Elías, Juan vuelve a afirmar que no es Elías. Los interlocutores insisten si era el profeta prometido (Deuteronomio 18,15-18) como Moisés, Juan vuelva a afirmar que no es el profeta. El desconcierto en los enviados se hace cada vez mayor. La cita del profeta Isaías (40,3) que utiliza Juan el Bautista para identificarse (versículo 23) significa que es el heraldo (= oficial de rango intermedio enviado por el rey para anunciar la paz) de un nuevo éxodo; tengamos en cuenta que el Bautista se había instalado en el desierto, fuera de la tierra prometida, al otro lado del río Jordán (versículo 28) lugar por el que había entrado el pueblo hebreo, liderado por Josué, a la tierra prometida por Dios.

Una vez que revela su identidad, nuevamente es interrogado sobre lo que hace (versículo 24). El Bautista emplea la ironía para contestar, que no conozcan al que había de venir, habla muy mal del conocimiento espiritual de aquellos sacerdotes y levitas. Él sí lo conoce (Juan 1,10.33.34). En aquel tiempo, los esclavos llevaban las sandalias de sus señores y Juan afirma que él ni siquiera es digno de ser considerado su esclavo, es decir, su profeta; los profetas del Antiguo Testamento eran llamados con frecuencia siervos o esclavos de Dios (2 Reyes 18,12; 19,34; 20,6; 24,2; Jeremías 35,15; 44,4).

2.    El texto en nuestro contexto:

La Iglesia, es el nuevo pueblo de Dios, un pueblo de iguales (Mateo 23,9-11) llamado a ser testigo (1 Tesalonicenses 5,16-24), ante la sociedad y la cultura, de la buena noticia para todos los hombres y para todas las mujeres (Isaías 61,1-4.8-11).

¿Quién eres y qué haces?

Toda la Iglesia está llamada a dar testimonio, sin embargo, aquellas personas que Dios ha enviado especialmente con esa misión (cf. Juan 1,6), quienes ocupamos lugares de liderazgo, de enseñanza, de magisterio, tenemos la responsabilidad de conocer al que nos envía (cf Juan 1,26), para que el testimonio que damos, sea el que se nos ha confiado, un mensaje liberador, una buena noticia para las personas que están vulneradas en sus derechos y su dignidad (cf Isaías 61,1-4;8-11; Lucas 4,18-21).

Anunciar que Jesús es el enviado de Dios, es anunciar que el Reino exige poner fin a toda opresión, a toda desigualdad, a toda inequidad, a toda injusticia. Las pastoras y los pastores, no podemos seguir predicando el Evangelio que es buena noticia, sin comprometernos radicalmente en la transformación de la sociedad y la cultura, y por supuesto, de la Iglesia como parte de ellas.

El Evangelio de Jesús es buena noticia para las personas oprimidas, excluidas, explotadas, discriminadas, marginadas, invisibilizadas, no porque ellas sean buenas sino porque son víctimas del sistema (económico, político, social, cultural, religioso); pero es una amenaza o mala noticia para quienes causan esas situaciones.

Como Juan el Bautista, somos quienes preparamos la llegada de Jesús el Mesías, que como decía Orígenes, es el Reino de Dios. Esa preparación exige denuncia de todo aquello que deshumaniza a las personas y anuncio de que Dios ha tomado partido por aquellas que están vulneradas en sus derechos y su dignidad, no importa si son buenas, no importa si oran, no importa si van a las celebraciones religiosas, no importa si leen o conocen la Biblia, no importa si son ateas o gnósticas o de otras denominaciones, no importa si son “pecadoras”; lo único que importa es que nos urge la misericordia de Dios para que se haga justicia (Lucas 4,18-21).

Que en esta tercer semana de adviento, todos y todas, pero especialmente obispos y obispas, presbíteros y presbíteras, pastores y pastoras, diáconos y diáconas, religiosos y religiosas, personas que tenemos un ministerio eclesial, nos comprometamos, como Juan el Bautista, con la buena noticia de Jesús el Mesías, sin imponer nuestros posicionamientos, nuestros intereses, nuestras mezquindades.

Buena semana para todos y todas.
+Julio.




domingo, 7 de diciembre de 2014

Segundo Domingo de Adviento - Ciclo B



Segundo Domingo de Adviento
Marcos 1,1-8
Ciclo B


1.    El texto en su contexto.

El versículo 1, inicio del Evangelio de Marcos, es la síntesis de nuestra fe.  En primer lugar, anuncia la Buena Noticia, eso significa evangelio en griego, una noticia de consolación (Isaías 40,1-11) para quienes estaban agobiados, oprimidos, discriminados, excluidos, dispersados, invisibilizados. En segundo lugar, anuncia de qué se trata esa Buena Noticia, de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios. Aquí reconoce tres aspectos de nuestra fe: Jesús, el hombre de Nazaret de Galilea; el Mesías, prometido por Dios (Isaías 7,14); el Hijo de Dios, progresivamente, Marcos va demostrando en su evangelio, el carácter divino de Jesucristo (Marcos 1,24; 2,5; 3,11; 8,29-31; 14,61-62; 15,39).

Luego de esta síntesis de su mensaje, Marcos habla de Juan el Bautista, una de las figuras fundamentales del tiempo de Adviento, según Jesús, el más grande de los humanos (Mateo 11,7-15).  Marcos lo presenta como el que prepara el camino para la llegada del Mesías (Malaquías 3,1; Isaías 40,3), poniendo en su boca una llamada a cambiar la actitud de vida, la forma de actuar y retornar a Dios, a su proyecto para la humanidad. El bautismo de Juan no era sólo una purificación ritual como se acostumbraba entonces, fundamentalmente era símbolo de una verdadera conversión (Hechos 2,38; 13,24) y recordaba a aquellos que llegaron hasta él, por el lugar en que estaba situado, la entrada del pueblo elegido en la tierra prometida (Josué 3 – 4). Juan estaba anunciando con este gesto del bautismo, la novedad de la liberación, del cumplimiento de las promesas, de la nueva realidad que estaba gestándose (2 Pedro 3,13).

Juan es presentado como un gran profeta, sus vestimentas nos remiten al profeta Elías (2 Reyes 1,8; Zacarías 13,4) pero consciente de su realidad humana y de su misión en el proyecto divino (Marcos 1,7); anunciando a Aquel que hará realidad las promesas divinas y las llevará a su plenitud (Juan 1,33; Hechos 1,5; 2,1-4).


2.    El texto en nuestro contexto.

La Iglesia, durante siglos anunció la esperanza en otro mundo sin comprometerse en la transformación del mundo actual. Sin embargo, nunca recibió de su Señor el mandato de predicar un mundo de justicia después de éste, sino de construir la justicia en este mundo, aquí y ahora.

La buena noticia es para ser anunciada y realizada aquí y ahora. Jesús pasó por este mundo haciendo el bien (Hechos 10,38):

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar la vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor” (Lucas 4,18-19).

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”  (Juan 10,10).

“Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso” (Mateo 11,28-29).

Las enseñanzas de Jesús y la vida de Jesús nos enseñan que “un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia” (1 Pedro 3,8 cf. Isaías 65,17; 66,22) comienza a realizarse aquí y ahora (Mateo 25,34-45).


3.    Conclusión.

Jesús nos urge a construir ese otro mundo posible, donde la justicia y la solidaridad sean el vínculo que une a una sociedad de iguales en derechos y dignidad. No existe otra buena noticia para la humanidad, que aquella que nos revela Jesucristo, el rostro humano de la Divinidad.

Las Iglesias tenemos la enorme responsabilidad de mantener vivo el mensaje del Señor, conscientes de nuestra realidad humana pero también, de la misión que tenemos en este mundo, de hacer posible el proyecto divino facilitando el acceso a todos y todas, pero especialmente y fundamentalmente, a quienes están vulnerados en sus derechos y su dignidad.

Una Iglesia que no se compromete con la realidad de las personas vulneradas en sus derechos y dignidad y en la transformación de las estructuras injustas que generan inequidad; por más celebraciones litúrgicas que realice, por más oraciones que eleve a Dios, por más diezmos que recoja, por más que predique el Reino de Dios, no es la Iglesia de Jesucristo.

Pidamos la fuerza para continuar cumpliendo con el anuncio de la Buena Noticia aquí y ahora.

Buena semana para todos y todas, el Señor está cerca en las personas privadas de libertad, en las personas con uso problemático de drogas, en las personas viviendo con vih sida, en las personas en situación de calle, en las personas gltb, en las mujeres víctimas de violencia doméstica, en los niños trabajadores, en los adolescentes en conflicto con la ley penal, en las personas que invisibiliza la sociedad, la cultura y la religión; salgamos a su encuentro y compartamos con ellas la Buena Noticia.


+Julio.