Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

lunes, 31 de marzo de 2014

Cuarto Martes de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Martes IV semana de Cuaresma
Levítico 19,1-18. 31-37
Del bien de la caridad

León Magno
Sermón 10 en Cuaresma 3-5

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros; y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; y si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo; y a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante. Pues si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad, por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello; quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma, han de tratar conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados. Por esto al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder por  nuestra parte a quienes pecaron contra nosotros lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora con mayor benignidad hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos. La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad.

No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede  faltar materia de largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado.


En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da. Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo: El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Cuarto Lunes de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Lunes IV semana de Cuaresma
Levítico 16,2-28
Cristo es nuestro pontífice, nuestra propiciación

Orígenes de Alejandría
Homilías sobre el Levítico 9,5.10

Una vez al año el sumo sacerdote, alejándose del pueblo, entra en el lugar donde se halla el propiciatorio, los querubines, el arca del testamento, y el altar del incienso, en aquel lugar donde nadie puede penetrar, sino sólo el sumo sacerdote.

Si pensamos ahora en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo, y consideramos cómo, mientras vivió en carne mortal, estuvo durante todo el año con el pueblo, aquel año del que él mismo dice: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar el año de gracia del Señor, fácilmente advertiremos que, en este año, penetró una sola vez, el día de la propiciación, en el santuario: es decir, en los cielos, después de haber realizado su misión, y que subió hasta el trono del Padre, para ser la propiciación del género humano y para interceder por cuantos creen en él.

Aludiendo a esta propiciación con la que vuelve a reconciliar a los hombres con el Padre, dice el apóstol Juan: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados.

Y, de manera semejante, Pablo vuelve a pensar en esta propiciación cuando dice de Cristo: A quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. De modo que el día de propiciación permanece entre nosotros hasta que el mundo llegue a su fin.

Dice el precepto divino: Pondrá incienso sobre las brasas, ante el Señor; el humo del incienso ocultará la cubierta que hay sobre el documento de la alianza; y así no morirá. Después tomará sangre del novillo y salpicará con el dedo la cubierta, hacia oriente.

Así se nos explica cómo se llevaba a cabo entre los antiguos el rito de propiciación a Dios en favor de los hombres; pero tú, que has alcanzado a Cristo, el verdadero sumo sacerdote, que con su sangre hizo que Dios te fuera propicio, y te reconcilió con el Padre, no te detengas en la sangre física; piensa más bien en la sangre del Verbo, y óyele a él mismo decirte: Ésta es mi sangre, derramada por vosotros para el perdón de los pecados.

No pases por alto el detalle de que esparció la sangre hacia oriente. Porque la propiciación viene de oriente. De allí proviene el hombre, cuyo nombre es Oriente, que fue hecho mediador entre Dios y los hombres. Esto te está invitando a mirar siempre hacia oriente, de donde brota para ti el sol de justicia, de donde nace siempre para ti la luz del día: para que no andes nunca en tinieblas, ni en ellas aquel día supremo te sorprenda: no sea que la noche y el espesor de la ignorancia te abrumen, sino que, por el contrario, te muevas siempre en el resplandor del conocimiento, tengas siempre en tu poder el día de la fe, no pierdas nunca la lumbre de la caridad y de la paz.


sábado, 29 de marzo de 2014

Una comunidad cristiana que no vive para servir, no sirve para vivir.




CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Primera Lectura: 1 Samuel 16,1-13

El texto en su contexto:

El párrafo del profeta Samuel, que narra la unción real de David presenta aspectos que nos sugieren una construcción literaria, más que un hecho histórico; teniendo similitudes con los anales de Anatolia (siglo XIII – XIV aC) respecto a la proclamación real de Telepino y con la apología de Hattusilis.

(16,1): La unción con aceite, era una práctica común en algunas partes del Antiguo Cercano Oriente. Los egipcios  los heteos creían que la unción protegía a la persona del poder de las divinidades inferiores o malignas. Sin embargo, no hay evidencia de que en Mesopotamia se ungiera a los reyes. Por ejemplo, en Egipto no se ungía a los faraones pero sí, estos ungían a sus oficiales, estableciendo una relación de subordinación. En los textos de Amarna hay una referencia a un rey de Nuhasse que fue ungido por el faraón, en una relación de vasallaje. Este episodio, se ajusta al relato de Samuel, en el cual David se convierte en vasallo de YHWH.

(16,5): El texto nos sitúa en una etapa anterior a la construcción del Templo de Jerusalén. En efecto, antes de su construcción, se ofrecían sacrificios en los santuarios locales y eran muy numerosos. Es por ello, que se sitúa al profeta Samuel en la ciudad de Belén (16,4).

(16,7): La creencia de que la Divinidad investiga el corazón humano no es monopolio del judaísmo; en efecto, en un lamento sumerio se narra que la diosa luna investiga las entrañas y el corazón de quien suplica; también, en un texto neobabilónico se cuenta que el dios de la justicia (Samas) ve el corazón de los humanos (cf salmo 138).

(16,10-11): El octavo hijo más joven convertido en héroe está presente, además de en este texto del profeta Samuel, en la epopeya sumeria Lugalbanda en Khurrumkhurra (mediados del tercer milenio aC).

El texto en nuestro contexto:
El escritor sagrado pone en boca de YHWH una sentencia contundente hasta nuestros días: “No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve; pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (versículo 7).

Parecería que los seres humanos no utilizamos los mismos parámetros que Dios a la hora de estar frente a otra persona.

Juan 9,1-41

El texto en su contexto:

(9,1): Las personas ciegas, en tiempos de Jesús, sobrevivían de la limosna que otras personas les daban; por eso se ubicaban cerca del Templo, pues pasaba mucha gente a cumplir con los rituales sagrados y también grandes caravanas de peregrinos.

(9,2): Las autoridades religiosas, creían y enseñaban, que las enfermedades y el sufrimiento eran consecuencia del pecado propio (Deuteronomio 24,16; Ezequiel 18,2-20) o de sus antecesores (Éxodo 20,5-6; 34,6-7; Números 14,18; Deuteronomio 5,9-10; Jeremías 32,18), como una suerte de responsabilidad colectiva del bien y del mal realizados. Jesús afirma, que en esta situación se va a revelar el poder de Dios que salva.

(9,6): Fuera del judaísmo religioso, es decir en medios paganos, la saliva se usaba en algunas ocasiones para sanar, por lo tanto, para la audiencia que estaba presente, se trataba de un medio curativo. Pero también, salivar era considerado vulgar y grosero.

(9,7): El estanque de Siloé se encontraba ubicado en el extremo sur de Jerusalén. No es claro que signifique “enviado”; sin embargo, los maestros griegos así como los judíos, desde Filón hasta los rabinos, presentaban argumentos basados en juegos de palabras para fundamentar ese nombre. Este estanque, era utilizado para el bautismo de los paganos conversos al judaísmo; probablemente, ése era el último día de la fiesta de los Tabernáculos (7,2.37) en que se utilizaba el agua sagrada de Siloé. Si bien es cierto que Jesús utiliza el agua ritual para completar el ritual de sanación, ésta actúa no por sí, sino porque el hombre ciego fue “enviado”.

(9,8-12): Hasta el momento no se conocía que se sanara un ciego de nacimiento; por lo que el acontecimiento nos remite a una intervención divina.

(9,13): Los ancianos actuaban como jueces en sus comunidades locales antes del año 70 dC pero los maestros de la Ley comenzaron a asumir ese papel después de la destrucción del Templo y la ciudad Santa; el Evangelio de Juan escrito hacia el año 90 nos sitúa en el lenguaje y las costumbres de su tiempo.

(9,14-16): Esta respuesta es estrictamente y típicamente farisea (5,9-12; cf Marcos 2,23-3,6); amasar (no importa si harina o barro) era una de las treinta y nueve clases de trabajo prohibidos el día sábado.

(9,18-21): Después de los trece años, un adolescente judío era responsable por el cumplimiento de los mandamientos, sin embargo, llamaron a testificar a su padre y su madre, tal vez para verificar la ceguera de nacimiento.

(9,22-23): Las normas fariseas eran muy estrictas para que se realizara un interrogatorio, según este texto no se estaban cumpliendo los procedimientos estipulados, violando las enseñanzas éticas de los fariseos. La expulsión de la sinagoga, traía consecuencias religiosas y sociales, sin embargo, en tiempos de Jesús era muy rara la aplicación de esta pena, por lo tanto, da cuenta de la gravedad de la situación.

(9,24-34): La audiencia destinataria de este Evangelio, había experimentado la expulsión de la sinagoga (16,2 cf 12,24.43); la fidelidad de este hombre a la experiencia del encuentro con Jesús, en contraste con la de aquél otro (5,14-16) alentaría a la comunidad joánica a mantenerse fieles. La respuesta del ciego que fue sanado refleja la piedad de los justos, los anawin, los pobres de YHWH (Salmos 34,15; 66,18; Proverbios 15,8.29; 21,27; 28,9).

(9,32-33): La mayor premisa del hombre ciego que había sanado era que Dios oye al piadoso y rechaza al impío. La premisa menor era que Jesús había realizado un hecho que no se podía explicar, por lo tanto, un milagro; por lo tanto, la conclusión que se podía sacar de esta situación, es que Jesús era un hombre bueno, justo, de Dios. Esta práctica de demostración utilizada en la antigüedad se llama silogismo. Esta afirmación lo llevó a quedar fuera de la participación social y cúltica (versículo 34).

(9,35-41): El texto concluye con una vieja contraposición, utilizada por los profetas, sobre ceguera física y ceguera espiritual (Isaías 42,16-19; Jeremías 5,21). La enseñanza que nos deja este texto del Evangelio de Juan es que, un hombre considerado pecador es dignificado por Dios mientras que las autoridades religiosas, quedan prisioneras de sus limitaciones y de su autosuficiencia.

El texto en nuestro contexto:

Coincidente con la lectura del profeta Samuel, las Escrituras nos sugieren que Dios se fija y elige, a aquellas personas que la sociedad, la cultura y la religión rechazan.

Diversidad Cristiana, estamos finalizando el tiempo de cuaresma, un tiempo para revisar nuestros actos preparándonos a la Pascua. Es tiempo de preguntarte:

¿Aceptas a todas las personas por igual?. Si la respuesta es sí, no estás lejos del Reino de Dios (Marcos 12,34). Si la respuesta es no, puedes quedar fuera del Reino de Dios (Mateo 3,10).

¿Subestimas a algunas personas? Si la respuesta es no, no estás lejos del Reino de Dios (Marcos 12,34). Si la respuesta es sí, puedes quedar fuera del Reino de Dios (Mateo 3,10).

¿Practicas la solidaridad con todas las personas sin excepción? Si la respuesta es sí, no estás lejos del Reino de Dios (Marcos 12,34). Si la respuesta es no, puedes quedar fuera del Reino de Dios (Mateo 3,10).

Diversidad Cristiana, ten en cuenta que si una comunidad cristiana no vive para servir, no sirve para vivir (Mateo 5,13-16).


 Buena semana para todos y todas.
+Julio, obispo de Iglesia Antigua de Uruguay - Diversidad Cristiana.

Aportes a la Declaración de Ultrecht - cuarta parte




El cuarto postulado:

“En cuanto a otras Encíclicas publicadas por los Obispos de Roma en épocas recientes, por ejemplo, las Bulas "Unigenitus" y "Auctorem Fidei", y el "Sílabo de 1864", las rechazamos en todos sus aspectos tal como están en contradicción con la doctrina de la Iglesia primitiva, y no les reconocemos ninguna autoridad sobre las conciencias de los creyentes. También renovamos las antiguas protestas de la Iglesia Católica de Holanda contra los errores de la Curia Romana, y contra sus ataques a los derechos de las Iglesias nacionales”

La Bula Unigenitus fue promulgada por el papa Clemente XI en el año 1713 en el marco de una seria controversia entre el Obispo de Roma y Noailles al frente de la Iglesia de Paris, donde el punto de partida del enfrentamiento fue la publicación en 1671, por parte de Quesnel, del libro titulado Abrégé de la moral de l'Evangile" conteniendo explicaciones y comentarios de los Evangelios en francés. Entre acusaciones de herejía por parte del Obispo de Roma y desacato a la Bula por parte del Obispo de París, la iglesia gala quedó dividida al Roma no aceptar la propuesta de Luis XIV, rey de Francia, de convocar un concilio nacional para discutir el tema.
La Bula Auctorem Fidei fue promulgada por el papa Pío VI en el año 1794 en el marco de otra seria controversia entre el Obispo de Roma y Escipión de Ricci al frente del Sínodo de Pistoya (Toscana), donde el punto de partida es la tesis eclesiológica inspiradas en el teólogo Pietro Tamburini. Algunos de los decretos sinodales, tuvieron una gran influencia en la concepción eclesiológica de los libertadores americanos, esos hombres que llevaron adelante la gesta independentista en el continente, sobre todo al confrontar las realidades Iglesia – Estado , discutir los asuntos temporales de la Iglesia y las prerrogativas del Obispo de Roma.
El Sílabo de 1864 fue promulgado por el papa Pío IX presentando el “Índice de los principales errores de nuestro siglo ya notados en las Alocuciones Consistoriales y otras Letras Apostólicas de Nuestro Santísimo Padre Pío IX” donde el Obispo de Roma arremete entre otros, contra el pluralismo religioso, el racionalismo moderno, el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas, las sociedades clérigo – liberales, la supremacía eclesiástica sobre la civil, la sociedad civil en sus relaciones con la Iglesia, la moral natural, el matrimonio civil y el alcance legal, la limitación de poderes del obispo de Roma, el liberalismo; un total de 80 errores considerados por la sede romana.

A partir de la segunda mitad del segundo mileno, se ha ido generando una consolidación del Obispo de Roma debilitando a otros obispos y a las Iglesias nacionales, mediante acciones directas o indirectas, como los mencionados en este punto, pero que en el correr del siglo XIX y XX se han pretendido consolidar aún más.

Adherimos a este postulado, nosotros y nosotras, la Iglesia Antigua de Uruguay  - Diversidad Cristiana y rechazamos toda injerencia, tanto del obispo romano en nuestra iglesia, como de otras autoridades eclesiásticas que, no siendo las legítimas de nuestra denominación, pretendan limitar, condicionar o contradecir la doctrina de la iglesia primitiva a la que adherimos plenamente.


Cuarto Domingo de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




IV domingo de Cuaresma
Levítico 8,1-17; 9,22-24
Cristo camino, verdad y vida

Agustín de Hipona
Sobre San Juan trat. 34,8-9

El Señor dijo concisamente: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Con estas palabras nos mandó una cosa y nos prometió otra; hagamos lo que nos mandó, y de esta forma no desearemos de manera insolente lo que nos prometió; no sea que tenga que decirnos el día del juicio: «¿Hiciste lo que mandé, para poder pedirme ahora lo que prometí?» «¿Qué es lo que  mandaste, Señor, Dios nuestro?» Te dice: «Que me siguieras». Pediste un consejo de vida. ¿De qué vida, sino de aquella de la que se dijo: En ti está la fuente de la vida.

Conque hagámoslo ahora, sigamos al Señor; desatemos los pies de aquellas ataduras que nos impiden seguirle. ¿Pero quién será capaz de desatar tales nudos si no nos ayuda aquel mismo de quien se dijo: Rompiste mis cadenas? El mismo que en otro salmo afirma: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan.

¿Y en pos de qué corren los liberados y los puestos en pie, sino de la luz de la que han oído: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en la tinieblas? Porque el Señor abre los ojos al ciego. Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe. Porque fue necesaria su saliva mezclada con tierra para ungir al ciego de nacimiento.

También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que él nos ilumine. Mezcló saliva con tierra, por ello está escrito: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado: la verdad brota de la tierra; y él mismo había dicho: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.

Disfrutaremos de la verdad cuando lleguemos a verle cara a cara, pues  también esto se nos promete. Porque ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiese dignado dar o prometer? Le veremos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Y Juan añade: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Ésta es una gran promesa.

Si lo amas, síguelo. «Yo lo amo –me dices–, pero ¿por qué camino lo sigo?» Si el Señor tu Dios te hubiese dicho: «Yo soy la verdad y la vida», y tú deseases la verdad, y anhelaras la vida, sin duda que hubieras preguntado por el camino para alcanzarlas, y te estaría diciendo: «Gran cosa, la verdad, gran cosa, la vida; ojalá mi alma tuviera la posibilidad de llegar hasta ellas».

¿Quieres saber por dónde? Óyele decir primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenias que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino.

No se te dice: «Trabaja por dar con el camino, para que llegues a la verdad y a la vida»; no se te ordena esto. Perezoso ¡levántate! El mismo camino viene hacia ti y te despierta del sueño en que estabas dormido; si es que en verdad estás despierto: levántate, pues, y anda.


A lo mejor estás intentando andar y no puedes porque te duelen los pies. ¿Y por qué te duelen los pies? ¿Acaso porque anduvieron por caminos tortuosos bajo los impulsos de la avaricia? Pero piensa que la Palabra de Dios sanó también a los cojos. «Tengo los pies sanos» –dices–, «pero no puedo ver el camino». Piensa que también iluminó a los ciegos.

viernes, 28 de marzo de 2014

Tercer Sábado de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Sábado III semana de Cuaresma
Éxodo 40,14-36
Servimos a Cristo en los pobres

Gregorio Nacianceno
Sermón sobre el amor a los pobres 14,38.40

Dichosos los misericordiosos –dice la Escritura–, porque ellos alcanzarán misericordia. No es por cierto la misericordia una de las  últimas bienaventuranzas. Dichoso el que cuida del pobre y desvalido. Y de nuevo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Tratemos de alcanzar la bendición, de merecer que nos llamen dichosos: seamos benignos. Que ni siquiera la noche interrumpa tus quehaceres de misericordia. No digas: vuelve, que mañana te ayudaré. Que nada se interponga entre tu propósito y su realización. Porque las obras de caridad son las únicas que no admiten demora.

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, y no dejes de hacerlo con jovialidad y presteza. Quien reparte limosna, –dice el Apóstol–, que lo haga con agrado: pues todo lo que sea prontitud hace que se te doble la gracia del beneficio que has hecho. Porque lo que se lleva a cabo con una disposición de ánimo triste y forzada no merece gratitud ni tiene nobleza. De manera que cuando hacemos el bien, hemos de hacerlo, no tristes, sino con alegría. Si dejas libres a los oprimidos y rompes todos los cepos, dice la Escritura; o sea, si procuras alejar de tu prójimo sus sufrimientos, sus pruebas, la incertidumbre de su futuro, toda murmuración contra él, ¿qué piensas que va a ocurrir? Algo grande y admirable. Un espléndido premio.


Escucha: Entonces romperá tu luz como la aurora, te abrirá camino la justicia. ¿Y quién no anhela la luz y la justicia? Por lo cual, si pensáis escucharme, siervos de Cristo, hermanos y coherederos, visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémosle, no dejemos de alimentarle o de vestirle; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa, solamente, como algunos; no con ungüentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea; ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo; ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos antes que todos los mencionados; sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que, cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, en el mismo Cristo nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos. Amén.

jueves, 27 de marzo de 2014

Tercer Viernes de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia



Viernes III semana de Cuaresma
Éxodo 35,30 - 36,1; 37,1-9
El misterio de nuestra vivificación

Gregorio Magno
Morales 13,21-23

El bienaventurado Job, que es figura de la Iglesia, unas veces se expresa como el cuerpo y otras veces como la cabeza, de manera que mientras está hablando en nombre de los miembros, de repente se eleva hasta tomar las palabras de la cabeza. Por esto dice: Todo esto lo he sufrido aunque en mis manos no hay violencia y es sincera mi oración.

Sin que hubiera violencia en sus manos, tuvo que sufrir también aquel que no cometió pecado, ni encontraron engaño en su boca, a pesar de lo cual arrostró el dolor de la cruz por nuestra redención. Fue el único entre todos los hombres, que pudo presentar a Dios súplicas inocentes, porque hasta en medio de los dolores de la pasión rogó por sus perseguidores diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

¿Qué es lo que puede decirse o pensarse de más puro en una oración que alcanzar la misericordia para aquellos mismos de los que se está recibiendo el dolor? Así, la misma sangre de nuestro Redentor, que los perseguidores habían derramado con odio, luego convertidos, la bebieron como medicina de salvación y empezaron a proclamar que él era el Hijo de Dios.

De esta sangre, pues, se dice con razón: ¡Tierra, no cubras mi sangre, no encierres mi demanda de justicia! Al hombre que pecó se le había dicho: Eres polvo, y al polvo te volverás.

Por ello, nuestra tierra no oculta la sangre de nuestro Redentor, ya que cada pecador que asume el precio de su redención, la confiesa y la alaba y la da a conocer a su alrededor a cuantos puede.

La tierra tampoco oculta la sangre de nuestro Redentor, ya que también la Iglesia anuncia el misterio de la redención en todo el mundo.

Fíjate también en lo que se añade después: No encierres mi demanda de justicia. Pues la misma sangre de la Redención que se recibe es la demanda de justicia de nuestro Redentor. Por ello dice también Pablo: La aspersión de una sangre que habla mejor que la de Abel. De la sangre de Abel se había dicho: La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra.

Pero la sangre de Jesús es más elocuente que la de Abel, porque la sangre de Abel pedía la muerte de su hermano fratricida, mientras que la sangre del Señor imploró la vida para sus perseguidores.

Por tanto, para que el misterio de la pasión del Señor no nos resulte a nosotros inútil, hemos de imitar lo que recibimos y predicar a los demás lo que veneramos.


Su demanda de justicia quedaría oculta en nosotros si la lengua calla lo que la mente creyó. Pero para que su demanda de justicia no quede oculta en nosotros, lo que ahora queda por hacer es que cada uno de nosotros, de acuerdo con la medida de su vivificación, dé a conocer el misterio a su alrededor.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Tercer Jueves de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Jueves III semana de Cuaresma
Éxodo 34,10-28
El sacrificio espiritual de la oración

Tertuliano
Sobre la oración 28-29

La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?, dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora, dice, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como aquella víctima propia de Dios y acepta a sus ojos. Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, integra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, y ella nos alcanzará de Dios todos los bienes.

¿Podrá Dios negar algo a la oración hecha en espíritu y verdad, cuando es él mismo quien la exige ? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y creído! Ya la oración del Antiguo Testamento liberaba del fuego, de las fieras y del hambre, y, sin embargo, no había recibido aún de Cristo toda su eficacia.

¡Cuánto más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana! No coloca un ángel para apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al hambriento la comida de los campesinos, ni aleja, con el don de su gracia, ninguna de las pasiones de los sentidos; pero enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren, para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre.

En el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora a favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Y qué tiene que sorprenderte que pueda hacer bajar del cielo el agua (del bautismo) si pudo también impetrar las lenguas de fuego?

Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien.

La oración sacó a las almas de los muertos del mismo seno de la muerte, fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie.

Los ángeles oran también, oran todas las criaturas, oran los ganados y las fieras que se arrodillan al salir de sus establos y cuevas y miran al cielo: pues no hacen vibrar en vano el aire con sus voces. Incluso las aves cuando levantan el vuelo y se elevan hasta el cielo, extienden en forma de cruz sus alas, como si fueran manos, y hacen algo que parece también oración.

¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos.



martes, 25 de marzo de 2014

Tercer Miércoles de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




Miércoles III semana de Cuaresma
Éxodo 33,7-11. 18-23; 34,5-9. 29-35
Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios

Teófilo de Antioquía
A Autólico 1,2.7

Tú me dices: «Muéstrame a tu Dios»; yo te diré a mi vez: «Muéstrame tú al hombre que hay en ti», y yo te mostraré a mi Dios.

Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón.

Pues de la misma manera que los que ven con los ojos del cuerpo, con ellos perciben las realidades de esta vida terrena y advierten las diferencias que se dan entre ellas –por ejemplo, entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo bello, lo proporcionado y lo desproporcionado, lo que está bien formado y lo que no lo está, lo que existe de superfluo y lo que es deficiente en las cosas–, y lo mismo se diga de lo que cae bajo el dominio del oído –sonidos agudos, graves o agradables–, eso mismo hay que decir de los oídos del corazón y de los ojos de la mente, en cuanto a su poder para captar a Dios.

En efecto, ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones.

El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo brillante.

Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera, cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios.

Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico, y él punzará los ojos de tu alma y de tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra y su sabiduría. Pues por medio de la Palabra y de la sabiduría se hizo todo. Efectivamente, la palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos. Su sabiduría está por encima de todo: Dios, con su sabiduría, puso el fundamento de la tierra; con su inteligencia, preparó los cielos; con su voluntad, rasgó los abismos, y las nubes derramaron su rocío.


Si entiendes todo esto, y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia en tu corazón y entonces entenderás todo esto. Cuando te despojes de lo mortal y te revistas de la inmortalidad, entonces verás a Dios de manera digna. Dios hará que tu carne sea inmortal con su alma, y entonces, convertido en inmortal, verás al que es inmortal, con tal de que ahora creas en él.

lunes, 24 de marzo de 2014

Tercer Martes de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia.




Martes III semana de Cuaresma
Éxodo 32,1-6. 15-34
Oración, ayuno y misericordia


Pedro Crisólogo
Sermón 43

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, y la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlas, pues no pueden separarse.

Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca: que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído, a quien no cierra los suyos al que le suplica.

Que el que ayuna, entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda, quien desea que le responda a el. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia, y el ayuno, deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos, pues, con ayunos lo que perdimos por el desprecio: inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado  ú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios, no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.

Pero para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no le riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza; lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios, y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.


Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro, no lo tendrás tampoco para ti.

Tercer Lunes de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia.




Lunes III semana de Cuaresma
Éxodo 24,1-18
El hombre ha de gloriarse sólamente en el Señor

Basilio Magno
Homilía sobre la humildad 20,3

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Entonces ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría –continúa el texto sagrado– que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así –como dice la Escritura–: «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría San Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos.

He trabajado más que todos –dice Pablo–; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.


Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior –dice también el Apóstol– dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando.

sábado, 22 de marzo de 2014

Tercer Domingo de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia




III domingo de Cuaresma
Éxodo 22,20 - 23,9
La samaritana

Agustín de Hipona
Sobre el evangelio de San Juan
trat. 15, 10-12. 16-17

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, en efecto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Los samaritanos, no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura, y luego vino la realidad. Creyó efectivamente en aquél que quiso darnos en ella una figura. Llega, pues, a sacar agua.

Jesús le dice: Dame de beber. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice a Jesús: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana? Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer.

Fíjate en quién era aquél que le pedía de beber: Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías  tú, y él te daría agua viva.

Le pedía de beber y fue él mismo quien le prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad.

Si conocieras, dice, el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo.

A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya le está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación ? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?.


De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua, así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Por una parte su indigencia la forzaba al trabajo, pero por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.

viernes, 21 de marzo de 2014

Segundo Sábado de Cuaresma - Lecturas Espirituales de la Iglesia.



Sábado II semana de Cuaresma
Éxodo 20,1-17
Unirse a Dios, único bien verdadero

Ambrosio de Milán
Huida del mundo 6,36; 7,44; 8,45; 9,52

Donde está el corazón del hombre allí está también su tesoro; pues el Señor no suele negar la dádiva buena a los que se la han pedido. Y ya que el Señor es bueno, y mucho más bueno todavía para con los que le son fieles, abracémonos a él, estemos de su parte con toda nuestra alma, con todo el corazón, con todo el empuje de que seamos capaces, para que permanezcamos en su luz, contemplemos su gloria y disfrutemos de la gracia del deleite sobrenatural. Elevemos, por tanto, nuestros espíritus hasta el Sumo bien, estemos en él y vivamos en él, unámonos a él, ya que su ser supera toda inteligencia y todo conocimiento, y goza de paz y tranquilidad perpetuas, una paz que supera también toda inteligencia y toda percepción.

Éste es el bien que lo penetra todo, que hace que todos vivamos en él y dependamos de él, mientras que él no tiene nada sobre sí, sino que es divino; pues no hay nadie bueno, sino sólo Dios, y por lo tanto todo lo bueno, divino, y todo lo divino, bueno; por ello se dice: Abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente; pues por la bondad de Dios se nos otorgan efectivamente todos los bienes sin mezcla alguna de mal.

Bienes que la Escritura promete a los fieles al decir: Lo sabroso de la tierra comeréis.

Hemos muerto con Cristo y llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo para que la vida de Cristo se manifieste en nosotros. No vivimos ya aquella vida nuestra, sino la de Cristo, una vida de inocencia, de castidad, de simplicidad y de toda clase de virtudes; y ya que hemos resucitado con Cristo, vivamos en él, ascendamos en él, para que la serpiente no pueda dar en la tierra con nuestro talón para herirlo.

Huyamos de aquí. Puedes huir en espíritu, aunque sigas retenido en tu cuerpo; puedes seguir estando aquí y estar ya junto al Señor, si tu alma se adhiere a él, si andas tras sus huellas con tus pensamientos, si sigues sus caminos con la fe y no a base de apariencias, si te refugias en él, ya que es el refugio y fortaleza, como dice David: A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre.

Conque si Dios es nuestro refugio, y se halla en el cielo y sobre los cielos, es hacia allí hacia donde hay que huir, donde está la paz, donde nos aguarda el descanso de nuestros afanes, y la saciedad de un gran sábado, como dijo Moisés: El descanso de la tierra os servirá de alimento. Pues la saciedad, el placer y el sosiego están en descansar en Dios y contemplar su felicidad. Huyamos, pues, como los ciervos hacia las fuentes de las aguas; que sienta sed nuestra alma como la sentía David. ¿Cuál es aquella fuente? Óyele decir: en ti está la fuente viva.


Y que mi alma diga a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues Dios es esa fuente.