Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

sábado, 25 de enero de 2014

Tercer Domingo del Tiempo de la Iglesia - Mateo 4, 12-23



En estos pasajes, podemos encontrar al menos tres ejes de análisis: por un lado, el inicio del ministerio de Jesús; por otro el llamado a los primeros discípulos; en última instancia el desarrollo inicial del ministerio.

El inicio del ministerio de Jesús

Según lo indican los versículos, Jesús inicia su ministerio una vez que Juan había sido arrestado y encarcelado (Mt. 14:1-12; Mr. 6:14-29; Lc. 9:7-9); y para ello se traslada a Galilea. Esto último ha sido interpretado por algunos como un acto de heroísmo mientras que para otros fue una huida a un lugar más seguro.
Sea por el motivo que sea, cabe destacar que siendo el Mesías, el Ungido, el Elegido, Jesús podría haber preferido un lugar de mayor prestigio o influencia; dado que era el “Rey de los Judíos”, iniciar su ministerio en un entorno con mayor población judía hubiese sido lo lógico; o hacerlo en Jerusalén, capital religiosa por aquel entonces, hubiese sido razonable.
Sin embargo, Jesús no eligió a los religiosos, sabios, políticos, influyentes como destinatarios de su mensaje, sino que se dirigió a la “Galilea de los gentiles” (Is. 9:1; Mt. 4:15). En relación a ello, la palabra “Galilea” significa círculo o región, es decir que dicha expresión hace referencia a una zona rodeada por gentiles. Se estima que la mitad de la población no era judía, conviviendo varias religiones, culturas, costumbres, idiomas y etnias. Era una zona de tránsito, recibiendo influencias diversas y las personas que allí vivían tenían ciertos rasgos propios, como ser un dialecto particular (Mc. 14:70).
Era un lugar considerado periférico, poco importante, utilizándose la expresión “galileos” en forma despectiva (Jn. 7:52) para señalar a personas que estaban por fuera de la vida religiosa, cultural y política del judaísmo puro.
Son, este lugar despreciado, tenido en menos, y esta población excluida, menospreciada, los que Jesús elige para plantar la semilla del mensaje de salvación para la Humanidad.

Llamado a los primeros discípulos

Nuevamente, Jesús hace una apuesta por las personas que son consideradas “inferiores” en la sociedad. No va en busca de líderes religiosos, sabios, personas importantes, famosos o poderosos. No, llama a personas sencillas a seguirle.
Es el Señor quien nos llama pero, en nuestro libre albedrío debemos optar. Y hay momentos en los cuales la decisión debe ser rápida y radical, no puede esperar.
Es en ese momento donde la acción, la disposición y el movimiento es de parte nuestra; es el momento en el cual dejamos lo que estamos haciendo y le seguimos.
Es una apuesta radical por una responsabilidad especial: llevar esperanza, amor y justicia a quienes “sobran” para esta sociedad; hacer vivencial el reino de Dios en la tierra, porque el reino es aquí y ahora, ya que Dios está en y con nosotros.
Estas personas no pueden esperar; estas personas precisan (y es nuestro deber colaborar en ello) que el reino se haga palpable en el aquí y ahora. No pueden esperar por una justicia e inclusión futura, precisan eso hoy.

Desarrollo inicial del ministerio

En los vv. 23 y 24 tenemos un resumen del ministerio de Jesús y un ejemplo a seguir.
Él no se dirige al centro de poder religioso, sino que recorre el lugar y va a las sinagogas que había en Galilea; él actúa, no espera que vengan a él, sino que toma la iniciativa. Va, enseña, predica y sana allí donde está la necesidad.
Este es su ejemplo para nosotros puesto que como discípulos y comunidad que estamos al servicio de las personas y de Dios, no debemos quedarnos cómodamente sentados esperando que las personas con necesidad vengan, sino que nosotros tenemos que tomar la iniciativa, movernos e ir allí donde la necesidad está. No debemos esperar que la oportunidad se dé, tenemos que salir a generar las oportunidades de acción.

¿Para quién está dirigido el mensaje del reino?
No está dirigida a la élite religiosa, cultural y política; está dirigida a los “galileos”, a los gentiles, a los “paganos” o “semi-paganos”, a los excluidos y tenidos en menos.
¿Y qué tenemos que hacer?
Enseñar y predicar pero no sólo la Palabra; la mejor forma de enseñar y predicar es con nuestro ejemplo, con nuestra vida, con nuestro compromiso, con obras y no sólo palabras (1 Jn. 3:18). Las palabras pueden ser muy bonitas, pero las personas precisan cosas tangibles en el aquí y ahora. Dios nos llama a actuar.

En estos pasajes, el evangelista destaca tres lugares: Nazaret, Capernaum y el Mar de Galilea:
-      Nazaret, ciudad en la que Jesús se crió (Mt. 2:22-23; Lc. 2:39, 51), es su lugar, su ciudad, es el sitio que él deja para salir a hacer la voluntad de Dios. Nazaret representa lo conocido, lo cómodo, el lugar donde nos movemos habitualmente, nuestra zona de confort, de seguridad; nuestras formas comunes de actuar, nuestros pensamientos habituales, nuestras estructuras, nuestras certezas; nuestras creencias, prejuicios y preconceptos respecto de las personas y las cosas.
-      Capernaum, el nuevo lugar. Simboliza el movimiento, la acción, el cambio; es el lugar hacia donde tenemos que ir, el lugar al cual nos tenemos que mover para hacer la voluntad de Dios. Es ese sitio al que no muchos quieren ir; son esos cambios que pocos están dispuestos hacer; son esos desafíos que casi nadie quiere enfrentar; son esos procesos difíciles de enfrentar.
-      El Mar de Galilea es el medio en el que se desarrolla el ministerio y/o la voluntad de Dios; es el lugar donde se desarrolla la vida. En nosotros esto puede ser la comunidad, el trabajo, un grupo de pertenencia, o puede implicar un trayecto personal que hay que buscar y recorrer (como lo hizo Jesús).
  
¿Y todo esto para qué?
En lo general, para que aquellas personas despreciadas, excluidas, marginadas de la sociedad puedan ver luz en medio de las tinieblas. Para que aquellas personas que están por bajar los brazos reciban un renuevo en sus vidas (Jn. 7:38). Para que aquellas personas que se encuentran oprimidas por diversos yugos encuentren liberación (Mt. 11:29-30).
En lo personal, para que realmente podamos vivir la vida que Dios quiere para nosotros. Una vida nueva, distinta, que llame la atención; una vida con propósito, con sentido; una vida bien vivida. Una vida revolucionaria que se aparte del status quo imperante y que apueste por una sociedad mejor; una vida que rechace radicalmente toda forma de opresión e injusticia. Una vida que refleje el mensaje de amor, alegría y misericordia que Jesús nos dejó. Una vida vivida de acuerdo a la perfecta voluntad de Dios. Una vida comprometida con el evangelio.
Eso no significa que todo va a ser fácil, que todo va a ser sencillo.
El Mar de Galilea, que simboliza el medio en el cual nos movemos, se caracteriza por su pesca abundante pero también por fuertes y embravecidas tormentas (Mt. 8:24). Los frutos que recogemos son abundantes pero deberemos discernir entre los adecuados y los no adecuados (como los peces, cuáles se pueden consumir y cuáles no). Así, en la vida tenemos momentos de alegría como de tristeza, la pregunta es ¿con qué momentos nos vamos a quedar? En la vida nos encontramos con personas que son de edificación, que su cruce de camino con nosotros nos permite ser mejores personas y aprender; mientras otros dañan nuestros sentimientos, nuestra autoestima, nos generan dudas, etc. ¿Con qué nos vamos a quedar finalmente, con las palabras de quien nos edifica o con aquellas de quien nos trata de destruir? Qué opción tomamos, ¿el perdón o el rencor? ¿el odio o el amor?
Todo esto con la certeza de que, aunque haya dificultades, Jesús es capaz de calmar las tempestades y traer paz a nuestras vidas (Mt. 8:25-26).


En síntesis: sigamos el ejemplo que Jesús nos dejó, pongamos manos a la obra, actuemos, vayamos en busca de aquellos que necesitan recibir la buena noticia. Para ello, primero debemos estar dispuestos a salir de nuestra Nazaret, abandonar ese lugar conocido para adentrarnos en otro terreno. Producto de eso, veremos frutos que tendremos que discernir y momentos en los cuales la tormenta parecerá arrasar con todo; sin embargo, nunca debemos de perder de vista que Dios está con nosotros y nos sostiene (Is. 41:13)


Buena semana para todos y todas
Presbítea Ana Mássimo

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