Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

domingo, 29 de diciembre de 2013

Nuestra sociedad adultocéntrica repite la historia de Herodes - Mt 2,13-15.19-23



1.    El texto en su contexto:

Este relato es propio de Mateo. No figura en ninguno de los otros evangelios. Todo el Evangelio de Mateo se esfuerza por presentar a Jesús como el nuevo Moisés, tal vez, por eso el relato de la huida a Egipto (versículos 13 – 15).

1.1.        Jesús resume y completa la historia de Israel:

Allí la comunidad judía era muy numerosa. Algunos estudiosos sitúan una comunidad judía tan numerosa en Alejandría, situada al norte de Egipto, que afirman podría llegar a la tercera parte de la población de esa ciudad. Además se encontraban en muy buena posición económica, mientras que la mayoría de la población egipcia era labriega, considerada la más pobre del imperio.

El camino de la costa, de Israel a Egipto no era nada fácil. Al José evitar pasar por Jerusalén, debió tomar la ruta del sur a Hebrón.

En otros tiempos, Egipto había servido de refugio (1 Reyes 11,40; Jeremías 26,21). La partida en la noche, hizo imposible rastrear a los fugitivos, al igual que en el éxodo (Éxodo 12,31).

Un aspecto importante a resaltar, es que final del versículo 13. Todas las versiones traducen: tou` ajpolevsai aujtov por “buscará al niño para matarlo”, pero puede traducirse también “perderlo”). Esta variante, la estaremos tomando más adelante.

Mateo, se esfuerza en demostrar que todo lo sucedido en la vida de Jesús, fue anunciado por los profetas (Mateo 1,22; 2,15.17.23; 4,14; 8,17; 12,17; 13,14.35; 21,4; 26,54.56; 27,9). “De Egipto llamé a mi hijo” (versículo 15) es una cita de Oseas 11,1 que refiere claramente a la salida de los israelitas de Egipto en el éxodo. Para Mateo, Jesús resume y completa la historia de Israel (Mateo 1,1).

Sin lugar a dudas, la comunidad destinataria del evangelio de Mateo, comprendía claramente la comparación que el evangelista pretendía hacer, entre Moisés y Jesús (versículos 20-21 cf Éxodo 1,22-2,10; 4,19-20).

1.2.        Jesús “el nazareno” o “el nazareo”:

En los versículos siguientes (19-23) Mateo relata el regreso de la familia de Jesús a Nazaret, un pequeño pueblo de Galilea, al norte de Israel, ubicado en la ruta principal de la costa a Siria, a pocos kilómetros de Séforis que estaba siendo reconstruida y que era famosa por su diversidad cultural. Jesús desarrolló su vida en Nazaret de Galilea hasta iniciar su ministerio profético, por eso era llamado nazareno (versículo 23).

Los autores en la antigüedad, a veces combinaban palabras para transmitir sus conceptos, de modo que “nazareno” podría estar haciendo referencia al término hebreo “netzer” que se traduce por “retoño”, uno de los títulos mesiánicos (Jeremías 23,5; Zacarías 3,8; 6,12 cf Isaías 11,1). También podría ser un juego de palabras haciendo referencia a los “nazareos” que eran personas dedicadas a Dios (Números 6,1-21; Jueces 13,5).


2.    El texto en nuestro contexto:

Una primera reflexión tiene que ver con la baja de la edad de imputabilidad.

La sociedad uruguaya se viene planteando desde hace algunos años, bajar la edad de imputabilidad de los adolescentes, de 18 a 16 años, con el argumento de la inseguridad ciudadana. Esta iniciativa, que vulnera los derechos humanos de los y las adolescentes se está consolidando, a instancias de partidos políticos conservadores, de sectores poderosos del país, de los medios de prensa.

Adolescentes de 16 años podrían ir a la cárcel, sin embargo, no pueden inscribirse en un centro de estudios, contraer matrimonio, comenzar a trabajar, adquirir bienes o salir del país sin permiso. Algo más, aunque parezca ridículo, para extraerse una muela tienen que contar con la asistencia de una persona adulta del núcleo familiar.

La sociedad actual, al igual que Herodes, por miedo a perder privilegios, a cambiar situaciones, está optando por perder en el sistema carcelario a las y los adolescentes que comenten infracciones a la ley penal. Sin aceptar, que son personas adultas las que introducen la droga en el país, que son personas adultas las que venden droga que los adolescentes consumen, que son personas adultas que les proporcionan las armas que utilizan en los delitos, que son personas adultas las que les venden alcohol en los comercios.

Nuestra sociedad adultocéntrica, repite la historia de Herodes, responsabilizando a las personas más vulneradas.

Las cristianas y los cristianos no podemos mantenernos en silencio. Tenemos la responsabilidad evangélica de levantar nuestras voces en contra de la baja de la edad de imputabilidad, denunciando que el sistema judicial uruguayo penaliza la pobreza y la juventud. Nuestras cárceles están llenas de pobres y de jóvenes.

Las cristianas y los cristianos tenemos el desafío de ponernos del lado de quienes son víctimas del sistema. Esto no quiere decir que estemos de acuerdo con la violencia juvenil. Condenamos todo tipo de violencia. Pero sabemos, que la violencia juvenil es producto de otras violencias: el empobrecimiento, la marginalidad, la discriminación, la desigualdad, la exclusión, la manipulación.

Una segunda reflexión tiene que ver con el trabajo infantil.

Nuestra sociedad se jacta de contar con leyes protectoras, sin embargo, las niñas y niños trabajadores son una realidad palpable en nuestra vida cotidiana: vendiendo o cantando en el ómnibus, cuidando autos en la esquina o limpiando parabrisas en los semáforos, conduciendo carros tirados por caballos y reciclando residuos de las volquetas. Una realidad que golpea los ojos pero que, sin embargo, como sociedad hemos aprendido a invisibilizar. Esos no son niños y niñas, son menores. Nuevamente la hipocresía instalada en la sociedad y la indiferencia en las iglesias.

Como Herodes, nuestra sociedad obliga a esos niños y niñas a exiliarse en las calles, en el analfabetismo, en el ausentismo y la deserción escolar, en la marginalidad y la indigencia. La sociedad está “perdiendo” a estos niños y estas niñas. Está “matando” su infancia, su inocencia, su ingenuidad, su capacidad de crecimiento y desarrollo digno. Las Iglesias que no levantamos nuestra voz, denunciando esta injusticia somos cómplices de esas “muertes en vida”, de esas “perdidas” muchas veces irreparables.

Entonces ¿qué hacer? Muchas cristianas y muchos cristianos podrán decir ¿yo que puedo hacer? Es responsabilidad de sus familias o en todo caso de la sociedad. Están las organizaciones del Estado y de la Sociedad Civil. Yo pago mis impuestos para que se vuelquen en políticas sociales. Estas cristianas y estos cristianos son esclavos de su mediocridad. No entendieron o no quieren entender el contenido revolucionario y escandaloso del Evangelio de Jesucristo.

Como José, que no engendró a Jesús, según nos relata el Evangelio de Mateo, que renunció a su comodidad, a su vida tranquila, a su prestigio y se puso en camino al exilio para proteger al niño, las comunidades cristianas estamos llamadas a desinstalarnos y ponernos en camino para proteger a las personas vulneradas por el sistema social, cultural, religioso, económico, político.


3.    Conclusión:

Las cristianas y los cristianos hemos transformado la Navidad en la fiesta de la idolatría: pesebres, papá Noel, cena familiar, consumismo, misa de gallo … abandonando aquello que le da sentido y que fue su origen: Dios asumió la naturaleza humana, se encarnó (Juan 1,14), se hizo uno de tantos (Filipenses 2,7), un semejante (Mateo 8,20; 9,6; 12,8; 13,41; 16,13; 20,18; 26,64) que bien puede ser un “menor” (llámese adolescente infractor, niño o niña en situación de trabajo).

Les invito a ir en busca de ese menor, llamado Emanuel (Isaías 7,14): “Dios con nosotros y nosotras y entre nosotros y nosotras”, y una vez que le encontremos en la esquina, en el semáforo, en el pisadero del horno de ladrillo, en la cantera reciclando, en el contenedor de residuos, en el ómnibus vendiendo o cantando le sirvamos como a Jesús (Mateo 25,34-40).


Buena semana para todos y todas.
+Julio, obispo de la Iglesia Antigua del Uruguay – Diversidad Cristiana
Domingo 29 de diciembre de 2013. 



martes, 24 de diciembre de 2013

La Navidad cuestiona: las estructuras sociales sobre la familia, las estructuras eclesiales que rechazan otras formas de ser familia, nuestras posturas y creencias frente a otras formas de ser familia (monoparentales, concubinarias, no biológicas, extendidas, ensambladas, entre otras)

Mensaje de Navidad


Apreciada comunidad eclesial, tengan mucha paz, justicia y solidaridad, porque ese es el espíritu navideño. 

A continuación voy a compartir con ustedes la reflexión de nuestra hermana, la Presbítera Ana Mássimo, que compartiera con nosotros y nosotras, el pasado 22 de diciembre en la celebración ecuménica de la Navidad.

Entre las funciones del episcopado destaca fundamentalmente el magisterio. Por lo tanto, quiero compartir con ustedes en esta Navidad dos enseñanzas. La primera, es que Dios se revela a través de todos los miembros de la comunidad. La segunda, es que muchas veces lo hace a través de los miembros más jóvenes o nuevos de la comunidad. 

Exponiéndoles estas dos enseñanzas comparto con ustedes la reflexión de nuestra hermana, una reflexión profundamente humana y profundamente cristiana.

Feliz Navidad.
+ Julio, obispo de la Iglesia Antigua en el Uruguay - Diversidad Cristiana.






Mateo 1:18-25

Reflexión
Para poder entender cabalmente el origen de Jesús, es necesario conocer ciertas costumbres de la época.

En Israel eran principalmente los padres los que elegían la esposa y el esposo de l@s jóvenes, quienes eran escuchad@s en sus preferencias en muy raras ocasiones. Incluso en esos casos (principalmente atribuidos a varones), los padres decidían finalmente y formalizaban el destino de l@s jóvenes (las jóvenes hasta los doce años y medio no podían rechazar la decisión del padre y hermano mayor). Referencias a esto, lo podemos encontrar en Gn. 21:21; 24 –en particular 24:51, 57-58; 34:4, 8, 11; 38:6; Jue. 14:1-10.

Desde un momento inicial (marcado por un regalo de bodas: Gn. 24:22, 53; 29:18, 27; 34:12; Ex. 22:17; 1 S. 18:25, una ceremonia y otros presentes tanto para la familia como para ella) hasta el matrimonio, podían pasar semanas o hasta 12 meses, tiempo en el que los novios continuaban viviendo cada uno en la casa de sus respectivos padres (la hija celebraba el matrimonio un año después de ser mayor, es decir, a los 13 años y medio como mínimo).

En este período, llamado esponsales o desposorios, uno o dos amigos del futuro esposo servían de intermediario entre las partes (Jn. 3:29), mientras que la novia era tratada como si estuviera casada, no pudiéndose disolver la unión excepto por un divorcio legal iniciado únicamente por el futuro esposo. El objetivo de este período era que el novio se ocupara de conseguir un alojamiento para su mujer, mientras ésta se preparaba para su papel de esposa, debiéndose ambos fidelidad. Algunas especificaciones al respecto podemos encontrarlas en Éx. 21:8, 9; Dt. 20:7; 28:30.

Como se puede observar, este compromiso era formal y tenía consecuencias legales: si la futura esposa mantenía relaciones sexuales consentidas con otro hombre, ella y su cómplice eran castigados con la muerte por adulterio (Dt. 22:23-24), siendo apedreados hasta morir; por otra parte, la mujer pasaba de ser propiedad de su padre para serlo de su esposo.

Finalmente, el matrimonio implicaba ciertos protocolos, ritos y formalidades que giraban en torno al traslado de la novia a la casa del novio para ser entregada a él y consumar el matrimonio; los festejos por la boda duraban toda una semana.

De lo explicitado anteriormente, se puede entender por qué se emplean simultáneamente en estos versículos, los términos “desposada” (RV1960), “comprometida” (DHH), “marido” (DHH y RV1960), “esposa” (DHH) y “mujer” (RV1960) antes de la consumación del matrimonio de María y José.

Es decir, María quedó embarazada en el período de los esponsales, por lo que la concepción de Jesús es extraconyugal. Frente a esto, humanamente hablando había tres posibilidades:
-       María había tenido relaciones sexuales con José
-       Había consentido tenerlas con otro hombre
-       Había sido víctima de una violación.
Si era la primera, más allá de todo, no había mayores inconvenientes pues la situación se solucionaba con el matrimonio, a lo sumo José tendría que pagarle una suma al padre de María por las relaciones sexuales prematuras. Sin embargo, al relatarnos las escrituras la reacción de José, queda claro que no fue el caso.

Si era la segunda, el hecho de hacer saber públicamente lo acontecido implicaba la muerte de María, del niño o niña y del progenitor (si se conocía), según ya se ha indicado (Éx. 20:14; Lv. 20:10; Dt. 5:21; 22:23-24).

Finalmente, en el caso de la tercera posibilidad, si se lograba probar que era así, el violador sería muerto (Dt. 22:25-26), mientras que María y su familia cargarían con la deshonra de por vida.

O sea que de conocerse el hecho, lo mejor que le podría haber sucedido a María era encontrarse en la tercera posibilidad.

Por su parte, fuera cual fuera la situación de origen, si José decidía seguir adelante con sus planes de repudiarla, y María no moría, en términos actuales Jesús hubiese sido un hijo natural (“bastardo”, “ilegítimo”) y ella una madre soltera, constituyendo una familia disfuncional, monoparental de la que tanto se habla hoy en día.

Más allá de que el hecho se haya ocultado, en algún momento salió a luz. Hay quienes interpretan que ciertos pasajes de los Evangelios hacen referencia a ello:
-           Mr. 6:3 donde Jesús es identificado como el hijo de María. Esto llama la atención porque siendo una sociedad androcéntrica y patriarcal, la única alternativa para identificarlo por el nombre de su madre es que fuera hijo ilegítimo. Aparentemente, la frase fue posteriormente retocada para que fuera socialmente aceptable (Mt. 13:55).
-           En el capítulo 8 de Juan, se da una intensa discusión en la que los fariseos le cuestionan su origen a Jesús, con preguntas y afirmaciones insidiosas como “¿Dónde está tu Padre?” (v. 19), “¿Tú quién eres?” (v. 25), “Nosotros no somos nacidos de fornicación” (v. 41), “¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano…?” (v. 48). Ésta última pregunta puede hacer alusión a un relato en el que se señalaba que el padre biológico de Jesús habría sido un soldado romano, denominándolo “samaritano” como un insulto e indicativo de no ser un judío puro (hijo de madre y padre judíos).

Esto fue la base para muchas críticas y dudas al cristianismo. ¿Y por qué permitió Dios que esto fuera así? Una posible explicación, es que si María y José hubiesen estado casados lo esperable es que Jesús hubiese sido concebido dentro de este marco, por lo que sería hijo de José según la carne y no podría haber llevado consigo los pecados en la cruz para redención y salvación de tod@s.

Pero Jesús fue perfectamente hombre (excepto por el pecado), con una naturaleza humana completa por haber sido engendrado en María, y perfectamente Dios por la concepción a través del Espíritu Santo en ella. En su humanidad, es Hijo de Dios, y en su divinidad, es también humano (Is. 9:6); todo dentro del perfecto plan salvífico de Dios para la humanidad, pues es lo que nos permite a nosotr@s acceder a ser adoptados como hij@s de Dios y ser salv@s (Jn. 1:14, 18; 10:30; 14:9; Gal. 4:4-5).

Al igual que la resurrección, la encarnación de Jesús es un misterio y un claro cumplimiento de la profecía que se encuentra en Is. 7:14, a la que se hace referencia en los versículos que hemos leído.

La encarnación es el acto por excelencia del plan salvífico de Dios: Dios se había manifestado por epifanías, también a través de distintos hechos y personas a lo largo de la historia de Israel, lo que restaba era cumplir las promesas y profecías anunciadas en el Antiguo Testamento y manifestar su Gloria y Divinidad en la Humanidad haciéndose hombre para, de una vez y por todas, quitar la distancia existente que se había originado en el Edén, trayendo para ello arrepentimiento, perdón de los pecados, restauración y salvación. Respecto a lo anterior, ver: Gn. 3:16; 22:18; 49:9-11; 2 S. 7:12-16; Sal. 2; 22; 40:7-9; 45:7-8; 110; Is. 7:14; 9:6; 35:4; 40:9-11; 53; Jer. 23:5-6; Mi. 5:2; Zac. 12:2, 10; 14:3-5; Jn. 1:14; Col. 1:15-23; 1 Ti. 4:10; He. 1; 2:17; 4:15; 7:26-27; 1 P. 1:17-21; 1 Jn. 1:1- 2:2.

Continuando, lo que los pasajes de hoy nos indican es la encrucijada en la que se encontraba José respecto a su proyecto de vida.  Esa encrucijada en el que Dios muchas veces nos pone para que tomemos una decisión, una decisión radical que posteriormente se podrá constituir en un punto de inflexión en nuestras vidas y que generalmente está asociado a que el Señor tiene algo maravilloso preparado para nosotr@s y lo único que espera es que tomemos una decisión. María ya había aceptado su misión y se había entregado a la voluntad de Dios; faltaba José.

Y ¿quién era y en quién se convirtió José a partir de estos hechos? José era un sencillo carpintero, que en determinado momento se convirtió en un importante instrumento dentro del Plan Salvífico de Dios, aceptando la misión que el Señor le ponía por delante de ser el padre terreno de nuestro Salvador, de protegerlo, darle un nombre, una identidad social, un origen, criarlo, educarlo y enseñarle un oficio.

José, un simple carpintero, pero un hombre justo, practicó el amor, la solidaridad, una justicia liberadora y su fe en Dios, protegiendo a María y al niño que llevaba en su vientre de la degradación, la vergüenza, la humillación, el castigo y la muerte. Jesús nace porque hubo un hombre que en su tiempo fue subversivo, revolucionario, contradijo las normas sociales de su época e hizo una apuesta radical por el débil y el desprotegido.

Es así, que los versículos de hoy nos interpelan en diversos aspectos:
- Cuestionan las estructuras sociales sobre la familia
- Cuestionan las estructuras eclesiales que rechazan otras formas de ser familia
- Cuestionan nuestras posturas y creencias frente a otras formas de ser familia (monoparentales, concubinarias, no biológicas, extendidas, ensambladas, entre otras)
- Cuestionan nuestro discurso, nuestro compromiso, nuestra fe y nuestros hechos al momento de desarrollar la misión que Dios nos ha dado

En suma, tal como José, cuidemos a la esposa de Cristo que es la Iglesia, la comunidad y a todas las formas de familia que hay dentro y fuera de ella.

Vayamos contra lo socialmente considerado como natural y normal (la marginación, la discriminación, el miedo y la exclusión de “lo diferente”) y escuchemos el llamado de Dios y la misión que nos pone por delante.

Al igual que José que fue capaz de asumir un rol protagónico, asumiendo la paternidad física de un niño que no era su hijo biológico, asumamos nosotros hoy un compromiso con Dios, con Jesucristo, con su Iglesia, con nuestra comunidad y con aquellos a quienes el Señor pone en nuestro camino y nos manda a cuidar y proteger (los niños, los pobres, las personas que padecen enfermedades físicas y mentales, las mujeres, los ancianos, las minorías sexuales).

¿Y cómo llevamos adelante esta tarea? Al igual que José, con compromiso y una entrega total y radical.

Comprometiéndonos con nuestros dones, con nuestro servicio, con nuestros ministerios. Comprometiéndonos con las obras, con edificar la comunidad, con edificarnos entre nosotros, con llevar el mensaje de Dios a todos y todas. Comprometiéndonos con nuestra concurrencia, con nuestro apoyo, con nuestra oración.

¿Y por qué? Porque tenemos una misión, porque tenemos un llamado, y porque nuestro compromiso va más allá de los hombres y mujeres, nuestro compromiso es con Dios y con su Hijo, que no tuvo reparos en hacerse hombre, venir a la Tierra y comprometerse con nosotros para nuestra redención y salvación, y nos dejó un mensaje: ser imitadores de Él, llevando su ministerio de misericordia y amor, devolviendo la esperanza a quien ya no la tiene.

Pbra. Ana Mássimo
Iglesia Antigua en el Uruguay - Diversidad Cristiana
22 de diciembre de 2013.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Lecturas Espirituales de la Iglesia en Tiempos de Adviento - 24 de diciembre




24 de diciembre

La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo
Agustín de Hipona
Sermón 185

Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne del pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve v temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así –como dice la Escritura– : El que se gloríe, que se gloríe en el Señor. Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira desde el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.

La verdad brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba. La verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.

Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.

Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alto mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia.


Lecturas Espirituales en Tiempos de Adviento - 23 de diciembre



23 de diciembre

Manifestación del misterio escondido
Hipólito
Contra la herejía de Noeto 9-12

Hay un único Dios, hermanos, que sólo puede ser conocido a través de las Escrituras santas. Por ello debemos esforzarnos por penetrar en todas las cosas que nos anuncian las divinas Escrituras y procurar profundizar en lo que nos enseñan. Debemos conocer al Padre como e desea ser conocido, debemos glorificar al Hijo como el Padre desea que lo glorifiquemos, debemos recibir al Espíritu Santo como el Padre desea dárnoslo. En todo debemos proceder no según nuestro arbitrio ni según nuestros propios sentimientos ni haciendo violencia a los deseos de Dios, sino según los caminos que el mismo Señor nos ha dado a conocer en las santas Escrituras.

Cuando sólo existía Dios y nada había aún que coexistiera con él, el Señor quiso crear al mundo. Lo creó por su inteligencia, por su voluntad y por su palabra; y el mundo llegó a la existencia tal como él lo quiso y cuando el lo quiso. Nos basta, por tanto, saber que, al principio, nada coexistía con Dios, nada había fuera de él. Pero Dios, siendo único, era también múltiple. Porque con él estaba su sabiduría, su razón, su poder y su consejo; todo esto estaba en él, y él era todas estas cosas. Y, cuando quiso y como quiso, y en el tiempo por él mismo predeterminado, manifestó al mundo su Palabra, por quien fueron hechas todas las cosas.

Y como Dios contenía en sí mismo a la Palabra, aunque ella fuera invisible para el mundo creado, cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la creatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación.

El sentido de todo esto es que, al entrar en el mundo, la Palabra quiso aparecer como hijo de Dios; pues, en efecto todas las cosas fueron hechas por el Hijo, pero él es engendrado únicamente por el Padre. Dios dio la ley y los profetas, impulsando a éstos a hablar bajo la moción del Espíritu Santo, para que, habiendo recibido la inspiración del poder del Padre, anunciaran su consejo y su voluntad.


La Palabra, pues, se hizo visible, como dice san Juan. Y repitió en síntesis todo lo que dijeron los profetas, de mostrando así que es realmente la Palabra por quien fueron hechas todas las cosas. Dice: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. Y más adelante: El mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Lecturas Espirituales de la Iglesia en Tiempos de Adviento - 22 de diciembre



22 de diciembre

Magnificat
Beda el Venerable
Sobre el evangelio de san Lucas 1,46-55

María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi Espíritu en Dios, mi salvador. «El Señor, dice, me ha engrandecido con un don tan inmenso y tan inaudito, que no hay posibilidad de explicarlo con palabras, ni apenas el afecto más profundo del corazón es capaz de comprenderlo; por ello ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se complace en la eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne».

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Se refiere al comienzo del himno, donde había dicho: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Porque sólo aquella alma a la que el Señor se digna hacer grandes favores puede proclamar la grandeza del Señor con dignas alabanzas y dirigir a quienes comparten los mismos votos y propósitos una exhortación como ésta: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Pues quien, una vez que haya conocido al Señor, tenga en menos el proclamar su grandeza y santificar su nombre en la medida de sus fuerzas será el menos importante en el reino de los cielos. Ya que el nombre del Señor se llama santo, porque con su singular poder trasciende a toda creatura y dista ampliamente de todas las cosas que ha hecho.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia. Bellamente llama a Israel siervo del Señor, ya que efectivamente el Señor lo ha acogido para salvarlo por ser obediente y humilde, de acuerdo con lo que dice Oseas: Israel es mi siervo, y yo lo amo. Porque quien rechaza la humillación tampoco puede acoger la salvación, ni exclamar con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, y el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. No se refiere a la descendencia carnal de Abrahán, sino a la espiritual, o sea, no habla de los nacidos solamente de su carne, sino de los que siguieron las huellas de su fe, lo mismo dentro que fuera de Israel. Pues Abrahán había creído antes de la circuncisión, y su fe le fue tenida en cuenta para la justificación. De modo que el advenimiento del Salvador se le prometió a Abrahán y a su descendencia por siempre, o sea, a los hijos de la promesa, de los que se dice: Si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.

Con razón, pues, fueron ambas madres quienes anunciaron con sus profecías los nacimientos del Señor y de Juan, para que, así como el pecado empezó por medio de las mujeres, también los bienes comiencen por ellas, y la vida que pereció por el engaño de una sola mujer sea devuelta al mundo por la proclamación de dos mujeres que compiten por anunciar la salvación.


Lecturas Espirituales de la Iglesia en Tiempos de Adviento - 21 de diciembre



21 de diciembre

La visitación de santa María Virgen
Ambrosio de Milan
Exposición sobre evangelio de San Lucas 2,19.22-23.26-27

El ángel que anunciaba los misterios, para llevar a la fe mediante algún ejemplo, anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place.
Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber, presurosa por el gozo, se dirigió a las montañas.

Llena de Dios de ahora en adelante, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo.

Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos.

El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, si observas bien, de María no se dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de concebir porque de ella se dice: ¡Dichosa tú que has creído! Pero dichosos también vosotros, porque habéis oído creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.

Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos; pues toda alma recibe la Palabra de Dios, a condición de que, sin mancha y preservada de los vicios, guarde la castidad con una pureza intachable.

Toda alma, pues, que llega a tal estado proclama la grandeza del Señor, igual que el alma de María la ha proclamado, y su espíritu se ha alegrado en Dios Salvador. El Señor, en efecto, es engrandecido, según puede leerse en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor. No porque con la palabra humana pueda añadirse algo a Dios, sino porque él queda engrandecido en nosotros. Pues Cristo es la imagen de Dios y, por esto, el alma que obra justa y religiosamente engrandece esa imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido creada, y, al engrandecerla, también la misma alma queda engrandecida por una mayor participación de la grandeza divina.


Lecturas Espirituales de la Iglesia en Tiempos de Adviento - 20 de diciembre



20 de diciembre

Todo el mundo espera la respuesta de María
Bernardo de Claraval
Homilía sobre las excelencias de la Virgen Madre 4,8-9

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies. Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.


Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento. Aquí está –dice la Virgen– la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Lecturas Espìrituales de la Iglesia en Tiempo de Adviento - 19 de diciembre



19 de diciembre

La economía de la encarnación redentora
 Ireneo
Contra los herejes 3,20,2-3

La gloria del hombre es Dios; el hombre, en cambio, es el receptáculo de la actuación de Dios, de toda su sabiduría y su poder. De la misma manera que los enfermos demuestran cuál sea el médico, así los hombres manifiestan cuál sea Dios. Por lo cual dice también Pablo: Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos. Esto lo dice del hombre, que desobedeció a Dios y fue privado de la inmortalidad, pero después alcanzó misericordia y, gracias al Hijo de Dios, recibió la filiación que es propia de éste.

Si el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verdadera gloria procedente de cuanto ha sido creado y de quien lo creó, que no es otro que el poderosísimo Dios que hace que todo exista, y si permanece en el amor, en la sumisión y en la acción de gracias a Dios, recibirá de él aún más gloria, así como un acrecentamiento de su propio ser, hasta hacerse semejante a aquel que murió por él.

Porque el Hijo de Dios se encarnó en una carne pecadora como la nuestra, a fin de condenar al pecado y, una vez condenado, arrojarlo fuera de la carne. Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para proponerle a Dios como modelo a quien imitar.

Le impuso la obediencia al Padre para que llegara a ver a Dios, dándole así el poder de alcanzar al Padre. La Palabra de Dios, que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el beneplácito del Padre. Por esta razón el mismo Señor nos dio como señal de nuestra salvación al que es Dios-con-nosotros, nacido de la Virgen, ya que era el Señor mismo quien salvaba a aquellos que no tenían posibilidad de salvarse por sí mismos; por lo que Pablo, al referirse a la debilidad humana, exclama: Sé que no es bueno eso que habita en mi carne, dando a entender que el bien de nuestra salvación no proviene de nosotros, sino de Dios; y añade: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Después de lo cual se refiere al libertador: la gracia nuestro Señor Jesucristo.

También Isaías dice lo mismo: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis». Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará; porque hemos de salvarnos, no por nosotros mismos, sino con la ayuda de Dios.





Lecturas Espirituales en Tiempo de Adviento - 18 de diciembre

18 de diciembre

Dios en su Hijo ha revelado su caridad
Anónimo
Carta a Diogneto 8,5-9,6

Nadie pudo ver ni dar a conocer a Dios, sino que fue él mismo quien se reveló. Y lo hizo mediante la fe, único medio de ver a Dios. Pues el Señor y Creador de todas las cosas, que lo hizo todo y dispuso cada cosa en su propio orden, no sólo amó a los hombres, sino que fue también paciente con ellos. Siempre fue, es y seguirá siendo benigno, bueno, incapaz de ira y veraz; más aún, es el único bueno; y cuando concibió en su mente algo grande e inefable, lo comunicó únicamente con su Hijo.

Mientras mantenía en lo oculto y reservaba sabiamente su designio, podía parecer que nos tenía olvidados y no se preocupaba de nosotros; pero, una vez que, por medio de su Hijo querido, reveló y manifestó todo lo que se hallaba preparado desde el comienzo, puso a la vez todas las cosas a nuestra disposición: la posibilidad de disfrutar de sus beneficios, y la posibilidad de verlos y comprenderlos. ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a imaginar jamás tanta generosidad?

Así pues, una vez que Dios ya lo había dispuesto todo en compañía de su Hijo, permitió que, hasta la venida del Salvador, nos dejáramos arrastrar, a nuestro arbitrio, por desordenados impulsos, y fuésemos desviados del recto camino por nuestros voluptuosos apetitos; no porque, en modo alguno, Dios se complaciese con nuestros pecados, sino por tolerancia; ni porque aprobase aquel tiempo de iniquidad, sino porque era el creador del presente tiempo de justicia, de modo que, ya que en aquel tiempo habíamos quedado convictos por nuestras propias obras de ser indignos de la vida, la benignidad de Dios se dignase ahora otorgárnosla, y una vez que habíamos puesto de manifiesto que por nuestra parte no seríamos capaces de tener acceso al reino de Dios, el poder de Dios nos concediese tal posibilidad.

Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros, ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa que no fuera su justicia pudo cubrir nuestros pecados? ¿Por obra de quién, que no fuera el Hijo único de Dios, pudimos nosotros quedar justificados, inicuos e impíos como éramos?

¡Feliz intercambio, disposición fuera del alcance de nuestra inteligencia, insospechados beneficios: la iniquidad de muchos quedó sepultada por un solo justo, la justicia de uno solo justificó a muchos injustos!


Lecturas Espirituales en tiempo de Adviento - 17 de diciembre



17 de diciembre

El misterio de nuestra reconciliación
León Magno
Carta 31,2-3

De nada sirve reconocer a nuestro Señor como hijo de la bienaventurada Virgen María y como hombre verdadero y perfecto, si no se le cree descendiente de aquella estirpe que en el Evangelio se le atribuye. Pues dice Mateo: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; y a continuación viene el orden de su origen humano hasta llegar a José, con quien se hallaba desposada la madre del Señor. Lucas, por su parte, retrocede por los grados de ascendencia y se remonta hasta el mismo origen del linaje humano, con el fin de poner de relieve que el primer y el último Adán son de la misma naturaleza.

Para enseñar y justificar a los hombres, la omnipotencia del Hijo de Dios podía haber aparecido, por supuesto, del mismo modo que había aparecido ante los patriarcas y los profetas, es decir, bajo apariencia humana: por ejemplo, cuando trabó con ellos un combate o mantuvo una conversación, cuando no rehuyó la hospitalidad que se le ofrecía y comió los alimentos que le presentaban. Pero aquellas imágenes eran indicios de este hombre; y las significaciones místicas de estos indicios anunciaban que él había de pertenecer en realidad a la estirpe de los padres que le antecedieron. Y, en consecuencia, ninguna de aquellas figuras era el cumplimiento del misterio de nuestra reconciliación, dispuesto desde la eternidad, porque el Espíritu Santo aún no había descendido a la Virgen ni la virtud del Altísimo la había cubierto con su sombra, para que la Palabra hubiera podido ya hacerse carne dentro de las virginales entrañas, de modo que la Sabiduría se construyera su propia casa; el Creador de los tiempos no había nacido aún en el tiempo, haciendo que la forma de Dios y la de siervo se encontraran en una sola persona; y aquel que había creado todas las cosas no había sido engendrado todavía en medio de ellas.

Pues de no haber sido porque el hombre nuevo, encarnado en una carne pecadora como la nuestra, aceptó nuestra antigua condición y, consustancial como era con el Padre, se dignó a su vez hacerse consustancial con su madre, y, siendo como era el único que se hallaba libre de pecado, unió consigo nuestra naturaleza, la humanidad hubiera seguido para siempre bajo la cautividad del demonio. Y no hubiésemos podido beneficiarnos de la victoria del triunfador, si su victoria se hubiera logrado al margen de nuestra naturaleza.

Por esta admirable participación ha brillado para nosotros el misterio de la regeneración, de tal manera que, gracias al mismo Espíritu por cuya virtud Cristo fue concebido y nació, hemos nacido de nuevo de un origen espiritual. Por lo cual, el evangelista dice de los creyentes: Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.