Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica y Apostólica. Personería Jurídica 10103 (M.E.C. Uruguay).

sábado, 30 de noviembre de 2013

Lecturas Espirituales de la Iglesia para el Tiempo de Adviento - I Domingo de Adviento



Las dos venidas de Cristo

Cirilo de Jerusalén[1] (Catequesis 15,1-3)

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo.

Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.

Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas, en estos términos: Ha aparecido la gracia de, Dios que trae la salvación para  todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.






[1] San Cirilo de Jerusalén (en griego: Κύριλλος Α΄ Ἱεροσολύμων) (315 - 386) fue unobispo griego y miembro destacado de la patrística. Es venerado como santo tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa. En 1883 fue declarado doctor de la Iglesia.
Poco se sabe sobre su vida antes de hacerse obispo. El dar el año 315 como el de de su nacimiento es mera conjetura, como el lugar, según dicen Cesarea Marítima. Parece que fue ordenado diácono por el obispo Macario de Jerusalén por el año 335, y sacerdote unos diez años después por parte de Máximo. Naturalmente inclinado por la paz y la conciliación, al principio tomó una posición relativamente moderada, distintivamente adversario del arrianismo, pero (como no pocos de sus contemporáneos ortodoxos) en ninguna forma dispuesto a aceptar el término homoioussios.
Separándose del metropolitano, Acacio de Cesarea, un partidario de Arrio, Cirilo tomó partido por los Eusebianos, el "ala derecha" del post-concilio de Nicea, y por lo tanto se vio en dificultades con su superior, que se vieron incrementadas por los celos de Acacio ante la importancia asignada a Cirilo en el Concilio de Nicea. En un concilio bajo la influencia de Acacio en el año 358, Cirilo fue depuesto y forzado a retirarse a Tarso. En ese tiempo, fue oficialmente encargado de vender propiedades de la Iglesia para ayudar a los pobres, aunque la motivación real parece ser que fue que Cirilo enseñaba la doctrina nicena y no la arriana en su catecismo.
Por otro lado, el Concilio de Seleucia al siguiente año, en el que Cirilo estuvo presente, depuso a Acacio. En el año 360 el proceso fue revertido por medio de la influencia de la corte metropolitana, y Cirilo sufrió otro año de exilio de Jerusalén, hasta la ascensión deJuliano el Apóstata que le permitió regresar. El emperador arriano Valente lo volvió a deportar en el año 367, luego de lo cual se mantuvo sin problemas hasta su muerte, siendo su jurisdicción confirmada expresamente por el Primer Concilio de Constantinopla(381), en el que estuvo presente. En ese concilio, votó por la aceptación del término homoioussios, al haber quedado finalmente convencido de que no había mejor alternativa.
Aunque su teología estaba al inicio indefinida en fraseología, indudablemente tenía adhesión por la ortodoxia nicena. Aun cuando evitaba el debatible término homoioussios, expresó su sentido en muchos pasajes, que excluían por igual el patripasianismo, el sabelianismo y la fórmula arriana de "Hubo un tiempo en el que el Hijo no era". En otros puntos toma el terreno ordinario de los Padres Orientales, como en el énfasis que deja ver en el libre albedrío, la autoexcusión y su realización imperfecta del factor tan fuertemente llevado en Occidente -- el pecado. Para él, el pecado es la consecuencia de la libertad, no una condición natural. El cuerpo no es la causa, sino el instrumento del pecado. El remedio para él es el arrepentimiento, en el cual insiste mucho.
Como muchos de los Padres Orientales, tiene una concepción esencialmente moralista del Cristianismo. Su doctrina de laResurrección no es tan realista como la de los otros Padres; pero su concepción de Iglesia es decididamente empírica-- la existente Iglesia Católica es la verdadera, pretendida por Cristo, el cumplimiento de la Iglesia del Antiguo Testamento. Su doctrina en laEucaristía es notoria. Si algunas veces parece acercarse a la postura simbólica, en otros tiempos se acerca mucho a una fuerte doctrina realista. El pan y el vino no son meros elementos, sino el cuerpo y la sangre de Cristo.
Sus famosas veintitrés lecturas catequéticas (Gr. Katechesesis), que escribió siendo aún un presbítero, en el año 347 ó 348, contiene instrucciones sobre los principales temas de la fe cristiana y su práctica en una forma un tanto popular y no tan científica, llenas de cálido amor pastoral y cuidado por sus catecúmenos, a quienes se dirigía. Cada lectura está basada en un texto de la Escritura, y hay una abundancia de citación escritural en todas ellas. Luego de una introducción general, siguen dieciocho lecturas para lacompetencia, y las cinco restantes están dirigidas a los recientemente bautizados, en preparación para recibir la comunión. En paralelo a la exposición del Credo como fue recibido por la Iglesia de Jerusalén, hay vigorosas polémicas contra los errores paganos,judíos y heréticos. Son de gran importancia para dar luz al método de instrucción usual en esa época, así como a las prácticas litúrgicas del período, de las cuales aquí se da el más extenso recuento existente (tomado de Wikipedia)

1º de Diciembre - Día Munidal de Lucha contra el SIDA



Renovamos nuestro compromiso como comunidad de fe, en el marco del Día Mundial de Lucha contra el SIDA.


Declaración de las Iglesias (1):


Porque reonocemos que todos y todas hemos sido creados/as a imagen y semejanza de Dios. Que todos y todas somos iguales y compartimos la misma dignidad en la diversidad, queremos hacer llegar nuestra reflexión y llamado a la acción.

1- Si bien hemos creído que la realidad del VIH SIDA  es una cuestión que compete a los planesn y programas que hacen a las políticas de la salud pública, también el VIH SIDA es una cuestión de justicia y dignidad humana.

2- Despierta en nosotros y nosotras una reflexión ¿Qué estamos haciendo como tradiciones de fe con las personas afectadas por el VIH SIDA? ¿Que pasa en la vida de nuestras comunidades con estas personas?

3- Como personas creyentes queremos asumir este compromiso, no podemos estar ajenos a esta realidad que afecta a tantas personas y familias en su dignidad. Porque es una cuestión de justicia que todas las personas tengan acceso a la información y prevención, a un tratamiento y medicación adecuada sin discriminación, a mantener su sentido de pertenencia a las diferentes redes sociales, especialmente en sus comunidades. Por tanto, nuestra acción debe ser voz profética ante la injusticia y nuestro compromiso de acción para transformar la realidad. 

4- Para concluir sentimos y entendemos que Dios llama desde nuestras distintas expresiones de fe a abrazar a todas y todos los y las estigmatizadas para compartir espacios verdaderamente incluyentes.


_________________
Diversidad Cristiana - Iglesia Anglicana del Uruguay - Iglesia Antigua - Iglesia de la Comunidad Metropolitana - Iglesia Evangélica Luterada Unida - Iglesia Metodista en el Uruguay, año 2010. 

Mensaje Pastoral de Adviento: “Alegría en la Solidaridad” 2013

“Alégrense siempre en el Señor.
Repito: ¡Alégrense!
Que todos los conozcan a ustedes
como personas bondadosas.
El Señor está cerca”


(Filipenses 4,4-5).




Tengan mucha paz!

Quiero proponerles, en este año litúrgico que iniciamos, inaugurando el tiempo de Adviento, que nuestra experiencia de fe esté marcada por la “alegría en la solidaridad”, como eje transversal que vaya guiando los distintos tiempos litúrgicos del año y las distintas experiencias que transitemos en el año 2014.



1.    La alegría en la experiencia del discipulado

El apóstol Pablo realiza un llamado a la alegría (Filipenses 4,4) que es fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5,22).

Ya en los escritos del Antiguo Testamento, el pueblo de Dios estaba llamado a servirle con alegría (Deuteronomio 28,47; 1Crónicas 16,10; Esdras 6,22; Nehemías 8,10; Salmo 47 (48),7-8; 16 (17),11; 19 (20),8-9; 43 (44),4).

Y cuando por diferentes causas abandonó su amistad con Dios, no quedó librado a su suerte, sino que experimentó el consuelo y la protección divina (Isaías 49,13; 51,3.11; 61,7; Sofonías 3,14.18).

Finalmente, recibió la promesa del Mesías (Zacarías 9,9),  motivo de alegría para todo el pueblo (Lucas 2,10-11).

El mismo Jesús,  lleno del Espíritu Santo se alegró cuando sus discípulos le contaron lo que había sucedido en el viaje misionero (Lucas 10,21).

Una de las características de los discípulos y las discípulas de Jesús es vivir alegres por la esperanza que tenemos (Romanos 12,12), una alegría grande que nadie nos puede quitar (1Pedro 1,8).

Aún en las situaciones más adversas que se nos presenten, los discípulos y las discípulas de Jesús no dejamos de estar alegres (Mateo 5,12; Hechos 5,41; Colosenses 1,24; 1Pedro 4,13), porque tenemos la certeza de que la adversidad de este mundo ya fue vencida (Juan 16,33).



2.    El testimonio en la experiencia del discipulado.

El apóstol Pablo realiza un llamado al testimonio desde la solidaridad: “que todos los conozcan como personas bondadosas” (Filipenses 4,5a cf Efesios 5,9), una bondad que también es fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5,22).

Damos testimonio en todas partes (Lucas 24,48; Juan 15,27; Hechos 1,8) para que otras personas también crean en Jesús y su obra (Juan 19,35; Hechos 10,38-39), que libera, incluye y dignifica a quienes el sistema, político y religioso, social y cultural, vulnera sus derechos y su dignidad (Lucas 4,18-19 cf Isaías 42,2; 49,9; 58,6; 61,1-2; 1Juan 4,14).

El mismo Jesús que fue traicionado por Judas, detenido por los guardias, abandonado por sus discípulos, negado por Pedro, juzgado por el Sanedrín, , condenado por Herodes, torturado y ejecutado a manos de soldados romanos, Dios lo resucitó (Hechos 1,21-22; 2,32; 3,15).

A ejemplo de Jesús que pasó haciendo el bien (Hechos de los Apóstoles 10,38), sus discípulas y discípulos continuamos su obra en la sociedad y la cultura donde estamos insertos e insertas (Mateo 7,12; Gálatas 6,10; Efesios 2,10; 1Pedro 2,15).



3.    La certeza de que el Señor está cerca en la experiencia del discipulado.

El apóstol Pablo confirma nuestra esperanza: “el Señor está cerca” (Filipenses 4,5b).

Una cercanía en permanente tensión: viene ya, pero todavía no (Mateo 16,27-28; 24,23-25; Juan 14,3; Hechos 1,11; 1Corintios 15,23; Filipenses 3,20-21; 1Tesalonisenses 4,15-5,11; 2Tesalonisenses 2,1-12; Hebreos 9,27-28; Santiago 5,7-8; 2Pedro 1,16; 3,3-13; 1Juan 2,28; Apocalipsis 1,7; 22,7).

Mientras tanto, transitamos el tiempo en que la Iglesia es enviada al mundo, como Jesús, no para juzgar (Juan 3,17) sino para servir  (Mateo 20,28).

En esta acción de servicio, reconocemos el rostro de Jesucristo en las personas vulneradas en sus derechos y su dignidad, y reconociéndole le servimos (Mateo 25,34-40).



4.    “La alegría en la solidaridad” consigna para el año 2014.

Diversidad Cristiana no es una iglesia grande y numerosa (Mateo 13,31-33), tampoco es una iglesia rica e influyente (1 Corintios 1,26-28), sin embargo, desde sus orígenes se caracteriza por la solidaridad (Santiago 1,27); muestra de ello es:

-       el ministerio orientado hacia las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans, desarrollado desde el año 2010 a la fecha;

-       el ministerio orientado hacia las personas que viven con VIH, desarrollado desde el año 2011 a la fecha;

-       el ministerio orientado hacia las personas ancianas, desarrollado a fines del año 2013;

-       el ministerio orientado hacia las personas privadas de libertad, que estamos implementando a partir del año 2014.

Sentimos el llamado a servir (Efesios 2,10) a aquellas personas que están más vulneradas en sus derechos y su dignidad; siguiendo el ejemplo de Jesús (Mateo 20,28) nos disponemos a hacerlo con alegría, porque en el servicio a ellas descubrimos su presencia (Mateo 25,40).

Para quienes integramos Diversidad Cristiana, siguiendo a Jesús en el discipulado, el servicio no es opcional, como algo que realizamos en nuestros tiempos libres; sino que es el centro mismo de nuestra experiencia de fe.



Conclusión y despedida.

Miembros de Diversidad Cristiana, simpatizantes y amistades, en este tiempo de Adviento, les invito a renovar la experiencia de seguimiento de Jesucristo, nuestro Maestro y nuestro Señor.

Que su cercanía sea motivo de gozo y alegría. Que la esperanza en su promesa, de presencia entre nosotros y nosotras, renueve nuestra fe y nos permita experimentar la alegría en la solidaridad.

Montevideo, 30 de noviembre de 2013.
Primer Domingo de Adviento.
+ Julio, obispo de Diversidad Cristiana.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Catequesis sobre Adviento




1.    Introducción.

La próxima semana inicia el tiempo de Adviento.


Con inmensa alegría, ponemos esta catequesis sobre Adviento a disposición de todas y todos, con la finalidad de tener una mejor comprensión del período litúrgico que iniciará.


Confiamos que contribuya a profundizar nuestra experiencia de fe en Jesús, el Maestro y el Señor, que viene ya pero todavía no.



2.    Significado.


Adviento es un término de origen latino (adventus) que significa venida o llegada del Señor ([1]) pero con matices de presencia (parusía) y manifestación (epifanía).


En otras religiones, adviento designaba la venida periódica de la divinidad al recinto sagrado del templo, es decir que se conmemoraba su retorno. En el imperio romano, significaba la entrada triunfal del emperador. En el cristianismo hace referencia a la segunda venida de Jesús, en gloria y definitivamente (parusía), al final de los tiempos.


Con el tiempo de adviento inicia el año litúrgico cristiano. En la tradición occidental tiene una duración entre 22 y 28 días, de los que forman parte, los cuatro domingos más cercanos a la Navidad (25 de diciembre). En la tradición oriental tiene una duración de 40 días, finalizando en la Epifanía (6 de enero).


Se caracteriza por ser un tiempo de oración y reflexión, esperanza y vigilia.


Con particularidades litúrgicas propias, prácticamente todas las Iglesias cristianas históricas celebran este tiempo: la Iglesia Católica Apostólica Romana, la Iglesia Anglicana, la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa, las Iglesias Protestantes (luterana, presbiterana, metodista, moraviana, etc.), la Iglesia Ortodoxa Copta, la Iglesia Católica Antigua, entre otras.


Nuestra Iglesia, que se sitúa en la línea de las iglesias cristianas históricas, también celebra este tiempo, caracterizado por la alegre esperanza en la venida del Señor.


Si bien este tiempo precede a la Navidad, tiene por finalidad prepararnos a la segunda y definitiva venida del Señor.



3.    Historia


El surgimiento de este tiempo litúrgico se remontaría a finales del siglo IV y principios del siglo V, en Galia e Hispania, como un tiempo de preparación y prácticas ascéticas previas a la celebración de la Navidad. Se extendía por tres semanas, relacionadas a las tres venidas del Señor: la primera en su revelación a la conciencia, la segunda en su manifestación mediante la ley y la tercera cuando vino por la gracia ([2]). En ese tiempo, las catecúmenas y los catecúmenos se preparaban al bautismo que se administraba en la festividad de Epifanía.


Durante el siglo V, el adviento es asociado a la preparación para la Navidad  a través de acciones de solidaridad, por ejemplo amor al prójimo, expresado en el servicio a las personas peregrinas, las viudas y las personas pobres:


“En la preparación para la Navidad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda mancha, llenemos sus tesoros con la abundancia de diversos dones, para que sea santo y glorioso el día en el que los peregrinos sean acogidos, las viudas sean alimentadas y los pobres sean vestidos …”  Sermón de Máximo de Turín ([3]).


Los sermones de León Mago ([4]) el gran teólogo de la Navidad no hace ninguna referencia al Adviento. Recién en el siglo VI, se puede identificar en las liturgias de la Iglesia de Roma, un período de preparación, pero a diferencia de la Iglesia de Galia, carecía de elementos ascéticos tales como ayuno y tenía su centro en la alegre espera de la celebración de la Navidad, como anticipo de la segunda venida del Señor, al final de los tiempos. Una hipótesis que se maneja, es que el papa Siricio ([5]) pudo instaurar este tiempo litúrgico en la Iglesia de Roma.



4.    Personajes Bíblicos.


Las lecturas bíblicas que se nos propone en la liturgia de adviento, en su mayoría son tomadas de los libros proféticos que hacen referencia a la llegada del Mesías.


Además de los profetas Isaías y Jeremías, se destacan otros personas bíblicos como:


-       Juan, el bautista, precursor que prepara la llegada del Mesías. Es un personaje destacado a partir del segundo domingo de adviento, tanto en las liturgias: católicas, anglicana y protestante.


-       María y José de Nazaret, madre y padre del Mesías. Son personajes centrales en el cuarto domingo de adviento, tanto en las liturgias: católicas, anglicana y protestante.



5.    Teología del Adviento.


El tiempo de Adviento nos conduce a la certeza de la venida del Mesías en la carne. No es la misma espera que se vivía en el Antiguo Testamento ([6]), puesto que la promesa fue cumplida en la plenitud de los tiempos ([7]).Por lo tanto, este tiempo es la preparación al nacimiento del mesías, no en el tiempo histórico, sino en el misterio de la experiencia de fe.


Estimula a renovar la espera de la última venida en gloria, en que serán cumplidas la totalidad de las promesas mesiánicas ([8]). Donde la Iglesia como Esposa, se prepara para el encuentro con el Amado ([9]).


A lo largo de las celebraciones se hace memoria de los padres y las madres en la fe, de los patriarcas y profetas; se recuerda a los pobres del YHWH que esperan al Mesías. La espera de la Iglesia actual se asemeja a la espera de la Iglesia antigua, clamando “ven Señor Jesús” (Apocalipsis 22,20).



6.    Conclusión.


La Iglesia es la comunidad de la espera alegre y gozosa. Para fortalecer esta actitud, cada día de adviento, iremos compartiendo escritos de espiritualidad cristiana a través del blog, de manera que lleguen a todos y todas.


Confío que estas líneas ayuden a una mejor comprensión del tiempo litúrgico que iniciamos.


Montevideo, 25 de noviembre de 2013.
+ Julio, obispo de Iglesia Antigua - Diversidad Cristiana






[1] Según el Sacramentarium Geslasinum (se trata de un antiguo libro atribuido al papa Gelasio I, del que se cuenta con un manuscrito que data del siglo VIII, que habría sido transcripto cerca de Paris en el siglo VII, pero el núcleo central romano original se remontaría al siglo VI, y contiene la primera celebración  Ecuarística organizada en todo el año litúrgico). 
[2] Patrología Latina142: 1086-1087
[3] Patrología Latina 57:224.234
[4] León I, apodado el Grande o Magno, fue el papa 45 durante el período 440 – 461. Durante su gobierno convocó el concilio de Calcedonia (año 451 dC)  que proclamó la humanidad y divinidad de Jesús: “consubstancial al Padre por su divinidad y consubstancial a nosotros por su humanidad”.
[5] Papa 38º, que presidió la Iglesia de Roma durante los años 384 - 399
[6] Deuteronomio 18,18-19; 2 Samuel 7,13; Isaías 7,14; 9,1-2.6-7; 11,1; 35,5-6; 42,1-3; 61,1-2; Daniel 7,13-14; Zacarías 9,9-11; Ageo 2,6-7; Malaquías 3,1
[7] Gálatas 4,4
[8] 1 Tesalonisenses 4,16; 2 Tesalonisenses 1,7; Apocalipsis 1,7
[9] Apocalipsis 19,6-10

sábado, 23 de noviembre de 2013

Anunciamos un Cristo crucificado (1 Corintios 1,23) a quien Dios resucitó (Hechos 2.32).



Lucas 23,35-43



Introducción:

Hoy es el último domingo del Tiempo Ordinario o Tiempo de la Iglesia o Tiempo del Espíritu Santo. Es el fin del año litúrgico y la Iglesia propone como tema de reflexión el Reinado de Jesucristo.

La festividad de Jesucristo Rey es tardía en el año litúrgico. Surge, más como una reafirmación de los privilegios a las monarquías y en contra de las democracias que estaban surgiendo y que representaban los intereses de las personas empobrecidas, que como  una propuesta de reflexión y acción enmarcada en el Reinado de Dios, anunciado por Jesucristo.

El cristianismo, al igual que el judaísmo en tiempos de Jesús, adoptó una imagen del mesianismo triunfante. En el judaísmo habían tres representaciones de la esperanza mesiánica: un rey al estilo de David, un caudillo militar, un Sumo Sacerdote. En el cristianismo no varía mucho, hemos instituido la festividad de Jesucristo Rey y la festividad de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. En cualquiera de las dos tradiciones religiosas, el Mesías es un personaje poderoso.

Sin embargo, para escándalo del judaísmo y del cristianismo, Jesús se identifica con el Hijo del Hombre (Mateo 8,20; 9,6; 12,8.32.40; 13,41; 16,13.27.28; 20,18; 26,64; Hechos 7,56; Apocalipsis 1,13 cf Daniel 7,13-14), es decir, el humano; enmarcado en al corriente profética del Siervo de YHWH (Isaías 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12 cf Mateo 12,18-21; Hechos 3,13.18.26; 4,27; 8,32-35; Filipenses 2,5-11).


Veamos el texto en su contexto:

Jesús, una vez traicionado por uno de los suyos, detenido por la guardia del Templo, abandonado por el resto de sus seguidores, juzgado por las autoridades religiosas, negado por otro de los suyos, torturado por el ejército romano, condenado a muerte por el poder político; se encontraba en proceso de ejecución frente al pueblo y las autoridades que habían pedido su muerte (versículo 35).

El Mesías crucificado y agonizando, era motivo de burla, no sólo de las autoridades civiles y religiosas (versículo 35) sino también del ejército romano (versículo 36) presente durante la ejecución.

El motivo de las burlas era el letrero en la parte superior de la cruz que decía “Este es el Rey de los judíos” (versículo 38). Un rey sin trono, sin palacio, sin ejércitos (cf. Lucas 19,28-40).

Cumplía su condena en medio de delincuentes. Uno de ellos también se burlaba de Jesús (versículo 39), pero el otro, reconociendo su responsabilidad en los hechos delictivos proclama la inocencia de Jesús (versículos 40-41).

Los versículos 42-43 son la reafirmación del ministerio de Jesús (Lucas 5,32; 19,10). El delincuente que asume la responsabilidad de sus actos y deposita su confianza en Jesús, recibe la promesa de ingresar al paraíso, el lugar donde los judíos creían que las personas justas esperaban la resurrección de los muertos.

Desde el inicio de su ministerio en Nazaret de Galilea (Lucas 4,16-19) hasta su culminación en Jerusalén de Judea (Lucas 23,43), Jesús jamás se presentó como un líder poderoso, amigo de poderosos y tomando partido por poderosos, por el contrario, se presentó como un hombre cualquiera (Filipenses 2,7), restableciendo derechos y dignidad en las personas discriminadas y excluidas (Lucas 4,31-35. 38-39. 40-41; 5,12-14. 17-25. 27-30; 6,6-10; 7,1-10. 11-15. 36-48; 8,26-33. 43-48; 9,37-42; 13,10-13; 14,1-4; 17,11-19; 18,35-43) hasta el último momento de su vida (versículo 43).


Veamos el texto en nuestro contexto:

Ante el anuncio de muchas Iglesias, que predican un Mesías Rey Universal; un Mesías poderoso, triunfante, glorioso; un Mesías Rey de reyes y Señor de señores, nuestra predicación marca la diferencia.

Diversidad Cristiana “anunciamos un Mesías crucificado” (1 Corintios 1,23 a), junto a las personas crucificadas de este mundo (Mateo 25,40), escándalo para unos y necedad para otros (1 Corintios 1,23 b), a quien Dios resucitó (Hechos 2,32).

Como comunidad eclesial, estamos con las personas oprimidas, discriminadas y excluidas, siguiendo el ejemplo de Jesús; por eso, queremos ser una iglesia de puertas abiertas y de mesa servida (Lucas 14,16-24) a las personas con vih sida, a las personas divorciadas, a las personas gltb (gays, lesbianas, transexuales y bisexuales), a las personas con capacidades diferentes, a las personas ancianas … para, con Jesús, comunicarles vida plena, digna y abúndate (Juan 3,16; 10,10). Esto no es una opción preferencial. Es la única opción que nos permite el Evangelio de Jesucristo (Lucas 4,18-21 cf 7,22-23) que es radical y escandaloso.

Sentimos el llamado, a denunciar la mediocridad, el conformismo, la complicidad y la instalación de algunas Iglesias cristianas porque desvirtúan el Evangelio de Jesucristo; y de anunciar, junto a otras, que otra Iglesia es posible, que a ejemplo de Jesús trabaje por los derechos humanos y la dignidad de las personas, haciendo posible el Reinado de Dios, que se traduce en acciones de solidaridad y justicia aquí y ahora

Les invito a asumir el desafío, radical y escandaloso, de desterrar de nuestra liturgia, aquellas celebraciones que son contrarias al mensaje evangélico, entre ellas, la fiesta de Cristo Rey.


Buena semana para todos y todas.
+Julio, obispo de Diversidad Cristiana
Último domingo del año litúrgico 2013.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Pan integral en vez de chocolatinas ¿Hay una vida después de la muerte?

En el marco de la temática que venimos compartiendo en las reflexiones semanales, presentamos otro capítulo de un libro que ilustra la temática desde una perspectiva innovadora, ubicándonos en una lectura postmoderna, sobre aspectos de nuestra fe cristiana.


Obra: “Otro cristianismo es posible”
Rogers Lenaers




Con este capítulo, la teonomía se atreve a entrar en un terreno que en su mapa aparece como territorio vacío. Es como avanzar caminando sobre hielo, sintiendo un crujido a cada paso. Estos crujidos pueden dar miedo a muchos que se atrevan a acompañarnos. Pero no hay vuelta. Si se ha dicho A, hay que decir también B. Si uno se ha despedido de la imaginación del otro mundo, no queda más que este cosmos, y Dios, como el otro nombre de la profundidad transcendente de este cosmos, una profundidad no fría y fatal, sino capaz de conocer y de amar. Pero si no hay un segundo mundo hacia donde pudiéramos mudarnos más allá de las fronteras de esta existencia, ¿qué es lo que espera al ser humano en su muerte, y a dónde se va?

¿Acaso lo sabe la heteronomía?

No, tampoco ella es experta en la materia. Sólo piensa serlo, porque dispone de un mapa trasmitido de mano en mano durante siglos, un mapa hecho por seres humanos que nunca estuvieron allí, pero un mapa que muestra claramente todos los senderos de esta región desconocida. Lo han hecho confiadamente, pensando que el lenguaje de la Sagrada Escritura es un lenguaje descriptivo y eterno, cuando en realidad está referido al tiempo y es de carácter mitológico.

Para completar lo que faltaba, le concedieron a la fantasía humana la posibilidad de intervenir. ¿Cuál ha sido el resultado? El ser humano, o más bien su alma, como lo ve su imagen tradicional, atraviesa lafrontera entre los dos mundos. En el otro mundo le aguarda primero un juicio que trae a la luz sin piedad todo el mal cometido durante la vida pasada, tras lo cual el juez divino determina el castigo o el premio merecido. El castigo puede ser temporal (lo que supone que en ese otro mundo, el tiempo juega también un papel) o eterno. Y este castigo eterno no es broma, ni lo es el temporal, pues consiste en un tormento de fuego, el más cruel de todos los que pudo planear el ser humano para sus queridos congéneres. El castigo eterno con fuego se lo cuelga al cuello cuando ha vivido mal, lo que significa que ha cometido al menos un pecado mortal, como dejar de ir a misa un domingo, o casarse por segunda vez después de divorciarse, o tomar la píldora anticonceptiva, sin haberse arrepentido profundamente de estas cosas antes de morir.

La tradición no tiene problemas en considerar justo tal castigo. Pero, quien compara sobriamente el tamaño de la falta con lo pesado de la pena, tiene cierta dificultad para estar de acuerdo con que ésta sea justa. Igual cosa, pero al revés, sucede con el premio, que supera infinitamente cualquier medida o proporción humana. Por unos pocos años de observancia fiel de los mandamientos de Dios, se recibe como premio – eso sí, normalmente después de un período de tormentos bárbaros en el purgatorio-, la participación en una felicidad tan completa, que frente a ella desaparece cualquier gozo terrestre, y esto, para toda la eternidad. Esta eternidad, por muy sorprendente que parezca, deja que se introduzca todavía un tiempo intermedio en el premio o el castigo. Allí se inserta el segundo juicio, llamado «el juicio final», el cual no es un procedimiento de apelación, sino que sólo viene a confirmar lo ya juzgado. La muchedumbre de los ya juzgados es convocada a presentarse nuevamente ante el juez (y se presume que se conoce incluso el lugar donde tendrá lugar el
evento: el Valle de Josafat), cada uno habiendo recobrado su propio cuerpo, en el que va a recibir su recompensa o su castigo eterno. Y entonces, quien oficiará de juez será el Hijo.

Generaciones y generaciones han sido educadas con estas imágenes. Hasta en el año 1993 el pensamiento romano sigue siendo el mismo, como lo prueba el Catecismo de la Iglesia Católica, nos 997 a 1001. Los más viejos, entre los cuales se cuenta este mismo autor, hemos aceptado tales imaginaciones en otro tiempo sin crítica, sin barruntar que este enorme fresco de figuras dispares era una amalgama de antiguas herencias judías, cristianas y helenísticas, puestas todas juntas como si fueran una reproducción exacta, aunque figurada,
de las palabras de la Escritura. Su éxito se debe en primer lugar a una necesidad humana profunda: nuestra hambre de justicia. Sin recompensa y castigo en otro mundo, tanto mal resultaría impune, y tanto bien quedaría sin premio, lo cual es un pensamiento insoportable y, además, irreconciliable con la justicia de un Dios bueno. En este tema, cada uno tiende a reservar la justicia castigadora para los demás y la que otorga el premio para nosotros.

Nuevamente una consecuencia de la Ilustración

Ninguna parte de la doctrina cristiana es sacudida y tironeada para todos los lados como la doctrina sobre los «novísimos». Si, lamentablemente, no queda otra que renunciar al viaje al otro mundo en razón de que este otro mundo ha desaparecido, ¿qué queda entonces de la confiabilidad de la Sagrada Escritura y del resto de la tradición en este campo? Porque la Sagrada Escritura y la tradición repiten en todos los tonos que hay realmente otra vida después de ésta, y que la otra es eterna, con juicio y con premio o castigo. ¿Cómo, pues, y
cuándo se puede haber llegado a negar esa doctrina, nunca antes cuestionada?

Tiene que ver con la modernidad. Dejando de lado el epicureísmo, toda la antigüedad y más aún la Edad Media tenían por obvio que la vida continuaba de alguna manera después de la muerte. La muerte era, sí, una frontera, pero no una estación terminal. Es cierto que nadie había tenido la experiencia de ello y que el muerto desaparecía también entonces tras las puertas de la muerte, sin volver nunca de nuevo, y los vivientes no vieron nunca huella alguna de una vida en el más allá, igual que nosotros ahora. Sin embargo, estaban persuadidos, sin ninguna duda, de que no todo llegaba a su fin con la muerte, y que detrás de esa frontera comenzaba otro territorio.

Este convencimiento se traducía en obras. Construían cámaras mortuorias que recordaban mansiones, como reemplazando la casa terrena que el muerto había debido abandonar; organizaban solemnidades y rituales para acompañar y asegurar el viaje de los muertos hacia la otra orilla, y dejaban que su comportamiento en este mundo determinara el temido castigo o la esperada recompensa en el otro.

¿Qué sucedió entonces para que esta persuasión comenzara a palidecer en el siglo XVIII en Occidente, y dos siglos más tarde ya la mitad de los europeos hubiera llegado al convencimiento contrario, de que, lamentablemente, no hay nada después de la muerte, sino que con ella todo se acaba? Lo que ha sucedido ha sido sencillamente una mutación cultural. La cultura occidental moderna representa una verdadera mutación en la evolución humana, y esto no sólo en el nivel de la técnica. Es la única cultura que ha roto el cascarón de una visión precientífica y por tanto mitólogica del mundo. Se ha vuelto consciente de la autonomía del cosmos y del ser humano, y ha sacado las consecuencias de ello. Se ha despedido de un mundo exterior al cosmos y de un Dios que viviera en él. Así esta cultura es la única que abandonó toda fe en una sobrevivencia en un mundo distinto. Para ella, no existe ese otro mundo.

¿Hay una vida después de la muerte?
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Esta cultura, ¿es entonces ciega frente a aquello que el pasado veía o creía ver? Más bien al revés: a esta cultura se le ha vuelto claro que el pasado no veía que nuestra conciencia no puede de ninguna manera sobrevivir tras la muerte. Pues nuestra conciencia no es sino el lado interno de procesos químicos inimaginablemente complejos.

Sin bioquímica no hay vida, y sin cerebro no hay conciencia. Pero la muerte es el término irrevocable de todos los procesos bioquímicos. Hablar de una vida eterna con bienaventuranza o tormentos, con premio o castigo, es algo que ya no tiene sentido, desde el momento en que no hay conciencia.

La Edad Media cristiana veía las cosas de manera completamente distinta. Se estaba entonces persuadido de que lo que en nosotros sentía y pensaba era el alma inmortal, y ésta debía seguir pensando y sintiendo una vez salida del cuerpo. Porque en eso consistía la muerte: en que el alma salía del cuerpo que, aunque indispensable, era para ella un lastre. El cristiano de antes no tenía idea de lo deudor que era de las ideas filosóficas de los griegos paganos en sus propias representaciones creyentes. Los pensadores griegos le habían inducido la persuasión de que alma y cuerpo pertenecían a dos mundos distintos y que en la muerte cada uno va por su propio camino: el cuerpo vuelve a la tierra de la que fuera tomado, el alma inmortal va al otro mundo en el que tiene su origen y donde todo es eterno. En la modernidad no se piensa ya de esa manera. El ser humano se ve a sí mismo como un peldaño de la evolución de los mamíferos, más alto que otros, porque está dotado de razón, pero no por ello menos determinado que los demás mamíferos para terminar su vida definitivamente.

Pues sabe que su conciencia es completamente dependiente de su bioquímica altamente desarrollada, y que la muerte significa el derrumbe total y definitivo de esta bioquímica. ¿Cómo puede creer entonces en Jesucristo como en alguien viviente y consciente? ¿Será esto un nuevo caso del credo, quia absurdum, donde sólo se puede echar mano de la fe, porque el pensamiento se queda parado ante un callejón sin salida? No, porque es posible reconciliar ambas cosas y permanecer todavía en la línea de la tradición, a pesar de la desaparición del otro mundo y de la finalización del sustrato bioquímico de la conciencia. Pero este tema debe reformularse. La primera piedra de esta nueva formulación ya ha sido colocada en el capítulo 11, cuando hemos hablado de Jesús como el que vive eternamente.

Tratando de pasar a una nueva forma de ver

Dos advertencias para comenzar. Primero, tenemos que deshacernos de la opinión de que sobrevivir a la muerte es de suma importancia y urgencia para nuestro ego.

Imaginemos que tuviéramos la posibilidad de elegir entre estas opciones: o bien ser felices durante toda una eternidad (pues sobrevivir a la muerte vale la pena sólo si no nos espera un horror eterno) con la condición de que el mundo siguiera siendo un valle de lágrimas, lleno de miseria, dolor y maldad; o bien, por otra parte, desaparecer, aunque con la condición de que el mundo se volviera, en un tiempo prudente, aquella comunidad humana liberada con la que Dios sueña. Quien piense que el deseo de Dios y la felicidad de la humanidad son más importantes que su propia felicidad, estará dispuesto a elegir la segunda opción. Esto muestra que hay cosas más importantes que vivir uno mismo para siempre, y que el “señorío de Dios”, es idéntico con el bien de la humanidad. Nuestro principal motivo debe ser buscar y hacer esta voluntad de Dios, aun sin esperanza de premio o de vida eterna, dispuestos a extinguirnos definitivamente.

Pues ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni ninguno de los profetas o salmistas de Israel tenían idea alguna de una vida después de la muerte. Lo que no les impedía caminar alegres “en la presencia de Dios”.

La esperanza en la inmortalidad no es, pues, condición para creer en Dios gozosamente y vivir de acuerdo con una ética elevada gracias a esta unión con Dios. Israel lo hizo durante casi mil años, mientras todas las culturas a su alrededor cultivaban alguna forma de fe en la inmortalidad. Esto relativiza la importancia de la fe en una vida después de la muerte. Deberíamos estar dispuestos a construir aquí una existencia plena de sentido y significado, aún sin vida eterna, y a dejar de lado todas las expectativas y pretensiones respecto a un tal futuro. Hecho eso, nada nos impide recibir en nosotros esta vida eterna como regalo sorprendente e inmerecido, bajo cualquier forma que nos sea ofrecida.

No se trata de un consuelo

La segunda observación es la siguiente. Creer en una vida después de la muerte, y, creer en ella a la manera cristiana, es decir, como una felicidad eterna, llamada también «cielo», es algo que la crítica moderna explica como una forma de consolarse – una suerte de chupete- con el que los seres humanos quieren adormecer la triste certeza de tener que morir. El pensamiento de que se nos ha concedido apenas un pedacito de vida bastante corto y a menudo decepcionante es algo realmente poco reconfortante.

Pero el origen de la creencia en la resurrección en Israel es otra. Ese pueblo no tenía necesidad alguna de esta forma de consuelo. Lo había demostrado durante mil años. La confesión de fe en que, a pesar de todo y a pesar de la persuasión de los antepasados y de todo lo que nuestros ojos pueden ver, la vida no llega a su fin con la muerte, tiene su origen en otra parte, como ha sido mostrado en el capítulo anterior. La creencia judía en la resurrección se iba construyendo de a poco. La resurrección debía tener lugar en el día en que Dios establecería su reinado en la tierra mediante la venida de su Mesías. El relato del evangelio de Mateo, de que al morir Jesús se abrieron los sepulcros y salió de ellos una multitud de justos, se funda en tal representación. A todas luces, Mateo entendió la hora de la muerte de Jesús como la hora en que comenzaba su señorío mesiánico. Una resurrección anterior a la venida del Mesías no alejaba el peligro de que los justos pudieran ser nuevamente víctimas de los enemigos de Dios. Éstos tenían que ser eliminados primero definitivamente de la tierra, junto con toda su maldad. Nadie se quebraba la cabeza discutiendo si esta segunda vida iba a durar eternamente o sólo un tiempo bastante largo. Lo que Dios hiciera estaba bien en cualquier caso, y nadie tendría que quejarse, en absoluto.

No era necesario volar hasta el cielo. Los campos de caza eternos no estaban en otro mundo, sino en esta tierra, a donde se volvía para resarcirse de lo que uno se había visto privado aquí mismo. Esto es también un signo de que los judíos no habían copiado de los pueblos vecinos su creencia en la resurrección. Por ello, la resurrección estaba a disposición sólo de aquellos que, habiendo sido fieles a Dios, no habían tenido completa aquella ración de gozo terrenal que creían que les correspondía en razón de su fidelidad a la ley de Dios. Y cualquiera podía pensar que también él estaba de alguna manera en esa situación.

Un siglo y medio más tarde, esta fe relativamente nueva en una resurrección de los justos no era todavía una evidencia compartida por todos. Los guardianes de la tradición, que eran los saduceos, seguían rechazándola, como lo muestran Mateo 22, 23 y otros textos. En cambio, esta resurrección era una persuasión compartida por los fariseos y también por Jesús. Por tanto, la fe cristiana en una vida eterna no creció en un suelo abonado por el miedo de desaparecer completa y definitivamente. Este miedo explica más bien el éxito de una fe en la reencarnación importada desde el Oriente, y desnaturalizada al mismo tiempo, por una sociedad occidental que se tiene a sí misma por ilustrada. Es ésta una fe desnaturalizada, porque la reencarnación, en el hinduismo y en el budismo, es el largo camino inevitable que conduce a la extinción paulatina del ego, mientras que en Occidente debe servir al efecto contrario, pues se espera de ella que el ego insatisfecho y amenazado por la muerte reciba nuevas oportunidades.


Una amalgama de representaciones tradicionales

La empresa de formular el mensaje tradicional en un nuevo lenguaje supone que se capta lo que significaba fundamentalmente el lenguaje mitológico, para lo cual es necesario distinguir entre los diferentes componentes de este complicado nudo de imágenes. Este nudo no sólo es complejo y desorientador, sino que tiene contradicciones internas. Lo que aparece como mensaje cristiano es una amalgama de pensamientos heredados de la antigüedad judía y griega, mezclada con representaciones mitológicas y filosóficas.

El punto de partida fue la experiencia de que Jesús, a pesar de su muerte, se mostraba como viviente y eficaz. Pero, al haber desaparecido de este mundo, la iglesia del comienzo debía trasladar al otro mundo su nueva existencia, esto es, al cielo, junto a Dios. Lo mismo sucedía con todos los que formaban un solo cuerpo con él mediante su fe activa. En este punto al menos se despedían de la imagen de la resurrección de la antigüedad judía. Pues ésta consistía en una existencia gozosa de los resucitados en esta tierra. Lentamente se fue mezclando la herencia griega de la iglesia primitiva con esta antigua fe judía, esto es, la idea de la inmortalidad del alma. Esta idea había entrado en el último siglo antes del nacimiento de Cristo, en el libro de la Sabiduría, y comenzó a crecer con tanto más vigor, cuanto mayor era el número de paganos helenistas que entraban en la iglesia, lo cual iba borrando lo que quedaba en ella de la influencia judía.

Sin embargo, el día de la resurrección siguió oculto detrás del horizonte del tiempo, igual que en el judaísmo. Según la fe judía, había de realizarse al llegar el Mesías. En la expectativa cristiana del futuro, el Mesías ya había llegado. Entonces la resurrección se realizaría cuando este Mesías Jesucristo apareciera en gloria, aunque, según la palabra de Jesús en Marcos 13, 22, ni siquiera los ángeles en el cielo sabían cuándo esto habría de tener lugar. Mientras tanto, quien moría en la fe participaba ya en la gloria celestial de Cristo. La certidumbre de que Dios, como juez recto, iba a recompensar a los buenos y castigar a los malos, era igualmente un elemento puramente judío. Para ello iba a llamar a toda la humanidad frente a su trono de juez en el tiempo final. Esta idea había tenido consecuencias ya en el Antiguo Testamento para la manera de entender la resurrección.

Algunos opinaban que la resurrección no iba a ser un asunto exclusivo de los justos, como reparación por los daños sufridos en su vida, sino que iba a valer también para los malos. Para éstos, el juicio sería de condenación.

Un último elemento en este compuesto mitológico venía dado por los textos de la Escritura sobre el tiempo del fin, que debería acontecer mediante la llegada del Mesías como Juez de los últimos tiempos. Este fin no significaba originalmente el fin del mundo, sino el fin de todas las plagas y de todo lo malo que habrían de haber sufrido hasta ese momento los justos. Ese día debería separarse por fin el grano de la paja, los carneros de las ovejas, la maleza del trigo.

Todo lo que fuera desorden o abuso sería pasto del fuego. Y de un fuego eterno, la Gehenna, el infierno. Y Dios sería eternamente todo en todo.

Estos elementos heterogéneos y en parte contradictorios fueron revueltos profusamente y sin crítica y hasta enriquecidos más tarde con algunos componentes medievales, como el bien conocido purgatorio, y el no tan conocido limbo. Este último era una imitación del sheol judío y del hades helenístico. En el Nuevo Testamento se hablaba ya de ese lugar submundano en el que las almas de los santos del Antiguo Testamento esperaban su liberación. La Edad Media inventó un lugar semejante para los niños no bautizados. Y esta alquimia teológica confusa desembocó en las representaciones ya mencionadas de la tradición: el alma inmortal va a ser juzgada en el otro mundo al salir de su cuerpo, y entonces, o bien será premiada con un bienestar paradisíaco, o bien será castigada provisionalmente con las llamas del purgatorio, o con las del infierno eterno. Después, al fin del mundo, cada cual va a resucitar. Pero esta resurrección no es ya, como en el judaísmo, el despertar de un largo sueño, sino la reunión del alma con su antiguo cuerpo restaurado. Este cuerpo va a participar luego en la recompensa o castigo del alma, y esto por una eternidad. Apostaría que Jesús se habría extrañado no poco de esta construcción teológica que se pretende que viniera de él.

Mitos antiguos interpretados de nuevo

La llave maestra que funciona en todas estas diferentes cerraduras es la certidumbre de fe de que Dios es fiel para con el ser humano. Esta certidumbre no significa prueba, en el sentido matemático. Es más bien un asunto de confianza. Y esta confianza supone que se tiene alguna idea de un misterio detrás de todas las cosas y en todas ellas. Y que uno se atreve a confiar en la experiencia de Dios que tuvieron el pueblo de Israel y Jesús de Nazaret.

Por otra parte, se puede uno apoyar en las reflexiones de filósofos como Lévinas o Whitehead. En su formulación moderna, esta certidumbre llena de confianza enseña que el amor de Dios, que es otro nombre de la esencia de Dios, no pasa inadvertido junto a nosotros, sino que toma en nosotros forma y figura específica. Nuestro amor es al mismo tiempo impronta de su ser en la profundidad del nuestro. Y esta impronta participa en su eternidad. Nada de lo que nos acontece y es por lo mismo temporal y condicional, es capaz de separarnos de Él, esto es, de amortiguar o ahogar el crecimiento del amor en nosotros. Ni siquiera la muerte. Ni siquiera ésta cambia nada en la realidad de nuestra pequeña o grande unidad con el misterio divino. Desde este punto de vista central podemos mirar los elementos de la doctrina medieval (que se mantienen hasta hoy en el Catecismo de la Iglesia Católica), para ensayar una nueva interpretación de los mismos.

Creer en la vida eterna es lo mismo que creer en Dios, con otra formulación. Creer en Dios es lo mismo que hacerse uno con el misterio original, porque creer es una actitud de alabanza y amor, un proceso dinámico de entrega, pérdida de sí mismo y unificación. Quien confiesa, junto con la tradición judeo cristiana, que la mejor manera de apuntar a la esencia del misterio original es el concepto de amor, debería confesar también que mientras más crece el amor,
mayor es la unión con Dios, y mayor la participación en su eternidad, a pesar de la muerte biológica. Aquí se acaba nuestra capacidad para describir más exactamente lo que sucede. Todo lo que digamos sobre ese misterio original es deformación. Sólo hay una expresión que no deforma nada, y ella es que debemos y podemos entregarnos al misterio original, pase lo que pase con nosotros, aunque sea muy cruel. Pues confiarnos en el amor y dejar que nuestro ser biológico sea determinado y confiscado por él, es algo bueno, lo único bueno.

Bueno, pero ¿se ha respondido con ello a la crítica de la modernidad de que el fin de la bioquímica es el fin de la conciencia, y que por eso no tiene sentido hablar de gozo eterno o de tormento eterno después de la muerte, y ni siquiera de vida, porque también la vida es un concepto bioquímico? La modernidad tiene razón, por cierto, cuando afirma que la conciencia determinada bioquímicamente termina con la muerte bioquímica. Sin embargo no se sigue de ello que no tenga sentido de hablar de paz, luz, consuelo, bienaventuranza más allá de esa frontera. Al usar estas palabras para denotar la unión con la realidad divina, lo hacemos porque estas palabras no sólo tienen la realidad psicológica que parecen tener, sino que traducen en un lenguaje psicológico el sentido absoluto y absolutamente deseable de la unión con Dios.

Una comparación con la forma de hablar a los ciegos sobre la luz o sobre los colores puede orientarnos. Se les puede enseñar a los ciegos que lo que la sociedad de los videntes llama luz y color es un efecto de vibraciones y longitud de onda. Vibraciones es un concepto comprensible para los ciegos. Lo mismo que onda y longitud de onda. En este sentido, el ciego puede hablar adecuadamente sobre rojo y verde. El habla de algo que, por una parte, le es completamente extraño, porque no tiene la menor percepción sensible de rojo y verde, pero por otra parte de algo que le es de alguna manera conocido. Pues conoce la diferente longitud de onda de los dos colores. Rojo significa para él algo distinto que verde; no es sólo una palabra distinta, con un sonido distinto, o un grupo de signos diferentes en la escritura de Braille, sino una realidad distinta, la de una diferente longitud de onda. De manera semejante, podemos hablar también nosotros de gozo eterno, sin tener ni el más mínimo conocimiento experiencial del contenido real de este concepto, y sin embargo, estamos diciendo algo que no carece de sentido. Pues estamos traduciendo de esta manera que es bueno y deseable unirse mediante el amor con el milagro original. Y esto significa que el amor es la ley de nuestro ser y por tanto debe determinar completamente nuestro comportamiento.

Esto pone en claro lo contradictorio que es desvincular el gozo eterno del encuentro con Dios y desvincularlo por tanto de la transformación de nuestro ser en amor. No tiene sentido hacer del “cielo” una felicidad aislada, en el sentido de unas vacaciones eternas en el Caribe. Si hacerse uno con el amor que es Dios no es exactamente lo mismo que lo que llamamos cielo o gozo eterno, entonces simplemente no hay cielo alguno. Cuanto más proyectamos nuestros sueños infantiles o pueriles hacia lo que viene después de la muerte, tanto más desconocemos y negamos el verdadero gozo eterno. En todas nuestras expresiones referidas a la vida eterna, no debemos perder de vista que estamos tratando de apuntar torpemente al bien –completamente incognoscible, pero indispensable e ilimitado- del llegar a ser uno con Dios, y por tanto, a la plenitud a la que pueda llegar en nosotros el amor.

Así reconciliamos modernidad con tradición. El precio que debemos pagar para ello es despedirnos de la mitología anterior, que era consoladora pero engañosa. Lo que se gana es una orientación hacia lo esencial, que a menudo desaparece en aquella mitología.

Pero entonces, la vida eterna comienza ya aquí. A veces el bien-estar y la riqueza de esa vida eterna se ilumina en nuestra psiquis bajo la forma de paz interna, sentido, liberación, alegría, y todo ello sin otra fuente que el desprendimiento. Pero aquello en lo que consiste realmente el bien-estar y aquella riqueza no se difracta en el prisma de nuestra psiquis, sino que queda allí como envuelto en un velo, inalcanzable. Sólo sabemos que es riqueza.

Dios en todo y en todos

Lo que acabamos de decir partió del hecho de que nuestro ser no es un alma espiritual que habita en un cuerpo, sino una chispa de la forma como Dios se expresa a sí mismo. Por cierto que es más práctico mirar al ser humano como un alma en un cuerpo. Se lo puede representar mejor. Porque una chispa de la forma como Dios se expresa a sí mismo... ¿qué puede significar? Puede enseñarnos algo que permanece velado en nuestra forma habitual de mirar las cosas, o sea, que Dios pertenece a la definición de nuestro ser y que debemos mirarnos desde Dios. Sólo existimos según la medida de su presencia en nuestra profundidad, y por tanto, según la medida de nuestro amor. Pero somos esta expresión de Dios no como yo -ego-, sino sólo como humanidad. Nos experimentamos como individuos, como uno entre muchos, pero en nuestra profundidad formamos una unidad que todo lo abarca. Pues cada nuevo individuo se origina en otros individuos. La célula del espermatozoide y la del óvulo, cuyo sorprendente desarrollo es cada ser humano, no son sino partecitas de un organismo humano. Los más de seis mil millones de individuos de la actual humanidad son sólo la multiplicación autónoma inimaginable de unas pocas células que se originaron en el curso de una evolución de miles de millones de años a partir de la voluntad de vida de las primeras células vivientes. En el fondo, todos juntos somos todavía aún ahora esas primeras células que se han multiplicado y desarrollado constantemente en forma cada vez más rica. Así como un árbol produce constantemente nuevas hojas para alcanzar su forma completa, así el cosmos lleno de Dios produce siempre más seres humanos, para ser cada vez más divino, cada vez más amor. Las estrecheces vinculadas con lo material explican cómo este progreso en amor se logra mejor en un ser humano que en otros. Pero cada cual cosecha de lo que ha sembrado. Y cuando alguien muere, no cae fuera de la totalidad. Sencillamente no es posible.

Pertenecemos para siempre y eternamente al todo, y cada uno de nosotros participa de una manera propia suya en la riqueza del todo. Nuestra propia contribución al el crecimiento del cosmos, hacia su figura divina, que es amor en plenitud, se queda para siempre en esa totalidad.

Respuesta a una pregunta delicada

Como humanidad que somos, formamos, pues, la expresión propia del misterio original divino que se va haciendo cada vez más pleno. Allí es donde encontramos también nuestra plenitud. Esta forma de representarse las cosas puede ser liberadora para quienes andan preocupados con una pregunta que brota del esquema de pensamiento tradicional y que no encuentra allí ninguna respuesta satisfactoria: ¿qué acceso a Dios tienen al morir los millones de discapacitados intelectuales o los miles de millones que mueren sin llegar nunca a la conciencia, abortados o nacidos muertos o fallecidos sin bautismo?

Según la representación clásica, vale también para ellos el juicio con premio y castigo. ¿Pero, por qué? En la chocante opinión de Agustín de Hipona que ha marcado por siglos el pensamiento de la iglesia occidental, lamentablemente, merecían ser castigados, y con la condenación eterna, por el pecado de Adán. Pues no habían sido bautizados, y no hay salvación sin bautismo -por lo menos según Agustín-. Felizmente la iglesia terminó con esta enseñanza de su maestro. Pero ni siquiera la «hipótesis de una última opción», definitiva, en favor de Dios o contra él, en el tránsito entre la vida y la muerte – hipótesis que presentaron algunos téologos hace pocas décadas– da una respuesta satisfactoria, ni de lejos. Primero, porque no es más que una hipótesis, sin el menor apoyo en la experiencia humana, y es además una salida de emergencia para un problema que nació de una manera heterónoma de pensar. Por lo demás, el ser humano toma su opción fundamental – y esto sí que lo enseña la experiencia – sólo como coronación consciente o inconsciente de decisiones anteriores que se refuerzan mutuamente. Pero esa «hipótesis» se vuelve superflua si cada ser humano es una hoja en el juntos configuramos un solo ser humano, y como un único ser humano crecemos hacia el misterio que es Dios y que es bueno. En el lenguaje de la primera ingenuidad se puede decir que el bebé después de su muerte es un angelito en el cielo de Dios y que lo vamos a encontrar nuevamente allí, tal como nos fue arrebatado aquí por la muerte. Esto significa en último término que lo vamos a encontrar como objeto de nuestro tierno instinto posesivo, no como persona que puede dirigirse a Dios y a nosotros de tú a tú. Tal es la gran debilidad de esta manera de representarse las cosas. Puede ser consoladora. Puede que tampoco sea completamente falsa en el sistema del lenguaje heterónomo. Pues repite, en un sistema lingüístico superado, la fe en un Dios que sólo tiene pensamientos de salvación para la humanidad como un todo, inclusive para los incapacitados mentales, los bebés y los fetos. ¿Cómo podría ser de otra manera si el ser humano es el ensayo más adelantado de configurar su propia bondad?

Despedida del infierno y del purgatorio

Así se disuelve, por cierto, aquel polo opuesto al cielo al que llaman infierno. Su estatuto se había vuelto difícil desde hace tiempo en la conciencia de fe moderna. En medio siglo ha sido marginado.

¿Hay todavía algún cura que se atreva a usar esta amenaza para mantener a los fieles en el camino de Dios y de las virtudes, como lo hacían antes los predicadores de misiones, (y no sin éxito)? Este artículo de la fe les ha llegado a ser tan incómodo a los párrocos, que ya no se les asoma a los labios. Por otra parte, no ha encontrado ningún lugar en la confesión de fe. Sólo quien mira la Biblia como un libro de oráculos y lee sus textos sobre el fuego eterno como una descripción de la realidad, y mira el catecismo (también todavía el catecismo romano oficial de 1994) como la formulación definitiva de la verdad, se desconcierta totalmente si tiene que despedirse del infierno. Porque, al desmontar un ladrillo tan pesado de la cúpula eclesiástica, piensa que la bóveda entera se va a desplomar.

Lo que vale del infierno, también es válido a su manera del purgatorio, que no tiene cartas de presentación tan imponentes como las del infierno. Se lo puede buscar en vano en la Sagrada Escritura. Los dos o tres textos a los que se acude para ello están sacados tirándolos por los cabellos, a la fuerza, porque si no, no se dispondría de ninguno. Los autores de esos textos se frotarían los ojos de extrañeza si oyeran lo que se ha querido hacer derivar de sus palabras. El purgatorio es más bien el fruto de una cristalización muy lenta. Ha sido la dificultad de tratar el problema de aquellas culpas humanas que no llegan a ser tan graves como para ser castigadas con la condenación eterna. Tal castigo sería una burla de la justicia que caracteriza los juicios de Dios. Entre condonación de pena, y castigo con fuego eterno, tendría que haber, pues, un camino intermedio, por ejemplo, condena a un cierto tiempo de penitencia reparadora. Los juicios humanos mismos conocen penas distintas de la pena capital.

Esta solución correspondía aparentemente a lo que necesitaba el tiempo anterior a la modernidad. El purgatorio no bíblico comenzó ya en la Edad Media una verdadera campaña victoriosa, abarcando tanto a la iglesia de las masas como la teología escolástica. Y ha hecho un enorme daño. Hay que anotar en su cuenta el éxito tan dudoso de la enseñanza sobre las indulgencias, la degradación de la eucaristía a ser un medio para liberar a los difuntos de aquella cámara de suplicios, mediante un pago; el dolor autoinfligido como medio para escapar de castigo en ese lugar tan horrible, o la suplantación de la fiesta de Todos los Santos por la de Todos los Difuntos.

En una manera teónoma de pensar, no es sólo el infierno el que debe desaparecer, sino también el purgatorio con sus espúreas derivaciones. Pues cuando en esta manera de pensar se habla de Dios, la palabra castigo carece absolutamente de sentido. En el capítulo 18 diremos por qué. El castigo es una obra humana, nacida a la vez de la necesidad de guiar las cosas en este mundo de alguna manera por los carriles correctos, y de la imposibilidad de lograrlo de otra manera que por medio de sanciones. En realidad, el castigo es un procedimiento primitivo que recuerda al amaestramiento de animales. Pero sigue siendo indispensable, dado el escalón todavía tan primitivo de la evolución de la humanidad, a la cual le parece más importante la dominación del mundo material que el crecimiento en sabiduría y amor, o que piensa que el cuidado del propio yo y del grupo al que se pertenece es más importante que el bien de la totalidad. Pero justamente porque el castigo es algo tan primitivo, es también completamente inapropiado para describir la relación de Dios con el ser humano. En la primera carta de Juan se lee que el amor expulsa el temor al castigo. La despedida del infierno no nos ahorra la tarea de buscar lo que este lenguaje mitológico quería trasmitir como buena noticia sobre Dios. Algo que tenía raíces tan profundas en la tradición no puede ser arrancado sin mutilar la tradición misma.

El Dios castigador: ¿mensaje de amenaza o de buena nueva?

La traducción de las expresiones heterónomas sobre el infierno en términos de teonomía debe comenzar con una nueva interpretación de lo que significa en esencia un comportamiento malo o digno de castigo. No se trata de trasgresión de leyes -de lo contrario caemos en categorías premodernas– sino de resistencia contra lo que pretende Dios, es decir, el crecimiento del amor. Pues éste es la expresión propia de su esencia en el cosmos y en el ser humano. Cuando el ser humano se niega a dejarse mover y orientar por el amor, se opone a este impulso de Dios en búsqueda de una revelación cada vez más rica de sí mismo. Oponiéndose a ello, el ser humano se daña a sí mismo en su ser más profundo. Este daño es lo esencial de lo que se llama castigo, igual como la riqueza en la que participamos mediante el crecimiento en el amor es la esencia misma de nuestra recompensa. Ninguna de las dos nos viene de afuera, como respuesta posterior a nuestro «no» o a nuestro «sí» frente al Dios que nos invita. El concepto de castigo tomado del ámbito social es el revestimiento heterónomo del mensaje según el cual no deberíamos ofrecer ninguna resistencia, bajo ninguna condición, al crecimiento del amor en nosotros. Pues esta resistencia, que es el otro nombre del mal, es para nosotros la única y verdadera gran catástrofe, de la cual deberíamos cuidarnos a cualquier precio. Hablar de castigo es, por lo tanto, utilizar sólo un lenguaje simbólico para señalar la destrucción o el daño de nuestro ser por la negativa a escuchar hacia dónde impulsa el amor. Pero, ¿es nuestra negativa siempre una negativa? ¿No es a menudo más bien imposibilidad, limitación, falta de visión, imperfección? En todo caso es cierto que mientras más se trata de una verdadera negativa, tanto más temible es el daño que nos inferimos a nosotros mismos.

El infierno es el concepto límite para señalar este daño y quiere decir que la negativa absoluta significa daño absoluto, y por ello, catástrofe eterna. Lo contrario vale de la recompensa eterna, del cielo. También este concepto es una expresión desleída de otra cosa, esto es, del amor, la quintaesencia de lo bueno, lo único provechoso y digno de ser codiciado. Pero se vuelve pura mitología cuando tomamos los vocablos «cielo» o «paraíso» como lenguaje descriptivo, y sin crítica los trasponemos a aquello que nos va a sobrevenir si nos dejamos agarrar por el amor. Por esto no hay lugar en el pensamiento teónomo ni para infierno como castigo, ni para cielo como recompensa.

Dos observaciones para terminar este párrafo. Primero, todavía sobre el infierno. Si cielo significa hacerse uno con Dios y por tanto estar acaparados por el amor, el infierno sería la situación de un individuo humano carente de la menor chispa de amor. Pero esto es impensable, pues todos nosotros pertenecemos al gran cuerpo de la humanidad, y éste es ya una revelación altamente desarrollada del amor. También por este motivo es mejor que olvidemos el infierno.

Segundo, sobre lo que sucede con el individuo al morir. Es posible que haya algo en este sentido, aunque la imagen sea muy cuestionable. Se puede pensar en gotas de lluvia que caen en el mar de donde salieron debido a la evaporación. Nada de su esencia se ha perdido, sólo su individualidad. Esta comparación vale lo que vale, tal vez muy poco. En todo caso, el yo y su inmortalidad individual es mucho menos importante en un pensamiento teónomo que en el heterónomo, pero Dios es infinitamente más importante. ¿Es esto una pérdida?

Retrospectiva

Lo que la tradición cristiana enseña en imágenes acuñadas por la mitología acerca de lo que le sucede al ser humano al morir debe mantenerse y al mismo tiempo transformarse totalmente. Lo que debe mantenerse es la intuición fundamental de la comunidad cristiana de que todo está hecho para algo mejor, precisamente porque Dios significa vida eterna, y ésta encierra en sí todo lo que se puede desear. La doctrina cristiana debe esta intuición a su vinculación profunda con Dios, que le ha sido trasmitida por el encuentro con Jesús Mesías. Lo que debe transformase es la formulación de esta intuición, porque ella se mueve en el interior de un encuadre heterónomo y por tanto mítico. El creyente de la modernidad debe abandonar necesariamente este encuadre mítico y debe tratar de formular la misma intuición en un lenguaje nuevo, pero no menos cristiano. Es el intento que hemos hecho arriba. Puede ser que más de alguno encuentre que esta traducción es menos consoladora que el original. Concedido, pues ella no da tanto lugar a la fantasía y al sentimiento. También los niños comen con más gusto chocolatinas que el nutritivo pan integral.