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domingo, 21 de abril de 2013

Desafíos eclesiales y pastorales - Cuarto domingo de Pascua




Juan 10,22-30


El relato evangélico que se nos propone para la reflexión de hoy es parte de un contexto literario más amplio, que va desde el capítulo 7,1 al 12,50 del evangelio de Juan, en el que se deja claramente expuesto el rechazo del liderazgo religioso hacia Jesús.

En el capítulo 10, Jesús se presenta como el buen pastor. En el Antiguo Testamento, esta imagen se aplicaba a Dios o a sus representantes, los gobernantes (Salmo 23,1; Isaías 40,11; Jeremías 23,1-6; Ezequiel 34,11-37; 37,24). En el Nuevo Testamento se aplica al Mesías enviado de Dios (Mateo 9,36; 18,12-14; Marcos 6,34; Lucas 15,4-7; Hebreos 13,20; 1 Pedro 2,25; 5,4; Apocalipsis 7,17) y también a quienes se desempeñan como pastores en las comunidades eclesiales (Juan 21,15 cf. Hechos 20,28; Efesios 4,11; 1 Pedro 5,2).


1.    El texto en su contexto:

El evangelista nos ubica en invierno, en la ciudad santa de Jerusalén, en la hanukká, la fiesta de la dedicación del Templo (versículo 22), que tenía una duración  de ocho días. Durante ese período de tiempo, la comunidad judía conmemoraba la restauración y consagración del Templo de Jerusalén, por Judas Macabeo, en el año 164 aC, luego de haber sido profanado por Antíoco Epifanes (Daniel 9,27; 11,31; 1 Macabeo 4,36. 52-59; 2 Macabeos 1,18; 10,5).

Jesús estaba participando de la conmemoración y el evangelista lo sitúa en el Pórtico de Salomón, dentro del Templo de Jerusalén (versículo 23). Era una galería cubierta por un tejado, ubicada al oriente, en el lado interior del muro que rodeaba el templo (Hechos 3,11; 5,12).

Los líderes religiosos se acercan a Jesús y le exigen que declare públicamente si es el Mesías o no (versículo 24). La afirmación que Jesús había hecho sobre sí, “Yo soy el buen pastor” (Juan 10,11) aludía a su misión mesiánica (Jeremías 23,1-6; Ezequiel 34,11-37; 37,24).

Jesús responde explícitamente que su mesianismo queda confirmado por las obras que realiza con la autoridad del Padre, pero ellos no creen (versículo 25). Las obras que realiza Jesús, son las que inauguran los tiempos mesiánicos (Lucas 4,18-21), sin embargo, los líderes religiosos no creen (Juan 8,24. 28. 58; cf Lucas 22,67).

Los versículos 26 – 27, retoman la figura de Jesús el buen pastor (Juan 10,7-18). El liderazgo religioso no cree porque no forma parte de quienes aceptan a Jesús como Mesías (versículo 26), esta aceptación va acompañada del seguimiento (versículo 27). Este versículo está en referencia al planteo anterior, en que el evangelista afirma, que existe un íntimo conocimiento y reconocimiento entre el Maestro y el discípulo o la discípula, que provoca el seguimiento (Juan 10,3-4).

El versículo 28 retoma la imagen de Jesús, comunicador de vida plena, digna y abundante (Juan 10,10).

El versículo 29 es de dudosa traducción. Algunos manuscritos dicen “ellas son más grandes que cualquiera”, otra traducción podría ser “lo que el Padre me ha dado es más grande que todo”, otros finalmente dicen “Mi Padre, que me lo ha dado, es más grande que todos”.

El versículo 30 retoma lo expuesto sobre la comunión entre el Padre y el Jesús el Mesías, planteada en versículos anteriores (Juan 10,14 cf Mateo 11,27; Lucas 10,22).


2.    El texto en nuestro contexto.

El relato evangélico nos enfrenta a dos realidades ineludibles para las comunidades eclesiales.

Por un lado, la convicción de que Jesús es el Mesías de Dios. En la segunda década del siglo XXI la Iglesia de Jesús continúa dando testimonio a la sociedad y la cultura contemporáneas, de que Jesús es el enviado de Dios, cuya misión es revelar, el rostro solidario e inclusivo de la Divinidad para con la humanidad (Lucas 4,18-21; Mateo 25,37-40), comunicándole vida plena, digna y abundante (Juan 10,10) para todas las personas, en todos los lugares y en todos los tiempos (Apocalipsis 7,9). Todavía hay personas que no tienen acceso a la fiesta de la vida, por eso, las comunidades eclesiales, participando de la misión de Jesús, somos enviadas a aquellas personas, vulneradas en sus derechos y su dignidad, para llevarles la alegre y buena noticia, de que están invitadas a participar (Mateo 22,1-14).

Por otro lado, la relación que, como comunidades eclesiales, tenemos con Jesús. El evangelio es radical (Mateo 8,22; Lucas 9,62), no existe la posibilidad de transitar dos caminos (Apocalipsis 3,16). Los líderes religiosos del judaísmo optaron por el camino de la seguridad que les daba la ley, la tradición y el templo, negándose a creer aquella realidad que golpeaba sus ojos (Juan 10,25). En la segunda década del siglo XXI la Iglesia de Jesús enfrenta el desafío de desinstalarse de sus seguridades, una larga construcción de poco más de dos milenios, para volver al discipulado original, en el seguimiento de Jesús el Mesías (Juan 10,27), reconociendo en él, el rostro humano de la Divinidad (Juan 10,14-15 cf 10,30), que se hizo solidaria con la humanidad (Juan 1,14; Filipenses 2,6-8).

Quienes, en la actualidad, integramos las comunidades eclesiales, participamos de la misión de Jesús. Es nuestra responsabilidad mostrar a la sociedad y la cultura contemporáneas, que otro mundo es posible, donde todas las personas puedan desarrollar una vida digna.

Quienes en la actualidad, estamos en el liderazgo eclesial, participando de la misión de Jesús, es nuestra responsabilidad, como líderes de la Iglesia, asumir estas dos realidades ineludibles con compromiso radical (Marcos 9,40; Mateo 12,30; Lucas 9,50), con la convicción que es nuestro servicio a Dios, a la Iglesia y a la Humanidad.


Buena semana para todos y todas.
+Julio, obispo de Diversidad Cristiana.
Cuarto domingo de Pascua, 2013.

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