Miembro de la Comunión Anglicana Libre - Iglesia Episcopal Libre y de la Comunión de Iglesias de Tradición Católica

miércoles, 31 de octubre de 2012

Conmemoramos un nuevo aniversario de la Reforma Protestante



 95 tesis de Martín Lutero:

Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a luz, se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero, Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y Profesor Ordinario de esta última disciplina en esa localidad. Por tal razón, ruega que los que no puedan estar presentes y debatir oralmente con nosotros, lo hagan, aunque ausentes, por escrito. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
  1. Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia...”, ha querido decir que toda la vida de los creyentes fuera penitencia.
  2. Este término no puede entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, de aquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el ministerio de los sacerdotes.
  3. Sin embargo, el vocablo no apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, una penitencia interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la carne.
  4. En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino de los cielos.
  5. El papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones.
  6. El papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.
  7. De ningún modo Dios remite la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y lo someta en todas las cosas al sacerdote, su vicario.
  8. Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.
  9. Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en la persona del papa, quien en sus decretos siempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.
  10. Mal y torpemente proceden los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicas en el purgatorio.
  11. Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.
  12. Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba de la verdadera contrición.
  13. Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.
  14. Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.
  15. Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.
  16. Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, la cuasi desesperación y la seguridad de la salvación.
  17. Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la caridad.
  18. Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.
  19. Y tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar completamente seguros de ello.
  20. Por tanto, cuando el Papa habla de remisión plenaria de todas las penas, significa simplemente el perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.
  21. En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa.
  22. De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones, ellas debían haber pagado en esta vida.
  23. Si a alguien se le puede conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, es seguro que ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.
  24. Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas.
  25. El poder que el Papa tiene universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura lo posee en particular sobre su diócesis o parroquia.
  26. Muy bien procede el Papa al dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud del poder de las llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.
  27. Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando.
  28. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.
  29. ¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay que recordar lo que, según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.
  30. Nadie está seguro de la sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que haya obtenido la remisión plenaria.
  31. Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.
  32. Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación mediante una carta de indulgencias.
  33. Hemos de cuidarnos mucho de aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son el inestimable don divino por el cual el hombre es reconciliado con Dios.
  34. Pues aquellas gracias de perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacción sacramental, las cuales han sido establecidas por los hombres.
  35. Predican una doctrina anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contrición para los que rescatan almas o confessionalia.
  36. Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias.
  37. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lo bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias.
  38. No obstante, la remisión y la participación otorgadas por el Papa no han de menospreciarse en manera alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de la remisión divina.
  39. Es dificilísimo hasta para los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante el pueblo. La prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.
  40. La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.
  41. Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.
  42. Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.
  43. Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.
  44. Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio, no lo es por las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena.
  45. Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgencias papales, sino la indignación de Dios.
  46. Debe enseñarse a los cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, están obligados a retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.
  47. Debe enseñarse a los cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propia voluntad y no constituye obligación.
  48. Se debe enseñar a los cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita cuanto desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.
  49. Hay que enseñar a los cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas no ponen su confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de Dios.
  50. Debe enseñarse a los cristianos que si el papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas.
  51. Debe enseñarse a los cristianos que el papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester.
  52. Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.
  53. Son enemigos de Cristo y del papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspender por completo la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.
  54. Oféndese a la palabra de Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempo a las indulgencias que a ella.
  55. Ha de ser la intención del papa que si las indulgencias (que muy poco significan) se celebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más importante)deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias.
  56. Los tesoros de la iglesia, de donde el papa distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.
  57. Que en todo caso no son temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de los pregoneros no los derrochan, sino más bien los atesoran.
  58. Tampoco son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin la intervención del papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno del hombre exterior.
  59. San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando el término en el sentido de su época.
  60. No hablamos exageradamente si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por el mérito de Cristo) constituyen ese tesoro.
  61. Esta claro, pues, que para la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con la sola potestad del papa.
  62. El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios.
  63. Empero este tesoro es, con razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros sean postreros.
  64. En cambio, el tesoro de las indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque hace que los postreros sean primeros.
  65. Por ello, los tesoros del evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban a hombres poseedores de bienes.
  66. Los tesoros de las indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas de los hombres.
  67. Respecto a las indulgencias que los predicadores pregonan con gracias máximas, se entiende que efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.
  68. No obstante, son las gracias más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y la piedad de la cruz.
  69. Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.
  70. Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.
  71. Quién habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.
  72. Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea bendito.
  73. Así como el papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, con cualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.
  74. Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de la caridad y la verdad.
  75. Es un disparate pensar que las indulgencias del papa sean tan eficaces como para que puedan absolver, para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre de Dios.
  76. Decimos por el contrario, que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de los pecados veniales, en concierne a la culpa.
  77. Afirmar que si San Pedro fuese papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituye una blasfemia contra San Pedro y el papa.
  78. Sostenemos, por el contrario, que el actual papa, como cualquier otro, dispone de mayores gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de sanidad, etc., como se dice en 1ª de Corintios 1
  79. Es blasfemia aseverar que la cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale a la cruz de Cristo.
  80. Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan al pueblo.
  81. Esta arbitraria predicación de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas, resulte fácil salvar el respeto que se debe al papa, frente a las calumnias o preguntas indudablemente sutiles de los laicos.
  82. Por ejemplo: ¿Por qué el papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones si él redime un número infinito de almas a causa del muy miserable dinero para la construcción de la basílica, lo cual es un motivo completamente insignificante?
  83. Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué el papa no devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de ellos, puesto que ya no es justo orar por los redimidos?
  84. Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad de Dios y del papa, según la cual conceden al impío y enemigo de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y por que no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad hacia esa misma alma pía y amada?
  85. Del mismo modo: ¿Por qué los cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desde hace tiempo están abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy por la concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?
  86. Del mismo modo: ¿Por qué el papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos ricos, no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?
  87. Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el papa y qué participación concede a los que por una perfecta contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?
  88. Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría hacerse a la iglesia si el papa, como lo hace ahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a cualquiera de los creyentes?
  89. Dado que el papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que el dinero, ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas, si son igualmente eficaces?
  90. Reprimir estos sagaces argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos con razones, significa exponer a la iglesia y al papa a la burla de sus enemigos y contribuir a la desdicha de los cristianos.
  91. Por tanto, si las indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del papa, todas esas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no existirían.
  92. Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz"; y no hay paz.
  93. Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: "Cruz, cruz" y no hay cruz.
  94. Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de penas, muertes e infierno.
  95. Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria seguridad de paz.
Wittenberg, 31 de octubre de 1517.


domingo, 28 de octubre de 2012

Comunidades eclesiales sanadas, encarnadas y comprometidas con la sociedad y la cultura del siglo XXI


10 46”Llegaron a Jericó. Y cuando Jesús ya salía de la ciudad, seguido de sus discípulos y de mucha gente, un mendigo ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. 47Al oir que era Jesús de Nazaret, el ciego comenzó a gritar: —¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí 48Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más todavía: —¡Hijo de David, ten compasión de mí!

49Entonces Jesús se detuvo, y dijo: —Llámenlo. Llamaron al ciego, diciéndole: —Ánimo, levántate; te está llamando. 50El ciego arrojó su capa, y dando un salto se acercó a Jesús, 51que le preguntó: —¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: —Maestro, quiero recobrar la vista. 52Jesús le dijo: —Puedes irte; por tu fe has sido sanado.

En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús por el camino” (Marcos 10,46-52 versión Biblia de Estudio Dios Habla Hoy).

1-    El texto en su contexto:

El relato evangélico de hoy, narra la curación de Bartimeo. Proporciona una serie de detalles que nos permiten suponer que estamos ante un hecho histórico pero cargado de contenido teológico, a partir del cual, el evangelista desarrolla una catequesis para su auditorio, una comunidad cristiana no judía.

El versículo 46 está cargado de información histórica. Nos sitúa geográficamente en Jericó, ubicada en la llanura del río Jordán, al pie de la subida a Jerusalén, distante a unos 30 km de esa ciudad, el paso necesario para entrar a la tierra prometida (Deuteronomio 32,49; 34,1). Identifica a la persona protagonista de esta historia: “Bartimeo, hijo de Timeo”; los evangelios de Mateo y Lucas no mencionan este dato (Mt 20.29-34; Lc 18,35-43), Marcos únicamente proporciona en su evangelio dos nombres propios antes del relato de la pasión, Bartimeo y Jairo. Y también la caracteriza, Bartimeo era un mendigo ciego, doblemente vulnerado (Levítico 19,14; Deuteronomio 27,18; Isaías 59,9); ubicándolo sentado junto al camino.

Los versículos 47 al 52 narran el diálogo entre Bartimeo y Jesús. 

El diálogo comienza con la frase de Bartimeo “Hijo de David ten compasión de mí”. Es la primera vez que aparece en el evangelio de Marcos, “Hijo de David”, el título mesiánico utilizado por el judaísmo para designar al Mesías, que tenía que ser descendiente del rey David (cf Mateo 1,1). Seguidamente, una petición con hondo contenido veterotestamentario (Oseas 6,6).

A diferencia de las curaciones anteriores, en este relato no aparece ni el gesto ni las palabras sanadoras. En esta ocasión, el último de los milagros, la sanación se da por la fe. La fe, le permite a Bartimeo pasar de la ceguera a la visión, de estar ubicado al borde del camino a pasar al interior del mismo, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de seguir a Jesús. Es un relato cargado de alto contenido teológico: paso de la oscuridad a la luz, de la exclusión a la inclusión, de la dependencia a la participación.

2-    El texto en nuestro contexto:

El fuerte acento que pone el evangelio de Marcos en esta historia, de que la fe es lo único importante para el discipulado, resulta un elemento doblemente importante.

Por un lado, el próximo 31 de octubre, estaremos conmemorando un nuevo aniversario de la Reforma Protestante, que puso el acento en que para la salvación solo basta la fe.

Por otro lado, sabemos que toda experiencia de seguimiento de Jesús, necesita una radicalidad que necesariamente surge de la fe, para que sostenga el compromiso con el mensaje evangélico.

Como comunidad eclesial, inclusiva y ecuménica:

-       sentimos la necesidad de sanar, para ver la sociedad y la cultura, con la mirada de Jesús, que no siempre ha sido la mirada de algunos sectores de la Iglesia;

-       sentimos la necesidad de abandonar nuestro lugar al borde del camino, responsabilizando a la sociedad y la cultura por los males existentes, para ubicarnos en la sociedad y la cultura contemporánea, siguiendo el ejemplo de encarnación de Dios en la humanidad;

-       sentimos la urgencia de asumir una posición activa en las transformaciones que reclaman la sociedad y la cultura del siglo XXI, generando la experiencia de otro Dios y otra Iglesia para esta sociedad.

Buena semana para todas y todos.
+Julio.
Domingo 30 del Tiempo de la Iglesia.



sábado, 27 de octubre de 2012

8 - Opción por los pobres y crecimiento espiritual - Albert Nolan



Presentamos una nueva entrega de la obra Sobre la "Opción por los Pobres" en el marco de la conmemoración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, celebrado el pasado 17 de octubre.



Creciendo en compromiso.

Nuestra actitud hacia los pobres puede crecer, desarrollarse y madurar a través de los años. De no ser así quedaríamos estancados y no podríamos evolucionar en nuestra relación con las personas a las que queremos ayudar y servir. Para los cristianos es un asunto de crecimiento espiritual. Así como hay lugares para orar, hay también lugares para incrementar el amor espiritual. Así como san Bernardo puede hablar sobre los pasos del crecimiento de la virtud de la humildad, así también en nuestra comunión con los pobres se da una experiencia espiritual análoga, que pasa por diferentes grados y circunstancias, que tiene sus propias crisis y noches oscuras, sus propios descubrimientos o iluminaciones.

Este artículo ofrece una exposición de estos grados de desarrollo. Tal exposición, por supuesto, está basada parcialmente en mi propia experiencia y parcialmente en la observación de la experiencia de otros. Por otra parte, la división concreta en diferentes grados, como cualquier otra división de grados de crecimiento es, inevitablemente, algo estilizado y estereotipado. Otras personas probablemente no experimentaron estos grados de desarrollo en el mismo orden ni de la misma forma. La que aquí presentamos es una esquematización ofrecida simplemente como una ayuda para entender lo que ocurre en nuestra vida, la cual está encaminada al servicio de los pobres.

I.              Compasión y ayuda.

El primer grado de compromiso con los pobres está caracterizado por la compasión. Todos nos hemos conmovido cuando hemos visto u oído sus sufrimientos. El sentimiento de compasión esnuestro punto de partida. Pero solamente es un principio, que necesita crecer y desarrollarse.

Dos cosas ayudan a crecer y desarrollar la compasión. La primera es lo que hoy en día llamamos contacto. Cuanto más en contacto estemos con los sufrimientos de los pobres más profunda y duradera será nuestra compasión. Hoy día algunos grupos organizan programas de convivencia («exposure programms»): envían personas a países del tercer mundo para ayudarles a observar la miseria y la opresión. Nada hay como el contacto inmediato con el dolor y el hambre, como el ver a las personas en el frío y bajo la lluvia después de que sus casas han sido destruidas, como el experimentar el hacinamiento de los barrios pobres con sus niños desnutridos.

Pero la información también cumple su papel. Sabemos y quisiéramos que otros supieran que más de la mitad del mundo es pobre. Se dice que más o menos unos ochocientos millones de personasen el mundo no tienen suficiente para comer y de una forma u otra están hambrientos. Para muchas, muchas personas, la única experiencia en la vida, desde su nacimiento hasta su muerte, es el hecho de estar siempre hambrientas. Información de este tipo nos puede ayudar para ser más compasivos.

La segunda cosa que me parece necesaria para desarrollar nuestra compasión es estar dispuesto a que esto no suceda. Podemos poner obstáculos a este desarrollo siendo más insensibles, o diciendo «no es mi problema», o «no estoy en capacidad de hacer nada». Estos reparos son comunes en algunos. Como cristianos, sin embargo, tenemos una manera de nutrir nuestras naturales inclinaciones de compasión. Creemos que la compasión es una virtud, una gracia, y en efecto, es un atributo divino.

Cuando yo siento compasión estoy compartiendo la compasión de Dios. Yo estoy compartiendo lo que Dios siente por el mundo hoy día. Además, mi fe me hace capaz de modelar y profundizar mi compasión permitiéndome ver el rostro de Cristo en aquellos que están sufriendo, y recordar que lo que hagamos con nuestros hermanos y hermanas se lo estamos haciendo a él. Esto es algo que
convence.

La compasión nos lleva a la acción. En primera instancia, probablemente nuestra actividad será lo que llamamos comúnmente actos de caridad: recoger y distribuir alimentos, frazadas, ropa y dinero.

La compasión también nos puede llevar a tratar de hacer más sencilla nuestra vida: tratando de vivir sin lujos y dar el excedente de nuestro dinero a los pobres. No hay nada extraordinario en ello. Forma parte de una larga tradición de los cristianos: compasión, dar limosna, pobreza voluntaria... Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre ello.

Este es el primer grado, caracterizado por la compasión.

II. Descubriendo las estructuras y la importancia de la ira.

El segundo grado comienza con el descubrimiento gradual de que la pobreza es un problema de estructuras. La pobreza en el mundo de hoy no es simplemente mala fortuna, mala suerte, inevitable, algo debido a la pereza o a la ignorancia, o una lacra del subdesarrollo. La pobreza en el mundo, hoy en día, es el resultado directo de los sistemas políticos y económicos de los gobiernos. En otras palabras, la pobreza que tenemos en el mundo, no es algo accidental. Ha sido creada, o pudiéramos decir más bien que ha sido fabricada, por diferentes gobiernos y sistemas. Esto significa que la pobreza es un problema político, un problema de injusticia y opresión.

Hemos visto que el descubrimiento de la profundidad y anchura de la pobreza en el mundo nos mueve a sentir compasión. Ahora, el descubrir que la pobreza ha sido impuesta sobre el pueblo por unas estructuras y gobiernos injustos nos mueve a sentir indignación e ira.

Nos encontramos con que sentimos ira hacia los ricos, sus gobiernos y sus sistemas. Les acusamos e injuriamos entonces por su dureza y su política inhumana. Pero nuestros sentimientos cristianos hacen que nos sintamos mal con nuestra propia ira. Nos sentimos pecadores cuando nos enojamos con alguien. ¿No es pecado sentir ira?, ¿No debiéramos perdonar a los políticos sus pecados, hasta setenta veces siete? Para los que queremos seguir el camino de Cristo, la ira y la indignación nos pueden llevar a caer en una profunda crisis espiritual.

La forma de salir adelante de esta crisis es descubrir la significación espiritual de la «ira de Dios». Todos sabemos que en la biblia se habla mucho de la «ira de Dios», y no solamente en el Antiguo Testamento. Tendemos a considerar este aspecto de la biblia como un tanto desconcertante, y como si no nos pudiera ayudar en nuestra vida espiritual. Pero si pensamos así tenemos mucho que aprender.

Hay dos clases de ira y de indignación. Una es expresión de odio y de egoísmo. Otra es expresión de amor y de compasión. La «ira de Dios», en este sentido, es una expresión de su amor a los pobres y a los ricos, a los oprimidos y a los opresores. ¿Cómo puede ser esto?

Todos nosotros hemos experimentado este tipo de ira. Cuando mi corazón siente compasión por los que sufren no puedo dejar de sentir ira hacia quienes les hacen sufrir. Se profundiza mi compasión hacia los pobres y se fortalece mi ira contra los ricos. Las dos emociones van juntas, así como dos lados de una misma moneda. De hecho, no puedo sentir una sin la otra. Sobre todo sabiendo que los ricos explotan a los pobres. Si no sintiera ira, o ésta fuera mínima, mi compasión no sería seria. La ira que siento es un índice de cuán seria es mi compasión, así como la ira de Dios es una señal seria de que le importan los pobres.

A menos que pueda sentir algo de lo que es la ira de Dios hacia los opresores, mi amor y servicio hacia los pobres no podrá crecer ni desarrollarse. Y es que la ira de Dios no significa que él no ame a los ricos como personas. Realmente nuestra ira puede ser una expresión seria de nuestro amor por ellos. Una madre que encuentra a su hijo jugando con los fósforos y casi prendiendo fuego a la casa se tendrá que enojar con el niño, no porque no lo ame, sino, al contrario, porque ama mucho a su hijo. Su ira es expresión de la seriedad que tiene lo que su hijo ha hecho, y lo mucho que le importa su hijo.

Tradicionalmente distinguimos entre el amor hacia los pecadores y el aborrecimiento hacia el pecado. Es algo difícil, pero tenemos que entender que el problema de la responsabilidad de la pobreza es más de estructuras que de individuos. En cuanto individuos, son sólo parcialmente culpables, porque no son plenamente responsables, como el niño que juega con los fósforos.

Todos somos, de una manera u otra, objetos o víctimas de un sistema injusto. En Sudáfrica por ejemplo, es muy importante reconocer que la culpabilidad de lo que sucede no puede recaer solamente en el jefe de gobierno. Aunque cambie el jefe de gobierno el sistema puede persistir y el sufrimiento del pueblo puede continuar. Si sentimos ira contra el jefe de gobierno es porque el sistema y el pecado que éste encarna tiende a hacernos pensar que el culpable es sólo el jefe de gobierno. Mientras que si creciéramos en la adquisición de la «ira de Dios», orientaríamos más nuestra ira hacia el sistema injusto en sí mismo, que influye a las personas y se manifiesta y perpetúa en ellas. Eso no quiere decir que nuestra ira se esté debilitando. Nuestra compasión solamente puede desarrollarse y madurar en la medida en que asumanos con seriedad, el sufrimiento y la opresión, así como nuestra ira hacia éstos.

Durante esta segunda etapa, mientras dirigimos nuestra mirada a las estructuras y sistemas que crean la pobreza, y mientras también vamos aprendiendo a compartir la ira de Dios hacia ellos, nuestras acciones se tornarán diferentes de las que nos caracterizaron en la primera etapa. Ahora nuestro objetivo será cambiar el sistema. Trataremos de incorporarnos a actividades encaminadas a propiciar un cambio socio-político.

El trabajo asistencial tiene más relación con los síntomas que con las causas. El trabajo asistencial es como una medicina curativa, en contraposición a una medicina preventiva. ¿Cómo es que se trata de aliviar el sufrimiento, mientras las estructuras que están perpetuándolo permanecen intactas? Por el contrario, una acción preventiva tiene una implicación política. El deseo de «prevenir» nos llevará a participar en luchas sociales, a apoyar campañas contra el gobierno, y normalmente terminaremos involucrados en la política. Esto acarrea tensiones y problemas, especialmente si se trabaja para una fundación, para un instituto de investigación o para una Iglesia. Pero, ¿cómo puede uno ayudar a los pobres? El trabajo de asistencia es ciertamente necesario, ¿pero qué pensar acerca del trabajo preventivo?

III. Descubriendo la fortaleza de los pobres.

La tercera etapa de nuestro desarrollo espiritual comienza con otro descubrimiento: el descubrimiento de que los pobres deben salvarse ellos mismos, se salvarán por sí mismos, y realmente no lo necesitan a usted ni a mi.

Espiritualmente esta es la etapa en la que por primera vez llegamos a comprender nuestro servicio a los pobres con humildad. Hasta este momento habíamos dado por supuesto que nosotros podíamos resolver los problemas de los pobres, ya fuera dándoles ayudas como transformando las estructuras que los oprimían. Pensábamos que los que no somos pobres, los educados y conscientes de la clase media, los agentes de pastoral, las personas que trabajamos en fundaciones, etc., debíamos venir en rescate de los pobres, porque son dignos de compasión y son débiles. Más, dábamos por supuesto que los pobres deben cooperar con nosotros y que debemos enseñarles a ellos, para que ellos mismos se enseñen (la teoría clásica del desarrollismo). Pero siempre somos «nosotros» quienes vamos a enseñarles a ellos, para que ellos mismos se ayuden después.

El darnos cuenta de que los pobres saben mejor que nosotros lo que debe hacerse y cómo debe hacerse nos sorprenderá. Y más nos sorprenderá aún, el darnos cuenta de que los pobres no sólo son perfectamente capaces de resolver el problema estructural y político que les afecta, sino que lo pueden resolver por sí solos. Esto probablemente nos perturbará. Nos llevará a una verdadera crisis y a una profunda conversión.

De repente nos encontramos con la necesidad de aprender de los pobres en vez de enseñarles a ellos. Esto es ciertamente un importante descubrimiento. Seguramente conlleva un tipo de sabiduría al que no hemos tenido acceso, precisamente, a causa de la educación que se nos dio, o a causa de que no somos pobres y no tenemos experiencia sobre lo que significa ser oprimido. “Bendito seas Tú, Padre, por haber revelado estas cosas no a los entendidos y listos, sino a los pobres” (Mt 11, 25). Nos cuesta gran trabajo escuchar y aprender de los campesinos, de la clase trabajadora del tercer mundo.

Cuando uno está dedicado al servicio de los pobres es aún más difícil aceptar que no son ellos los que necesitan de mi sino yo de ellos. Ellos pueden salvarse y se salvarán por sí mismos con o sin mi, pero yo no puedo salvarme sin ellos. En términos teológicos tengo que descubrir que son los pobres y oprimidos los elegidos por Dios como instrumentos para transformar el mundo, y no los que son como usted y como yo. Dios quiere utilizar al «pobre en Cristo» para salvarnos a todos de las maldades de este mundo en el que hay muchas personas hambrientas en medio de una inimaginable riqueza. Este descubrimiento puede llevarnos a ver la presencia y la acción de Dios en las luchas de los pobres. De este modo no sólo vemos los sufrimientos de Cristo en los sufrimientos de los pobres, sino también oímos la voz de Dios y vemos sus manos y su fuerza en las luchas políticas de los pobres.

Pero después de haber hecho este descubrimiento y de haber superado este obstáculo, podemos caer a continuación en una particular clase de romanticismo: el romanticismo hacia los pobres, hacia la clase trabajadora, hacia el tercer mundo.

Los cristianos parece que tenemos esta extraña necesidad de romantizar algo. Probablemente no sea algo exclusivo de los cristianos, pero la verdad es que realmente caemos muy a menudo en ello.

Antiguamente tendíamos a romantizar la vida monástica. Luego lo hicimos con la idea del misionero, que arriesga su vida para salvar las almas de los paganos que viven en las selvas. También tendimos a romantizar el sacerdocio. Y ahora estamos entrando en la etapa de la romantización de los pobres.

Romantizamos a los pobres colocándolos en un pedestal y dándoles culto como a héroes. Creemos que todo lo que ha sido dicho por alguien que es pobre y oprimido tiene que ser verdad.

Escuchamos a la gente del tercer mundo como si ellos poseyeran algo mágico o unos conocimientos ocultos. Todo lo que hagan los oprimidos del mundo deberá estar bien. Cualquier rumor de faltas, debilidades, errores y perversidades... deberá desecharse porque los pobres son nuestros héroes.

Este romanticismo no nos hace bien ni a nosotros ni a los pobres. Es difícil evitar el romanticismo durante el desarrollo espiritual de nuestro servicio a los pobres. Pero es necesario que lo superemos.

IV. Del romanticismo a la solidaridad real.

La cuarta y última etapa de desarrollo comienza con la crisis de «la desilusión y el desengaño» respecto de los pobres. Comienza con el descubrimiento de que mucha gente pobre tiene fallas, comete pecados, comete errores, nos falla, y algunas veces perjudican incluso a su propia causa.

Los pobres son seres humanos como nosotros, son algunas veces egoístas, o les falta responsabilidad y dedicación, y otras veces derrochan el dinero. Esto es algo que a los europeos les parece irresponsable y absolutamente incomprensible. Debemos incluso comprender que algunos pobres tienen más aspiraciones de clase media y menos conciencia y politización que nosotros mismos.

El descubrir estas cosas puede ser una experiencia de gran desilusión y profundo desengaño, una crisis muy negra del alma. Pero también puede ser la oportunidad para una más profunda y real solidaridad con los pobres, para una conversión del romanticismo al realismo en nuestro servicio a los pobres.

Lo que tenemos que recordar aquí es que el problema de la pobreza es estructural. No es que los pobres sean santos y los ricos pecadores. Ni unos ni otros individualmente pueden ser alabados o culpados por ser pobres o por ser ricos. Hay excepciones, tales como quien vende sus propiedades y se vuelve voluntariamente pobre, o como quien se enriquece explotando conscientemente a los pobres. Todos estos casos excepcionales pueden ser alabados y culpados respectivamente. Pero el problema es otro.

La mayoría de nosotros nos encontramos en uno u otro lado de la gran división estructural entre oprimidos y opresores, y esto tiene un efecto profundo en la manera en que pensamos y actuamos.

Afecta el tipo de errores que acostumbramos a hacer, así como el tipo de intuiciones que solemos tener. Por eso, podemos aprender de los pobres, porque ellos están acostumbrados a no cometer el tipo de errores que nosotros cometemos desde nuestro nivel de educación y nuestro nivel de vida. Por otra parte, la opresión y privación que ellos padecen les llevan a cometer otras equivocaciones y a adoptar otras concepciones erróneas.

Todos estamos condicionados por el lugar que ocupamos dentro de esta estructura injusta de nuestra sociedad. Todos estamos alineados en ella. Sin embargo, la opresión no deja de ser una realidad. Los dos lados no son equivalentes. Los pobres son los que están sufriendo. Solidarizarse con ellos significa asumir su causa, no la nuestra. Pero necesitamos hacerlo con ellos. Juntos tenemos que tomar un lugar contra la opresión y la estructura injusta. La solidaridad real comienza cuando ya no se habla más de «nosotros y ellos». Hasta ahora me he expresado en términos de «nosotros y ellos», porque es así como generalmente percibimos esta relación. Incluso al romantizar a los pobres y colocarlos en un pedestal, nos estamos separando de ellos. La solidaridad verdadera comienza cuando reconocemos juntos las ventajas de nuestras diferentes posiciones sociales, y presentamos la realidad y los diferentes roles que podemos tener cuando juntos luchemos contra la opresión.

El tipo de solidaridad, sin embargo, debe estar dirigido más bien a una lucha más fundamental: la solidaridad entre los mismos pobres. Quienes no son pobres y oprimidos pero desean ayudar a los pobres y solidarizarse con ellos, generalmente hacen la cosas en una forma que crea divisiones.

Necesitamos encontrar la forma de que esto no ocurra. Después de todo, todos tenemos un enemigo común: el sistema y la injusticia.

Al final nos encontraremos unos a otros en Dios, sea cualquiera la concepción que tengamos de él. El sistema es nuestro enemigo común, porque es -el primero de todos- enemigo de Dios. Como cristianos descubriremos la solidaridad mutua como la solidaridad en Cristo, como solidaridad con la causa de Cristo, con la justicia de Dios, que es, en concreto, la causa de los pobres. Es precisamente identificando la causa de los pobres con la causa de Dios como podremos superar la crisis de desilusión y desengaño que sentimos los pobres cuando éstos yerran.

Este es un gran ideal, y sería una ilusión imaginarnos que podremos obtenerlo sin haber pasado antes por una larga lucha interior, que nos llevará a diferentes etapas, crisis, noches oscuras, transformaciones y desconciertos. Lo que importa es que nos demos cuenta de que estamos en proceso. Siempre en evolución. Debemos permanecer dispuestos a seguir creciendo. No hay atajos. Además, no somos los únicos que estamos sufriendo este proceso.

Algunos irán delante de nosotros, y tenemos que esforzarnos por comprenderlos. Otros, apenas estarán comenzando el camino, y tenemos que apreciar su proceso, su necesidad de luchar con más tenacidad y crecer espiritualmente. Aquí no hay tribunal para acusaciones y recriminaciones. Lo que todos necesitamos es ánimo, apoyo y comprender que el Espíritu actúa en cada uno de nosotros de diferente forma.